30 mayo 2012

A Jacques estaba segura de volver a verle en octubre y me despedí de él sin tristeza. Había sido suspendido en su examen de derecho y estaba un poco abatido. En su último apretón de manos, en su última sonrisa, puso tanto calor que me emocioné. Me pregunté ansiosamente después de haberme alejado si no habría tomado mi serenidad por indiferencia. Esa idea me desoló. !Me había dado tanto! Pensaba menos en los libros, en los cuadros, en las películas, que en esa luz acariciadora de sus ojos cuando yo le hablaba de mí. De pronto tuve necesidad de agradecérselo y le escribí una carta de un tirón. Pero mi pluma se quedó en suspenso encima del sobre. Jacques apreciaba enormemente el pudor. Con una de sus sonrisas llena de misteriosos sobrentendidos, me había citado en la versión de Cocteau la frase de Goethe: "Te quiero; ¿es que eso te concierne?"

Memorias de una joven formal, S. de Beauvoir

23 mayo 2012

anotaciones

pasé por delante de la biblioteca del barrio y decidí entrar. tenía algunos libros esperando en casa, pero no me apetecía empezar ninguno de ellos y creí que sería una buena idea escoger uno o dos al azar, por su portada o por su título. tal vez sea un criterio poco fiable, y de hecho, la mayoría de veces termino con el libro a medio leer, pero que otras pocas me ha dado resultados sorprendentes. estuve dando vueltas en la sección de biografías, pero no tenía ganas de leer sobre miserias humanas. la mayoría de las biografías de personajes que han llegado a algo en esta vida, tarde o temprano, tienen un capítulo miserable y triste. algunos lo superan y aprenden de ellos, otros, sin embargo los arrastran hasta el final de sus días. no tenía ganas de saber de esos capítulos. decidí que bastante tenía con los míos. subí hasta la planta de viajes y cogí un par de guías de la india que ojeé con ilusión, pero recordé que mi presupuesto para ese verano probablemente no me llegaría ni para una semana en la costa y al final terminé devolviendo las guías a su lugar y me encaminé hacia la sección de novelas, donde suelo terminar siempre. estuve un buen rato dando vueltas. de la a a la z y vuelta a empezar. es uno de los pocos paseos que repetiría una y mil veces sin cansarme. repaso los nombres de los autores, las cubiertas de los libros, los títulos, la letra del interior, evitando las muy pequeñas, y finalmente hago memoria para recordar si el ejemplar que tengo entre las manos lo he leído anteriormente o no. me decidí por un autor del que ya había leído algo en el pasado y me había gustado y otro de relatos breves, pequeño y con pocas páginas que imaginé que leería en un par de horas. al llegar al mostrador el bibliotecario, un hombre joven y con cara de cansancio, me pidió el carnet con desgana. siempre espero que alguno de ellos despierte de su letargo y haga algún comentario sobre mi elección “oh, muy bueno” o “yo lo leí también y me pareció un poco flojo, pero claro, sobre gustos, ¿verdad?”, pero al final sólo dijo “para el día 27” y me devolvió el carnet y los libros sin mostrar ningún interés ni por los libros ni por mí.
al llegar a casa me preparé un té con miel, coloqué los cojines adecuadamente y me estiré en el sofá con la taza humeante y los libros. decidí comenzar con el de los relatos breves, por ser el de menos páginas y el que terminaría antes. en la solapa del libro aparecía una fotografía del autor en blanco y negro, un hombre de mi misma edad, con una sonrisa comedida y una expresión complaciente. tenía un nombre impronunciable y justo debajo de su foto, aparecía un breve texto a modo de biografía: había nacido ahí, se había mudado allá, había estudiado en la universidad de tal, había sido profesor de literatura allí y también allí, había publicado media docena de obras y había ganado un par de premios de poco prestigio. nada excepcional. me desilusioné un poco y pensé que sería otro libro mediocre de otro escritor mediocre. aún así, decidí darle una oportunidad. giré la página. dedicaba la obra a una tal astrid que imaginé sería su madre, su mujer o su hija. aunque también hubiera podido ser su editora, aunque por mi carácter romántico preferí pensar en alguna de las tres primeras opciones. el primer relato se titulaba “un pequeño susto”. era la historia de una pareja joven, recién casada, que tenía su primera discusión como marido y mujer. la trama me enganchó desde el principio. estaba escrita con un estilo divertido y ligero, los diálogos eran reales y la historia muy creíble. me identifiqué con los personajes, la relación entre ellos, las descripciones de sus gestos y reacciones y sobre todo el final, inesperado y sorprendente. sin embargo, al terminar la última frase observé que en la misma página, escrito en lápiz, con un trazo fino y una letra pequeña pero legible alguien había anotado su propia opinión: "una narración totalmente absurda, nadie se comportaría de esta forma en una situación similar. las cosas no funcionan así." no me molestó tanto el hecho de que alguien no compartiera mi opinión acerca del cuento, algo muy lógico y totalmente lícito, sino que este alguien hubiera tenido la desfachatez de escribir en un libro prestado de la biblioteca. ¿por qué la gente tiene tan poco cuidado con las cosas que no son suyas? ¿qué sentido tiene poner una crítica anónima a un libro que leerán otros lectores anónimos a los que nunca se llegará a conocer? ¿o es que quizá ahí radicaba la gracia del asunto? le di un sorbo al té, que se había enfriado durante la lectura, y comencé el segundo relato: “en la guerra”. no suelen gustarme los relatos bélicos. es un tema que me aburre, que no comprendo, que, por suerte, me suena muy lejano y no suelo prestar atención a las estrategias militares, ni a los rangos, ni me gusta la sangre, ni entiendo sobre armas. sin embargo también esta historia me gustó desde el principio hasta el final. quizá hubiera eliminado algunas descripciones de las batallas que se me hicieron largas y que aportaban poca información al relato, pero en general me pareció también una buena crónica, original y totalmente diferente a la anterior. con un ritmo más acelerado y directo y unos personajes menos amables y humanos. pero por los comentarios manuscritos deduje que al otro lector tampoco le había gustado: "si todas las guerras fueran así, la paz mundial sí existiría. base muy poco sólida. falta información más exacta sobre el tema". me enfadé. si ya llevaba dos historias leídas y ninguna de las dos le había gustado ¿por qué insistía leyendo y criticando y no buscaba otro libro más afín a sus preferencias? qué ganas de perder el tiempo y sobre todo, de hacerse notar. sospeché que en cada una de las narraciones aparecería su preciado veredicto y no pude reprimir las ganas de echar una ojeada rápida al final de cada una de las historias. efectivamente, en todas ellas se exhibía su caligrafía, pequeña, inclinada hacia la derecha, con un círculo redondo encima de las ies y las o sin cerrar. su dictamen estaba en cada uno de los finales, a modo de comentario de texto superfluo, negativo y del todo innecesario, y aunque me despertó la curiosidad saber qué pensaba del tercer cuento que me disponía empezar, decidí esperar antes y leer el relato antes para tener mi propia opinión y prescindir de sus resabidas nociones sobre la vida en general. sorprendentemente, esta vez, coincidimos. era una narración de ciencia ficción donde unos alienígenas con medio cuerpo humano y otro medio de serpiente invadían la tierra y sólo unos poco habitantes sobrevivían al ataque. no había por dónde cogerlo. la historia era rocambolesca, sin sentido, ni gracia, ni base. se perdía en medio de miles de detalles secundarios que no venían al caso, descripciones que sólo parecía que estuvieran allí para alargar el relato y con unos personajes que desde el principio me parecieron que merecían morir bajo el ataque alienígena. en esta ocasión su valoración fue contundente: "vaya mierda. ¿y éste ha publicado?". yo, menos radical, hubiera utilizado una expresión más diplomática y neutral. imagino que debe ser realmente complicado escribir un relato de ciencia ficción, además, a su favor hubiera dicho que los primeros relatos me gustaron, pero debo reconocer que el comentario me arrancó una carcajada repentina que casi hizo que me tirara el té encima. al recolocar la taza en su sitio vi el reloj. eran casi las nueve de la noche y maldije mi despiste. había quedado con sara en menos de media hora. no sólo iba a llegar tarde, sino que, pensándolo bien, no me apetecía en absoluto salir e interrumpir la lectura. sin pensarlo dos veces marqué el número de sara y esperé a que contestara. tenía la excusa, o eso me dije a mí mismo para hacerme sentir mejor, de que sara y yo teníamos una relación poco seria y que por lo tanto, cada uno podía cambiar los planes en función de si surgía un plan b mejorable. sé que no es una justificación demasiado lógica, pero en ese momento me sirvió. cuando contestó su voz sonaba alegre y risueña, pero al escuchar mi falsa explicación se molestó “ya me había vestido y estaba a punto de salir”, dijo. “lo siento de verdad, sara. si no te llamé antes es porque confiaba en que esta dichosa jaqueca desaparecería, pero es que no hay forma. llevo todo el día en la cama sin ni tan siquiera poder moverme”, mentí yo. ella se ofreció para venir a casa y cuidarme y aunque en otras circunstancias hubiera accedido, esta vez contesté un no precipitado y rotundo. “es mejor que esté solo e intente dormir de una vez por todas. seguro que mañana estaré mejor y si te va bien podemos hacer algo”, contesté. “bueno, ya veremos”. estaba claro que no se lo había tomado demasiado bien y no la culpo. antes de colgar le mandé un beso, que ella no me devolvió, como solía hacer normalmente. a continuación puse el móvil en silencio, me levanté del sofá, bajé las persianas, encendí la luz de la mesilla, fui a la cocina, busqué algo para comer, volví a mi sofá y recoloqué los cojines antes de tumbarme de nuevo.
volvimos a coincidir con un veredicto negativo en el cuarto y el quinto relato, aunque en ambas ocasiones, moderó sus opiniones. en el sexto de nuevo me sorprendieron sus palabras: "la pequeñez del ser humano". ya sé que tampoco dijo nada del otro mundo, que era una frase hecha y que no rebozaba sabiduría, pero llevaba razón. o es que yo ya había perdido el criterio y la objetividad. con el séptimo, busqué, ávido, su comentario antes de leer el cuento. o hice con atención, poniendo especial cuidado en el significado último de sus observaciones, por muy obvias que fueran. como digo, creo que perdí mi capacidad de ecuanimidad. y al terminar la historia estaba, otra vez, totalmente de acuerdo con ella. sí, a estas alturas, ya había decidido que tenía que ser una mujer quien anotaba sus impresiones. esa caligrafía tenía que ser de una mujer. demasiado fina y bien trazada para ser de un hombre, sentencié, convencido de mi olfato y mi buen sexto sentido.
el libro dejó de interesarme, para qué engañarnos. leía las historias en diagonal, sin prestarles atención y esperando llegar a su parecer, que me obligué a dejar para el final, a pesar de mi impaciencia, como el delicioso y sabroso postre de una cena mediocre. una vez leído me quedaba unos minutos saboreándolo y reflexionando sus evaluaciones y el por qué habría dicho eso y no lo otro y cavilando sobre qué tipo de vida y experiencias habría tenido para pensar de esa forma y no todo lo contrario. mentiría si dijera que, tal y como había comenzado a imaginarla mentalmente, también lo hice de forma física. la figuré como yo, recostada en un sofá como el mío, con su taza de té, aunque quizá ella fuera más de café, con el libro reposando en su regazo y un lápiz bien afilado entre sus delicadas manos. una cabellera rojiza, unos ojos vivarachos, una risa fácil y contagiosa, unas piernas largas y una cintura estrecha. era perfecta.
 muy a mi pesar tres horas después terminé el último relato, que ni recuerdo de qué trataba. hubiera deseado continuar toda la noche con ella, o al menos prolongar el final del libro hasta un par de horas más tarde, pero me pudo la excitación y no pude dejar de leer hasta la última página, y por lo tanto, su último comentario: "yo podría continuar.” me quedé helado. miré a mi alrededor esperando encontrar una respuesta, al libro y a la contundencia de la frase escrita. yo también hubiera podido continuar. ¿no era todo eso muy extraño? demasiadas coincidencias. primero con nuestros gustos lectores y luego con nuestro deseo de seguir leyendo y comentado los relatos hasta bien entrada la noche. sin ni tan siquiera conocernos. era demasiado, sin duda. volví a leer su frase final y de repente me vino una idea a la cabeza: ¿y si realmente había continuado? ¿y si había escogido otro libro al azar y había seguido leyendo y escribiendo? ¿y si sólo era cuestión de dar con ella? miré al reloj sobresaltado y esperanzado, pero sólo eran las doce y veinte de la noche. era una idea descabellada, una tontería, una pérdida de tiempo, pero no por eso iba a dejar de intentarlo. mil ideas sin sentido se atropellaban dentro de mi cabeza. faltaban nueve horas para que la biblioteca abriera de nuevo. ¿cuántos libros podría haber en esa biblioteca? ¿cómo dar con los que había cogido a continuación? ¿y quién me aseguraba que lo había hecho en esa misma biblioteca y no en otra, en la otra punta de la ciudad, o peor aún, en una ciudad distinta?
me levanté del sofá, nervioso y de mal humor. comencé a ver la imposibilidad de mi gesta. nunca daría con ella. era imposible. si al menos hubiera dejado más datos, alguna pista que me indicara por dónde comenzar a buscarla… aun así me fui a la cama con la firme idea de intentarlo. al menos, si no la encontraba podría estar tranquilo al haberlo intentado. era lo mínimo que podía hacer. tumbado en la cama, incapaz de ponerme a dormir, empecé a idear mi plan: iniciaría con los demás libros del mismo autor. pensé que eso era lo más lógico. luego continuaría con otros de relatos cortos de otros escritores, o tal vez con los ejemplares de la misma estantería. me esperaba una tarea ardua e interminable, pero decidí concentrarme sólo en el placer de reencontrarme con ella. esa noche dormí mal y soñé con que me quedaba encerrado en la biblioteca del barrio y moría sepultado por libros y no la encontraba jamás. me desperté sudado y nervioso y no pude volver a conciliar el sueño. aproveché para empezar el segundo libro que había cogido, pensando que eso me distraería y evitaría que me obsesionase más con el dichoso tema, pero no funcionó. allí sólo había las palabras del escritor, sin más, sin segundas interpretaciones, sin comentarios, sin apreciaciones. me pareció aburrido y soso y terminé por cerrarlo, levantarme de la cama y tomar una ducha caliente que me relajara. antes de salir de casa y dirigirme a la biblioteca volví a leer su última frase y eso me animó a no desfallecer a la primera de cambio.
fui el primero en llegar. de hecho. los bibliotecarios apenas se habían sentado en sus mesas y me miraron extrañados al ver mis prisas para entrar. les ignoré por completo y corrí hacia la segunda planta, repitiendo los movimientos que había hecho un día antes. el corazón me dio un vuelco y la vista se me nubló cuando al detenerme en la misma estantería comprobé nervioso e impaciente que había otro libro más del mismo autor y que también era de relatos breves. tenía que estar allí. de nuevo, las coincidencias eran demasiadas y la suerte estaba de mi parte. no me cabía ninguna duda. lo cogí y lo abrí con un temblor de manos inusual en mí. la misma foto en blanco y negro, la misma biografía y distinta dedicación. pasé unas páginas más al borde de un ataque de ansiedad. primero vi algunas palabras subrayadas en lápiz, con el mismo trazo irregular y creí que iba a ponerme a llorar de un momento a otro. fui hasta el final de primer cuento, esperando encontrar esa letras conocidas y familiares, pero no había nada escrito. miré en las demás hojas. más palabras y alguna frase señalada, pero ningún comentario. pensé que tal vez la conexión entre vocablos y oraciones marcadas aportaría alguna pista más sobre la misteriosa mujer y sin dudarlo cogí el libro y fui hacia la mesa donde estaba el mismo bibliotecario del día anterior, todavía con cara soñolienta. al entregarle el carnet me miró de una forma un tanto extraña. pensé que era porque se acordaba de mí del día anterior y le sonreí amigablemente.
-¿así que le gusta este autor? – preguntó.
-sí, no está mal. - contesté de forma apresurada y un poco tajante.
 esta vez no tenía ganas de conversaciones triviales. quería llegar a mi casa cuánto antes y leer. leerla.
-yo lo descubrí hace poco. es maravilloso, la verdad. el libro que cogió usted ayer lo leí la semana pasada en menos de cinco horas. hay algunos relatos realmente magistrales, aunque también hay otros… y bueno… éste – dijo señalando el tomo que todavía sostenía en mis manos – lo terminé hace un par de días.
-¿ah sí? – respondí.
él afirmó distraídamente mientras pasaba el libro por la banda magnética y le ponía un punto de lectura con la fecha de devolución.
-aquí tiene, para el día 28.
-gracias. – murmuré.
-y disfrútelo.

cuando llegué a casa, diez minutos después, tiré el ejemplar de malas maneras encima de la mesa. no me molesté ni en leer el primer cuento, ni en mirar las frases subrayadas, ni si éstas significaban algo, ni en si había comentarios escritos. quizá no había sido él. tal vez era sólo una casualidad, pero ya me daba igual. estaba harto de las malditas casualidades, había perdido la ilusión y no me apetecía saber nada más de ella. o de quién fuera.

17 mayo 2012

dos kilos y ochocientos gramos

helena estaba embarazada de seis meses y dos días. su gestación estaba siendo complicada, primero con las náuseas matutinas y los mareos, luego la hinchazón de las manos y los tobillos y en el último mes, al ver que no remitían las molestias, su médico le recomendó descanso y le dio la baja laboral. andaba por casa desanimada y aburrida de no hacer nada y de pensar en el bebé las veinticuatro horas del día, así que julián pensó que sería una buena idea adelantar un mes sus vacaciones y marcharse al pueblo ahora que ella todavía podía viajar. a helena le encantó la idea y aunque no pudo colaborar demasiado con los preparativos de las maletas, su humor cambió radicalmente y dejó de sentirse tan fatigada. 

el pueblo era pequeño y todavía no había demasiados veraneantes en esa época, lo cual era una ventaja para la pareja que quería aprovechar el mes que tenía por delante para dormir y descansar antes del nacimiento de su hijo. llegaron a última hora de la tarde, después de un viaje largo en el que ella tuvo que ir al baño seis veces y en el que él no protestó en ningún momento. sabía que helena no solía quejarse por gusto y que lo estaba pasando mal. 
se hospedaron en un apartamento que ella había encontrado por internet. era pequeño pero acogedor y bien amueblado, con una habitación de matrimonio en la que apenas cabía la cama doble, un baño todavía más minúsculo, un salón luminoso y un balcón que daba a una placeta poco concurrida. 
nada más llegar helena dijo que necesitaba una ducha y echarse un rato antes de cenar. julián aprovechó para abrir las ventanas, airear el piso, salir al balcón y sentarse en una de las sillas de plástico para contemplar las vistas del pueblo y de un trozo de playa, que estirando un poco el cuello, podía divisar. enseguida se fijó en ella. era difícil no fijarse. sería de la misma edad que su mujer, tal vez un poco más joven y sin duda alguna estaba en el tramo final. sentada en uno de los bancos de la plaza, con las piernas un poco separadas y un abanico en su mano, la mujer parecía estar esperando a alguien ya que de vez en cuando levantaba la cabeza y miraba a su alrededor. pero este alguien no aparecía y pasados unos minutos julián concluyó que sólo estaba tomando el fresco. helena le asustó cuando por sorpresa y calladamente puso su mano fría en su hombro. 
-¿estás mejor? – preguntó él acariciando su mano. 
-sí, mucho mejor. pensaba que no llegaríamos nunca. - dijo a modo de disculpa 
-vaya, parece que no soy la única, ¿eh? – también ella se había dado cuenta de la prominente tripa de la mujer. 
-no, aunque a ella le falta menos que a nosotros. 
-todo llegará. no te impacientes. voy a echarme un rato. 
-de acuerdo. ¿qué te apetece cenar? 
al final decidió no despertarla. acurrucada en un rincón de la cama y oyéndola respirar pausadamente, decidió cerrar la puerta del dormitorio con cuidado y dejarla dormir. se preparó un bocadillo y lo comió en el balcón, observando el trajín de los vecinos y de los primeros turistas que, quemados por el sol y oliendo a crema solar, arrastraban las toallas y las palas hacia sus casas.

pasaron una semana tranquilos. se levantaban tarde, desayunaban a la una, paseaban por la playa, comían en cualquier restaurante que sirviera un menú decente, dormían la siesta y por la tarde leían en el balcón hasta que alguno de los dos sugería un helado o un paseo. también se acostumbraron a la compañía lejana de la otra mujer, que cada tarde se sentaba en el mismo banco de la placeta y permanecía allí con la única compañía de su abanico.
-¿por qué vendrá siempre sola? – preguntó helena al sexto día. 
-su marido estará trabajando. 
-¿y no tendrá amigas o una madre? ¿no se aburre? 
-tal vez le apetezca estar sola. tal vez este par de horas sea el único momento que tenga para escapar de ellas. 
-mmm… sí, quizá, pero es extraño. 
-¿qué tiene de extraño? 
-bueno, no sé… uno puede tener ganas de estar solo un rato, ¿pero cada día? ¿todas las tardes? ¿con este calor que empieza a ser insoportable? además, ¡va a parir de un momento a otro! 
 -¿y qué? ¿por ese motivo debe quedarse en casa, al lado del coche con las llaves puestas y el canastillo en la mano? -déjalo, no me entiendes. -no, no te entiendo, helena. dejaron de hablar de ella hasta que, al día siguiente, la volvieron a ver. -ahí está de nuevo. hoy no tiene buena cara. habrá pasado mala noche. julián levantó la cabeza de su libro y observó a la mujer durante un rato. le pareció que tenía el mismo aspecto que el día anterior: cansado, serio, triste pero esta vez no quiso contradecir a su mujer. no quería otra discusión estúpida por un tema que le era completamente indiferente. -así voy a estar yo dentro de poco: gorda y agotada. y a punto de tener nuestro primer hijo. notó el temor de helena en sus palabras. 
-todo va a ir bien, ya lo verás. 
-¿cómo lo sabes? también puede no ir bien, que el niño esté enfermo o que sea una mala madre o que no sepa hacer nada o yo qué sé, cualquier cosa. 
cada vez eran más frecuentes los comentarios de helena que denotaban ese nerviosismo típico de las madres primerizas. julián intentaba calmarla, aunque algunas veces sólo conseguía acentuar más sus dudas y su inquietud. en esos casos la abrazaba y dejaba que su esposa se tranquilizara entre sus brazos, en silencio. 
-creo que voy a echarme un rato.
helena besó a su marido y él acarició su cintura ancha. 
en realidad helena tenía razón. las cosas podían torcerse en cualquier momento, pero prefería mantener una actitud optimista. faltaban sólo tres meses, en la última ecografía todo estaba correcto y julián no era de los que disfrutaba barajando fatalidades. aunque por algún motivo, mirando a la mujer de la placeta, allí sentada con su enorme tripa, mirando al suelo, sí percibió que había algo de fatídico en ella. algo que no sabría explicar y que sin embargo notaba cada vez que aparecía y pesadamente se sentaba en el banco y extendía su abanico. 
dejó pasar diez minutos. el tiempo necesario para que helena se durmiera. después se levantó, cogió las llaves y el libro y bajó los escalones de dos en dos. de cerca parecía más joven. tenía los ojos claros y la cara delgada y pecosa. se sentó a pocos metros, pero ella siguió mirando al suelo y no se inmutó a pesar de ser los dos únicos que estaban en la plaza a esas horas. julián hubiera querido hablar con ella. preguntarle de cuánto estaba, cómo se encontraba, si tenía los mismos temores que su mujer o si ya había pasado por todo esto anteriormente, pero prefirió no asustarla con esas preguntas, quizá demasiado indiscretas para una completa desconocida. tal vez, pensó, lo haría al día siguiente, cuando ella se hubiera acostumbrado a ese nuevo acompañante que de vez en cuando la miraba con curiosidad y preocupación. abrió su libro y dejó pasar otra tarde tranquila. 

el día siguiente amaneció nublado. helena agradeció la tregua climática y la brisa fresca. al salir a dar su paseo matutino observaron los nubarrones negruzcos y amenazantes en el horizonte y que se acercaban poco a poco. apresuraron el paso de vuelta, aunque al final ese día no llovió. por la tarde no vieron a la mujer de la plaza. ni al siguiente. helena sacó el tema al cuarto día. 
-¿crees que habrá tenido ya a su hijo? 
-seguramente. le faltaba muy poco… 

helena sonrió y apoyada en la barandilla del balcón, masajeó su tripa unos minutos. 

empezó a encontrarse mal después de cenar. había notado molestias y por ese motivo apenas había comido por la noche, aunque a julián sólo le comentó que no tenía mucha hambre. tampoco quiso molestarlo cuando dos horas después seguía dando vueltas en la cama, pero con las primeras contracciones se asustó. sudaba de frío y de calor y notaba que las piernas adormecidas, como si la sangre no corriera por ellas. le despertó cuando no pudo reprimir un grito de dolor durante una de las contracciones. julián se vistió deprisa, ayudó a su mujer a bajar las escaleras y llegaron al hospital después de un viaje que a los dos les pareció interminable y angustioso. las palabras de julián para atenuar la congoja de ella no ayudaron en absoluto y helena lloraba y tiritaba sin entender qué estaba sucediendo. las enfermeras se la llevaron en volandas cuando las puertas correderas se abrieron y vieron su palidez y su panza. no pudo despedirse de ella, ni asegurarle que las cosas saldrían bien. ahora también él empezaba a dudarlo. esperó minutos que le parecieron horas y horas que parecieron años. paseó por los pasillos vacíos y fríos de ese hospital desconocido, con médicos que no estaban al tanto del historial de helena, se sentó en las sillas de plástico incómodas y quemadas con marcas de cigarrillos y preguntó a cada una de las personas que vestían con el uniforme del hospital, fueran o no médicos. al final recurrió a hacer promesas a un dios con el que nunca había tenido mucho trato, suplicándole que se quedara todo en un simple susto y sólo cuando, cinco horas después, le comunicaron que su esposa y el niño estaban bien, rompió a llorar como un niño pequeño. los médicos le informaron que estaba durmiendo y que en un par de horas podría entrar a verla. decidió tomarse un café en el bar del hospital. sólo cuando se sentó en una de las mesas, notó el cansancio y el sueño de la noche anterior, aunque se sentía afortunado y en deuda con el mundo. 
-¿ha sido niño o niña? – preguntó la camarera que le traía el desayuno. él sonrió. 
-todavía no lo sabemos. 
-ah, discúlpame. a estas horas sólo vienen los que acaban de ser padres. 
-a nosotros nos faltan todavía tres meses. 
-tres meses no son nada, aprovéchate que después se acabó lo bueno, nada de cenas románticas, ni vacaciones, ni coche nuevo. te lo digo yo que llevo tres, como tres soles, eso sí. el mayor ya va por los veinte y parece que fue ayer. 
julián miró a la mujer, ya mayor, con el delantal manchado y el rostro soñoliento, pero alegre. al salir dejó un par de monedas de propina y compró flores para helena. 

la reconoció enseguida. recordaba bien su cara, sus ojos claros y sus pecas, aunque su mirada triste y vacía era todavía más exagerada que cuando la había observado desde el balcón del apartamento. no le estremeció su tripa poco abultada, ni sus pasos desorientados, ni su cara demacrada, ni su canastillo intacto que sostenía sin apenas fuerza. no fue nada de eso. fue esa turbadora soledad a la que creía se había acostumbrado y que sin embargo, en ese pasillo de hospital, una resplandeciente mañana de principios de verano, no supo justificar de ninguna forma. a paso lento y vacilante, como si se resistiera a salir del edificio, como si allí dentro hubiese algo la atara más que ahí fuera, se dirigía hacia la salida y por un momento quiso acompañarla en el último tramo, sujetarle la puerta y asegurarle que todo iba a salir bien, que tendría otras oportunidades. pero tampoco esta vez se atrevió y acabó perdiéndola de vista cuando las puertas se cerraron detrás de ella. 

tres meses después nació la primera hija de julián y helena. pesó dos kilos y ochocientos gramos. 

08 mayo 2012

porno, así, en general

llevo unos cuantos días, sin apenas interrupciones, viendo porno. ale, dicho queda. háganse una idea precisa de lo que soy, ay. a modo de justificación diré que solamente ha sido para escribir esta entrada, queriéndome saber informada de primera mano, aunque qué coño, sí, también lo miraba antes, sin texto en el blog de por medio.
no trataré aquí los efectos terapéuticos del porno, porque admitámoslo, haberlos haylos y ya nos gustaría que otras terapias de desahogo lúdico-ocioso funcionaran igual (o la mitad) de bien. de lo que yo quisiera hablar es de esos pequeños detalles que por mucho que me empeñe no comprendo y sin embargo parecen repetirse una y otra vez en todos los vídeos que he revisado, bajado, guardado y clasificado por categoría en la carpeta de "gatitos y nubes y cupcakes". mañana la borro, lo prometo. y empiezo el régimen. y aprendo inglés.

- uñas - ¿por qué todas las actrices porno llevan uñas de diez centímetros? entiendo y acepto fetichismo-clichés tales como tacones, vestiditos de enfermera, látigos, pechos descomunales, bla bla bla, pero ¿uñas largas? ¿de verdad? ¿sí? ¿pone? es que no sólo me parecen un elemento poco atractivo, sino que incluso las podría englobar dentro del saco de arma blanca y cada vez que veo a una muchacha hacerle un trabajillo a un muchacho con semejante uñas no puedo evitar sufrir. sufrir por él y su preciado miembro que le da de comer en el caso que a ella, en un momento de pasión, se le escape la mano, con sus cinco uñas de diez centímetros, y acabe desgarrando algo que no estaba en el guión. afortunadamente, son gente profesional y a ellas nunca se les escapa nada de las manos. aunque esto no quita para que yo piense que trabajarían mejor y más cómodas, con menos longitud. que ya bastante tienen con los modelitos, los tacones, el maquillaje (siempre perfecto, incluso cuando terminan), la interpretación, el equipo de detrás (de un poco más atrás, quiero decir) y al muchacho que deben mantener erguido como para preocuparse, además, de sus zarpas. 

- viva japón – yo adoro a los japoneses. es un pais que siempre me ha fascinado, por su sentido del orden, de la responsabilidad, de las tradiciones, sus baños automatizados, las melenas lacias y brillantes, su tren bala, su piel perfecta, los estilismos extra-ultra-hiper modernos. pero con el porno, lo siento chicos, no. esas caras angelicales, aniñadas, lampiñas e inocentes. esos cuerpecillos frágiles, pueriles, andróginos. ay, no, no, no. yo veo a un japonés rodeado de japonesitas en una cama redonda y con un espejo en el techo y cinco vibradores y un caniche y tres esposas y dos máscaras y cinco cuerdas y sólo quiero abrazarlos a todos, ponerles el pijama y prepararles un chocolate caliente y hablar de gatitos y nubes y cupcakes. es que lo siento así y no puedo evitar pensar de otra forma. y luego, para añadir más guasa al asunto, está lo de los píxeles, censurando lo único que podría subirle a una la moral y la líbido. y así no hay quien pueda, señores realizadores de porno japonés, ¡hombre ya!. dedíquense a lo suyo (a las muñecas hinchables, a las revistas, a las máquinas expendedoras de braguitas usadas, a cualquier otra ramificación insólita y perversa de connotaciones sexuales que sólo ustedes puedan pensar y fabricar, pero al porno de toda la vida, al clásico y tradicional, no). y puestos a pedir, quiten ya los píxeles, que seguro que peores cosas hemos visto en cualquier playa un domingo por la tarde y aquí seguimos, indemnes.

- como puedes ver un poco más abajo soy actor porno, nena – ¿quién cojones hace los castings para elegir a los artistas porno? ¿qué criterio utilizan aparte de que la tenga grande? ¿utilizan otro más o este es definitivo y suficiente? ¡es que no hay ni uno! y les puedo asegurar que he buscado, pero nada, imposible. conclusión: la belleza está reñida con las proporciones. o se pasan de sesiones en el gimnasio, o se pasan con el bótox, o les sobran kilos, o necesitan unas cuantas sesiones de láser, o deberían haber parado en la decimosexta. ni uno, oigan. y mi duda es, ¿tan difícil es encontrar a alguien que aparte de tener un buen instrumento de trabajo sea bello físicamente? ¿tan precario está el mercado? no sé, pónganme un vincent gallo, un christian göran, un don draper y aunque no lleguen al tamaño estándard, ya me ocuparé yo de agrandársela en mi imaginación y vivir feliz en la ignorancia. además, con la de técnicas, iluminaciones, planos y demás trucos que existen hoy para retocar, remodelar, agrandar y magnificar, no veo por qué no se podría corregir este asunto. que a fin de cuentas, tampoco estamos hablando de que el muchacho, a parte de tenerla dura durante horas, pueda recitar a homero de memoria en el rodaje (y yo tampoco puedo, ni la tengo dura). así que sí, que exijo más adonis, joder, y que si debemos resignarnos a su belleza exterior, al menos que la tenga hermosa y grande. y lo otro, también. 

- amateur – el porno amateur es como el lado humano del porno. el porno cercano, el porno amigo. el porno de decir: “ay mira, mi paco y yo lo hacemos igual” y esto está muy bien porque a veces ante tantas rubias tetudas y tantos maromos super dotados y tantas posturas tántricas y tantos gemidos prolongados y tanto multi orgasmos y tanta profesionalidad en general, uno podría sentirse un poco acongojado e inseguro. a mí no me sale, yo no la tengo así, yo no sé, yo no sirvo para esto, mi mari no me hace estas cosas. nada de eso, fuera traumas y manías. el porno amateur es la prueba definitiva de que cualquiera puede ser una porno-star casera, un mito doméstico, una leyenda entre su comunidad de vecinos. llegar a la cima nunca había sido tan fácil como ahora. cuelgue su propio video, con los detalles más íntimos de su alcoba, como ese edredón comprado en el carrefour hace quince años o la enternecedora foto de su hija vestida de comunión en la mesita de noche, y haga feliz a cualquier otra pareja, que, más retraída y apocada, admira e imita sus trucos y su buen savoir-faire. pero por el amor de nuestro señor, quítese los calcetines antes de darle on a la cámara. ya sé que es un detalle sin importancia y que cuando uno está en medio de la faena estas minucias son una gilipollez, pero desde fuera, como mera espectadora, le restan puntos a la grabación. como cuando ella se queda mirando a cámara entre vuelta y vuelta y se ruboriza al recordar que su gesta será retransmitida a lo largo y ancho del mundo entero. ¿no me digan que no es maravilloso el alcance de la red?

podría seguir; está el tema de la menospreciada escenografía (vale, vale, ya sé que uno no ve porno con la intención de recopilar ideas para redecorar su comedor), los preliminares (¿preliminares? ¿dónde? ¿para qué? ¿quién los necesita? !aquí se viene con los preliminares ya puestos!), la banda sonora (siempre desacompasada con la acción y eclipsando los gemidos), la falta de trama narrativa, los primeros planos interminables (sólo equiparables a las películas asiáticas de una vaca cruzando la estepa mongola durante horas), los finales (ay, los finales, yo siempre esperando que él le declare amor eterno, se arrodille (no, no, !para eso no!) y saque el anillo (anillo, dije anillo), pero nada: eyaculación y cada uno a su casa sin ni tan siquiera intercambiarse los números de teléfono). pero no quisiera yo estigmatizarles con mis dramas acerca del porno. el mundo ya es suficientemente triste como para añadir más dolor y sufrimiento. dejemos que este campo artístico continúe proporcionándonos momentos únicos de placer, fantasía y alivios y christian göran, si estás leyendo esto, llámame que seguro que nos llevamos bien.

02 mayo 2012

enfermedades letales: la menstruación

quién soy yo, eh caballeros, para instruirles en cómo comportarse ante una fémina que se encuentra bajo la influencia del periodo. tengo por seguro que ya habrán soportado una o varias experiencias de este tipo y si están leyendo esto es que no sólo la soportaron, sino que además sobrevivieron a ella. mis más sinceras felicitaciones. para los que se estrenan en estos temas o quieran aprender algo más sobre este fascinante capítulo o las que hayan sufrido alguno o todos los traumas descritos a continuación, quedan invitados a seguir leyendo y ante todo, guardar la calma. todo parece complicado al principio, como cuando montaron en bici por primera vez o tuvieron que freír un huevo, pero verán como en realidad es fácil y tiene su lógica. lógica de mujer, claro: 
vamos a empezar con algo básico: la mujer es un ser complicado ya de por sí, por naturaleza, está en los genes y no hay excepción. desconfíen de las que digan que no, de las que prodigan que no se complican la vida y que lo blanco, blanco y lo negro, negro. error. falso. engaño. se la están colando. lo son igualmente, pero todavía no han asimilado su propia complejidad. si a esa maravillosa criatura de la naturaleza que enamora y desquicia a partes iguales, le sumamos los efectos mensuales de la regla, tenemos como resultado a un ser con todavía más poderes para enloquecer al más cuerdo, al más racional, al más sosegado.
obviando las causas fisiológicas que son terriblemente tediosas y pueden encontrarse fácilmente en la wikipedia, la mujer tiene, a grandes rasgos, dos o tres reacciones frecuentes en esos días, lo cual facilita mucho las cosas a la hora de manejar las circunstancias y sortear riesgos innecesarios. tenemos, por ejemplo, al divertidísimo: yo-sólo-quiero-cortar-cabezas.


los episodios de mala hostia temporal son algo común de lo que no deben preocuparse en absoluto. ni cuando ella le está echando la bronca más descomunal que hayan tenido nunca por haber dejado el vaso en el sitio equivocado, o porque se ha sentado usted muy cerca de ella, o muy lejos, o muy encorvado, o en su silla, o en otra, o porque simple y llanamente su respiración le produce unas irrefrenables ganas de matar. no se lo tome como algo personal. no es usted, de verdad. son las hormonas revoloteando y ese intenso dolor en el bajo vientre que es como un ensayo de parto natural, pero sin el retoño al final, ni los abrazos, ni las flores, ni los bombones. ni los pañales sucios, ni los mocos, ni la matrícula de la universidad, ni la paga mensual para la cocaína. lo mejor en estos casos, como ya habrán adivinado, es mantenerse alejado, pero no mucho porque si no será usted tildado de insensible. aunque si está muy cerca será un pesado controlador. esa medida justa, joder. esa misma que cualquier mujer sería capaz de precisar en cuando usted, hombre amable, la traspase. tener a mano la medicación, puede ayudar un poco. anímenla, con sutileza y buenas palabras, a que se la tome lo antes posible, un par de semanas antes, si es necesario, para evitar que su propia cabeza salga rodando escalera abajo debido a un hachazo limpio y veloz.
también tenemos el interesante: yo-sólo-quiero-llorar-por-los-rincones.


es otra característica común que puede aparecer en cualquier momento y sin aviso previo: un anuncio en televisión con cachorritos, unos vaqueros que no entran, un comentario tipo “he quedado con mis amigos para ver el futbol”, un grano, las puntas secas, quedarse sin chocolate, una fecha olvidada, un día de lluvia, un día de sol, un día de viento, un día a secas. en fin, que los motivos, en realidad son lo de menos. la mujer tiene ganas de llorar y punto y de nuevo no es usted la causa, aunque también podría ser que sí. eso dependerá del criterio de ella en ese momento. y aquí me temo que no hay pauta que valga porque para esto es criterio femenino y lo digo yo y no se hable más. sin embargo en este caso tal vez sea más probable resolver el problema de modo coherente. quiero decir, ante amenaza de perder la cabeza o lloro desconsolado, mejor lloro, ¿no?. que la mujer llora por un cachorrito, pues se le compra uno hasta que se canse de él y deba ser usted quien lo acabe paseando todas las noches. que llora porque es usted un egoísta que quiere salir con sus amigos, pues se queda en casa amargado y listo. que no tiene chocolate, le compra un palé. que llueve, tres semanas de vacaciones en la ribera maya. y así hasta que consiga cubrir sus necesidades básicas. 
sigamos. 
el yo-sólo-quiero-comerme-el-mundo-y-quien-dice-el-mundo-dice-cualquier-otra-cosa.


la mujer goza en esos días de una energía cósmico-hormonal que podría agotar al más hiperactivo. digamos que sintoniza con todo y con todos, como si se hubiera metido un chute de popper de efectos prolongados. se apunta a un curso de cerámica, de cocina japonesa, a una secta, planifica un trekking al himalaya para las próximas vacaciones, se corta el pelo, se lo tiñe, se arrepiente, empieza a hacer deporte, no sufre de dolores de cabeza sospechosos, le acompaña a ver el futbol con los amigos y termina bailando encima de la barra independientemente del resultado del partido. es casi tan perfecta como el hombre, pero sin el pelo en la espalda, ni esa peculiar manía de rascarse los huevos en público, ni hablar durante horas de temas aburridos, ni alardear de cualquier chorrada ni ay, perdón, que me alejo del tema. aprovéchense de esos días y no me sean delicados con eso de "es que yo no puedo con la sangre...". anímenla a que haga todo lo que desea, apóyenla en sus decisiones por muy descabelladas que parezcan y recuerden que en un plazo de tres o cuatro días ella volverá a la normalidad y a sus jaquecas.

y hasta aquí, dramas y caballeros, el tema de hoy. a pesar del título, que es unicamente para despistar y captar lectores, recuerden que la menstruación es algo natural, bello y agradable. un regalo. una maravillosa y evidente señal de salud, fortaleza y fertilidad y debe tratarse como tal. no se desanimen, lectores varones, si en esta vida les tocó ser hombre y tener que lidiar con esas cosas típicas de hombres, como um… sí algo habrá, seguro. en la próxima les puede tocar reencarnarse en fémina y comprobar cómo de sabia es la puta madre naturaleza y la puta madre que la parió. 

(para ovi y esas conclusiones femeninas a las que llegamos)