29 diciembre 2012


Si uno no cree en la predestinación, tiene al menos que admitir que las circunstancias de un encuentro, que por comodidad atribuimos al azar, son de hecho el resultado de una incalculable serie de decisiones tomadas en cada encrucijada de nuestra vida y que secretamente nos han orientado hacia él. No se trata de que hayamos buscado, ni siquiera deseado, aunque sea en el fondo de nuestro inconsciente, todos nuestros encuentros, incluso los más importantes. Más bien, cada uno de nosotros actúa como un artista o un escritor que construye su obra mediante una sucesión de elecciones; un gesto o una palabra no determinan indefectiblemente el gesto o la palabra que sigue, sino que, al contrario, obligan a su autor a una nueva elección. Un pintor que haya dado una pincelada de rojo puede optar por extenderla yuxtaponinendo otra de violeta; puede hacerla vibrar con un trazo de verde. A fin de cuentas, por más que se haya puesto a trabajar con una idea del cuadro en la cabeza, la suma de todas las opciones que haya escogido, sin haberlas previsto todas, producirá un resultado distinto. De este modo dirigimos nuestra vida, por medio de un encadenamiento de actos más deliberados de lo que estamos dispuestos a reconocer -porque sería un fardo excesivamente pesado asumir toda la responsabilidad de los mismos-, y que sin embargo nos ponen en el camino de personas que no pensamos que se dirigían hacia nuestro encuentro desde hacía tanto tiempo.

Celos. La otra vida de Catherine M. - C. Millet 

22 diciembre 2012

trapicheos

ocho días sin llamarle. a algunos les parecerá poco, un tiempo insignificante comparado con los que llevan limpios meses o incluso años, cierto, pero a ella le parece una eternidad. la última vez que le vio le aseguró que era la última, que había terminado con toda esa mierda y que empezaba de nuevo. no supo muy bien por qué se molestaba en darle explicaciones, si ni tan siquiera sabía su nombre. su nombre real, el que aparecía en su dni o por el que le llamaba su madre, si es que tenía una. él, sin embargo, la escuchó y esperó a que terminara con su palabrería. luego la observó con cierta sorna, bajó la mirada hacia sus labios y sus hombros. se guardó de bajar un poco más, no era lo apropiado en esos momentos, y se guardó los billetes en el bolsillo de la chaqueta con expresión indiferente, como si todo eso no fuera con él. 
-bueno, - dijo poniéndose la capucha para ocultar su rostro a los vecinos curiosos – pues suerte y que te vaya bien. ya tienes mi número por si cambias de opinión. 
ella asintió. 
-no será necesario. ya te lo he dicho, lo dejo. 
ella cerró la puerta despacio, sin hacer el menor ruido y se tumbó en el sofá, intentando todavía convencerse de que esa había sido la última vez. 
los dos primeros días los pasó tranquila. se aseguró de mantenerse ocupada y lo consiguió con más o menos éxito, pero al despertar el tercer día supo que mantener su promesa iba a ser mucho más difícil de lo que creía. supuso que tantos años de malos hábitos no podían borrarse en unas horas. eso se repetía a si misma para apaciguarse y mantenerse firme, pero se notaba exaltada, mal humorada, no conseguía concentrarse con nada, tenía el pulso acelerado y cogió el móvil un par de veces, tentada, aunque no llegó a marcar su número, que por algún motivo inexplicable, no había borrado todavía. tal vez para ponerse a prueba. tal vez a modo de red salvadora, como un último recurso, como sucede con los intrépidos trapecistas de un circo, sólo que esto no era un entretenimiento, ni su vida un espectáculo. luego vinieron una sucesión de días borrosos. un recuerdo vago. una neblina espesa y asfixiante. cuando se miraba al espejo no se reconocía y al andar por la calle notaba la mirada de los transeúntes clavada en su cuerpo huesudo y frágil. terminó por no salir de casa e ignorar el reflejo de su propio rostro en el espejo. 
el jueves, al volver a casa después de bajar al estanco a por tabaco se cruzó con ahmed. “coca, marihuana, hachís”, susurró él al pasar por su lado. de su boca salió un hilillo fino de vaho que desapareció en el aire helado. ella agachó la cabeza, rehuyendo sus ojos oscuros, y aceleró el paso. abrió la puerta con dificultad y al meterse en el ascensor notó un mareo y náuseas, pero no fue allí cuando se acordó de él. fue un poco más tarde. después de salir de la ducha y fumar tres cigarrillos, uno detrás de otro, a oscuras, en la cama. 
solía venir los jueves. una visita rápida y precisa. no era necesario que él le preguntara qué quería ni que ella regateara el precio. los dos conocían bien las normas y los dos se atenían bien a ellas. pensó que no debía pensar. puso la radio y después la televisión, pero se cansó enseguida y escuchar voces extrañas le provocaba aún más ansiedad. salió al balcón. ahmed, abrigado con su gorro de lana, atendía a unos chavales impacientes en uno de los portales de enfrente. billetes a cambio de bolsitas blancas bien selladas. todo parecía tan fácil, tan cómodo y tan sencillo. al abasto de cualquiera que quisiese un poco de diversión aquella noche de jueves. sólo hacía falta un poco de dinero.
entró en el piso y se tumbó de nuevo en la cama, tiritando de frío. no debía pensar. no pensar. no debía. no podía. y cuanto más se esforzaba en poner la mente en blanco, más vívidas eran las imágenes que le venían a la cabeza y la sensación de bienestar de después. era inútil. no iba a conseguirlo. al menos no ese día. tampoco hago daño a nadie, se dijo con asombrosa facilidad. al menos yo no me pincho, ni tengo que robar para conseguir lo que quiero. tal vez pueda hacerlo una sola vez. una vez más y lo dejo. esta vez sí, en serio.
“hola, te contactaré en cuanto pueda” 
tiró el móvil al suelo, con las manos temblorosas, no tanto por el mensaje impreciso de él, miles de veces en el pasado había escuchado las mismas palabras, sino por su patética debilidad. sólo habían pasado ocho días. quedaba claro quién había ganado. quién conocía bien su papel. quién se llevaba qué. pero tampoco desconectó su móvil. sentada en un rincón de la cama, esperó. como hacía siempre que le había telefoneado. llamó diez minutos después. 
-hola.
-hola. - contestó él.
no la había olvidado y se alegró.
-necesito que… necesito… ¿podrías…? – balbuceó nerviosa. 
-lo tengo complicado. estoy en la otra punta de la ciudad. está siendo una noche... 
él no terminó la frase. no solía hablar de sus negocios con nadie. mucho menos con su clientela. 
-será rápido – aseguró ella. 
-veré lo que puedo hacer. las antiguas clientas tienen preferencia – bromeó.
pero ella no se rió. 
llegó dos horas después. ella corrió a abrir la puerta cuando escuchó el timbre y los pasos de él subiendo los escalones de dos en dos. al llegar al piso estaba sin aliento. pasó sin saludar y cuando se quitó la capucha ella vio una costra reseca en su frente. no preguntó. sabía que no iba a contarle la verdad ni tampoco era de su incumbencia. le ofreció una cerveza y rozó su brazo al pasar por su lado. olía a colonia barata, de esas que venden en cualquier supermercado de barrio por menos de diez euros. antes de que hubiera tenido tiempo de terminar la lata desabrochó su camisa arrugada.
-¿aquí, en la cocina? – preguntó él. 
ella no contestó y se limitó a cerrar los ojos y a subirse la falda. él la cogió por los brazos y la detuvo. tenía las manos frías. con experta diligencia le bajó las medias y de reojo miró el reloj de la pared. las dos y veinte. 
esta es la última vez, pensó ella cuando él recogió el dinero de encima de la mesilla del pasillo. 
 

15 diciembre 2012

ganas

no tengo ganas
pienso al mirarle a los ojos 
brillantes e ilusionados 
agradecidos 
deseosos, 
pero asiento sin convicción 
porque es más fácil 
más cómodo 
más dañino. 
y coge mis manos, 
las envuelve entre las suyas
cálidas, pero frías, 
las acaricia largamente, las acerca a su rostro exiguo 
las besa con suavidad 
y las dirige a su espalda 
esperando, tal vez, un abrazo 
un gesto 
cualquier gesto 
un juego caduco 
que nos solía entretener.
una letra 
cualquier letra: 
la s de somos, 
no, no es esa. 
la t de tenemos, 
tampoco. 
la n de nosotros. 
y callo. 
sí, la n de nosotros
también la n de nada.
y se ríe, inocente y divertido, por su acierto 
buscando en mi mirada 
un anhelo agotado 
inexistente 
falso. 
y cuando sus labios rozan mi piel 
en un vano intento de alargar 
el hastiado pasatiempo, 
sin presagiar, ni adivinar 
ni querer creer 
que ya no
que ya me es indiferente
que ya ni siento, ni soy
ni compadezco, 
cierro los ojos 
y recuerdo el viento fresco
la luz radiante 
el agradable murmuro 
al otro lado de esa pesada puerta 
a la que apremio mis pasos 
con urgencia, ansia, 
alivio
mientras él todavía espera aprender a silbar 
esa nueva canción 
que improviso
con el paso de las noches
lejana, ausente, 
y en absoluto silencio. 

10 diciembre 2012

caso clínico: la vida en la oficina

con los tiempos que corren, no están las cosas como para despotricar demasiado sobre el trabajo. imagino que bastante es tener uno y poder agradecer a los cielos o a quién sea, el seguir recibiendo una paguita cada treinta días. sin embargo, vamos a dejarnos de historias. aún sabiéndonos afortunados, todos en algún momento u otro hemos despotricado con los madrugones, la depresión de un domingo por la noche, las horas extras no remuneradas, el compañero experto en excusas y escaqueos y toda una retahíla de incordios más que vienen incluidos en el pack laboral. 
en fin, que sí, que voy a renegar un poco y que ya que todo está tan mal, pues no vendrá de otro tema más, digo yo. así que sin más dilación, maldita sea: 

la voz del jefe. sólo dos personas en toda la galaxia tienen la capacidad de llamarme y aparecer yo al instante con la cabeza gacha, las manos sudadas, la voz temblorosa y una actitud dócil y mansa, una mezcla de “mierda, ya se ha enterado” y “por dios que sea breve”: mi madre y mi jefe. de mi madre, o de las madres en general, hablaremos en otro momento porque ellas bien valen un caso clínico. pero volviendo a la oficina, esta es la sensación correcta cuando nuestro jefe vocifera nuestro nombre, con su voz rotunda, amenazante, grave y con aplomo. con un vozarrón que debe extenderse por los pasillos, retumbar en las paredes del despacho, colarse por entre las rendijas y explosionar en nuestros oídos. y tres horas después, cuando todo el asunto parece haberse apaciguado, debe seguir tronando en nuestra pobre cabecita de servil asalariado. así debe ser la voz de un jefe. y quien dice voz, dice actitud. porque no nos engañemos, un jefe-colega, que se ríe de nuestras bromas, nos pide opinión sobre temas decisivos y se preocupa por si llegamos a fin de mes no sólo no existe, sino que si existiera acabaría siendo engullido por otro menos amable. lo que se conoce como ley evolutiva del más fuerte, el rey de la jungla, el ciclo de la naturaleza, aquí mando yo y punto que, como no, tanto puede aplicarse a la selva como a la oficina, aunque en muchos casos apenas existan diferencias entre lo uno y lo otro. 

las reuniones. las reuniones laborales están muy bien porque en ellas se llegan a grandes acuerdos y conclusiones que cambiarán el rumbo de la empresa, y del mundo si me apuran, y porque uno puede pensar en qué cenar cuando llegue a casa o organizar planes para el fin de semana sin que los demás se percaten de su total y absoluta falta de interés. para que una reunión resulte efectiva es importante convocar a mucha gente, que todos lleven traje, intercambiar muchas tarjetas y amigables golpecitos en la espalda, proyectar centenares de powerpoint con letras grandes y gráficos y estadísticas basadas en suposiciones, conectar (a la primera) con algún cliente internacional via skype y sobre todo, no desconectar los móviles para poder salir al pasillo de vez en cuando a pretender ser una persona ocupada y muy muy muy imprescindible. también es importante que al final de dichas reuniones, los altos cargos, los que han batallado hasta el final mientras usted intentaba recordar el nombre de esa vecina del pueblo de la que se enamoró perdidamente hace veinte años, se vayan a comer y continúen hablando de lo bien que se les da arreglar el mundo. a su regreso, es posible que sus caros trajes apesten a puro, alcohol y a chalet en los suburbios con servicios las 24 horas. si es así, las negociaciones han sido un éxito, el trato está cerrado y su jefe permanecerá feliz durante un par de horas. y si el jefe está feliz, todos estamos felices y la tierra es un lugar maravilloso.

los emails internos. el día a día en una oficina puede ser muy duro y solitario. horas delante de una pantalla, mirando cifras, emails, gráficos, diseños, porno… en fin, un interminable, espinoso y árido desierto sin oasis. ante este desolador panorama, nada como un poco de distracción con el siempre bienvenido intercambio de emails personales, intransferibles y subidos de tono con el muchacho de la segunda planta o la rubia de exportación para rebajar la presión del ambiente y evadirse un poco de la realidad. es de vital importancia cerciorarse de que no haya cruces de informaciones y de que antes de darle a enviar aparezca el nombre correcto. no queremos que x se entere de que también flirteamos un poco con y, ¿eh? así que para que no haya disgustos ni lamentaciones, mi consejo es que lo dejen todo de lado. sí, todo. los informes, los gráficos, las estadísticas basadas en suposiciones, las videoconferencias a hong kong, los pedidos pendientes, los gritos del jefe y se centren en lo esencial: ¿el muchacho o la rubia? 
si desafortunadamente usted no tiene la suerte de tener a alguien en el edificio que le despierte algún especial interés, no se preocupe. hay formas igual de válidas a la hora de reducir tensiones. ¿para qué creen pues que se inventó internet? con sus redes sociales, su prensa digital, sus vuelos baratos a lugares tropicales a media mañana, sus páginas porno de por la tarde y el estado de las carreteras antes de abandonar la oficina. recuerde de estudiar bien la posición de su mesa y de su ordenador respecto al resto de compañeros y/o clientes y acuérdese de reprimir carcajadas, mejillas sonrojadas y/o erecciones que no vengan a cuento con el entorno no virtual si no quiere levantar sospechas ni broncas innecesarias. 

la climatización. ¿qué sería de una oficina con un sistema de climatización operando correctamente? ¿para qué ser moderado y coherente con las temperaturas exteriores pudiendo estar a cuarenta grados en invierno, evitando a toda costa una deshidratación mortal y a menos diez en verano, pendientes de la congelación y posterior amputación de las extremidades? ¿para qué, si podemos pasarnos el día poniéndonos y quitándonos capas de ropa y mostrar así a los demás nuestro bonito fondo de armario? sería del todo absurdo, evidentemente, y por este motivo el tema de la temperatura permanecerá como uno de los grandes misterios de la humanidad sin resolver. no se molesten en esperar que algún día alguien descubra un remedio, un alivio, una solución. no. moriremos con el desasosiego de saber que el ser humano consiguió volar, llegar a la luna, encontrar una cura contra el cáncer, hacer música y literatura, inventar el pijama, la depilación láser y el vodka con limón, pero que sin embargo, jamás logró ajustar la temperatura en la oficina. 

el comedor. toda empresa que se precie y ame a sus trabajadores dispone de una estancia de reducidas dimensiones, luz artificial, sin calefacción, ni aire acondicionado y con un microondas por cada cien empleados, para que éstos puedan comer allí si no les queda más remedio, también conocido como comedor. el comedor no deja de ser un micro mundo dentro de la empresa, regido por normas no escritas, pero reconocidas por todos los que suelen hacer uso de sus precarias instalaciones: las sillas y las mesas están asignadas según la antigüedad de sus usuarios, de manera que sentarse en un sitio que no corresponde puede crear el caos y la confusión más absoluta. algo a evitar, claro. es importante, de hecho es casi lo más importante de saber el primer día, qué lugar está ya ocupado y cuál queda libre si uno quiere empezar con buen pie con los demás compañeros. si las altas esferas son generosas, es probable que la sala tenga un televisor, lo cual es una ventaja a la hora de esquivar conversaciones tediosas y repetitivas. al fin y al cabo si ya con nuestra media naranja, escogida libre y felizmente, nos cuesta mantener una conversación interesante después de seis meses, imagínense ustedes con un compañero de trabajo con el que no tienen nada en común y conoce desde hace más de diez años. si por el contario no hubiera tele y se niegan a reunir un fondo común para dicho aparato, lo más recomendable es no levantar la vista del plato, evitar el cruce de miradas, terminar pronto y subir cuanto antes al despacho para comprobar si nos ha contestado ya el muchacho de la segunda o la rubia de exportación. 

los becarios. no me digan que no les dan penica los becarios. ahí, con su cara sonriente por las mañanas, su ilusión y sus ganas de aprender a hacer funcionar la fotocopiadora y a preparar los mejores cafés de la oficina, su afán para impresionar a todos con sus conocimientos y por aportar nuevas ideas a la empresa, con su frescura y su inocencia. ay. yo, es ver un becario y querer abrazarle suavecito y desearle lo mejor en la vida porque tanta candidez es lo mínimo que se merece. la vida del becario sí que es dura y desagradecida. y ya no hablo sólo del sueldo mísero que reciben, que sí, que también, sino por las tareas anodinas que deben realizar a pesar de sus tres masters y cinco idiomas nivel avanzado, la invisibilidad de su pobre ser y la temporalidad frugal de su vida laboral en la empresa. así que por favor, cuando se topen con un becario en los pasillos de su empresa, salúdenle, apréndanse su nombre, halaguen ese brillante plan que ideó para reducir los gastos en rollo de papel higiénico y que fue totalmente ignorado e invítenle a un café algún día que no noten ese brillo especial en sus ojos, conocedor, tal vez, finalmente, de que la vida no era tal y como la habían imaginado, que las oportunidades son todas unas putas y que los reyes magos son… bueno… ya nos entendemos. 

evolución anímica. de hecho la evolución anímica de una empresa no difiere mucho de la evolución anímica de una clase de primero de eso, siendo lunes el equivalente a “morir aplastado por una apisonadora no podría ser peor que ésto” y viernes a “jiji, jaja, juju, por fin viernes”, pasando entre medio por toda una serie de estados tales como la-vida-es-una-mierda, el-día-menos-pensado-me-monto-un-chiringuito-en-la-playa-y-a-tomar-por-culo-todo, faltan-tres-meses-para-el-próximo-puente, voy-a-por-lotería-que-tengo-una-corazonada, ojalá-una-epidemia-mortal-que-nos-aniquile-a-todos, y así hasta que pasa otra semana y vuelta a empezar. mi recomendación aquí es olvidarse del día y agradecer estar vivos, tener trabajo y un sueldo a final de mes. así como agradecer también la mierda de vida, la mierda de trabajo y la mierda de sueldo a final de mes. 

y ya. a trabajar (los que puedan) y feliz semana (a todos).
 

28 noviembre 2012

esa capa de blanco y tedio, de niebla y dudas, de hielo y pena que nos abraza por las mañanas. a esa capa, algunos valientes, también la llaman vida. 

(fotos de m. strippoli)


22 noviembre 2012












algunas veces me miro al espejo 
y no te reconozco. 
me sonríes, bostezas, haces muecas, 
me sacas la lengua 
como si nos conociéramos de toda la vida 
y supieras todo de mí. 
alegre unos días 
harta, enferma, esquiva 
otros. 
en silencio 
te devuelto tu imagen
pulcra y nítida
previsible
sin sorpresas, ni sospechas. 
te sonrío, bostezo, hago muecas
y al girarte y apagar la luz 
regreso a mi forma 
invisible 
sin haberte preguntado el motivo
de esos ojos apagados de ayer 
ni esa sonrisa boba de hoy 
ni ese brillo en la tez 
ni el carmín nuevo en los labios. 

obedezco, imito 
y me callo 
el deseo de saber 
por el resto de tus horas.
con quién hablas
a quién evitas
a cuántos decepcionaste
y a cuántos hiciste reír.
si nos habías imaginado así 
si seguimos observando 
canturreando
sorprendiéndonos
si tenemos menos miedos 
si está valiendo la pena 
si los fracasos aún duelen
si el recuerdo de algunas risas 
todavía permanece.
si debo temerte cuando niegas con la cabeza
la mirada opaca
las ganas muertas
la fe rota.
y si debo alegrarme cuando me examinas 
plena, contenida, serena 
y afirmas,
convencida y heroica:
sí, 
en esto nos hemos convertido.
 

18 noviembre 2012


Un día que me encontraba en el campo con un amigo, hablábamos del vértigo; mi amigo no lo conocía.
Le hice varias demostraciones del vértigo sin obtener el más mínimo resultado. Mi amigo no podía apreciar la angustia que se puede sentir viendo a un hombre trabajar en un tejado. A todas las observaciones que le prestentaba, mi amigo se encogía de hombros, lo que no es muy cortés ni muy amable.
De pronto vi un mirlo que acababa de posarse en el extremo de una rama, una rama alta, una rama vieja. La posición del animal era de lo más peligrosa... El viento hacía oscilar la vieja rama, que el pobre bicho apretaba con sus crispadas manitas.
Entonces, volviéndome hacia mi compañero, le dije: 
-Mire, ese mirlo me pone la carne de gallina y me da vértigo. Deprisa, traigamos un colchón bajo el árbol, pues si el pájaro pierde el equilibrio, seguro que se rompe la crisma.
¿Saben lo que me respondió mi amigo?
Fríamente,... simplemente: -Es usted un pesimista.
Convencer a la gente no es fácil.

Memorias de un amnésico y otros escritos, E. Satie

10 noviembre 2012

hoy hace justo un año. sí, creo que fue justo hoy cuando me desperté a media noche y le oí llegar a casa. escuché cómo cerraba la puerta con cuidado, cómo dejaba las llaves encima de la mesa y tropezaba con el mueble del comedor y maldecía en susurros la esquina angulosa y cómo sus pasos cortos y silenciosos llegaron hasta la habitación. apartó las sábanas, se metió en la cama y noté sus manos frías en mi cintura, un beso suave en la nuca y un bisbiseo cansado de buenas noches. a quién quiero engañar. no. no fue así, no sé por qué miento. fue todo al revés. no estaba dormida. hacía días que no dormía. cómo conseguirlo esa noche también. hacía horas que yacía con los ojos abiertos, mirando las grietas del techo, contando los segundos, enumerando los motivos, acallando los latidos coléricos de mi propio corazón y ahogando las ganas de llorar sobre su almohada vacía. hace un año ya. no hubo un buenas noches, ni unas manos frías, ni un roce, ni un beso, ni un triste murmullo. pero sí hubo un tropiezo, sí hubo una puerta que se cerró de golpe y un silencio agónico que resonó en mi cabeza durante toda esa noche eterna. hoy hace un año que me mordí los labios hasta hacerlos sangrar, rememoré peleas, abrazos, silencios y risas. hace un año que aullé su nombre y lo maldije millones de veces como si eso fuera a servir de algo. tiré sus camisas, pisoteé sus discos, despedacé sus libros, quemé sus escritos, borré su número y descolgué esa estúpida foto de la pared. no hubo alivio, ni paz, ni consuelo. no hubo ni tan siquiera un premio de consolación. sólo desorden, cenizas y pedazos desperdigados que reconstruí el día después.
no, espera. tal vez tampoco ocurriera textualmente así. quizá después del beso en la nuca, me rodeó con sus brazos fuertes, repasó los lunares de mi espalda con su lengua húmeda, mordisqueó mis nalgas y pronunció mi nombre al deslizar su mano fría entre mis muslos. sí, fue así. ahora lo recuerdo bien. estoy segura. olí su ropa. olía distinto. no era su perfume. tampoco el mío. esperé. horas. días. semanas. estás loca, dijo finalmente, estás completamente loca. buenas noches, respondí con voz adormilada cuando consiguió despertarme con las yemas de sus dedos sobre mi piel. él no contestó y se concentró en el lento y serpenteante camino hasta mi sexo. separé las piernas. cerré los ojos. respiré hondo. noté un cosquilleo familiar. apreté los puños. gemí. sólo un poco. comencé a buscar más pistas. supongo que me obsesioné. notas, números, citas, descuidos. todo me valía y todo me daba la misma respuesta. obvia, certera y enfermiza. creo que esa fue la primera vez que le noté muy cerca. más cerca. más próximo. más adentro. tal vez hubo más caricias que arañazos, más tiempo que arrebato, más amor que... puede, sí. ya no te quiere. hay alguien más. más afortunada, más interesante, más deseable. cómo no haberme dado cuenta antes. esto no tiene ningún sentido, repitió mil veces. hubieran podido ser diez mil. no me convenció, claro. reposamos agotados, satisfechos, entrelazados, sabiendo que algo habíamos hecho diferente. sin buscarlo ni ser conscientes. estas cosas pasan. algunas veces solamente, pero pasan. nos dormimos con el ruido del tráfico y las sirenas de las ambulancias, ajenos al resto del mundo, a la luz pálida del amanecer, al calor sofocante del mes de agosto, a los recelos, a las sospechas. a todo lo que no fuera nosotros dos. me voy a ir, vivir así es insoportable y no lo aguanto más. podría traer mis cosas, quedarme unos días, sólo por probar. sí, eso dijo. y yo temblé y asentí. dio un portazo brusco. los vecinos se quejaron del estruendo de la noche anterior. abrí la puerta. los vecinos preguntaron por el nuevo inquilino a la mañana siguiente. rompí sus cosas con rencor y rabia. hice un hueco en los cajones, ilusionada y dichosa. tiró sus llaves encima de la mesa y resbalaron al suelo provocando un sonido metálico y hueco. observé los dientes oxidados y pensé que ya no habría que hacer otra copia. compramos macetas con flores de colores brillantes para las ventanas. dijo que lo había jodido todo. a veces sonreíamos sin motivo. no hubo más de él. ni de nosotros. las flores continúan en la ventana, alegrando la vista de quien las quiera ver. 

de todo esto hace un año. sí, ahora me acuerdo bien. así fue exactamente cómo sucedió todo. un año, ya. un año entero. un año sin mucho. no, tampoco. un año de nada. 

01 noviembre 2012

de camino a casa

a media mañana entro en el servicio. me aseguro de que no hay nadie dentro y al cerrar la puerta, me desabrocho rápido el pantalón y me bajo los calzoncillos hasta las rodillas. cualquiera que me viera creería que soy un cerdo o que estoy enfermo. me da igual. pienso en bárbara. no creo que sea el único que lo haga. me concentro en la falda que lleva hoy, en el nuevo perfume que se ha puesto y en el rastro dulzón que deja por el pasillo cuando pasa. me recreo en cómo se le marcan los pezones a través de la tela ligera y en la coleta alta que deja al descubierto su nuca delgada y fina. tardo apenas unos segundos en correrme y salpico la taza del váter con mi semen pegajoso y blanquecino. no me siento mejor cuando salgo. tal vez un poco más aliviado, pero sé que es algo temporal y que cuando vuelva a verla, en media hora o esta tarde tarde, después de la reunión de ventas, paseando su culo redondo y firme, deteniéndose en mi mesa para que le explique algún detalle sin importancia del último informe, y se apoye ligeramente en la mesa y adivine su pecho abundante a escasos centímetros de mi boca, tendré que volver al baño a cascármela como un adolescente en celo. 

entró hace un par de meses. hacía menos de media hora que había puesto los pies en el edificio y todos sabíamos ya su nombre y sus medidas. era alta, de curvas perfectas, pelo ondulado, largo, de color ceniza y unas piernas interminables y bronceadas que lucía enfilada encima de unos tacones altos. aunque lo que atrajo mi atención nada más verla fueron sus labios rojizos y carnosos que ella mordisqueaba sin darse cuenta mientras robles-sanz le contaba las excelencias de la compañía y le enseñaba las instalaciones. ella asentía a todo e intentaba memorizar los nombres de sus compañeros. cuando se acercaron a mí mesa tenía las manos sudadas y me aclaré la voz antes de darle una bienvenida que sonó repetitiva y poco original. ella me miró unos segundos y contestó “gracias” educadamente antes de continuar con la tanda de presentaciones. les seguí con la mirada, recreándome en el balanceo de sus nalgas a cada paso que daba, hasta que gonzalo me dio un codazo en el estómago. 
-tío, deja algo para después, ¿no? 

no tardaron en llegar los rumores de que aitor, de comercio exterior, y con demás affaires laborales a sus espaldas, había conseguido acostarse con ella una semana después de su inicio y de que tenían un lío. él, conocedor del creciente rumor que se propagaba por los despachos, se aseguró de mantener su admirada reputación a base de comentarios bien explícitos sobre lo bien que se movía bárbara entre sus sábanas. una vez que coincidí con él en la sala del café escuché cómo le comentaba a un par de compañeros de departamento la predilección de la chica a la hora de practicar sexo en lugares públicos, a la vista de otros, sin pudor alguno, recreándose incluso. mientras esperaba que el vaso se llenara de un sucedáneo marrón y amargo, noté cómo comenzaban a apretarme los pantalones, imaginándomela sentada encima de mi mesa, con las piernas ligeramente separadas, sin bragas, apretando sus labios, apartando mis informes amontonados y suplicándome que me la follara. ella, muchos más discreta que el imbécil de aitor, quizá también debido a su breve antigüedad en la empresa, sonreía complacida cada vez que se cruzaba con él por los pasillos y se aseguraba de llevar la falda cada día más corta y más ajustada a su magnífico cuerpo. 
nosotros dos comenzamos a hablar de forma habitual bastante después de oir accidentalmente esa estúpida confidencia. fue una tarde en la que había bajado a la calle a fumar y a tranquilizarme después de una reunión inacabable con unos clientes puntillosos que al final prefirieron trabajar con la competencia. ella bajó al poco rato y nos saludamos como en anteriores ocasiones con un “hola” inaudible. intenté ignorarla. a pesar de mis pajas antes de irme a dormir, no quería parecer el típico cretino que babea y cae rendido a sus pies por su espectacular belleza. además, teniendo a aitor era imposible que se fijara en mí y mi enclenque cuerpo sin gracia ni musculación ni firmeza. fue ella sin embargo quien se acercó y me pidió fuego. estoy seguro de que llevaba su propio mechero en el bolsillo, pero interpreté su gesto como un acercamiento y claro, me animé. 
-¿qué tal te va? – dije después de que ella hiciera la primera calada. 
sonrió y me miró con sus hermosos ojos almendrados. 
-todo bien. 
-¿sí? vaya, me alegro. no es fácil trabajar con el broncas. 
-¿con quién? 
-con robles-sanz. así es como le llamamos. siempre gritando y echando broncas a todo lo que se cruce con él. cree que si no brama, no respondemos. es muy energúmeno, el pobre. 
se rió. 
-sí, es un poco exigente, pero hasta ahora me he librado de su furia. 
hizo otra calada. sonreí y repasé sus pechos moviéndose pausadamente al ritmo de su respiración. ella me pilló y rápidamente bajé la vista al suelo y apagué la colilla con la punta del zapato. 
-bueno… voy entrando. 
-espera, - contestó apurando una última calada – subo contigo. 
en el ascensor intenté buscar un tema de conversación, pero no hubo forma. me impacienté. olía su perfume demasiado cerca y notaba casi el calorcillo agradable de su cuerpo rotundo. a ella no pareció importarle ese silencio tenso. jugueteaba con un collar plateado y se miraba en el espejo, complacida. imaginé que tal vez, unos días antes, o quizá a última hora de esa misma tarde, ella y aitor aprovecharían ese minúsculo cubículo en el que estábamos encerrados ahora para nuevas embestidas. 
-hasta luego. – dijo al bajar, una planta más abajo que la mía y dejando tras de sí el olor dulzón de su fragancia. 
cuando llegué a la quinta me apresuré al baño e imaginé que era yo quien la embestía con violencia y quien la hacía gemir hasta llegar al orgasmo. 

al volver a mi mesa de trabajo el teléfono estaba sonando. he descolgado y justo al contestar han colgado. he pensado que tal vez era ella. a veces me llama para preguntar si bajo a fumar o cuándo le enviaré las estadísticas de producción que le paso a finales de mes. tiene una voz suave y agradable, alargando las eses de forma inconsciente y algunas veces, cuando me llama por mi nombre, siento una punzada débil en el pecho. no suele hacerlo a menudo. he revisado los emails y el resto de la tarde la he pasado en internet, buscando vuelos baratos a algún lugar exótico para el próximo puente, aunque de sobras sé que al final terminaré quedándome en casa. a última hora, cuando ya había apagado el ordenador, me ha llamado el broncas a su despacho. es algo muy típico de él, querer resolver todos los problemas a última hora y esperar que sus empleados estemos dispuestos y encantados para lo que él ordene. al final he salido una hora más tarde, hambriento, con dos nuevos proyectos para desarrollar y de mala leche. al llegar al parking he visto bárbara a unos metros de distancia. intentaba poner su coche en marcha sin éxito alguno. 
-¿no te arranca? – he preguntado. 
se ha sobresaltado. 
-perdona - me he disculpado. 
-no sé qué pasa – ha dicho, haciendo girar de nuevo la llave -esta mañana no he tenido ningún problema. 
-puede que sea la batería. 
-ni idea, no entiendo de coches. maldita sea, precisamente hoy. 
tenía las mejillas enrojecidas y parecía nerviosa. 
-¿tienes prisa? si quieres puedo llevarte. 
ha alzado la cabeza y me ha mirado agradecida y sonriente. 
-me harías un inmenso favor. 
se ha levantado del asiento y su falda de tubo ha subido unos centímetros, que no se ha molestado en devolver a su posición inicial. ha cerrado la puerta con un golpe seco y me ha seguido despotricando de su vehículo y de lo cómodo que sería tener un chófer privado. al subir al coche el aire se ha impregnado rápidamente de su olor. ella parecía más calmada y he puesto música. 
-me encanta este grupo. 
ha reposado su coleta brillante, recién cepillada, en el asiento y ha comenzado a tararear la melodía. 
-¿dónde vamos? – he preguntado al salir del garaje. 
-calle verdi, pero si tienes que desviarte mucho, puedes dejarme donde te vaya mejor. 
-no, no es problema. – he contestado disimulando mi decepción. 
va a ver a aitor, claro. por qué si no tendría tanta prisa. 
hace un par de años aitor nos invitó a la inauguración de su nuevo piso. era un ático con vistas al río, a pocos minutos del centro de la ciudad, tres habitaciones, dos baños y un salón amplio y luminoso con una chimenea y un pantalla de televisión de tamaño desproporcionado para ver el fútbol. estaba en la calle verdi, una zona que desde hacía poco se había convertido en un lugar de moda donde iban a parar los jóvenes modernos que se ganaban bien la vida. 
he conducido hasta la primera rotonda intentando apaciguar mis nervios mientras recordaba con exactitud la cama grande de su habitación, en el centro, flanqueada por dos focos de luz tenue, con las sábanas oscuras y arrugadas y los barrotes metálicos del cabecero. luego he observado a bárbara por el rabillo del ojo. tenía un botón de la camisa desabrochado de más y he visto el delicado bordado de color negro de su sujetador. en vez de seguir por gran vía y torcer a la derecha, me he desviado hasta coger la salida norte. ella ha parado de canturrear. 
-¿por dónde vamos? 
no he contestado y he pisado el acelerador hasta sobrepasar el límite de velocidad que indicaba una estúpida señal de tráfico abollada. 
-¿vamos por un atajo? – ha insistido ella y con la expresión seria. 
-sí – la he tranquilizado yo.
pero no ha tarareado más y ha enderezado su espalda con los ojos atentos a la carretera. sólo cuando llevábamos diez kilómetros alejándonos de la ciudad y he tomado un camino de carros sin asfaltar, ha vociferado: 
-¿dónde coño vamos? 
-cálmate, ¿quieres? ¿no te fías de mí o qué? 
ella se ha quitado el cinturón con cierta dificultad. 
-para. para el coche inmediatamente. 
he mirado los alrededores. había campos de trigo a punto de ser segados y bosques de pinos altos. la única casa que se veía a lo lejos parecía abandonada y he pensado que era un buen lugar. he pisado el freno de golpe y los neumáticos han derrapado levantando una nubecilla de polvo y gravilla tras de sí. 
-¿se puede saber qué cojones haces? – ha gritado, con la mirada asustada, justo antes de que me abalanzara sobre su cuerpo voluptuoso y le subiera la falda buscando, impaciente y frenético, su sexo. 
ella ha comenzado a chillar como una histérica. he tenido que abofetear su preciosa cara y tapar su boca con mi mano izquierda mientras que con la derecha desabrochaba mis pantalones y me desprendía de sus bragas negras y minúsculas, a conjunto con su sujetador. hasta el último segundo no ha parado de moverse, golpearme y arañarme con sus pequeñas manos, pero cuando la he penetrado brusca y violentamente, ha permanecido quieta, con la mirada fija en el parabrisas y los brazos pegados a su cuerpo. me ha molestado su pasividad y le he arrancado la blusa, buscando una reacción, un gesto, una resistencia. los botones perlados han resbalado silenciosamente y han desaparecido por los rincones y las ranuras del coche. la visión de sus pechos rotundos, suaves y blanquecinos, ocultos bajo la fina tela del sujetador, agitados por la respiración entrecortada, han hecho acrecentar la rabia de mis sacudidas. he apartado la tira del sujetador de sus hombros y, una vez desnudos, he pegado mi cabeza entre ellos. los he olido, manoseado, lamido y he mordisqueado sus pezones oscuros mientras me movía encima de ella cada vez más rápido, con el sonido hueco de sus ingles empapadas en sudor chocando contra mis huevos hinchados, refregándome contra su bajo vientre, notando sus latidos, sus fluidos, sus paredes viscosas abriéndose a mi paso, sintiéndome sin aliento, sin pulso y a punto de correrme. tres minutos después he eyaculado. he soltado un agudo gemido de alivio y descanso y con la vista nublada he levantado mi cabeza a la altura de sus ojos oscuros. ella ha apartado su cara, contraída y crispada, y al separarme de su sexo húmedo, rosado y dolorido, he observado que tenía el bello rasurado. para aitor. 

-¿dónde vamos? – he preguntado al salir del parking. 
-calle verdi, pero si tienes que desviarte mucho, puedes dejarme donde te vaya mejor. 
-no, no es problema – he contestado disimulando mi decepción. 
-gracias, eres un sol. 
he sonreído y la he observado por el rabillo del ojo. por descuido tenía un botón de su camisa desabrochado de más y he visto el delicado bordado de color negro de su sujetador. he conducido hacia gran vía sin acordarme de que a esa hora el tráfico suele ser pésimo. durante cinco minutos hemos estado parados entre el 45 y una furgoneta de mudanzas. ella ha comenzado a mover el pie y a chasquear la lengua, inquieta. 
-¿tenías que estar a alguna hora en concreto? – he preguntado. 
ella ha dejado de moverse. 
-perdona, te estoy poniendo nervioso a ti también – ha dicho y ha cruzado las piernas. 
de nuevo su falda ha subido unos milímetros. hemos estado unos minutos en silencio, escuchando las notas de una melodía empalagosa, con letra comercial y voz estridente. después hemos avanzado unos metros y de nuevo nos hemos quedado parados diez minutos. para complicarlo todavía más ha comenzado a lloviznar y los conductores han hecho sonar sus bocinas como si eso ayudara a avanzar algunos metros. bárbara ha apoyado su cabeza en el respaldo, ha cerrado los ojos y con sus dedos finos ha masajeado sus hombros huesudos y tensados. he reparado en su cuello largo y estirado, en sus pestañas largas, en su nariz pequeña y picuda, sus labios rojizos, su tez pálida y un minúsculo lunar en la barbilla. estoy convencido de que aitor jamás se ha percatado de él. 
-¿qué estas mirando? – ha preguntado de repente, divertida y halagada. 
-¿eh? oh, nada… nada – he conseguido tartamudear, haciendo más reiterada mi completa imbecilidad. 
-ya – se ha limitado a contestar. 
hemos llegado a la calle verdi veinte minutos después. en silencio, con el único ruido de fondo de las bocinas estridentes, las gotas martilleando el techo metálico del coche y los anuncios de la radio. ella con su mano encima de su muslo. yo imitando su gesto para ocultar mi erección. 
-muchas gracias – ha dicho cuando nos hemos detenido en la acera – eres un sol. 
-eso ya lo habías dicho antes – he bromeado, pero ella ya estaba fuera del vehículo y no ha escuchado mi patético comentario. 
ha cerrado la puerta con cuidado, acompañándola con deferencia y me ha saludado con la mano. después ha corrido hacia el portal para no mojarse con la lluvia que seguía cayendo, o porque no deseaba dilatar más el momento de encontrarse con aitor. yo he arrancado y he conducido hasta mi casa, en la otra punta de la ciudad. al cerrar la puerta he respirado sosegadamente un par de veces, me he quitado la chaqueta, he aflojado mi corbata, he ido hasta mi cama, me he tumbado en la penumbra y me he desabotonado los pantalones, otra vez. 

25 octubre 2012

A veces parece
que estamos en el centro de la fiesta.
Sin embargo
en el centro de la fiesta no hay nadie.
En el centro de la fiesta está el vacío
Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.

Poesía Vertical, R. Juarroz 

06 octubre 2012

caso clínico: las sagradas escrituras

por si no hubiera sido suficiente con un bautizo, una comunión y una confirmación (sí, yo hice la confirmación y entiendo que llegados a este punto quieran dejar de leer), mi infancia también estuvo marcada por un colegio católico y apostólico al que asistía día sí y otro también. a favor de las monjas que se hicieron cargo de mi temprana educación debo confesar que no me traumaron demasiado ni sus hábitos grises, ni sus rostros hieráticos, ni esos pasillos interminables y silenciosos con plantas mustias y pósters del señor, la virgen, el espíritu santo y algún gatito jugueteando con un ovillo de lana. digamos que entre ellas y yo se estableció rápidamente un pacto de mutuo silencio: yo me portaba bien, hacía los deberes y aprobaba las asignaturas con nota justa y ellas hacían como que no existía y se centraban en las mentes más brillantes de la clase. 

como todo colegio católico y practicante que se precie, dos o tres veces por semana sor rosa maría, la más anciana y abnegada, nos impartía clases de religión. eran clases terriblemente tediosas y aburridas, pero al menos servían para que pudiéramos intercambiar mensajes por debajo de las mesas y quedar con los chicos a la salida de clase. sor rosa maría, aparte de no enterarse de una mierda y dejar que alborotáramos más que en otras asignaturas, nos leía pasajes del antiguo y del nuevo testamento y luego nos pasaba una hoja con preguntas para comprobar si habíamos entendido bien la palabra del señor. a juzgar por las notas al final del trimestre, no dejaba de sorprenderme lo bien que entendíamos todos la palabra del señor y lo mal que comprendíamos las raíces cuadradas y la revolución rusa. 
en cualquier caso, a medida que iba creciendo e iba prestando más atención a los chicos y menos a sor rosa maria, comencé a darme cuenta de que había muchos capítulos bíblicos con cabos sin atar. quizá por vergüenza o quizá porque era una pre adolescente y los pre adolescentes no se interesan por estos asuntos, comencé a tener serias tribulaciones religiosas. no tanto sobre la existencia o no de un dios omnipresente y todopoderoso. eso era algo incuestionable, una verdad absoluta, un sí rotundo y por eso le rezaba yo cada noche, muy seria y devota, con las manos juntitas y la mirada al cielo y le pedía aprobar los exámenes y que marcos me hiciera caso. mis dudas eran mucho más llanas, anecdóticas y minúsculas, más de detalles que jamás supusieron una crisis de valores y ni mucho menos un replanteamiento de mis bien inculcadas creencias religiosas. 
recuerdo con especial cariño las tribulaciones que me asaltaban más a menudo, mientras esperaba en la sala de espera del ambulatorio cuando me subía la fiebre por una gripe, o en el autobús de camino al cole o jugando con mi hermano a los clics de playmobil. 
así que, sin más dilación, y por orden cronológico, he aquí mi top 5 de discordancias, misterios y dudas bíblicas sin resolver: 


la manzana que ajustició a todos. yo creo que aquí el señor no estuvo acertado o bien que, siendo este su primer caso después de seis días de estar creando el mundo, todavía no tenía la suficiente experiencia como para hacer frente a determinadas situaciones. me gustaría pensar que se trataba más de la segunda opción, porque ¿quién no ha errado en algún momento de su vida, siendo o no el señor? exacto, lo que me temía. la cuestión es que no había para ponerse así. era una jodida manzana. quiero decir, no estamos hablando de un jarrón de la dinastía ming, ni un cactus que le había costado más de lo normal en crear, ni tan siquiera de algo a lo que podía haberle cogido un cariño especial (¡llevábamos apenas una semana de mundo, no podía ya estar encariñado con nada!). era una maldita manzana, por favor. ¿era necesario dar tanto por culo por una manzana, que probablemente era de esas verdes, duras y ácidas que son incomestibles? a mí, y esto es sólo mi humilde opinión, claro, me da la sensación que con un “venga, muchachos, vamos a portarnos todos bien” era suficiente. un toque de atención casual, sin más y si volvían a repetir, pues luego ya sí, ponerse un poco más firme. esto es de primero de paternidad, y sea uno padre o no, se sabe. pero sin previo aviso, cortando por lo sano de esta forma, castigar a eva con dolores parturientos, a adán a comer espinos y cardos de la tierra hasta convertirse en polvo y a todos los que veníamos detrás, que ni tan siquiera nos gustan las manzanas… me parece de tener el sentido de la justicia en la punta del nabo, hablando claro. 


los diez mandamientos y con ellos, los primeros claros síntomas de egocentrismo agudo. cito textualmente las palabras del señor para que no se me tilde de manipular los textos sagrados. ojito: 
no tendrás dioses ajenos delante de mí. 4 no te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que hay arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. 5 no te inclinarás ante ninguna imagen, ni las honrarás; porque yo soy yahveh tu dios, fuerte, celoso, que castigo la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, 6 y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos. 7 no tomarás el nombre de yahvé tu dios en vano; porque no dará por inocente yahveh al que tomare su nombre en vano. 
ejem. que no lo digo yo, eh: fuerte, celoso, castigando de generación a generación (igualito que con el episodio de la fruta prohibida) y sólo perdonando a los que le siguen y le hacen caso. madre mía, cómo para no tenerle cierto miedito y levantar el brazo en caso de duda. es lo que en el equivalente al mundo contemporáneo vendría a ser la típica diva del pop, rollo lady gaga, que exige tener toda la planta de un hotel a su disposición, sábanas de cama color pantone pms531, rosas blancas sin espinas en el baño, su propia peluquera, nutricionista, masajista, psicoanalista y que luego apenas se dirige al público en el concierto o mejor aún, lo cancela por habérsele roto una uña. y de acuerdo, que una cosa es dar un concierto de un par de horas y adiós-muy-buenas y otra muy distinta crear el mundo, pero un momento, tomemos perspectiva del asunto: seis días. no estamos hablando de seis semanas, ni seis meses, ni seis años. seis días, apreciados lectores. así que, o la cosa no era muy complicada o bien dejó mucho sin terminar. 


la anunciación. lo más notable que consiguió el capítulo de la anunciación la primera vez que lo leí fue un tremendo desconcierto. supongo que el problema es que yo era todavía muy joven para entender según qué cosas: una paloma, una mujer sola y una tarde lánguida de mortal aburrimiento. a raíz de eso, andando por la plaza del pueblo, contemplaba a los pajaricos de lejos, con cierto acojone, pensando que tal vez, en un descuido mío, podrían convertirme en la próxima elegida sin estar yo preparada ni convencida. más adelante, con las primeras clases de ciencias naturales, en las que el alumnado mostraba un interés poco habitual, las monjitas optaron por pasar muy de puntillas sobre el tema (al fin y al cabo, eran monjitas, vamos… expertas en la materia) pero acabé por entender que lo de la paloma era una metáfora y que en realidad sólo debía tener cuidado con las tardes lánguidas que pasaba con marcos. en cualquier caso siempre me dio por creer que la virgen fue una mujer tremendamente desgraciada: recordada por ser virgen toda la vida y por los siglos de los siglos, pariendo de mala manera en una cueva, arrejuntada con un señor del que sabemos más bien poco, aparte de que era carpintero y estaba bastante adelantado a su tiempo en lo referente a relaciones, y con un hijo que creyó que sería buena idea sustituir la opulencia romana, con sus bacanales, sus espectáculos circenses y sus uniformes de guardia pretoriana por la austeridad cristiana y su…ermmm… eso, austeridad. 


la crucifixión. hay qué ver cómo se las gastaban en las antiguas civilizaciones a la hora de acabar con la vida de algunos indeseables. aunque claro, las contemporáneas tampoco se quedan cortas, pero no entraremos ahí ahora. yo es que pienso en el peso de la cruz, en lo que debió de durar el vía crucis, en los pocos bares que habría en la época para descansar un rato y tomarse una cañas fresquitas y luego, para rematar, los clavos, el vasito de vinagre y la corona de espinas y tengo que sentarme. por no mencionar a los dos ladrones que fueron crucificados al mismo tiempo y a los que les dio por conversar, allí, clavados en la cruz: que si fueras verdaderamente el hijo del señor podrías salvarte a ti mismo y dejar clarito quién manda aquí, que si y ya de paso, también podrías salvarnos a nosotros, que acuérdate de mí cuando llegues al reino, y un sinfín de suplicas del todo inapropiadas. con lo hartísimo que tendría que estar ya el hijo del señor, como para encima tener que ir haciendo favores y milagros. y claro, al final, después de tanto martirio y suplicio, ¿quién no hubiera dudado, ni que fuera sólo un segundo, de que su padre le había abandonado? pues eso. todos habríamos soltado algún improperio y bastante diplomático fue él, me parece a mí. y sí, después sí. después hubo reacción. después la tierra tembló y las piedras se partieron y se abrieron los sepulcros. mi pregunta es… ¿no hubiera podido darle un toque de atención unas horas antes? 


los milagros. los evangelios van repletos de narraciones dedicadas a los milagros que hizo el hijo del señor en su corta, pero intensa trayectoria. me parece bien. quiero decir, qué menos. desde pequeños todos sabemos que si no hay súper poder, no puede ser súper héroe. los súper poderes molan y además son imprescindibles para tener cierta credibilidad ante el populacho que no tiene súper poderes y por eso es populacho y no héroe. da igual que sea tener la capacidad de volar o una fuerza descomunal o multiplicar panes y peces, la cuestión, como digo, es destacar de la plebe y ahí el hijo del señor se lució bien. mi milagro favorito es sin duda alguna el de la resurrección de lázaro. coincidirán conmigo con que resucitar a los muertos tiene que ser la hostia y que en la dilatada trayectoria del hijo del señor, nos encontramos ante el clímax en lo que a milagros se refiere, por eso no termino de entender la sorpresa de su madre y las plañideras que le acompañaban cuando, después de todo el follón de la cruz, resucitó él mismo a los tres días. a ver, ¡si ya se veía a venir! ¿cómo no auto resucitarse a sabiendas de que era algo que le salía bien? hay que tener muy poca motivación para quedarse allí, sepulcrado, solo, aburrido y muerto, sabiendo que hay todo un mundo ahí afuera para adoctrinar. aunque bueno, otra cosa les voy a decir, también pienso que era un buen momento para reinventarse y hacer algo distinto, probar con algo diferente, pero bien, cada uno sabrá qué le conviene más e imagino que él lo tenía claro. aunque con semejante padre… cualquiera le decía que no estaba interesado en mantener el negocio familiar. 

continuaría un par de horas más porque el tema da mucho de sí y me estoy dando cuenta de que me acuerdo más de lo que creía y de que sor rosa maría estaría orgullosa de mí y de lo mucho que aprendí en sus clases, pero estoy viendo los primeros bostezos y temo que se me están aburriendo, así que paro ya. 
sólo terminar recordándoles que el señor es bondadoso y nos ama. a todos. y que si no follamos antes del matrimonio, no usamos jamás un preservativo, estamos en contra del aborto, consideramos la homosexualidad como una enfermedad, no comemos manzanas y alguna minucia más, nos ama el doble y nos ahorramos pasar por todo el embrollo del juicio final. 

28 septiembre 2012


Hace un año, volví a escribir cuentos, pero sin darme cuenta de que en realidad seguía con los hábitos del novelista. Seguía utilizando un tempo moroso, nada adecuado para el relato. Las frases se alargaban sin prisas y se concentraban premiosamente en los detalles. Hasta que comprendí que así no iba a ninguna parte. Tenía que ser más consciente de que había regresado al cuento y estaba obligado a un sentido de la brevedada que no pedía la novela. Pero el conflicto máximo no procedía únicamente de ese lastre de las malas costumbres adquiridas como novelista. La tensión más fuerte la provocaba el duro esfuerzo de contar historias de personas normales y tener a la vez que reprimir mi tendencia a divertirme en textos metaliterarios: el duro esfuerzo, en definitiva, de contar historias de la vida cotidiana con sangre e hígado, tal como me habían exigido mis odiadores, que me habrían reprochado excesos metaliterarios y "ausencia absoluta de sangre, de vida, de realidad, de apego a la existencia normal de las personas normales."
(...)
He sudado la gota gorda con las secreciones y exudaciones de mis personajes, he hecho un esfuerzo increíble para mostrar "apego a la existencia normal de las personas normales". Y últimamente me siento ya bien adaptado a mi asquerosa vida. En el fondo, siempre me han impresionado cuentistas como Raymond Carver, con todas sus historias de camareras y camioneros y otros seres anodinos perdidos en la grisura de una cotidianidad aplastante. Reconozco que es un genio del cuento. También me gustan esos autores que, por ejemplo, describen un campo de patatas con una precisión magistral. Pero a mí siempre me ha costado hacerlo. Si tenía que describir un campo de patatas, lo hacía, pero se trataba de unas patatas germinando en un sótano, por ejemplo, y acababa teniéndome que corregir yo mismo, golpeándome sádicamente la mano con la que escribía aquellos surrealismos.
Me he dedicado a hablar de seres corrientes y vulgares, es decir, de individuos amostazados, apopléticos y analfabetos, pero lo he pasado mal, muy mal. Y todo para que dijeran que he cambiado un poco de estilo. Es absurdo porque en el fondo debería haber sabido que para cambiar de estilo basta con cambiar de tema. Lo he pasado mal porque he transpirado mucho con mis personajes. A los de mi primer cuento, por ejemplo, no he podido olvidarlos. Se pasaban el día metidos en mi cocina, discutiendo mientras fregaban platos. Discutían por cualquier cosa. Era uno de esos matrimonios que siempre se están tirando los platos literalmente a la cabeza. Me fastidiban, pero sin embargo me volví preciosista con ellos, ni un error a la hora de abordar su inmensa vulgaridad con precisión. El problema grande llegó cuando descubrí que nunca se iban de casa. Me levantaba a medianoche, por ejemplo, para ir a buscar algo a la nevera, y allí estaban los dos, apoyados en el pared del pasillo, junto a la cocina: insomnes, sucios. Un día, les oí comentar que se habían inscrito en el Club de las Personas Normales. Qué tiernos, qué personajes más deliciosos. Aunque les veo demasiada carne, nariz y hueso. Además, ¿cuántos relatos se habrán escrito ya sobre las mismas tonterías?

Exploradores del abismo, E. Vila-Matas

19 septiembre 2012

recursos literarios
















a mi derecha, 
abstraída y retirada
una musa. 
cuchichea, sospesa 
garabatea
y tacha de un folio replegado.
arruga su naricilla pequeña 
frunce el ceño 
y mira alrededor 
con desaprobación.
se enfurruña, fuma otro cigarrillo
dibuja aros de humo espeso
se desespera y niega con la cabeza.
revolotea y escribe una letra 
luego otra 
borra todo
vencida, frustrada
y se levanta. 
susurra, musita y me observa 
desde lejos 
esperando que sea paciente y rellene su copa. 
en silencio,
sin estorbar 
acomodo su silla con un cojín mullido 
cierro la ventana
allano su cuartilla
y sirvo otro vaso. 
se acerca, agradecida, 
bebe 
se sienta 
suspira y anota una palabra 
que le ilumina los ojos 
y le enciende las mejillas 
sonríe y me aparta. 
murmura, confirma 
añade otra línea y avanza
minutos y horas
hasta que 
turbada y rendida, 
desliza la hoja manuscrita 
a mis manos inquietas. 
la aparto 
bebo deprisa y leo despacio 
sonrío, revivo
asiento, saboreo
evoco, temblequeo 
y al terminar, 
de madrugada, 
mientras ella duerme tranquila y acurrucada 
entre sílabas, vocablos y esbozos
la acuchillo. 
antes de cerrar sus ojos
me señala con su dedo fino,
roza mi párpado
y lo tizna de rojo oscuro
y a pesar de mi culpa, 
respiro, por fin,
aliviado, ligero
iluso 
confiado con que sin la brillantez de sus textos 
tal vez
alguien reparará en la mediocridad de los míos. 

11 septiembre 2012

un 11s

pues a mí el 11s, ese, el de las torres, me pilló follando. de hecho yo me enteré de lo del 11s casi el 12s, bastante después de que sonara el teléfono de casa a eso de las siete de la tarde y lo primero que notara fuera mi cabeza a punto de estallar y muchas ganas de vomitar. contesté cuando hacía un buen rato que el estruendo del timbre retumbaba en mis sienes y lo hice mareada y furiosa, esperando que fuera algo realmente importante. 
-¿qué? 
-tía, qué fuerte- dijo mi amiga ana.
-¿el qué? 
-¿no te has enterado? 
-¿de qué? 
-¿no has visto la tele? 
-no, apenas hace unas horas que me he metido en la cama. estoy con alejandro. ayer por la noche salimos y nos metimos de todo y no me acuerdo de nada. creo que discutimos, pero no estoy segura. lo que no sé es cómo conseguimos llegar a casa. joder, me duele tantísimo la puta cabeza. 
-vaya. 
-te llamo luego. 
y colgué.
de la noche anterior también recordaba que había bebido mucho y luego había vomitado y después había empezado con las rayas y quizá alguien me diera un poco de m, aunque yo buscaba pastillas y al final alejandro consiguió un par y nos las tomamos y luego él despareció y yo me puse a buscarle y no lo encontraba e imaginé que se habría ido con cualquiera y me puse a llorar como una idiota en medio de la nave y mis amigos pensaron que estaba teniendo un mal tripi y me sacaron a la calle porque creyeron que un poco de fresco me sentaría bien y me dieron vodka con hielo aunque nuna me haya gustado el vodka y yo temblaba de frío y les dije que mejor entrábamos y estuvieron de acuerdo y luego comencé a reírme no sé de qué y pensé madre mía esta música está muy bien y tenía la sensación de no pesar apenas y de ser capaz de ponerme a volar en cualquier momento y abracé a pablo que no se había apartado de mi lado y le miré y creí que era el hombre más guapo del mundo y me quedé pegada a él hasta que escuché que me susurraba al oído que si quería ir al baño con él y yo sonreí y contesté que vale pero que después de esa canción que estaba sonando porque me gustaba mucho y me recordaba al día que había conocido a alejandro otra noche pero de hacía ya mucho tiempo y él dijo que de acuerdo y me metí en medio de la pista y comencé a bailar y perdí de vista a pablo y al resto de mis amigos y no me importó porque se estaba muy bien allí y después creo que se acercó una chica y me preguntó cómo estaba y yo le dije que de puta madre y ella dijo que se llamaba marta y yo le dije que me llamaba alícia y me dio otro abrazo y se fue y yo pensé dios esta pastilla es la hostia y se me pusieron todos los pelos de punta al ver a toda la gente bailando y sudando y gritando y aplaudiendo y pasándose los botellines de agua y mirándose con las pupilas dilatadas y cerrando los ojos y sonriendo y sintiendo todo lo que yo estaba sintiendo y luego me giré y vi la cara de alejandro toda seria y paré de danzar y pensé, joder.
-¿te has ido con pablo al baño? 
-¿qué? no te oigo…la música… 
-que si te has ido con pablo. 
y me cogió de la muñeca y aunque me dolía porque me apretaba fuerte no me quejé ni nada y le seguí hasta el pasillo donde había mucha gente hablando y fumando y tirados por el suelo con las cabezas apoyadas en la pared y siguiendo el ritmo con las manos o los pies y dándose morreos y sobándose y alejandro avanzaba y caminaba tan deprisa que creía que iba a tropezarme con alguno de ellos y quería decirle que yo volvía a la nave y quería bailar y que fuera hacía demasiado frío y que me iba a cortar el rollo y que me dejara en paz y que claro que no había ido al baño con pablo pero que si lo hubiera hecho tampoco era nada grave porque bien que él había desaparecido un buen rato y yo no le estaba montando ningún drama al contrario yo estaba bailando tranquilamente sin molestar a nadie así que podía tomar ejemplo de mí y estar tranquilo y luego cuando por fin salimos a la calle se apartó un poco de la entrada del local y sentó en la acera y yo me senté a su lado tiritando y vi que rebuscaba algo en su bolsillo y al final sacó una bolita de papel que desenvolvió con cuidado y vi un par de pastillas pequeñas y de color rosa con un delfín en una de las caras y preguntó si quería y nos besamos y le dije que sí y pensé joder. 

no me he enterado de qué, pensé. que si he visto la tele para qué. barajé la posibilidad de levantarme y aclarar mis dudas, poniéndola bien bajito para no molestar a alejandro, pero sentía tanto dolor que para lo único por lo que valía la pena salir de la cama era ir a por los ibuprofenos, tomarse seis o siete de golpe y esperar a que el dolor remitiera. sí, eso era lo que debía hacer, levantarme poco a poco, tomar las pastillas y volver a la cama. alejandro se movió y lo miré por si se despertaba. tal vez, pensé, podría ir él por mí, pero sólo refunfuñó algo que no comprendí, se dio media vuelta y siguió durmiendo.

estuvimos poco rato fuera porque yo estaba temblando aunque alejandro decía que se estaba bien ahí con el fresco de la madrugada pero yo contesté quédate ahí si quieres yo entro y ya nos vemos dentro pero esta vez no desaparezcas y él se quedó otra vez muy serio y respondió que no le controlara y que me dedicara a pasarlo bien y yo le dije que era lo que estaba intentando hacer y que no entendía a qué venía ese cambio de humor y él dijo que lo dejara que no tenía ganas de discutir conmigo y yo le dije que a mí tampoco me apetecía y que no fuera tonto y que se viniera para dentro y él dijo que de acuerdo pero que no tonteara con pablo y yo le contesté que no lo había hecho en toda la noche y él dijo que no le mintiera que nos había visto y yo pensé que eso era el cuento de nunca acabar y tenía frío y sólo quería entrar y bailar y pasar una noche agradable y no comprendía qué mosca le había picado y me acerqué y le besé de nuevo y aunque él se hizo el remolón dejó que le cogiera de la mano e hicimos el camino a la inversa y mientras andábamos comencé a notar el cosquilleo en el estómago y en la nuca y en la espina dorsal y los graves y las gotas de sudor de la frente y el mareo y la cabeza ida y las pulsaciones y el temblor de la piernas y la garganta seca y la mandíbula dolorida y agarrotada y sólo deseaba masticar un chicle de menta y un trago de agua y llegar a la pista y bailar. 

algunos rayos débiles de luz se colaban por los agujeros de la persiana e imaginé que sería ya bien entrada la tarde. me quedé un rato quieta, con los ojos cerrados e intentando no pensar en nada. tal vez así conseguiría dormir un rato más y tal vez cuando me despertara de nuevo el dolor de cabeza habría desaparecido. lo único que debía hacer era poner la mente en blanco, pero luego de repente, sin que viniera a cuento, recordé el viaje en taxi hasta casa y abrí los ojos y miré a alejandro que seguía durmiendo a mi lado. aparté la sábana con cuidado y contemplé su espalda ancha, lechosa, arañada y con restos de sangre seca. 

estuve bailando hasta las ocho o las nueve o la hora que fuera en la que dejó de sonar la música y para entonces alejandro había desaparecido y aparecido doscientas veces pero me daba igual porque marta había vuelto y habíamos estado bailando juntas toda la noche y ella me daba abrazos y caladas de sus nevados y yo reía y reía y reía y bailaba y luego alguien dijo venga chicos hora de largarse a casa y pensé que era una pena porque era muy temprano todavía y yo quería quedarme dos días más y marta me dijo que me fuera con ella y unos amigos que sabían de un lugar a las afueras y yo contesté que me encantaría pero que estaba con mi novio y que tendría que preguntarle y ella dijo que me esperaba allí y yo contesté que volvería enseguida y que me esperara y fui a buscar a alejandro pero con tanta gente era casi imposible encontrar a nadie hasta que después de unos minutos le vi sentado en un rincón con los ojos en blanco y la cara sudada y me asusté pensando que a lo mejor no estaba bien y al acercarme le sacudí suavemente para que se despertara y abrió los ojos y me empujó y casi me tiró al suelo y me dijo tía de qué vas y le dije que lo sentía que me había acojonado al verle así y dijo que estaba loca y se levantó de golpe y se largó y yo corrí detrás gritándole que me esperara y él se hacía el sordo y caminaba cada vez más deprisa y no pude volver donde estaba marta y decirle que lo sentía y que no podría ir con ellos aunque me hubiera encantado pero que quizá nos volveríamos a encontrar otro día y yo sólo quería detener a alejandro y empezaba a notar que estaba agotada y que me dolía el cuerpo y que necesitaba una raya o una cama grande y cómoda y luego alejandro paró un taxi y antes de meterse me gritó que me diera prisa y corrí todavía más y cuando estuve dentro le grité que era un capullo y que qué coño le pasaba y él gritó más y yo grité más todavía y creo que le empujé y luego él me dio una bofetada y el taxista nos pidió que parásemos pero no le hicimos caso hasta que detuvo el coche y nos sacó a los dos a manotazos y nos quedamos tirados en medio de la calle pero continuamos pegándonos y le arañé la mejilla derecha y toda la espalda y él me arrojó al suelo y me torcí el tobillo y pensaba que me lo había roto porque no podía levantarme hasta que vino y me dio su mano pequeña y fría y me ayudó y para cuando llegamos a casa cuarenta minutos después estábamos comiéndonos la boca y en el ascensor comenzó a quitarme la ropa y para cuando me tumbé en la cama ya iba sin las bragas ni la camiseta de los cure que me había regalado a la salida de un concierto y me agarró por la cintura y separó bien mis piernas y primero me lamió de arriba abajo y yo cerré los ojos y volví a notar como mi cuerpo se estremecía como cuando estaba bailando y me mordí el labio y sonreí y apreté los puños hasta clavarme las uñas en la palma de las manos y me corrí casi de inmediato porque es lo que me pasa cada vez que tomo éxtasis y luego sentí como si me hubiera pasado una descarga de corriente eléctrica por todo el cuerpo y sonreí todavía más y él me miró y me pidió que se la chupara y apenas había empezado cuando tuve que parar porque decía que iba a correrse y que no quería hacerlo tan rápido porque antes quería follarme bien eso dijo exactamente te voy a follar hasta que pierdas el conocimiento y yo pensé joder.

tapé de nuevo el cuerpo de alejandro con la sábana y cerré los ojos. eso es lo que había pasado cuando llegamos a casa a las nueve de la mañana. casi nos habíamos matado pegándonos primero y follando después. pero ahora las cosas estaban bien. menos mi cabeza. no podía soportar tanto dolor y ahora además tenía sed y calor y supe que no volvería a dormirme hasta paliar estas necesidades. con mucha lentitud y torpeza conseguí dar los primeros pasos hacia la cocina para buscar un vaso de agua. caminaba doblegada y no sabía si era por las horas que había estado bailado, por el bajón de las drogas o por la sesión de sexo matutino. o por las tres cosas a la vez. al coger el vaso de la estantería me resbaló de las manos y cayó al suelo rompiéndose en mil pedacitos pequeños. uno de los trozos se clavó en mi rodilla que comenzó a sangrar. también desperté a alejandro que me llamó y me pidió que le trajera tres aspirinas. cuando me senté a su lado observé su rostro magullado.
-esto no puede continuar así. – dijo con voz ronca y adormilada – algún día de estos saldremos en la tele y no precisamente por ganar la lotería. 

y luego me acordé de nuevo de la llamada de hacía unos minutos y no sé qué de una noticia y de la tele y pensé que alejandro tenía razón y que esa relación era una locura y que las drogas que nos metíamos también eran una locura y que teníamos que hacer algo y lo más sensato era dejar de vernos un tiempo aunque era lo que menos me apetecía hacer y creo que después él dijo que se iba a duchar y que recogería sus cosas y que no llorara porque esto lo hacía más complicado y que quizá más adelante cuando los dos nos hubiéramos centrado a lo mejor podríamos volver a vernos y yo le dije que sí pero pensaba que eso iba a ser difícil porque seguro que para entonces él ya habría conocido a otra y se habría olvidado de mí y mientras yo lloraba él salió de la cama y de nuevo vi su espalda con las marcas rojizas de mis uñas y fue a por las aspirinas que había pedido y que yo no le había llevado y escuché el grifo de la ducha y el sonido del agua que corría y pensé que no era justo que termináramos así y pensé qué coño habría pasado y se me ocurrió poner la tele y en la pantalla sólo se veía un humo negruzco y espeso y mucha gente llorando y gritando y huyendo despavorida con los rostros ensangrentados y miles de papeles volando por los aires y bomberos que pedían a todos que se apartaran y me sequé las lágrimas y avisé a alejandro para que viniera aunque ya no estuviéramos juntos pero él no me oyó y yo no entendía nada y luego vi un cielo azul y brillante y una torre imponente y luego un avión y luego otra torre y luego otro avión y más humo y más gritos y más polvo y más escombros y lo vi una vez y otra y otra y otra a lo largo de ese día después de que alejandro se hubiera ido y me hubiera dado un beso en la frente como si fuera una niña pequeña o peor aún una conocida lejana nada más y me dijera adiós y yo pensé joder.

03 septiembre 2012

un nombre común

mírame
fíjate en mí 
obsérvame bien 
sí, tú 
creí leer en tu mirada experta.
acércate 
un poco más 
sin miedo 
no temas
podríamos hablar
conocernos
gustarnos, tal vez
creí advertir en tu voz áspera.
¿lo ves?
no pasa nada
no te haré ningún daño 
por qué iba a hacerlo 
¿me ves capaz,
acaso? 
creí adivinar en tu sonrisa extraña.
deberías confiar 
en la gente 
en las personas
en el destino
en mí. 
todos hemos sufrido 
un día, un año, un lustro 
pero hay que saber olvidar 
aprender 
continuar 
creí intuir en tus labios agrietados.
ven 
siéntate aquí, 
a mi lado
los dos solos
se está bien así
¿verdad?
vayamos despacio
nos sobra tiempo
contémonos cuentos 
tarareemos estribillos 
y riámonos de todo 
lo que un día te hizo llorar 
y luego, 
cuando amaine el calor y anochezca
corramos un poco 
sólo por probar 
sólo por saber qué se siente
sólo para divertirnos 
creí entender en tus palabras usadas.
¿has visto? 
parecía difícil 
imposible, incluso 
y mírate ahora 
creí escuchar en tu risa astuta.
mírate ahora 
muchacha estúpida
mírate ahora
muchacha idiota
mírate ahora;
aferrada a la mano de tu verdugo
a un desfigurado recuerdo
a un nombre común que todavía te hace temblar 
a otro paso en falso 
a otro pozo oscuro y sin fondo 
a algo que creíste, 
muchacha cauta,
y que tampoco fue.