27 marzo 2012

la señora julia

cuando entró por primera vez en la casa le pareció un lugar triste y lúgubre. era uno de esos pisos antiguos, con los techos altos y las ventanas con grandes pórticos de madera oscura y roída. la decoración de las habitaciones evidenciaba que nadie se había molestado en cambiar los muebles desde hacía muchos años y las fotografías de la señora julia, joven y rodeada de una familia numerosa, colgaban torcidas de las paredes empapeladas con estampados barrocos. isidra tuvo ganas de echar a correr hacia la salida de esa casa, pero recordó que necesitaba el dinero y que ya le habían dicho no en dos ocasiones esa misma semana. 

los hijos de la señora julia la recibieron con la misma frialdad que sintió ella al entrar al comedor, una habitación grande con un enorme reloj de pared cuyas ajugas se habían detenido a las siete menos veinte, aunque no se sabía de qué año. fue una entrevista breve en la que el hijo mayor, un hombre de unos cincuenta años, bien vestido y con ganas de terminar el encuentro, le detalló sus futuras tareas y los cuidados que su madre requería. 
-la señora julia – explicó muy serio - es ya muy mayor y necesita vigilancia las veinticuatro horas del día. buscamos a alguien altamente responsable que la cuide como si atendiera a su propia madre. repito, su propia madre y es importante que entienda este punto. si usted piensa en este trabajo como algo temporal hasta que encuentre algo mejor, olvídese. su habitación, ya ha visto, está provista de todo lo que necesita y el sueldo incluye todas las dietas y media tarde libre cada quince días. de las facturas de la casa y otros temas que puedan surgir me encargo yo personalmente, así que usted sólo debería preocuparse de la señora julia, de sus dietas, de la medicación y de las visitas al médico, que últimamente no son muchas, a pesar de su edad. 
a isidra le chocó que no utilizara la palabra madre cuando se refería a la señora julia, como si se tratara de una tía lejana que no había visto en los últimos veinte años. pensó que, de conseguir el trabajo, también debería referirse a la anciana de esa forma, aunque para ella sí que se trataba de alguien desconocido y lejano. no se atrevió a preguntar la edad de la señora julia por temor a parecer entrometida y negó con la cabeza cuando él preguntó, apremiante, si tenía alguna duda. 
fue la hija menor, una mujer extremadamente delgada y de semblante severo, que se había mantenido callada durante toda la entrevista y no había apartado la mirada del bajo de la falda descosida de isidra, quien la acompañó a la puerta. sólo cuando estaban a punto de despedirse, le advirtió: -en el caso de que consiga el trabajo, debe saber que en esta casa no se permiten visitas, de ningún tipo. mi hermano no lo ha mencionado porque da por supuesto que este tipo de comportamiento queda descartado por sentido común, pero yo confío poco en el sentido común de los demás. por eso prefiero decírselo y así evitamos malos entendidos desde el principio. nada de visitas. ni familia, ni amigos, ni parejas. cualquier incumplimiento de esta o las demás normas que ya le hemos expuesto supondrían un despido inmediato. inmediato. ¿queda claro? 
isidra asintió y deseó que el ascensor estuviera en la misma planta para no tener que esperar ni un minuto más, salir a la calle y comprobar que el sol seguía brillando. 
recibió la llamada dos días después. la voz del él por teléfono era todavía más grave y solemne, aunque esta vez hablaba despacio, como si temiera que a través del aparato sus palabras no fueran comprendidas correctamente. con extrema formalidad le comunicó que el trabajo era suyo y que la esperaban el próximo lunes, ilusionada y con ganas, con ese tono particular que instaba a todo lo contrario. al colgar el teléfono sintió cierta incertidumbre. miró su pequeña habitación de alquiler y la ventana que daba a un muro blanco mal pintado del patio interior. inmediatamente recordó que durante su entrevista no había conocido a la señora julia y tuvo deseos de llamar al hijo de ésta y declinar la oferta.

resultó ser como un mueble más de la casa. diminuta, esquelética y sin apenas energía para pestañear, la señora julia no hablaba y isidra tenía la certeza de que además era sorda. caminaba encorvada, muy lentamente y se ayudaba de un bastón de madera oscura, viejo y gastado. también le costaba masticar y por las mañanas, cuando entraba a su habitación, para vestirla y darle el desayuno, se la encontraba despierta, con los ojos abiertos clavados en el techo y dificultades para respirar. durante las primeras semanas hablaba mucho con ella. 
-mire señora julia, - comentaba - qué día tan bonito hace hoy. le pondré la silla aquí al lado de la ventana y así puede ver la calle y le toca un poco el sol. yo mientras le preparo un puré de esos que tanto le gustan y ya por la tarde, bajamos un rato al parque y vemos jugar a los niños. 
o bien: “está usted muy guapa hoy con esa blusa y ese collar de perlas, señora julia, a ver si algún día me cuenta quién se lo regaló. seguro que algún pretendiente de esos que tuvo antes de conocer a su esposo”. pero al comprobar que la mujer seguía con la mente ausente y jamás contestaba, ni con una mueca siquiera, se cansó y terminó por sucumbir al silencio de la casa. ahora pasaban los días con el único sonido de gritos y las risas de los niños del parque, una esperando la muerte y la otra el despido. 

sucedió de noche, tal y como isidra había presentido alguna vez. la había acostado en la cama a las nueve, como cada noche, y a las doce entró para comprobar que seguía durmiendo y que los pañales seguían secos. la oscuridad de la habitación hizo que dudara unos segundos. se acercó un poco más a la cama y con el pulso acelerado se concentró en escuchar una respiración que ya no existía. encendió la luz de la mesita de noche y sin querer, tiró el vaso de agua que cayó ruidosamente y se hizo añicos. la piel de la señora julia tenía un color amarillento, pero su rostro parecía tranquilo, como si hubiera estado tan a gusto durmiendo que su corazón hubiera olvidado momentáneamente su función principal. isidra se tapó la cara con las manos temblorosas y estuvo un tiempo indefinido contemplando a esa anciana que había cuidado los últimos siete meses y que apenas conocía. con cierto temor alargó la mano, estiró la sábanas y cubrió con ella la cara de la difunta. los hijos no tardaron en llegar. primero fue la mujer, que prefirió sentarse en el sillón del comedor y esperar allí a su hermano antes de entrar a ver a su madre. 
-y tú – preguntó a isidra que estaba de pie a su lado – ¿no notaste nada raro? -¿raro? 
 -bueno, ya sabes… ¿comió bien? ¿se encontraba mal? ¿le dolía algo? 
-comió bien, como cada día. 
 -ya. lo digo porque la última vez que la vi estaba perfectamente y no lo entiendo. no lo entiendo, la verdad. 
isidra recordó que habían pasado casi dos meses desde la última vez que habían recibido la visita de la hija. una tarde en la que llegó atareada, recogió las facturas, repasó la limpieza de la casa, se tomó un café sin apenas mediar palabra y salió con la misma prisa con la que había entrado quince minutos después. se abstuvo sin embargo de hacer ningún comentario. no era el momento y probablemente sus preguntas impertinentes se debieran solamente a los efectos inmediatos de una muerte tan cercana. 
-¿y mi hermano? éste se debe creer que tengo todo el tiempo del mundo. -cuando he hablado con él ha dicho que venía enseguida. – aclaró isidra para apaciguar su nerviosismo. 
-si bueno… también dijo que serías una buena cuidadora. 
de nuevo calló, aunque esta vez salió del comedor y fue a su habitación. se sentó en la cama y jugueteó con un mechón de pelo que se había soltado de la coleta. sonó el timbre de la puerta y se apresuró en ir a abrir. la hija de la señora julia se había adelantado y ya estaba recibiendo a su hermano. desde cierta distancia les contempló saludarse, sin apenas mirarse y ni mucho menos abrazarse. 
-isidra – dijo la hija cuando se dio cuenta de su presencia – ¿puedes preparar un poco de café? 
-por supuesto, señora. 
los hermanos cuchichearon algo antes de meterse en la habitación donde yacía su madre. 
-oh, - dijo él antes de cerrar la puerta – y también tendremos que hablar de cuánto tiempo te puedes quedar en esta casa. 
-claro, señor. 
isidra se dirigió a la cocina y calentó agua para el café. inmediatamente la casa se impregnó de olor a desayuno, aunque eran las tres de la mañana. cuando lo tuvo preparado lo llevó a la mesa del comedor y llamó tímidamente a la puerta de la habitación de la señora julia. 
-¿les sirvo el café? 
-ahora salimos. puedes irte a dormir, isidra. 
volvió a su habitación y comenzó a descolgar las pocas fotos de su familia que había colgado desde que se había mudado. se preguntó si habrían recibido ya el último envío de dinero y si con esa cantidad podrían pasar el resto del mes. necesitaría encontrar otro empleo con urgencia y también tendría que llamar a su prima, la única que podía hospedarla unos días hasta que encontrara una habitación u otro trabajo. de nuevo estaba sin nada, pero no era una situación nueva y eso evitó que se angustiara. sacó la maleta con la que había llegado y la tendió encima de la cama. abrió el cajón del armario, donde guardaba los jerséis más gruesos y los trasladó a la maleta. algo cayó al suelo. a sus pies vio una bolsita de tela blanca que no reconoció como suya. se agachó y la abrió con curiosidad. cogió el collar de perlas por un extremo y dejó que oscilara en el aire. contempló el brillo de las perlas unos segundos, aturdida y agradecida, y lo escondió en la palma de su mano. tenían un tacto suaves y estaban frías. se imaginó a la señora julia arrastrando los pies hacia su habitación, asistida de su bastón, empujando el pesado cajón del armario y escondiendo el collar entre su ropa vieja. se preguntó cómo había conseguido semejante hazaña ella sola, sin la constante ayuda ni atención de su cuidadora. sonrío y puso el resto de ropa en la maleta con determinación. algunos detalles, pensó, ya no tenían ningún tipo de importancia. 

21 marzo 2012


no, no te voy a llamar. ya estoy harta. ya es suficiente. siempre detrás tuyo, pensando en qué hice mal, dónde la cagué y poniéndome en tu lugar y ya es suficiente. ya no te llamo más. si quieres algo, vienes tú. porque una cosa es que yo te quiera, que te quiero, eso que quede bien clarito, pero otra muy distinta que me tomes el pelo como si fuera una tonta. y perdona que te diga pero yo de tonta no tengo nada. nada. así que no. no te llamo más y punto. ya vendrás tú. lo sé. vamos, estoy segura. pondría la mano en el fuego. de hecho te doy una hora. en una hora seguro que me has llamado ya. ah, y cuando llames espero que como mínimo te disculpes por tu comportamiento de niño estúpido. que a veces es lo que eres, un niño estúpido y malcriado. porque ese numerito que me has montado esta tarde cuando yo te he dado un beso, no ha sido normal. que no te agobiara, que siempre estaba encima, que te dejara respirar. oye, oye, oye, cómo si yo no te dejara respirar. por un puto beso cómo te has puesto. qué barbaridad. y luego claro, yo me aparto un poco para no agobiarte y ya sé que lo que queda de tarde la vamos a dedicar a discutir. y qué quieres que te diga, que siempre estamos igual. tú pidiendo y yo cediendo. siempre pendiente, siempre detrás. como la semana pasada, cuando te invité al cine y no te gustó la película y no paraste de refunfuñar y saliste de mal humor y de camino a casa me dijiste que preferías dormir sólo porque en realidad se duerme mucho mejor sólo y que esa noche no te apetecía estar conmigo. menuda chorrada. pero si siempre hemos dormido juntos y nunca te había molestado. y vale, de acuerdo, quizá me pasé un poco con la llorera de después, pero es que no lo puedo evitar. me gusta estar contigo y dormir contigo e ir al cine contigo, aunque sea una birria de película y darte besos y cogerte de la mano aunque la tengas sudada. y claro que entiendo que tú necesitas tu espacio. pues qué te crees, ¿que yo no necesito el mío? pues sí, sí señor. yo también lo necesito. y de hecho, ahora mismo lo vas a comprobar porque yo no te llamo más. bueno, y porque ya va siendo hora de que sepas que conmigo, así, no. a ver si aprendemos, hombre. y no te llamo, joder. no te llamo. ni que pasen dos horas, ni dos días, ni dos años. y si ahora voy a coger el teléfono, puedes estar tranquilo que es sólo para comprobar que no ha sonado mientras estaba en el baño. y para revisar los mensajes. que tú eres más de mensajes que de llamadas, ya lo sé. bueno, pues nada. ni llamada ni mensaje. pero a mí me da igual. que lo sepas. ¿estás en línea?. pues conmigo no estás hablando. qué cojones, de verdad. sabiendo que estamos enfadados, te pones a hablar con tus amigos ¿y yo qué? para ellos sí que tienes tiempo, ¿eh? con ellos no te agobias, ¿no?. espero al menos que no sea el pedro, ese. no soporto a ese tío. con esa sonrisa y esos andares y esa actitud de chulazo perdona vidas de mierda. y además es una mala influencia para ti. porque es un amigo, ¿no? ¿es un amigo? me cago en todo, es como estés hablando con una amiga, vengo a tu casa y te quemo el teléfono. así, sin más. no será la puta de marga, ¿no? mira, con cualquiera menos con marga. no me jodas. seguro que estás charlando con ella. como si nada. es que ya lo estoy viendo. la gorda esa, rubia teñida, que no sabe ni hablar y se cree una diosa. pues le falta mucho para ser una diosa, la verdad. es que no sé ni porque estás hablando con esa zorra. joder. joder. joder. qué harta me tienes. siempre igual. seis. aunque bueno, si has decidido que sea ella quien alivie tus penas, allá tú. no sabes lo que te pierdes. yo ya paso. cero. espero que al menos le estés hablando de mí. que estés un poco afectado, ¿no? ¿no merezco que estés un poco triste?. uno. ¿o ni eso? con todo lo que hemos pasado tú y yo. menudo imbécil estás hecho. joder, siempre me enamoro de los más capullos. veintidós. es que no sé qué vi en ti. ya me lo dijo mi amiga, no te fíes de ese y yo, derechita. y mira que había para elegir, pues nada. debo tener un imán para los más gilipollas, la verdad. treinta y nueve. pues no te voy a llamar. esta vez paso de ti. paso. a tomar por culo. setenta. 
- hola, soy yo. 

(número de teléfono ficticio) 

16 marzo 2012



















No podemos pretender ser los primeros, o los preferidos, sólo somos lo que está disponible, los restos, las sobras, los supervivientes, lo que va quedando, los saldos, y es con eso poco noble con lo que se erigen los más grandes amores y se fundan mejores familias, de eso provenimos todos, producto de la casualidad y el conformismo, de los descartes y las timideces y los fracasos ajenos, y aun así daríamos cualquier cosa a veces por seguir junto a quien rescatamos un día de un desván o una almoneda, o nos tocó en suerte a los naipes, o nos recogió de los desperdicios; inverosímilmente logramos convencernos de nuestros azarosos enamoramientos, y son muchos los que creen ver la mano del destino en lo que no es más que una rifa de pueblo cuando ya agoniza el verano... 

Los enamoramientos, J. Marías

11 marzo 2012

en sueños

- ¿estás bien? 
- sí. 
- me has dado un susto de muerte. 
- lo siento, cielo. 
- ¿en qué estabas soñando? 
- oh, no me acuerdo. 
- no parabas de moverte. 
- ¿en serio? 
- en fin, es muy temprano todavía. volvamos a dormir.
mario se dio la vuelta y poco después empezaba su serenata de ronquidos a los que maribel dudaba que llegara a acostumbrarse nunca. cerró los ojos como si eso la fuera a aislar del ruido y estiró la mano hacia sus bragas húmedas. sí se acordaba de su sueño. perfectamente. aunque hubiera deseado no hacerlo.
hacía tres meses que se habían casado. había sido una bonita boda con muchos invitados y muchos langostinos y un maravilloso viaje de novios a punta cana donde mario buceó por primera vez en su vida mientras maribel participaba en las clases de aerobic acuático que organizaba el hotel junto a una veintena de jubiladas. hacía apenas dos meses que habían vuelto del viaje y se habían instalado en su piso recién pintado y amueblado. y aunque hacía ya años que se conocían, maribel tenía la impresión de estar viviendo un segundo noviazgo. estaba feliz y se le notaba en el brillo en los ojos, porque canturreaba a todas horas y porque estaba convencida de que mario era el mejor hombre del mundo. por este motivo se sintió incómoda con el sueño que acababa de tener. por supuesto que había tenido sueños eróticos en el pasado, pero los recordaba de cuando era una adolescente y se quedaba dormida pensando en ese chico que se paseaba por el vecindario sin camiseta y con el pitillo humeante en los labios. intentó recordar el nombre del chico, pero en vez de esto, recordó el del hombre que la acababa de desvelar en sueños: gonzalo. sintió que sus mejillas ardían ruborizadas y que el cosquilleo en su coño desaparecía de repente. 
el despertador les sobresaltó a los dos a las siete de la mañana. mario se dio la vuelta y la abrazó por detrás. maribel conocía bien el procedimiento y pegó su culo a la erección de su marido. marió deslizó su mano hacía la cintura de ella y la bajó poco a poco hasta penetrarla con el dedo. ella separó un poco las piernas y se dispuso a empezar bien el día. pero sucedió algo inesperado: mario terminó demasiado deprisa y ella se quedó con la misma sensación de cuando era pequeña y su madre le quitaba los juguetes porque tocaba cenar. se apartó y salió de la cama. notaba que le había cambiado el humor y se enfadó con mario por ser tan egoísta. aunque quizá la culpa había sido de ella por tener la cabeza en otra parte. encendió el grifo de la ducha y se metió sin esperar que saliera el agua caliente. 
- ¿estás bien cariño? 
maribel no contestó. 
- ¿nena? – insistió mario desde el otro lado de la puerta. 
- sí, estoy bien. 
- ah, es que te has ido tan de repente… 
- es que es tarde mario y hoy tengo mucho trabajo. 
- ah, de acuerdo. ¿seguro que va todo bien? 
- sí, claro. 
-¿te preparo un café? 
- no, ya me lo tomaré en el trabajo. 
no tenía quejas de su marido. el sexo con él estaba bien. de hecho, estaba muy bien, aunque también era cierto que hacía mucho tiempo que no probaba con otros y podría decirse que en este tema estaba un poco estancada. después de siete años juntos apenas recordaba cómo era acostarse con un hombre que no fuera mario, lo cual también podría considerarse una suerte ya que nunca había sentido ni ganas ni necesidad. hasta la pasada noche. gonzalo le había hecho cosas que ni tan siquiera sabía que podían hacerse y aunque no se consideraba una mojigata, había quedado claro que su subconsciente la ganaba en imaginación, posturas e innovación. pero con gonzalo… 
probablemente de todas las personas que conocía, gonzalo era la que más repelús le causaba. era uno de los abogados de la empresa y aunque era muy bueno en su trabajo, era un hombre tosco, malhumorado, feo y además, apestaba. las pocas veces que habían hablado en la sala del comedor, había notado que tartamudeaba ligeramente y que siempre acababa manchando sus camisas arrugadas con los guisos que le preparaba su madre. era la antítesis de mario, y sin embargo, ahí estaba, tocando las teclas adecuadas, cosa que esa mañana no había conseguido su marido. 
a pesar de ser lunes, el día pasó volando; maribel consiguió liquidar un par de temas que hacía semanas que estaban pendientes y al llegar a casa se sorprendió al ver la mesa puesta y a mario con el delantal y su habitual buen humor. cenaron con las noticias interrumpidas de vez en cuando por las anécdotas del día, recogieron la mesa y se sentaron en el sofá, ella con el mando a distancia y él con unos informes. esta vez fue maribel quien le buscó y quien, veinte minutos después tuvo la misma sensación que había sentido por la mañana. su desahogado marido reposaba en el sofá, con la mirada perdida, los calzoncillos en los tobillos y algunas gotas de semen manchando la tapicería floral del sofá. 
- carai, nena, si seguimos a este ritmo, me vas a matar. 
maribel calló y respiró profundamente. quizá estaba más estresada de lo normal aunque ella no lo advirtiera. o tal vez mario terminaba muy rápido, aunque no recordaba haber notado ningún cambio en sus formas. lo que sí quedaba claro era que dos fracasos en un mismo día no eran frecuentes en ella. 
- eh, ¿qué tienes? – preguntó al verla observar con cara de preocupación su miembro flácido y arrugado. 
- nada, nada. todo bien. ¿así que te ha gustado? 
- ¡pues claro! ¿a ti no? 
- a mí me ha encantado. como siempre. 

gonzalo apareció de nuevo esa noche. y la siguientes. en la primera la ató a la cama, la untó con chocolate y la lamió hasta dejarla seca. en la segunda la puso a cuatro patas y se armó con un vibrador para rellenar huecos. en la tercera la dejó probar con un pequeño látigo y un arnés de cuero bien dotado. en la cuarta probaron con una lluvia dorada y en la décima estaban acompañados de dos mujeres orientales, tres hombres con máscara de látex y un pastor alemán. maribel estaba alarmada. y eufórica. se despertaba a media noche, justo después del sueño, empapada de sudor y de flujos, incrédula al recordar lo que acababa de hacer mientras mario, a su lado, dormía plácidamente. y por las mañanas, por más que su marido lo intentara, ella seguía sin llegar al orgasmo, hasta que harta de su ineptitud, decidió levantarse más temprano y evitarlo. 
durante el día vagaba por los pasillos de la oficina como una sombra, recordando las gestas de gonzalo y deseando meterse en la cama de nuevo. hubo una tarde incluso en la que, simulando un terrible dolor de cabeza, se marchó a casa con la intención de echarse un rato y esperar a gonzalo, pero los vecinos estaban de obras en el piso de al lado y le fue imposible conciliar el sueño entre tanto martilleo. cuando marió llegó horas más tarde la encontró de mal humor y preparando litros de infusiones de valeriana. 
estaba claro que el asunto se le estaba yendo de las manos y temía que si continuaba comportándose de esa forma extraña, acabaría por perder a mario, lo cual, en ese momento, le parecía más bien una liberación. 

una tarde en la que había poco trabajo maribel bajó al comedor a tomarse un café. gonzalo estaba en una de las mesas y al verle sintió que las piernas le empezaban a temblar. le vinieron a la memoria las imágenes de la última noche en la que él le aplicaba breves descargas eléctricas delante de un público aún más excitado que ella. mientras esperaba que la máquina escupiera el líquido aguado se le ocurrió que tal vez, si hablaba con él, recuperaría el asco que había sentido en algún momento y así los sueños se detendrían. muy a su pesar, se convenció de que era la única forma de empezar a tomar el control en todo ese asunto y se dirigió hacia él a paso lento e inseguro. gonzalo no se percató de su presencia hasta que ella se plantó delante y le preguntó cómo estaba. el hombre se extrañó de su repentino interés y vaciló antes de contestar un bien breve y seco. 
- ¿te importa si me siento? 
maribel no espero a que contestara, apartó la silla y se sentó. le observó durante unos instantes: tenía el pelo grasiento, las uñas mordidas y le olía el aliento. se desanimó. no podía comprender por qué de todos los hombres que había en el planeta tenía que ser él. pensó que en sus sueños estaba exactamente igual, pero sus aptitudes sexuales compensaban con creces todo lo demás y de hecho, en ningún momento había quejas en referencia a su apariencia. es más, desnudo ganaba considerablemente y empalmado era casi sobrenatural. maribel sacudió la cabeza esperando ahuyentar ese último pensamiento y reconducir sus ideas. 
- parece que ya llega la primavera, ¿eh? 
- eso parece. 
- ya era hora. 
- sí. 
- bueno… pues… ummm… ¿cómo va todo? ¿mucho trabajo? 
- sí. 
- ya… nosotros estamos igual. bueno... ¿y tu madre? 
- bien. 
- !fantástico! en fin... pues... bien...
no era un buen inicio. en realidad, ya no creía ni que fuera una buena idea. ¿qué pretendía exactamente? ¿contarle lo bien que se lo pasaban de noche? ¿darle las gracias por todo lo que había experimentado en las últimas semanas? ¿suplicarle que desapareciera y le permitiera volver a su vida de antes?. se desesperó. mientras él seguía sorbiendo el café con un ruidito exasperante, pensó que jamás saldría de ese lío y que acabaría convertida en una degenerada, adicta al sexo en sueños, si es que existía esa modalidad.
se levantó de golpe, rabiosa por todo el sinsentido de la situación: 
- es todo culpa tuya, ¿sabes? – gritó. y corrió hacia los baños antes de romper a llorar. 
gonzalo la siguió con la mirada hasta que desapereció del comedor. sin duda alguna, pensó, las mujeres estaban completamente locas y se quitó un moco de la nariz que pegó debajo de la silla. 
maribel llegó a casa tarde. había estado dando vueltas sin rumbo, intentando no pensar en nada y retardar el momento de ver a mario y confesarle la verdad. era la única solución que tenía. esperaba que mario entendiese la magnitud del problema y no le montara una escena de celos o peor aún, pidiera el divorcio alegando locura permanente. a las diez de la noche, fatigada de tanto andar, abrió la puerta de casa. las luces estaban apagadas y se extrañó. llamó a su marido, pero nadie contestó. se quitó el abrigo y dejó el bolso encima de la mesa. volvió a llamar a mario y esta vez escuchó su voz. 
- estoy aquí, cariño. 
entró en el dormitorio. mario había puesto velas aromáticas en las esquinas de la habitación, había esparcido pétalos de rosa por encima de la cama y en sus manos sostenía una botellita de aceite de vainilla. 
- espera, no digas nada. – dijo antes de que ella tuviera tiempo a preguntar a qué venía todo eso. – me he dado cuenta de que últimamente nuestras relaciones no van del todo bien. hace diez días que no hacemos el amor y no, no te estoy recriminando nada, cielo, sé que tienes mucho trabajo y eso..., pero es que creo que me evitas... y puede que me equivoque, pero las últimas veces estabas como distante, ausente y pensé que tal vez necesitábamos hacer algo nuevo… - y agitó la botella con una sonrisa inocente en la cara. 
- ¿algo nuevo? 
- un masaje. aceite. ya sabes… ¡no lo hemos probado nunca! 
- ¿un masaje con aceite? 
- ¡sí!
- ¿es lo único que se te ha ocurrido?
- bueno, cielo... no te pongas así. pensaba que te gustaría… ¿quizá tenía que haberte consultado antes? 
maribel negó con la cabeza, apenada, y se sentó al borde de la cama, de espaldas a él. se desnudó mecánicamente, se puso el pijama de nubecillas y ositos que le había regalado su suegra, apartó los pétalos de rosa y se metió en la cama. 
- buenas noches, mario. – sentenció, deseando que gonzalo no la hiciera esperar demasiado esa noche. 

04 marzo 2012

ahora sí soy yo

me llamo alan, alan h. avner, y es probable que me recuerden de “ahora sí soy yo”, ese programa que emitió el canal 15, los viernes a las diez y en el que cumplíamos con el sueño de miles de infelices. yo era su presentador. sí, ese joven de sonrisa brillante y hoyuelo en la barbilla, impecablemente bien vestido, que siempre tenía pañuelos a mano. 
debo confesar que durante el par de años que duró el programa me harté de que la gente me parase por la calle, me pidiera autógrafos y me felicitase por el gran trabajo que realizábamos. al principio me halagaba, pero llegó un punto en el que uno ya casi no podía hacer nada sin que una multitud le persiguiera por todas partes. alguien llegó a decir que yo era un dios, aunque al fin y al cabo, mi trabajo sólo consistía en conducir la emisión. por no hablar de los que venían al programa en busca de ayuda. esos eran siempre los más agradecidos y nos habían llegado a regalar los objetos más insólitos que uno podría imaginar. llegaban con sus mejores galas, inquietos e inseguros ante los focos y el público. debajo de sus trajes pasados de moda y sin estilo, se escondía lo que nosotros debíamos transformar: cuerpos deformes, pliegues de grasa, pechos caídos, pechos pequeños, pechos grandes, acné, caries, verrugas, marcas de nacimiento, canas, narices torcidas, narices grandes, arrugas, cicatrices, labios finos, patas de gallo, michelines, orejas de soplillo, bolsas debajo de los ojos, tripas cerveceras, manchas de envejecimiento, dientes rotos, dientes salidos, dientes amarillentos, lunares peludos, estrías, y un sinfín de defectos más. aunque las historias eran siempre las mismas: una ama de casa abandonada por su marido, una joven sobrealimentada o un chaval poco popular en el instituto.
nada más abrir la boca sabía lo que iban a contar, pero era importante que lo explicaran ellos con detalle y con lágrimas. muchas lágrimas. las lágrimas, junto a los kilos, hacían subir la audiencia y nosotros éramos expertos en conseguirlas. después de eso, venían cinco minutos de publicidad. en realidad eran más de cinco, pero los espectadores nunca se habían molestado en sincronizarnos. lo importante era que volviésemos y que les diéramos más lágrimas y más kilos. a la vuelta, el participante, al que nunca debíamos llamar concursante por que no sonaba políticamente correcto, se había serenado un poco y nos contaba lo maravillosa que podría ser su vida si conseguíamos llevar a cabo la transformación. yo le prometía que haríamos lo que estuviera en nuestras manos porque creíamos que todo el mundo merecía una segunda oportunidad. más lágrimas. luego aparecía por detrás del escenario, a modo de sorpresa, su marido o padre o amigo cercano y se fundían en un abrazo que provocaba nuevas lágrimas y acalorados aplausos. el público lloraba, yo lloraba, el mundo lloraba ante tanta fraternidad. algunas veces, llegados a este punto, había tenido que pedir un segundo paquete de pañuelos, lo cual significaba una prima para mí y otra para el director del programa. 
para no cansar a la audiencia, programábamos actuaciones musicales de bandas locales. chicos jóvenes con cortes de pelo modernos que les tapaban el acné y que por cuatro duros se mataban cantando cosas como “oh, my baby, you are my everything, baby, baby, oh oh oh yeah, baby, oh”, en un escenario de cartón.  lo mejor eran las azafatas ligeritas de ropa que pululaban por el plató con los micros para que el público asistente pudiera opinar e incluso animar a los participantes para que tuvieran fe y no desistieran en su sueño. y sí, eran frecuentes las menciones al señor todopoderoso. finalmente, y después de cincuenta minutos de programa y veinticinco de publicidad, despedíamos al participante que balanceándose como una barca, desaparecía bajo una cortina de humo, con sus lágrimas, sus mocos y todas sus taras.
algunas veces, pasadas las tres semanas, no los reconocía ni yo mismo. más que sus narices pequeñas y rectas o sus dientes alineados o sus kilos succionados por poderosas mangueras, era su contagiosa actitud positiva. todos estaban pletóricos con su nueva imagen y todos prometían continuar con la dieta, los hábitos saludables y los tintes bien aplicados. repetíamos lo de las lágrimas, los abrazos, los estribillos pegadizos “oh my baby oh i’m gonna hold you all night long and i’ll love you forever and ever, yeah” y finalmente terminábamos señalando directo a cámara con un grito al unísono: “ahora sí soy yo” y del techo se desprendían millones de bolsas de confeti y purpurina que tardaba una semana en quitarme del pelo.
líderes de audiencia durante dos años. dos años. nada mal para un proyecto en el que pocos productores creyeron al comienzo. hasta que lizzy se presentó a las pruebas de casting. lizzy raven de kearney, nebraska. la maldita lizzy. seguro que se acuerdan de ella. su caso salió en todos los periódicos y todas las cadenas de televisión. 
estuvimos días dudando de si valía la pena admitirla o no porque lo único que quería eran unas tetas y mi equipo y yo coincidimos en que no era suficiente. ahí atendíamos a los que requerían como mínimo tres arreglos, pero luego nos contó su historia y a todos nos enamoraron sus traumas y rectificamos: se había escapado de casa a los quince años, había vivido en la calle durante dos, se había quedado embarazada tres veces antes de cumplir los veinte y como no, había estado enganchada a las anfetaminas. y sólo pedía unas tetas. coincidimos en que la historia bien se merecía un par de prótesis y que podíamos sustituir al nutricionista por más sesiones en el psicólogo e imágenes de las casas okupas donde lizzy conseguía las drogas o entrevistas a sus antiguos compañeros yonkis, todo con música muy dramática de fondo, rollo requiem for a dream, pero versión nebraska. allí había material muy aprovechable y no tardamos en empezar el rodaje.  
el día de presentación lizzy estaba pálida y nerviosa. nos pareció que estaba incluso más delgada que en el casting y nos asustó que quizá se hubiera reenganchado a las pastillas, sin embargo, la entrevista fue un éxito y su historia conmocionó a los espectadores. sin duda alguna había sido una buena elección y teníamos la certeza de que su transformación podría darnos un récord en cuotas de audiencia. al terminar el programa, y siguiendo el protocolo del programa, lizzy fue llevada al hotel donde descansaría hasta la mañana siguiente cuando sería traslada a la clínica. creo que fue la noche más feliz de su vida. nunca antes había estado alojada en un hotel y se sorprendió al comprobar que las sábanas olían a suavizante y que existía un servicio de habitaciones donde se podía pedir comida a cualquier hora. 
a la mañana siguiente recibimos dos noticias: los análisis salieron negativos y todos respiramos más tranquilos, pero el médico desaconsejaba la operación ya que el cuerpo de lizzy era un amasijo de huesos de apenas cuarenta kilos. esto retrasó un día el rodaje, lo cual se traducía a pérdidas importantes. andábamos todos un poco estresados y cuando reunimos a lizzy por la tarde para contarle la situación, ligeramente retocada, ella se echó para atrás y pidió volver al hotel. estuvo encerrada dos días en los que nos aseguramos de que recibía todas las atenciones que deseaba. la noche del segundo día, con tres días de retraso y de pérdidas, llamé a su puerta y estuvimos hablando largo rato. cuando salí, ella había firmado el contrato y el productor me hizo llegar un sobre a casa con billetes de los grandes con los que aproveché para largarme unos días de vacaciones con una de las azafatas, monique. lo pasamos bien.
me olvidé de lizzy por completo hasta que volví al trabajo, poco antes de la emisión del programa. durante ese tiempo habían lanzado una campaña publicitaria espectacular y tanto mi cara como la de lizzy aparecían en portadas de revistas, carteles en el metro y pantallas digitales. me fastidió un poco que hubieran elegido una foto mía en la que salía poco favorecido, a mi gusto, pero al lado de lizzy tampoco estaba tan mal.  
la noche de la emisión lizzy no se encontraba bien. no había tenido una buena recuperación y sufría de fiebres altas y dolores de cabeza frecuentes, pero las maquilladoras hicieron un buen trabajo con el colorete y un moño exagerado que desviaba la atención de su cara de muerta. se negó a ponerse el vestido que habíamos elegido para ella de forma que su escote quedaba oculto bajo un cuello alto y salió al plató tiritando de frío. la entrevista empezó después de una sonada ovación al ver el cambio de la chica, el vídeo de la operación y las sesiones del psicólogo.
-lizzy, - dije con la mejor de mis sonrisas - buenas noches. ¿cómo te encuentras?
-muy bien. un poco nerviosa, pero muy bien. - respondió con la frente sudada y la mirada perdida.
-déjame que te diga que estás espectacular.
-gracias, alan. no sé qué decir. estoy encantada.
la cámara hizo un bonito plano de sus tetas escondidas y luego volvió a su cara de muerta.
-¿crees que ésta ha sido la mejor decisión de tu vida, lizzy?
-sin duda alguna. sí, sin duda.
-¿y crees que a partir de ahora tu vida va a cambiar?
-estoy convencida.
-¿qué vas a hacer cuando salgas de aquí, esta noche?
lizzy abrió la boca para contar al mundo sus nuevos planes, pero antes de poder emitir algún sonido, puso los ojos en blanco y se desplomó en el suelo. el ruido seco de la cabeza al chocar con el parqué estremeció al público que inmediatemante se levantó de sus asientos para poder observar mejor. uno de los cámaras hizo un último plano de la chica con la boca entreabierta y el moño completamente arruinado.
-¿pero es que nunca puede salir nada bien con esta tía? – grité antes de que cortaran la emisión. 
la culpa fue de la ambulancia que tardó más de diez minutos en llegar. por si esto no fuera poco tuvimos que asistir al funeral e indemnizar a la familia que, aunque se había desentendido de la chica hacía años, ahora parecía ser la más afectada. pero lo peor fue que dejaron de televisar el programa y que mi último comentario me acompañó durante mucho tiempo en las entrevistas de trabajo a las que me presenté posteriormente. luego, con los años, no fue sólo el comentario, sino las entradas, las patas de gallo y la papada. los años pasan para todos, amigos. fue mi manager quien sugirió la idea y enseguida me pareció ideal. no sé por qué no se me había ocurrido a mí, teniendo en cuenta mi carrera profesional. el día que entré en el quirófano me acordé de lizzy. me vino a la mente como una aparición, pero fueron sólo unos instantes, justo antes de que la anestesia empezara a hacer su efecto y entrara en un profundo y relajante sueño.
me quité diez años de encima y no sólo esto, también he vuelto a los platós. ahora conduzco un magazine los fines de semana. hablamos de cocina, de trucos caseros para quitar manchas de vino tinto en la ropa, de actualidad, de cotilleos. un poco de todo. es entretenido, la verdad, aunque reconozco que no es muy original y que hay millones como el mío. la co-presentadora con la que trabajo, marianne, es un amor. y sólo dos operaciones. tonteamos desde hace un tiempo y me da la sensación que si seguimos así, puede surgir una bonita historia entre nosotros. no descarto formar una familia con ella porque ya va siendo hora de que siente la cabeza. una casa, un coche, dos retoños jugueteando por el jardín, un perro llamado max... 
lo único que me molesta es no haber logrado la audiencia de “ahora sí soy yo”. he estado dándole vueltas al asunto y he pensado que quizá una buena forma de conseguirla serían más actuaciones musicales; hay muchos jovenes con talento ahí afuera, de verdad. o bien más chicas en bikini, aunque sé de sobras que no es una idea muy original. así que se me ha ocurrido otra cosa, algo que estoy seguro que daría en el clavo: resucitar a lizzy. bueno, esto es imposible, de momento, así que me conformaría con una entrevista con la familia: el reencuentro. ellos y yo. ya lo estoy viendo: un plató con poca luz, un pianista en el rincón tocando notas funebres y rostros afligidos. sería arriesgado, lo sé, pero creo que si les hacemos una buena oferta, vendrían encantados.