29 febrero 2012

En un ensayo titulado Writting Short Stories, Flannery O'Connor habla de la escritura como un acto de descubrimiento. Dice O'Connor que ella, a menudo, no sabe a dónde va cuando se sienta a escribir una historia, un cuento... Dice que se ve asaltada por la duda de que los escritores sepan realmente dónde van cuando incian la redacción de un texto. Habla ella de la "piadosa gente del pueblo", para poner un ejemplo de cómo jamás sabe cuál será la conclusión de un cuento hasta que está próxima al final:
"Cuando comencé a escribir el cuento no sabía que Ph. D. acabaría con una pierna de madera. Una buena mañana me descubrí a mí misma haciendo la descripción de dos mujeres de las que sabía algo, y cuando acabé vi que le había dado a una de ellas una hija con una pierna de madera. Recordé al marino bíblico, pero no sabía qué hacer con él. No sabía que robaba una pierna de madera diez o doce líneas antes de que lo hiciera, pero en cuanto me topé con eso supe que era lo que tenía que pasar, que era inevitable."

Cuando leí esto hace unos cuantos años, me chocó el que alguien pudiera escribir de esa manera. Me pareció descorazonador, acaso un secreto, y creí que jamás sería capaz de hacer algo semejante. Aunque algo me decía que aquel era el camino ineludible para llegar al cuento. Me recuerdo leyendo una y otra vez el ejemplo de O'Connor.
Al fin tomé asiento y me puse a escribir una historia muy bonita, de la que su primera frase me dio la pauta a seguir. Durante días y más días, sin embargo, pensé mucho en esa frase: Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Sabía que la historia se encontraba allí, que de esas palabras brotaba su esencia. Sentí hasta los huesos que a partir de ese comienzo podría crecer, hacerse el cuento, si le dedicaba el tiempo necesario. Y encontré ese tiempo un buen día, a razón de doce o quince horas de trabajo. Después de la primera frase, de esa primera frase escrita, una buena mañana, brotaron otras frases complementarias para complementarla.
Puedo decir que escribí el relato como si escribiera un poema: una línea; y otra debajo; y otra más. Maravillosamente pronto vi la historia y supe que era mía, la única por la que había esperado ponerme a escribir.

Escribir un cuento, R. Carver

26 febrero 2012

érase una vez una bella princesa de cabellos de oro y pálida tez que vivía en un hermoso palacio de un lejano país donde los unicornios trotaban grácilmente por las floreadas praderas.
todas las noches, bajo la luz tenue de la plateada luna, la princesa de cabellos de oro y pálida tez se retiraba a su lúgubre torre y dormía sola, en su gran cama vacía, abrazada a la almohada; y dormía de putísima madre.

20 febrero 2012

no me sale / el primer regalo

vaya mierda, joder. llevo dos semanas con esta historia en la cabeza, pero cuando abro la página del word no hay forma. la he empezado tres veces y cuando llevo medio folio escrito, lo releo y pienso que no vale para nada y borro todo.
quiero contar la historia de una pareja. los nombres ya los tengo: ángela y félix. ángela es un nombre que siempre me ha gustado. si algún día tengo una hija es posible que la llame ángela, aunque, pensándolo bien, tal vez suene a señora mayor que se carda el pelo y usa mucha laca. o sara. sara también me gusta mucho y éste en cambio suena a chica joven y alegre. félix me da bastante igual. siempre he creído que los nombres masculinos son aburridos y cuando debo escoger uno para una historia, elijo el primero que me viene a la cabeza, sin pensar, sin asociarlo a ninguna cara ni ningún carácter. jorge, javier, jose-luis, manuel, roberto. aburridos, grises. aunque félix me recuerda a un profesor que tuve en la universidad del que estaba un poco enamorada. historia del cine, nos enseñaba. los lunes a primera hora. no falté a ni una clase en todo el semestre que duró la asignatura. llegaba puntual, con sus notas, sus diapositivas que nunca se quedaban atascadas, su discurso preciso y bien argumentado y decía cosas interesantes que muchas veces no escuchaba porque estaba fantaseando con cómo sería su vida privada y qué haría después de clases. le había imaginado viviendo en un ático con bonitas vistas a la ciudad, acompañado de una novia joven, muy mona y culta que fumaba cigarrillos de liar y tenía un acento francés, pero tuve celos de mi propia imaginación y al final me decanté por pensar que prefería a los hombres. 

pues ángela y félix son amantes. ángela tiene un marido que es médico, con un cargo importante y no uno de esos de cabecera que receta aspirinas para todos los males, y también es bastante más mayor que ella. no se sabe muy bien por qué están juntos. supongo que se quieren, aunque no tienen hijos. hay algo extraño en su relación, porque ella es muy guapa y el muy viejo y no, no es el dinero. debo pensar bien lo que es. o dejar que el lector se lo imagine. ¡no haré yo todo el trabajo siempre! luego está félix, que también está casado con carlota o claudia. tengo que decidirme por el nombre. me gusta más carlota porque claudia suena a pija relamida y no quiero que la esposa de félix sea una pija, aunque tampoco es la protagonista de esta historia y sólo la mencionaré un par de veces en el relato. félix sí tiene hijas. dos niñas. preciosas. tengo que asegurarme de usar este adjetivo cuando me refiera a ellas. no les pondré nombre porque no son necesarias para el relato. lo siento chicas, tal vez más adelante, en otro cuento. 
bien, pues ángela y félix tienen una historia desde hace años. tres o cuatro, por ejemplo. vamos, que son amantes de esos que se encuentran en una habitación de hotel y hacen lo que deberían hacer con sus respectivas parejas, pero que no lo hacen con ellos porque ya se han cansado de verse las cara y los cuerpos y repetir siempre lo mismo. y a ellos dos les va muy bien así. o sea, que no se complican con romanticismos, ni pierden el tiempo poniendo el lavavajillas, ni comen en casa de los suegros los domingos. follan, comparten el cigarrillo de después, se duchan, follan en la ducha imitando alguna escena de película, se vuelven a duchar (esta vez sin follar) y se largan cada uno a su casa hasta la próxima cita. pero claro, llevan ya un tiempo así e inevitablemente hay algo más entre los dos. quiero decir (y ahí debería detenerme un rato y os aseguro que no me sale cómo expresarlo sin que suene a algo demasiado empalagoso, ni tampoco demasiado superficial) que después de tanto tiempo, algo habrán tenido que hablar y los dos se dan cuenta de que a parte del sexo, que es fantástico, también se caen bien y se gustan un poco y nos les importaría ir un día al cine y compartir las palomitas, así, sin más. pero esto es casi imposible… los dos tienes pareja estable y como siempre tuvieron claro que lo suyo era solo sexo, sin complicaciones, pues así han continuado y ninguno de los dos ha querido arriesgarse a más. y bueno, tampoco os creáis que son muy infelices así. que al menos se ven, practican sexo y luego los problemas, los días malos y las rutinas cotidianes las viven en sus casas, por separado, sin molestar al otro. tampoco es mal plan, digo yo. sigamos. todo lo dicho hasta ahora sería a modo de introducción y pienso que hasta este punto sería suficiente. no más de una página porque si no nos aburrimos con detalles que no tienen nada que ver con la narración. no a los detalles superficiales, como decía otro profesor que tuve bastante después de félix, aunque de éste ya no me enamoré porque para esa época salía con nacho, alías el serpiente, del que estaba terriblemente colgada. un día os contaré de él. pues resulta que un día, uno de esos días en los que quedan, (atención, he vuelto a la historia) ángela sale de su casa nerviosa porque debe decirle algo a félix. 
aquí debería detenerme un rato para enganchar al lector para que siga leyendo y deseé saber qué tiene que contarle y no se vaya a la cocina para picotear o revistar su correo o cualquier otra tarea. así que ella llega antes al hotel y durante la espera da vueltas a la habitación y fuma cigarrillos finos mentolados y se muerde las uñas y piensa en cómo debería contárselo. porque estas cosas pasan y porque ya sabían que tarde o temprano alguien tendría que decir adiós. ¡ah, enganchados! ¿no? félix llega al hotel veinte minutos después, agotado debido a su trabajo pero con ganas de verla. porque ángela, además de ser buena amante, es guapa. lo tiene todo. incluso marido y algo que contar. antes de empezar a arrancarse la ropa y dejarla tirada en el suelo bien arrugada, ella le dice que se siente un momento y que escuche, y él, que es un hombre obediente, se sienta y escucha. total, que al marido de ángela a quien no he puesto nombre por todo el rollo de los nombres masculinos que ya he dicho antes, le trasladan a otra ciudad. no, mejor aún, hagámoslo más drástico, a otro país. a la otra punta del mundo. cuánto más lejos, mejor. y en tres meses. lo cual se traduce a una separación inminente de los dos protagonistas. vaya putada. pero es que la vida es así, una de cal y otra de cal doble. y después de semejante notición los dos se quedan realmente abatidos, para qué engañarnos, pero como se supone que lo suyo era solamente sexo, pues siguen con sus citas, aunque ya no es exactamente lo mismo… ahora hay más abrazos y más miradas lánguidas y más suspiros y ángela llora a escondidas y félix está más de mal humor y carlota no sabe lo que ocurre pero es tan pánfila que sigue sin enterarse. (carlota es un nombre demasiado bonito para un carácter tan anodino, debo acordarme de revistar este punto porque no me convence en absoluto). y así van pasando los días. tic tac tic tac tic tac. aquí es posible que no sepa qué contar para alargar el suspense y acabe hablando de alguna anécdota de los dos amantes cuando todavía desconocían su desenlace y vivían sin preocupaciones. o algún capítulo sexual. el sexo vende y si no vende, al menos gusta de leer. o bien escriba sobre el tiempo. ¿mucho frío no estos días? aquí en mi pueblo temperaturas glaciales. a ver si se termina ya el invierno de una vez por todas y vuelve el verano con sus treinta y tres grados a la sombra y sus chiringuitos cutres y sus playas saturadas de humanidad. 

por fin buenas noticias: la escena final la tengo bien tramada. se me ocurrió el otro día hablando con una compañera de trabajo mientras tomábamos el té a media mañana. ella estaba contándome algo terriblemente interesante acerca de la diarrea de su hijo y de pronto me vino, así, sin más. qué cosas, ¿eh?. la inspiración siempre llega en el momento menos esperado. 
es el último día antes de que ángela y su marido se trasladen a otro país. el encuentro entre los dos es bastante funesto y se acuestan con más sentimiento que pasión, algo que ya no les sorprende en absoluto, pero ninguno de los dice nada y actúan siguiendo el ritual de los últimos años. ángela teme romper a llorar en cualquier momento y piensa que quizá en el último minuto él le suplicará que se quede. félix evita mirarla a los ojos demasiado tiempo y bromea con estupideces para alegrar unos ánimos que no hay forma de levantar. antes de salir de la habitación, ella le regala el camisón negro que se había comprado para la ocasión y se da cuenta que es el primer regalo que le hace después de tantos años. piensa que ahora, de haber sabido que no se verían más, le hubiera hecho muchos más regalos. él lo agradece, sonríe, acerca la prenda a su nariz y aspira. huele a ella y a todo el tiempo que han pasado juntos. dice que debe marcharse, que ya es tarde, que le esperan. ella hubiera deseado no escuchar esto y él se da cuenta de su metedura de pata. no es momento de recordar que en otra casa hay otra mujer esperándole, pero tampoco es momento de molestarse y montar un número porque apenas les quedan unos minutos juntos. se desean mucha suerte. se miran, se evitan, se miran de nuevo y se abrazan. ella llora. él la aprieta más a su cuerpo y se quedan unos instantes así, quietos y en silencio, sintiendo la respiración y el corazón latiendo del otro. 

de camino a casa félix camina despacio y piensa en cómo será su vida sin ángela a partir de ahora y en cómo será la de ella en otro país, con otra gente, en otra habitación de hotel con otro que le sustituya. al llegar a la esquina de su casa, saca el camisón del bolsillo del abrigo, lo acaricia y lo huele otra vez. la intensidad del olor a ella se ha disipado ligeramente. se acerca a un contenedor de basura, empuja la tapa hacía arriba y tira la prenda dentro, junto a restos de comida podrida, botellas vacías y periódicos caducados. después de todo este tiempo, reflexiona, tampoco sería inteligente que a estas alturas, cuando ha conseguido mantener su historia en secreto durante tanto tiempo, un simple recuerdo del pasado arruinara su inmaculado futuro. 

13 febrero 2012

había sido una mala idea. lo supo desde el primer momento. desde que, una semana antes, había bajado al bar y cuándo él fue al baño y su amiga le preguntó qué le había parecido. 
-¿qué te parece? – preguntó la amiga. 
-bien - respondió.
era un “bien” que no significaba nada, un “bien” diplomático de esos que se usan sin pensar, para contentar al interlocutor, pero su amiga no se percató de ese matiz neutral, y exclamó satisfecha: 
-lo sabía, sabía que te gustaría. no sé por qué he tardado tanto en presentaros. oh, y déjame que te diga que no te quita el ojo de encima. ¿no te has dado cuenta? 
sí, se había dado cuenta, era difícil no advertir que alberto, aparte de ser simpático también era poco disimulado y había quedado encandilado con ella. cuando él volvió del baño las dos amigas disimularon su confidencia y continuaron con una charla distendida a la que alberto se unió, más cómodo ya pro tener la vejiga vacía. 
cuando los tres se despidieron a la puerta del bar, flora se apresuró por llegar a su casa. tenía una traducción a medio terminar de un texto científico terriblemente confuso y aburrido, por el que la pagarían un cantidad ridícula pero necesaria para su supervivencia. quince minutos después de sentarse en su escritorio, sonó su móvil. 
-¿sabes lo que ha ocurrido cuando te has ido? 
-no tengo ni idea. 
-hemos estado hablando de ti. 
-¿quién? -quién va a ser! alberto y yo! 
-ah, claro, claro. estaba metida en una traducción que me lleva por el camino de la amargura. 
-déjate de traducciones. me ha dicho que eras muy guapa. 
-aha. 
-y muy interesante. 
-¡pero si ni tan siquiera me conoce! 
-bueno, pero habéis hablado un rato, ¿no? 
-¡tres minutos! 
-suficiente para él. total, le he dado tu teléfono. 
-¿qué? 
-tú teléfono. se lo he dado. flora, por favor, no me hagas repetírtelo todo dos veces. sólo te llamo para avistarte. te gustará ya lo verás, yo nunca me equivoco en estos temas. 
no se molestó porque su amiga le pasara su número a un total desconocido; había muchos otros que, sin ser desconocidos, hubiera preferido que no lo tuvieran y aunque ni recordaba la cara de alberto, sintió que la traducción se le hacía menos pesada sabiendo que alguien la consideraba guapa e interesante. estaba bien que de vez en cuando, se regalaran halagos sin querer nada a cambio. ¿nada a cambio? le hizo gracia su propia candidez y decidió seguir con su trabajo y esperar, si es que había algo que esperar. 
alberto tardó cuatro horas en ponerse en contacto con ella. tuvo el detalle de hacerlo a través de un mensaje, lo cual daba más tiempo de margen para leer, pensar en algo gracioso y contestar amablemente. luego alberto tardó diez segundos en responder, flora catorce, alberto cuatro, flora siete. era un intercambio de información poco trascendental: él le decía lo encantado que estaba de haberla conocido y ella también, aunque más prudentemente. algunos mensajes más tarde se despidieron y ambos se fueron a dormir con un agradable sabor de boca que presagiaba algo más. al día siguiente él le envió una foto con su sobrino, jugando en el parque, y por la noche, al comprobar que a ella le había gustado la foto, se lanzó definitivamente y propuso de ir a cenar. quedaron para el viernes. faltaban cuatro días y ella imaginó que, conseguido el logro y con la cita en firme, no volverían a hablar hasta el mismo día de la cena. también le vendría bien para centrarse y adelantar su trabajo. se equivocó. alberto le envió un mensaje al mediodía, para preguntar cómo estaba, qué estaba haciendo y cómo iban las cosas. ella empezó a sospechar que había accedido demasiado rápido a una cena. no había nada de malo en preocuparse en cómo se encontraba, de hecho, muchas lo hubieran considerado un detalle precioso, pero para flora existía una fina y, reconocía, muy subjetiva, línea entre interesarse y ser cargante. él estaba acercándose peligrosamente a la segunda opción sin darse cuenta. 
el viernes ella se levantó de mal humor y conocía bien el motivo: la cena por la noche. al revisar su móvil, comprobó que le había enviado un mensaje deseándole los buenos días, algo que había estado haciendo cada día, y recordándole la hora y el lugar en el que habían quedado. lo puso en silencio para evitar escuchar el sonido de otro mensaje suyo a lo largo del día. durante un par de horas sospesó la idea de inventarse una excusa creíble para cancelar su cita: una gripe, una visita inesperada, un proyecto de trabajo de última hora, pero al mismo tiempo reconocía que estaba juzgando al chico tan solo porque ser excesivamente atento y aunque hizo un esfuerzo por dejar de ser negativa y pensar lo desastrosa que podría salir la cita, siguió de mal humor y no terminó las traducciones amontonadas en su mesa de trabajo. él escogió un restaurante en el que los vaqueros y la camiseta de ella desentonaban y aun así, alberto, vestido de negro y con un brillo en los ojos que delataba su felicidad, aseguró que estaba realmente elegante. en ese mismo instante flora corroboró sus temores: la cena sería un desastre y que cualquier excusa hubiera sido mejor que una velada en la que él dispararía halagos a diestro y siniestro y ella sonreiría sin suficiente credibilidad. 
-así que ¿eres traductora? – preguntó él cuando esperaban la carta. 
-sí. 
-qué interesante, jaja. 
-¿de verdad te lo parece? 
-claro, tendrás la oportunidad de leer sobre temas muy diferentes. 
-sí, bueno, y también muy aburridos. 
-jaja, !qué graciosa eres! !y guapa! jaja. 
se reía con facilidad, en cualquier momento, aunque el tema no fuera gracioso. supuso que se debía a cierto nerviosismo típico de dos desconocidos que no saben muy bien cómo iniciar una conversación y se ven obligados no sólo a pasar unas horas juntos, sino además, a divertirse. lo desconcertante era que su risa terminaba de golpe, como si él mismo se diera cuenta de que no tocaba reírse en ese momento y cesara la acción hasta que, por descuido, después de alguna otra frase, estallara una nueva carcajada sin sentido. 

el camarero no tardó en traerles el vino que él, entendido en esos temas, escogió y cató de forma solemne. a ella le pareció demasiado dulce, pero se lo bebió de un trago y esperó a que él le rellenara la copa de nuevo y se sorprendiera de la sed que tenía, cosa que también le hizo desternillarse. al terminar el primer plato, verduras para ella y arroz caldoso para él, alberto le había contado a qué se dedicaba la empresa que había fundado hacía un par de años, los beneficios anuales que obtenía, el piso de cien metros cuadrados que había comprado recientemente, los hobbies que tenía, lo bien que cocinaba su madre, lo pérfida que era su prima aurelia por parte de padre y lo divertido e inteligente que era su sobrino, el de las fotos. él adoraba a los niños, dijo, mirándola a los ojos con una expresión que a ella le horrorizó, y también no perder el tiempo con relaciones que no iban a ninguna parte. hablaba francés, chapurreaba un poco de alemán y tenía una moto con dos cascos por si le apetecía ir a dar una vuelta algún día. flora tomó otro trago y pidió otra botella. 
durante el segundo plato, filete con salsa de setas para él y lenguado a la plancha para ella, le explicó con detalle la operación a la que había sido sometido su gato y, muy teatralmente, permaneció un par de segundos callado cuando informó de que había muerto el mes pasado. 
-vaya, lo siento – dijo, aunque no fuera verdad. 
-lo pasé muy mal, pero ya estoy mejor. te parecerá una tontería pero algunos animales de compañía te tratan mejor que ciertas personas. ese gato me había hecho tan feliz. habíamos crecido juntos. era cariñoso y dormíamos juntos, bien acurrucados bajo la manta. inmediatamente después, alargó el brazo a través de la mesa, esperando que ella hiciera lo mismo y sus manos se tocaran por primera vez. flora, no sólo apartó su silla hacía atrás sino que se disculpó un momento, corrió al baño y una vez allí, soltó un par de insultos dedicados a sí misma. cuando regresó a la mesa, el camarero había retirado los platos y les preguntó si deseaban tomar postres. 
-nuestra especialidad es la tarta de arándanos – dijo, orgulloso. 
-no tomaremos nada, gracias - se apresuró a contestar flora. 
alberto se sorprendió. 
-no te apetece algo dulce, ¿guapa? jaja. 
ella dedicó un par de segundos a pensar si esa frase conllevaba un doble sentido. optó por creer que no y terminar la velada de una forma correcta y civilizada. 
-estoy llena y es un poco tarde… mañana tengo que entregar una traducción y… 
-oh, pero yo podría ayudarte! te he dicho que también hablo inglés, ¿no? ¿dónde vives? seguro que llegaríamos en un momento y nos lo quitamos de encima. 
-um, no de verdad, da igual. es mejor que lo termine yo. sola. 
-pero si no es molestia, jaja. qué graciosa, de verdad, me parto contigo. 
cada vez se hacía más difícil mantener la sonrisa, interesarse por sus gustos, asombrarse de sus logros y agradecerle sus piropos y cuánto más agotada se sentía ella, más fortalecido parecía él con nuevos comentarios y nuevas propuestas para alargar una cita que no debería haber empezado. cuando el camarero les trajo por fin la cuenta y él se precipitó en sacar su tarjeta y agitarla al aire para que les cobraran sin perder tiempo. de repente parecía que alberto tenía más prisa que ella en terminar con esa pantomima. flora sospechó que sus motivos se debían a una deseada y totalmente impensable invitación a su casa. 
al salir a la calle llovía y venteaba. era una noche perfecta para estar en la cama, pensaron los dos, aunque con compañías diferentes. él, previsor, desplegó un paraguas y lo compartió con ella. como era de esperar, se ofreció a llevarla y ella tuvo que rechazar la sugerencia tres veces, hasta que, cansada de repetirse, alzó su voz más de lo normal para que comprendiera que lo único que quería era perderle de vista. 
-bueno, mujer, tampoco hay que ponerse así – contestó serio por primera vez en toda la noche. 
-¡es que ya te lo he dicho tres veces! 
-mira, - prosiguió – ahora que hemos terminado, te diré una cosa: ¡eres un aburrimiento de mujer! 
apartó el paraguas y la cara de ella cara comenzó a mojarse con minúsculas gotas de agua fría. 
-apenas te ríes, no eres graciosa, no te ha interesado por nada de lo que te he contado, te ha dado exactamente igual lo de mi gato y puede que ahora creas que quiero llevarte a casa porque deseo acostarme contigo. pues no, chica, no. sólo quiero llevarte a casa porque llueve y porque es tarde y porque me viene de camino. nada más. sí, de acuerdo, eres mona, pero me repatean estas mujeres que sólo porque tienen un buen culo se creen con el derecho de tratarte como si te perdonaran la vida y aunque creas que no me he dado cuenta, sí, me he dado cuenta. no soy tan tonto, ni tan pedante, ni tan aburrido y si te he contado toda mi vida ha sido porque alguien tenía que hablar durante la jodida cena porque para comer con una muda al lado, pues ya como solo y sin problemas. 
-vaya – susurró ella, digiriendo las palabras de alberto – creo que esto ha sido lo mejor de la noche. 
-¿en serio? 
-sí. -pues ya lo sabes. 
-bien. 
-bien. 
-¿quieres venir a tomar un café a mi casa? 
-¿en serio? 
él la resguardó de la lluvia de nuevo con su paraguas y a paso rápido se dirigieron hacia el coche, aparcado unos metros más allá. 

06 febrero 2012

una fiesta. o algo.

no nos apetecía ir ni tampoco era uno de nuestros mejores amigos. de hecho hacía poco que lo habíamos conocido, pero teníamos dos horas antes del concierto y sabíamos que solía comprar buen material y sobre todo, compartirlo. bueno, en realidad, regalarlo porque boris, aparte de fumar canutos uno detrás de otro, hacía tiempo que había dejado todo lo demás. justo lo contrario que nosotros, que nos metíamos de todo en cantidades indecentes y nos levantábamos a las cuatro de la tarde sin recordar qué había sucedido la noche anterior. por este motivo fuimos a su fiesta de cumpleaños, para cargarnos bien en el menor tiempo posible. al fin y al cabo, pensamos, ¿qué son un par de horas comparadas con un par de gramos? 
hacía una tarde calurosa típica de mediados de agosto, de esas en las que al salir de casa ya se te ha pegado la ropa al cuerpo y sientes el sol quemando cada minúscula parte de la piel y se hace difícil respirar. ian y erik habían estado bebiendo toda la tarde y les costaba caminar en línea recta; el hecho de que no pararan de manosearse el uno al otro, no ayudaba en absoluto. casi tropezaron con una anciana que les dedicó un par de insultos, pero ellos ni se enteraron y siguieron a lo suyo. afortunadamente, yo había pasado la tarde durmiendo y al menos podía leer la dirección en el papelito que boris nos había dado dos días antes cuando nos aseguró que sería una fiesta salvaje. sabíamos de antemano que no lo sería. él no era del tipo de personas al que se le fueran de las manos los asuntos serios, y mucho menos los referidos a celebraciones. y además, estaba lo de la silla de ruedas… aunque se espabilaba asombrosamente bien. llevaba diez años postrado en la silla y para algunas tareas todavía necesitaba el doble de tiempo o simplemente, no podía hacerlas; como ese día que fuimos a la playa en agosto y ian y erik tuvieron que llevarlo en brazos hasta el agua unas siete veces y aunque pareció que a ninguno de los dos les importó en absoluto, ese verano y los siguientes, evitaron volver a la playa con él. boris además, conocedor de sus incapacidades y frustrado por no poder llevar una vida totalmente normal, podía ser bastante brusco a veces con exigencias y comentarios que no facilitaban la relación con los demás. poco a poco ian y erik se desentendieron de él y aunque yo seguía llamándole de vez en cuando, también es cierto que nuestros encuentros se fueron distanciando.
al llegar al portal les pedí que se comportaran. ian tenía poca paciencia y cuando iba borracho podía ser bastante grosero. me prometió que se comportaría si yo dejaba de tratar a boris como si fuera un enfermo terminal. erik intervino y dijo que nos relajáramos los dos y disfrutásemos de la jodida fiesta y en pillar la mejor mierda de nuestra vida. metidos en un ascensor minúsculo, aprovecharon para darse otro morreo y arreglarme el pelo, que como siempre, caía desordenado y se pegaba a mi cara sudada. boris nos esperaba en la puerta, sonriente, con una camiseta negra de tiras que dejaba ver sus musculados brazos. vivía en un piso pequeño pero bonito. había derribado algunas paredes para hacer los pasillos más amplios y había tenido que reformar el baño y la cocina para llegar a los armarios y a los fuegos, aunque raramente cocinaba y siempre tiraba de bocadillos, pizzas congeladas y cerveza. cuando pasamos al comedor nos dimos cuenta de que habíamos olvidado comprarle un regalo y que la sala estaba vacía. boris dijo que habíamos llegado muy temprano e inmediatamente sacó copas y hielo y nos preguntó qué queríamos beber. ian y erik continuaron con el vino, yo pedí vodka y boris me acompañó aunque virtió el doble en su vaso. erik inició una conversación superficial sobre lo bonito que le había quedado el color de pintura del comedor y luego pasaron a cómo iban los respectivos trabajo y luego al calor que hacía.
habían pasado cuarenta minutos, habíamos rellenado las copas dos veces y nadie más se había presentado a la fiesta. advertí que ian empezaba a impacientarse moviendo su pie rítmicamente y apagando los cigarrillos a la mitad. 
-boris, - preguntó cuando ya no pudo aguantarse más - ¿no tendrás nada para fumar, no? ¿o algo más? 
en realidad todos estábamos pensando en lo mismo, pero no me gustaron sus formas, ni su risa nerviosa. boris contestó que sólo le quedaba marihuana, pero que podría llamar a alguno de sus contactos por si nos apetecía algo más. antes de que ian dijera que sí, yo afirmé que no era necesario y tanto ian como erik me fulminaron con la mirada. boris apartó un par de sillas que había en medio de la sala y fue hacia su habitación. 
-¿por qué has dicho que no? ¿eres tonta o qué te pasa? !o saca algo o yo me largo! esta fiesta es una puta mierda y si erik sigue hablando de pinturas con él creo que incluso se me pasará la borrachera. 
-joder ian, ¿no puedes aguantar ni un par de horas? – repliqué – al menos tiene para fumar. algo es algo, ¿no? 
-¿maría? ¿nos vamos a colocar con un par de porros de mierda? !perfecto! te la puedes meter por el culo. no teníamos que haber venido, está claro. si al menos llegara algún otro puto invitado… 
-cariño, - dijo erik con seguridad burlona – vete mentalizando: aquí no aparecerá ni dios. seremos los únicos invitados de esta fiesta “salvaje”… espero que al menos tenga diez botellas más de vino. ¿a qué hora empieza el concierto? 
-¿vais a un concierto? – preguntó boris entrando en el salón con una cajita de madera en el regazo y con cara de sorpresa. 
-boris, cariño, tienes más vino, ¿no? 
sacamos dos botellas más y boris empezó a liar los porros. los hacía con una rapidez asombrosa y le quedaban casi perfectos, finos, alargados y muy, muy cargados. nos avisó que era maría de la buena, de la que pega fuerte, y nos dio uno a cada uno. ian y erik sonrieron y se acomodaron en el sofá. fuera había empezado a nublarse. eran nubarrones negros y pesados, de esos que anuncian una tormenta típica de verano, de las que descargan litros de agua en un minuto, desbordan los canales e inundan las alcantarillas y que, minutos después, se esfuman y dejan el cielo despejado y radiante de nuevo. por la puerta del balcón pasaba una brisa sofocante y molesta y una luz apagada y grisácea nos envolvió lentamente. la casa comenzó a llenarse de un humo denso y no tardamos en notar los primeros efectos del porro. habíamos dejado de hablar y cada uno divagaba en su propio universo. ian tenía los ojos cerrados y los brazos extendidos, erik apoyaba su cabeza rubia en el respaldo del sofá y yo tenía la mirada puesta en una esquina de la mesa y sentía los primeros escalofríos. 

no sé cómo sucedió. ninguno de nosotros se dio cuenta. no sé si había transcurrido un minuto o una hora, pero me desveló una voz familiar, unas risas, un bullicio lejano. abrí los ojos. me pesaba la cabeza y tenía la garganta seca y la boca pastosa. boris aparecía en la pantalla del televisor. tendría diecisiete o dieciocho años y estaba delante de una enorme tarta de cumpleaños, con las velas encendidas y algunos familiares y amigos a su alrededor. sonreía y se preparaba para soplar las velas. no le costó apagarlas y cuando terminó todos aplaudieron, cortaron el pastel y lo repartieron en platos de plástico con dibujos infantiles. descorcharon una botella de champán y la espuma se desparramó por el mantel blanco. habían paquetes envueltos con papel de regalo brillante y colorido y todos parecían divertirse. 

miré a ian y a erik. estaban tan absortos en la pantalla como yo. luego miré a boris. tenía el canuto en la mano, casi quemándole los dedos, imperturbable, con la espalda recta y un ligero temblor en los labios. 

el joven boris daba las gracias a todos por la fiesta y los regalos. besaba a su madre emocionada y le decía que ahora que ya era mayor de edad podría llegar a casa a la hora que quisiera. luego se levantaba, cogía su chaqueta y se dirigía hacia la calle con el resto de sus amigos, que se reían de sus andares de chico malo. la cámara le seguía hasta que se metía en un coche rojo, abría la ventanilla y lanzaba besos al aire. una voz desconocida les pidió que tuvieran cuidado, pero los chicos habían subido el volumen de la música y el ruego quedó ahogado con el sonido de una batería repetitiva y ensordecedora. finalmente, la cámara descendía y enfocaba el pavimento gris y la punta de zapato marrón de quien estaba grabando. 

había oscurecido y el aire seguía siendo asfixiante. me levanté del sofá. necesitaba salir al balcón y comprobar que fuera, en la calle, seguían existiendo vidas ajenas que no conocería jamás, pero boris se adelantó, cogió mi mano y me condujo hacia su falda. me senté encima de sus piernas flacas y endebles, con cuidado, temiendo dañar algo que hacía tiempo que estaba roto. la silla crujió y noté sus rodillas huesudas clavándose en mi muslo. un relámpago iluminó apenas unos segundos la habitación y después nos quedamos sólo con el opaco reflejo de la pantalla negra. con voz firme y serena, boris preguntó si nos apetecía tomar más vino, pero nadie contestó. 

04 febrero 2012



When I grow up, I want to be a forester
Run through the moss on high heels
That’s what I’ll do, throwing out a boomerang
Waiting for it to come back to me

(dos añitos de blog. mil gracias a todos)