29 abril 2010

diógenes de sínope


síndrome de diógenes. dícese del:

“trastorno del comportamiento que normalmente afecta a personas de avanzada edad que viven solas. se caracteriza por el total abandono personal y social y por el aislamiento voluntario en el propio hogar, acompañados en muchos casos de la acumulación de grandes cantidades de dinero, sin que se tenga consciencia de que se posee, o de desperdicios domésticos.”

hace no más de un par de años que oí por primera vez el nombre de este trastorno y reconozco que al principio “me fascinó”: alguien que busca, recopila objetos y los guarda en su casa como si fueran preciados tesoros. qué tiene esto de malo?
al poco tiempo vi un reportaje de personas que padecen el síndrome y el encanto se desvaneció.
lo que no acabo de entender es la relación entre el griego y su intención de vivir de la nada y quienes padecen tal síndrome y su obsesión por acumular.
diógenes de sínope, también conocido como diógenes el cínico (otra relación que me despista: qué tendrá que ver el cinismo con los viejecillos que sólo quieren refugiarse en sus casas?), vivía justo con lo necesario, que en su época era mucho menos de lo que hoy podemos imaginar. solía reírse de la dependencia que existe entre las personas y se paseaba por las calles de atenas con una lámpara de mano diciendo “busco un hombre”.

los rumores apuntan a que mi vecina sufre síndrome de diógenes. a mi siempre me ha parecido un ser bastante sociable durante los veinte segundos de trayecto en el ascensor, que es donde suelo coincidir con ella. nuestra conversación es típica: el tiempo o en su variación, la compra, si es que alguna de las dos va cargada con bolsas de plástico del supermercado. ahora sospecho de su contenido.
cierto que es algo seria y parca en palabras y que cuando habla, más que hablar, se queja: que si el ruido, que si el calor, que si el frío, que si el silencio. todo la fastidia.
no puedo evitar preguntarme si diógenes consideraría tenerla como discípula o si ella admitiría en su casa (repleta de objetos) a un individuo del cual se decía que un día, masturbándose en el ágora delante de todos, le reprendieron. él, parco en palabras también, contestó: “ojalá, frotándome el vientre, el hambre se extinguiera de una manera tan dócil!”

aunque ojo! si esta respuesta no le acabara de convencer a mi vecina, está esta otra sentencia de alejandro magno después de conocer al viejo pensador:
“de no ser alejandro, habría deseado ser diógenes”

ahí queda la cosa.

26 abril 2010

mi sombra


mi abuela, que ahora tiene alzheimer y apenas se acuerda de quien soy, solía contarme cuando era pequeña, el dia que descubrí que yo también tenía una sombra pegada al cuerpo.

era un dia soleado y caluroso y estábamos las dos en una plaza dando de comer a las palomas. yo no tendría más de dos años, y estaba enfrascada en el proceso de observación de una paloma comiendo una miga de pan. no creo que fuera suficientemente valiente como para sostener la miga en mi propia mano y esperar que el pajarillo se subiese y comiese allí. ni tampoco imagino a mi abuela alentándome para hacerlo, así que imagino que más bien tiraba la comida sin orden ni concierto, feliz de ser la nueva madre teresa de calcuta en versión aviar.

supongo que sin previo aviso, como suelen hacer los crios, pasé del éxtasis más sublime al pánico más incontrolable al ver una forma alargada, oscura y de aspecto humanoide adherida a mis pies. tiré el resto de comida e inicié una carrera desorientada a ninguna parte. cuanto más corría yo, más corría mi sombra. y no sólo esto, tan pronto estaba delante de mi, como a mi derecha como se alargaba el doble de mi altura real. imposible deshacerse de ella.
detrás de mi y de mi sombra se incorporó mi pobre abuela que ya no estaba para carreras. una de esas ocasiones en las que a uno solo le puede venir una palabra en la cabeza: vergüenza. o bien una frase: tierra trágame.
-tú chillabas como una condenada y la gente me miraba como si te hubiera dado la bofetada más sonora y dolorosa de la historia.

cuando consiguió alcanzarme, se sentó en el suelo y sin apenas respiración me preguntó qué bicho me había picado. le señalé mi sombra y justo entonces vi que ella también tenía una. de hecho, el resto de la plaza estaba llena de sombras!
-¿tu sombra? ¿te has asustado de tu propia sombra? - se rió aliviada.

así me fue presentada.

luego me dio un beso, me quitó los mocos y me compró un helado.

23 abril 2010

viajes cotidianos

era una mujer tímida. se sonrojaba con asombrosa facilidad y a menudo repetía diálogos imaginarios con antelación para no quedar en rídiculo en conversaciones con los demás que, ya de por sí, evitaba a toda costa. reconocía que su retraimiento tenía más de inconveniente que de ventaja, y aunque era bien consciente de que se perdía mucho, demasiado, por su pánico al ridículo, había asumido que a su edad ya era tarde para cambiar ese lastre de personalidad; algunas personas eran optimistas, otras vengativas y ella era tímida, pero al menos no perjudicaba a nadie, aparte de a sí misma y en cualquier caso, tampoco había salvado muchas vidas, ni había ganado ningún premio nobel como para considerar su vida algo extraordinario. 
 ahora que había encontrado un trabajo en la otra punta de la ciudad, tenía otra dificultad añadida a su sigilosa vida: cuando cogía el autobús para ir o volver, era incapaz de solicitar su parada, y si nadie lo hacía por ella, sus viajes solían terminar una o dos paradas más allá de lo que le correspondía. no le molestaba demasiado. había contrariedades muchos peores que ésta y pensó que un poco de ejercicio diario tampoco le vendría mal, así que para asegurarse de no llegar tarde al trabajo, se levantaba más temprano y aunque por la noche llegara más cansada, al menos había conseguido pasar otro día más inadvertida.
un día salió tarde de su trabajo y en el autobús apenas había viajeros. la mayoría bajaron mucho antes, pero ella, absorta en un paisaje gris que veía cada día y sin embargo le agradaba, no se dio cuenta. el conductor, concentrado en la carretera, tampoco advirtió a la mujer y aunque lo hubiera hecho, hubiera pensado que vivía por la zona, a pesar de ser una área de naves industriales, prostitutas y bares de carretera. al llegar a la terminal, el hombre paró el autobús y al levantarse la vio sentada en un asiento de detrás, pálida, inquieta y avergonzada. se dirigió hacia ella. 
-final de trayecto, señora. ¿se encuentra usted bien? – preguntó al ver su palidez. 
ella afirmó con la cabeza con un movimiento casi invisible, recogió su abrigo, sus pequeños guantes de lana y su bolso lleno de tarjetas de autobus agotadas y se apresuró hacia la puerta. 
-gracias. – susurró al pasar por su lado y desapareció a paso vacilante, pero rápido. 
esa noche tardó casi una hora en llegar a su casa, tiritando de frío y con los tobillos hinchados, pero con una cohibida sonrisa en la cara. un par de días después, sucedió exactamente lo mismo, con la diferencia que esta vez ella no admiraba el paisaje, sino el perfil del conductor y cuando llegaron al final de la línea, no esperó a que él preguntara; no deseaba importunar pero se apeó del autobús con la misma sutil sonrisa que hacía unos pocos días. repitió la operación durante semanas. algunas veces terminaba el trayecto con otros pasajeros; en esas ocasiones llegaba a casa disgustada y sintiendo que la caminata de una hora no había valido la pena. otras, sin embargo, cuando coincidía que se quedaba a solas con él, miraba de reojo su espalda encorvada y se preguntaba si quizá, algún día, él volvería a preguntar si se encontraba bien.