22 diciembre 2013

tengo la cabeza llena de intenciones 
que se pisan, se atropellan, 
se arremolinan como el caballo a las puertas de troya 
deseosas de salir, ser las primeras, relucientes, nuevecitas 
y ser trasladadas a un papel que permanece en blanco 
desde hace tantos días que perdí la cuenta 
y me reta y se burla y me cuestiona, triunfante, 

¿y si ya lo has contado todo? 

has sido gorda, enferma, un pasajero en el metro, 
la carta póstuma de una hija a su madre 
un marido invisible, inservible 
la cantante mal hablada de un barquito que se hunde 
el atropello aleatorio de una infeliz sin papeles 
el hermano malogrado 
el humo de un recuerdo suicida 
un poema dedicado 
otro cuento que sobrevive una semana 
resultón, pasable, demasiado largo 
no entiendo estos finales, opina mi padre 
por qué en minúsculas. 
¿y si ya lo hubiera contado todo? 
me pregunto delante de otro folio tachado 
esperando que no haya respuesta más clara que una palabra 
pegada a otra 
una frase tan larga que me convenza 
sí, eso quería decir, aunque no así, no de esta forma 
en realidad, era todo lo contrario, pero sí, era así. 
y más inquieta que aplicada, me levante de esta 
silla rota en la que nunca, nunca encuentro la postura 
y dude y relea y me distraiga con un parpadeo, un orgasmo, 
la llamada de un número equivocado 
la violenta bofetada de una idea inesperada y tan obvia 
que deba volver a sentarme en esta silla rota 
de espaldas a la ventana, enfrente de un nuevo hueco 
arreglar el inicio, cambiar el nudo, reescribir el final. 
¿y si ya…? 
las incertidumbres más bonitas se vomitan delante del papel, aunque otro, mucho más sabio, dijo que nunca se está lo suficientemente solo para escribir.

17 diciembre 2013

Hoy te has ido de fiesta con amigas, 
y sin que tú lo sepas me regalas 
un tiempo de estar solo que ya empieza 
a ser raro en mi vida, un tiempo útil 
para intentar pensar en ti como si fueras
lo que siempre debiste seguir siendo
cuando pensaba en ti: aquella persona, 
en todo semejante a cualquier otra, 
que una noche lejana tuvo el gesto 
generoso y extraño de entregarme su amor. 
Pero el amor nos cambia, nos convierte en espías 
ridículos del otro, en implacables jueces 
que condenan sin pruebas y comparten 
sus estúpidas penas con el reo. 
El amor nos confunde y trata ahora 
de que vea en tu fiesta una traición. 

Por huir de esa trampa me amenazo 
con los nombres que cuadran al que cae en su vacío: 
egoísta, ridículo, inseguro, celoso... 
Y como un ejercicio de humildad pienso en ti 
divirtiéndote sola: te imagino bailando 
y mirando a otros hombres; 
al calor del alcohol 
confiesas a una amiga algunas cosas 
que te irritan de mí sin que yo lo sospeche, 
y por unos instantes saboreas 
una vida distinta que esta noche te tienta 
porque eres humana, aunque no me haga gracia. 

Ahora caigo en la cuenta de que dudas 
como yo dudo a veces, y que también te aburres, 
y que incluso algún día habrás soñado
follar como una loca con el tipo que anuncia 
la colonia de moda. 
Para calmarme un poco 
tras la última idea, yo me digo 
que el amor es un juego donde cuentan 
mucho más los faroles que las cartas, 
y procuro ponerme razonable, 
pensar que es más hermoso que me quieras 
porque existen las fiestas, y las dudas, 
y los cuerpos de anuncio de colonia. 

Lo que quiero que sepas es que entiendo 
mejor de lo que piensas ciertas cosas, 
que soy tu semejante, que he pensado besarte 
cuando llegues a casa; y que es el amor 
-ese tipo grotesco y marrullero- 
el que va a hacerte daño con palabras 
absurdas de reproche cuando vuelvas, 
porque ya estás tardando, mala puta. 

Échale a él la culpa, V. Gallego 

09 diciembre 2013

señales

no me considero un hombre supersticioso. pasaría, por ejemplo, por debajo de una escalera antes que dar toda la vuelta a la escalera y en realidad ni me enteraría de que estoy pasando por debajo de ella hasta que alguien me lo indicara. no me sé el orden de los signos zodiacales ni tampoco creo en las señales, excepto quizá por la primera vez que vi a mi esposa, en la terraza de una bar, y pensé que iba a ser la mujer de mi vida. bueno, eso puedo asegurarlo ahora con certeza y rotundidad porque los años han demostrado que efectivamente se convirtió en la mujer de mi vida. quiero decir, cuando la vi esa primera vez eso fue lo que pensé, pero tampoco estaba seguro de que fuera a ser así. quizá ella estaba casada o tal vez no se enamoraría de mí o puede que al final hubiéramos durado sólo dos semanas. pero no sucedió nada de eso, así que veintitrés años después puedo corroborar que marisa es la mujer de mi vida. pero no, en general nunca he creído en las señales y sin embargo, cuando aquella mañana me desperté dos horas antes de que sonara el despertador, supe con una claridad aterradora que ese día iba a morirme. no me dolía nada y había pasado, hasta el momento de despertarme, una noche tranquila. de hecho, no recuerdo que me hubiera levantado para ir al baño, como es normal en la mayoría de noches. no había tampoco ningún tema que me preocupase especialmente, las gemelas sacaban buenas notas y todavía nos hacían caso cuando su madre o yo les pedíamos que llegasen a casa antes de las once. no tenía una cantidad de trabajo abrumadora que me provocase inquietud o estrés y la cadera de mi madre se recuperaba favorablemente después de esa caída tonta cuando salía de la ducha. en definitiva, mi vida estaba en orden, todo parecía funcionar bien, pero yo sabía sin ningún tipo de duda que ese sería mi último día vivo. eran las cinco y diez de la mañana de un nueve de diciembre. marisa dormía plácidamente, acurrucada a un lado de la cama, de espaldas a mí. me acerqué un poco a ella y la abracé durante un buen rato esperando que se despertara y me dijera algo, algo que me tranquilizara a pesar de que ella no sabía que yo sabía que iba a fallecer, pero después de veinte minutos marisa comenzó a roncar y yo, en vez de tranquilizarme, había elucubrado una decena de teorías sobre cómo iba a morir. terminé por levantarme y preparar café, como hacía todas las mañanas, sólo que esta vez un par de horas antes. al abrir el bote del azúcar del armario de la derecha, éste me resbaló de las manos y se estrelló contra el suelo. salté inmediatamente hacia un lado, pensando que quizá, inconscientemente, me había salvado de la primera tentativa de muerte del día. por un momento respiré tranquilo a pesar del ruido y de los cristales y los granos de azúcar que me rodeaban. marisa no tardó en aparecer. 
-¿se puede saber qué estás haciendo? 
a pesar de su cara de dormida y de enfado, no pude evitar mirarla con dulzura y sentir, de repente, mucha pena. 
-¿te apetece que tomemos un café juntos? – le pregunté. 
-¿tú sabes la hora que es? – contestó dándose la vuelta y cerrando la puerta de la cocina tras de sí. 
decidí, muy a mi pesar, que no iba a contarle nada de mi premonición. contarle qué, además. me diría que estaba cargado de puñetas y que lo que debía hacer era barrer el azúcar del suelo, arreglar esa puerta del armario que hacía tiempo que no cerraba bien y bajar a por el pan. y si la pillaba de menos mal humor sólo conseguiría preocuparla y que pasara un día peor del que me esperaba a mí. no, no era justo para ella. ya bastante tendría después, una vez yo hubiera muerto y tuviera que arreglárselas sin mí. y mientras pensaba en cómo iba a ser su vida a partir de mañana, cómo despertaría, si es que conseguía dormir esa noche, y en qué bote guardaría el azúcar ahora que yo había roto el que teníamos, noté una lágrima resbalando por mi mejilla. 

tuve que avisar tres veces a las gemelas para que se levantaran. eran las siete y media y como cada mañana iban tarde. al ver el desayuno que les había preparado se quedaron sorprendidas. en vez de enfadarme por su demora, les pedí que se sentaran y comieran tranquilamente, sin prisas. me interesé por sus planes del día, pero ellas contestaron con gruñidos sin levantar la vista del plato y sólo cuando les dije que las quería mucho, la pequeña, la que nació cinco minutos después, levantó la vista y se ruborizó un poco. inmediatamente pensé que lo estaba haciendo mal. no quería contarles la noticia, pero sin embargo estaba actuando como si quisiera que la adivinaran. tampoco era justo para ellas, así que me callé y continuamos comiendo, esta vez en silencio, como todos los días. marisa entró a la cocina un poco más tarde. parecía de mejor humor y no mencionó nada de lo ocurrido, ni me miró enfadada. bueno, en realidad apenas reparó en mí, pero besó a las gemelas y les dijo que no olvidaran que hoy iría a recogerlas ella puesto que tenían ballet a las siete y la academia quedaba cerca de su trabajo. a punto estuve de proponerles de ir al cine después de la clase o a un mexicano, que a las niñas les gusta mucho, pero temí de nuevo levantar sospechas porque era algo que solíamos hacer los viernes, si es que marisa no salía muy tarde de la oficina. luego temí algo mucho peor: que a esa hora yo ya no siguiera con vida y me estremecí. 
-¿te pasa algo? – preguntó mi mujer. 
por primera vez noté que las tres me prestaban atención y me miraban fijamente, con curiosidad, deseando encontrar algo peculiar en mi cara, ni que fuera una miga de pan pegada al labio. ojalá fuera eso, pensé. 
-no, estoy estupendamente. – mentí. 
-pues tienes mala cara. será por lo poco que has dormido esta noche. en fin, yo me voy ya. 
me hubiera gustado decirle que se sentara un rato con nosotros, o levantarme y darle un beso de despedida en la puerta, pero me quedé sentado viendo cómo se ponía el abrigo y salía de casa, por última vez. entonces sí me levante, deprisa y corriendo, llevándome una silla por delante. las niñas protestaron, pero no quería que me vieran llorando por algo que era incapaz de explicar. me encerré en el baño y lloré un buen rato tapándome la cara con la toalla de las manos para hacer menos escándalo. no recuerdo cuánto tiempo pasé así pero cuando me apacigüé y salí las gemelas también se habían marchado. y tampoco me había despedido de ellas. 
deambulé por la casa como un muerto viviente, iba de habitación en habitación sin hacerle caso al reloj que marcaba las ocho y cuarto, hora en la que cualquier otro día estaba ya subiendo por el ascensor de la empresa hasta la tercera planta. pensé que, aunque fuera a morirme y ya todo debería darme igual, no estaba de más avisar de que llegaría un poco tarde. cuando colgué el teléfono, lo apagué sabiendo que no habría más urgencias durante el día que la mía propia, me senté en el sillón del comedor donde solía ver la televisión y me quedé esperando la muerte, primero temeroso por si me iba a doler, luego, al cabo de un rato de que no pasara nada, me relajé un poco y me quedé dormido. 
me desperté sobresaltado con el ruido de un timbre que sonaba persistentemente. miré a mi alrededor. no había nadie. ni la muerte. el timbre volvió a sonar y me apresuré hacia la puerta de entrada. antes de abrir cogí aire, nervioso y asustado. no estaba preparado para lo que tenía que suceder, pero era inevitable. venían a por mí y había llegado mi momento. abrí. 
-buenos días. este es el quinto primera, ¿no? 
asentí, desconcertado. 
-vengo por lo de la conexión. 
a pesar de que el aspecto del hombre no me encajaba en absoluto con lo que había visto en las películas, ni lo descrito en los libros, noté que el corazón se me disparaba. “conexión”, me repetí varias veces en voz baja. estaba claro, la conexión de un mundo a otro, resolví por fin y justo entonces creí que iba a perder el conocimiento. 
-¿puedo pasar? – preguntó él, ajeno a mi tortura y sin ganas de perder el tiempo. 
asentí de nuevo. temblando como una hoja, avancé por el pasillo, yo delante, él siguiéndome y haciendo alusiones a la decoración de la casa, algo que consideré muy poco oportuno. al llegar al salón me paré y le miré esperando que me diera indicaciones. él sin embargo se me quedó mirando, esperando que fuera yo quien le diera indicaciones. finalmente me armé de valor y pregunté si necesitaba algo. 
-¿dónde tiene la toma? – contestó. 
-¿cómo dice? 
-la toma, la toma de internet. 
dejé al técnico en el comedor, haciendo pruebas, cambiando cables y comentando la actualidad deportiva mientras yo iba a la cocina a por un vaso de agua helada que me devolviera a la realidad. pensé que no estaría de más llevarle uno al hombre, que tampoco tenía la culpa de no ser quien yo esperaba. al volver a la habitación, vi su cuerpo tendido en el suelo, boca abajo, con los ojos abiertos y un router por estrenar en su mano derecha. corrí a su lado y lo sacudí con cuidado. no se movía. le grité, le zarandeé, esta vez más fuerte, y le lancé un vaso de agua helada a la cara, pero seguía inerte. 

la ambulancia llegó nueve minutos después. eran las once y veinte, hora en la que normalmente me tomaba el segundo y último café del día. los enfermeros me hicieron algunas preguntas a las apenas pude responder debido a mi sobresalto y se llevaron al hombre, cada vez más azulado, con rapidez. la vecina salió al rellano y me preguntó si estaba bien y confesó que por un momento había creído que era yo el que yacía en la camilla. le aseguré que estaba bien y que no tenía de qué preocuparse. dijo que para eso estaban los vecinos, cosa que no terminé de entender, pero quería perderla de vista y estar solo. entré de nuevo en casa, con los mismos temblores con los había abierto la puerta hacía unos minutos. al llegar al comedor me senté en el mismo sillón donde había estado sentado antes de la visita del técnico e intenté recuperar la calma respirando profundamente, tal y como había visto en algún documental de primeros auxilios elementales. cuando creí que mi pulso había vuelto a la normalidad, apoyé la cabeza en el respaldo del sillón y me dije a mí mismo: “bueno, ahora sí. ahora a esperar a la muerte”. 

25 noviembre 2013

los días del señor samuel a.h

tuvieron que repetirle el mensaje dos veces antes de que ana entendiera qué era lo que estaba sucediendo. sí, contestó a la voz masculina del otro lado del teléfono, ella era ana, hija del señor samuel a.h, nacido el tres de octubre, de setenta y dos años y con domicilio en la calle oslo número ciento dos, tercero tercera. ella estaba con unas amigas en la terraza de un bar y al ver su cara de desconcierto cuando hubo finalizado la llamada, preguntaron si había algún problema. no lo sé muy bien contestó ella, pero tengo que ir a recoger a mi padre a la comisaría. antes de que las amigas pudieran continuar con la interrogación, ana se levantó y corrió hacia el coche a pesar de que la voz masculina, justo antes de colgar, le había asegurado que no se preocupara y que su padre estaba bien. 

lo encontró sentado en uno de los bancos de madera mal barnizada de la sala de espera, con la cabeza apoyada en la pared y los ojos cerrados. se acercó y puso su mano encima del hombro huesudo de él. samuel a. h. abrió los ojos y sonrió al ver la cara de su hija. parecía agotado, pensó ella. el agente le recordó la historia por tercera vez, aunque no había mucho que contar: lo habían encontrado los vecinos, perdido y desorientado, un poco tembloroso. no recordaba su nombre ni cómo había llegado hasta allí y uno de los jóvenes de la zona lo acompañó hasta la comisaría para que pudieran ayudarlo. gracias a dios que todavía existe buena gente, dijo el agente, orgulloso de que en su jurisdicción se dieran casos con final feliz como el ocurrido. ana asintió. luego se hizo un silencio un tanto largo en el que por un momento la hija de samuel a.h pensó que el agente cuestionaría la poca atención que recibía el anciano y que a su edad tal vez deberían pensar en alguna medida, pero no hubo nada de eso. el agente sólo dijo que era normal que esas cosas pasaran y que esta vez habían tenido suerte. padre e hija se despidieron del policía y fueron hacia el coche, aparcado justo delante del edificio, a pesar de que estaba prohibido. ana ayudó a su padre a sentarse en el asiento delantero y le abrochó el cinturón de seguridad. el hombre dijo que hacía calor y aunque ella estaba destemplada puso el aire antes de arrancar y dirigirse hacia la casa paterna. el agente tenía razón. esta vez habían tenido suerte, pero quizá no fuera así en la próxima y si de algo estaba segura es que tarde o temprano habría una próxima vez. su padre tenía buena salud, las pocas ocasiones que había tenido que acudir a su doctor eran por resfriados mal curados, estaba acostumbrado a vivir solo y hasta ahora nunca había solicitado la ayuda de sus dos hijas, pero a la vista estaba que su cabeza comenzaba a fallar y que esa buena salud no iba a durar mucho más tiempo. sabía que él sería tajante en la respuesta si ella sugería la idea de meter a una chica en la casa y mientras iban pasando semáforos en ámbar, en silencio, una helada y el otro caluroso, se preguntaba cómo sería la próxima vez. 
pareces cansado, dijo finalmente, más que por romper el silencio por apartar los malos pensamientos que comenzaban a pesar en su cabeza. samuel a.h abrió de nuevo los ojos y bostezó. dijo que estaba bien, que tenía hambre y que sentía haberla tenido que molestar por una tontería como ésa. ana aprovechó que había sido él quien había sacado el tema para preguntar cómo había terminado allí, tan lejos de casa. samuel se encogió de hombros y dijo que sólo había salido a caminar, como hacía todos los días, sólo que había cogido una ruta distinta, para cambiar un poco y ver otras calles. ana quiso aconsejarle que tal vez debía estar más atento, caminar cerca de casa y llevar siempre su móvil encima, pero no se atrevió y se limitó a decir que caminar era un muy buen hábito, pero que claro, y dejó la frase a medio terminar. no quería tratar a su padre como a un viejo que no sabía ni atarse los zapatos. él no había llegado a eso todavía, sólo se había despistado un poco y le podía haber pasado a cualquiera. llegaron a casa treinta minutos después de haber salido de la comisaría. la hija estacionó en el parque de delante y él preguntó si quería subir a cenar. ella miró el reloj de reojo, tenía que hacer aún un par de recados, la compra y recoger un traje que había llevado a la tintorería, pero comprobó que no tenía tiempo para nada y contestó que sí. los dos subieron en un ascensor que se detuvo en todos los pisos y samuel a.h aprovechó para quejarse de lo viejo que estaba todo el edificio, con la fachada sucia, algunas bombillas fundidas y el ascensor antiguo. ella sonrió y miró hacia otro lado.
aliviada, comprobó al entrar en la casa que todo estaba limpio y en su sitio, como siempre lo había visto, aunque esta vez pareció más tranquila que las demás veces en las que no había reparado en ello. el padre le preguntó qué estaba mirando y ella contestó, un poco abochornada, que nada en concreto. se quitó el abrigo, lo colgó en el perchero del pasillo y lo acompañó hasta la cocina donde calentaron restos de una sopa que había cocinado el día anterior y prepararon una ensalada con queso y tomate. hablaron del tiempo, de las próximas vacaciones que ana estaba planeando a grecia, de lo mucho que había cambiado el barrio desde que ella se había marchado de casa y de lo poco que veía a su hermana mayor, siempre atareada con el trabajo, las niñas y el marido. una hora después recogió la mesa y lavó los platos a pesar de que samuel declaró que no era necesario. cuando se despidieron en la puerta ana le dio un abrazo más largo de lo normal a su padre. cuídate mucho, papá, por favor, le rogó mientras apartaba un pelo largo del jersey oscuro que llevaba su padre. él contestó que lo haría, que no se preocupara tanto por él y de nuevo repitió que sentía lo ocurrido. 
hasta que no escuchó el ruido de las puertas del ascensor cerrándose, no se relajó por completo. tenía que vigilar más, pensó, mientras iba hacia su habitación y se desnudaba antes de meterse en la ducha. a pesar de estar cansado, esa noche durmió mal. tuvo pesadillas en las que se perdía por la ciudad y no sabía cómo volver a su casa. a las seis y media de la mañana, después de despertarse de repente, sudado y desubicado, decidió levantarse y evitar volver a soñar con tonterías. porque eso es lo que son, tonterías, pronunció en voz alta como hacía de vez en cuando, cuando quería estar seguro de algo . salió de casa a las ocho y diez, como casi todos los días. hacía un rato que había amanecido, pero los edificios altos no dejaban ver el sol. cuando llegó a la estación vio cómo se alejaba el tren de las ocho y veinte. esperó en el andén, prestando especial atención a los pasajeros que iban llegando con sus caras soñolientas y sus ropas grises. al llegar el segundo tren prefirió dejar que se marchara sin él dentro y continuó observando a los viajeros sin prisa alguna. sólo era cuestión de tiempo, como siempre. a las ocho y veintisiete la vio. bajaba por las escaleras deprisa y corriendo, en su mano izquierda arrastraba una pequeña maleta de viaje y en la derecha, cogía a un niño que tendría unos siete años y que supuso que era su hijo. esto facilitaba aún más las cosas para que ella no se diera cuenta de nada, aunque si no hubiera estado el hijo, lo hubiera hecho igualmente. esperó a que los dos pasaran de largo y a continuación les siguió a cierta distancia. los tres subieron en el siguiente tren. él se colocó detrás de ella después de apartar con brusquedad a dos mujeres que hablaban a gritos entre ellas sobre lo mucho que les dolía eso y lo otro. ella dejó la maleta en el suelo y ordenó a su hijo que se sujetara en la barra metálica para no caerse. tenía el pelo corto y oscuro, casi negro, el cuello fino y la piel muy morena para la época en la que estaban. se acercó un poco y colocó su mano unos centímetros más arriba que la de la mujer. olía bien, a jabón o perfume fresco a base de algún cítrico que no supo identificar. cerró los ojos unos instantes y aspiró con disimulo, llenando los pulmones de su olor. al bajar la vista vio al chiquillo, moviendo sus dedillos rápidamente sobre las teclas del móvil de la madre. se detuvo a la altura del culo de ella. era una pena que con el abrigo largo no pudiera distinguir sus formas. en invierno se hacía más difícil, pero no por ello dejaba de ser menos excitante. imaginó que debajo de esa prenda había un culo bien redondeado y voluminoso, como le gustaban a él. volvió a aspirar su olor y se dio cuenta de que había dejado de escuchar el griterío de su alrededor. 
la mitad de los pasajeros bajaron a la tercera parada y muy a su pesar tuvo que apartarse un poco de ella para no levantar sospechas. con un poco de distancia de por medio pudo fijarse en su perfil, su nariz puntiaguda, sus mejillas rojizas y un poco agrietadas, los rizos que cubrían parte de su frente y una perla blanca que adornaba el lóbulo de la oreja izquierda. pensó que sería un buen recuerdo, pero también que sería un recuerdo imposible de conseguir. ella se giró justo en ese momento, pero no reparó en el viejo, que, de inmediato clavó su mirada en las puertas del vagón como si de repente tuviera mucha urgencia en salir de allí. 
madre e hijo bajaron dos paradas después. él los imitó y los siguió hasta la puerta del colegio donde ella despidió al niño con un beso y un “cómete todo el desayuno” y esperó hasta que el crío entró y se reunió con sus amigos. fue entonces cuando el hombre se decidió. parece que por fin empieza a refrescar, dijo con la mejor de sus sonrisas. la mujer lo miró, confusa, sin saber si estaba hablando con ella o con algún otro padre, a pesar de que no había nadie más a su lado. samuel a.h reconoció en su cara extrañada que no lo había reconocido a pesar de los minutos que habían compartido en el metro. repitió el comentario, esta vez menos convencido de sus posibilidades. ella asintió, por educación, pero no esperó a una segunda frase de él. se dio la vuelta y salió disparada, sin despedirse siquiera. él la siguió con la mirada hasta que desapareció al doblar la esquina y después se quedó un rato más delante del colegio, viendo cómo otros padres llegaban, despedían a los niños y se marchaban avisando de que llegaban tarde donde fuera que tenían que llegar. cuando una de las maestras se acercó a las puertas para cerrarlas, buscó un bar tranquilo donde poder sentarse y descansar unos minutos. se sentó en la mesa de al lado de la ventana justo en el momento en que dos chicas se pararon enfrente para decidir sobre si entraban o continuaban andando. de inmediato le llamó la atención la morenita, la que parecía más joven y más dispuesta a entrar. se enderezó y se quitó las gafas que de sobras sabía que le hacían más viejo. el camarero, un chico joven con cara de no haber dormido en toda la noche, se acercó y preguntó qué deseaba tomar. él también se fijó en las chicas y al reconocer a una de ellas, se acercó al cristal y repiqueteó con los nudillos hasta que la morenita se dio cuenta, se acercó a la ventana y plantó sus labios contra el cristal frío. el chico sonrió e hizo lo mismo y luego se dio la vuelta y volvió a su cliente que había visto la escena y ahora mismo sólo deseaba haber entrado en cualquier otro bar. tomó un café frío a pesar de haber especificado que lo quería muy caliente, y con tan poco anís que no se notaba el sabor. quiso quejarse, pero en vez de esto, aprovechando que el camarero estaba ocupado con otra clienta que parecía satisfecha con su café y con su compañía, se levantó y se marchó sin pagar. cuando llegó a la estación, con el paso apresurado y sin apenas aliento, se imaginó la cara del camarero y no pudo evitar soltar una carcajada en alto, sin importarle que el señor de al lado le mirara de forma extraña. se sentía bien consigo mismo y no iba a permitir que nadie se riera de él. 
el tren tardó en llegar. se notaba que a esas horas ya no había tanto tráfico de trenes ni de personas y pudo sentarse en una de las sillas incómodas del vagón, al lado del pasillo donde tenía mejor panorámica de los viajeros, la mayoría, señoras mayores que miraban al suelo y abuelos acompañados de sus cuidadoras que leían con resignación las noticias de los periódicos gratuitos. al intentar leer uno de los titulares se dio cuenta de que no llevaba las gafas puestas. las buscó en los bolsillos de la chaqueta y de los pantalones, pero sólo encontró las llaves del piso, algunas monedas y un ticket arrugado del supermercado. idiota, se dijo al recordar que las había olvidado en la mesa del bar y sintió cómo su pequeña venganza estallaba en su cara y se burlaba de su torpeza.
llegó a casa más temprano de lo habitual y tuvo que llamar a la vecina para que lo ayudara a meter la llave en la cerradura de su propia puerta. pues suerte que me ha encontrado en casa, señor samuel, porque estaba ya a punto de salir a recoger a las niñas, dijo ella, y si no me llega a encontrar, se quedaba usted un buen rato en la calle, con este frío. si es que esto de hacerse viejo no es bueno para nada, añadió. él le agradeció la ayuda, cerró la puerta tras de sí y sin encender ninguna luz, ni quitarse la chaqueta, se sentó en su butaca del salón. allí se quedó dormido hasta bien entrada la tarde. lo despertó el zumbido repetitivo del teléfono. era ana. quería saber cómo se encontraba y qué tal le había ido el día. también le propuso de ir a comer el sábado a su casa. el señor samuel a.h. colgó el teléfono, se quitó la chaqueta y la dejó caer al suelo. pensó que sólo quedaban tres días para el sábado y sonrió.

22 noviembre 2013

Un buen día la hermana Gallardo de en medio te propuso mitad en serio mitad en broma darte clases de escritura a precio módico. Se ofreció para iniciarte en la ciencia de la escritura correcta, dijo, que era una habilidad difícil, no te fueras a creer, y la prueba era que muy pocos en el mundo llegaban a dominarla. Sólo después de muchos años de esfuerzo ella estaba empezando a desentrañar el misterio de las letras y de sus grandes enigmas. Las letras eran sagradas. Los alfabetos son dioses. Escribir era una forma de rezar. Ella sostenía la curiosa teoría de que los grandes novelistas y poetas y filósofos lo son por tener bonita letra, al margen de lo que escriban. Si un autor no es a la vez dibujante, no llegará muy lejos. Para que la literatura sea buena es necesario que esté escrita con buen pulso, con los márgenes correctos, sin tachaduras, respetando la ortodoxia, defendía la dependienta.
-Si algún día cometes el error de escribir una novela -dijo la hermana Gallardo-, te lo advierto: que no me entere yo. Y si me entero, procura que no se parezca a ninguna otra.
La calidad literaria de una novela se medía por la buena o mala caligrafía de su autor, según la hermana Gallardo, listísima, quien también solía explicar aquellas tardes de diciembre que el arte de dibujar letras estaba en decadencia en nuestra época, ella era pesimista al respecto, y que esto se notaba en los mamarrachos que alguna gente publicaba un día sí y otro no.

Labia, E. Tizón

17 noviembre 2013

típico

he conocido a un chico. otro. 
un estúpido. 
el típico tío que te mira desde el otro lado de un antro oscuro 
con tres vodkas aguados encima 
a esa hora de la noche en las que sólo quedan 
dañados, borrachos e ilusos. 
el típico que sin sonrisa, sin guiño ni suplica disimulada 
aprovecha un descuido, un hueco, un silencio cualquiera 
para saltar el muro y preguntar por tu nombre. 
un libro 
una canción 
por el día de un calendario antiguo que marcaste con un círculo en rojo 
y asiente y se ríe 
y te hace dudar. 
he conocido al típico egoísta 
que olvida fechas difusas, pasadas 
celebraciones alrededor de una mesa vacía y copas rotas 
pero recuerda la intensidad exacta de un abrazo por la espalda
olvida perfumes y flores 
pero recuerda el olor preciso de una cama manchada y húmeda 
olvida la caja de bombones anual envuelta con prisas y lazo 
rosa apagado 
pero recuerda el sabor del hielo derritiéndose entre unos labios 
que están aprendiendo a perdonar 
olvida ramos, velas, tarjetas, promesas y para siempres 
pero recuerda susurros, minutos y risas. 
he conocido al típico cabrón 
que aprovecha un descuido, un hueco, un silencio cualquiera 
para arrinconarte contra las baldosas frías del baño 
y te oprime con su cuerpo, con su fuerza, con urgencia 
y te aprisiona 
y te sujeta las muñecas finas 
y te levanta la falda 
y te busca y te tantea y te guía 
y te recorre con la mirada, los dedos, las ganas 
y te baja las bragas 
y se arrodilla 
y cierras los ojos 
y separas las piernas 
y respiras deprisa 
y baila y empuja 
y estiras el cuello 
arqueas la espalda 
aprietas los puños 
muerdes el aire 
y gimes 
y apremia 
y tiemblas 
y relame 
y exiges 
y embiste más fuerte. 
he conocido al típico hijo de puta 
el típico cretino, mezquino y cobarde 
que no quiere, que no espera nada de ti. 
el típico cerdo asqueroso que confirma, querida, 
tu regla infalible: todos iguales, 
todos. 
la misma pasta 
la misma voz contando el mismo cuento con final feliz 
para las que siguen creyendo en perdices y princesas 
la misma ridícula trampa donde tú, querida, 
experta en escarcha y maletas a medio hacer, 
diestra en jaulas, humo y expolios 
te juraste, hace ya mucho, 
no volver a caer jamás.

08 noviembre 2013

no sé, ahora creo que no lo hemos hecho bien, que quizá nos precipitamos y teníamos que haberlo planeado mejor, más premeditado. por algo se dice que las prisas no son buenas para nada, claro que a buenas horas me doy cuenta de esto. la verdad es que si no tuviera la pistola en la mano y a mi marido tendido en la cama, creería que esto no ha sucedido de verdad. y no sé, no sé muy bien qué hacer. que conste que las instrucciones las tengo claras. miguel las apuntó en una servilleta de papel que dobló cuidadosamente y que me puso en el bolso a última hora, viendo que yo estaba demasiado alterada como para memorizarlo todo y mucho menos llevarlas a cabo con el orden establecido. “asegúrate de quemarlas antes de dejar la casa, ¿de acuerdo? si no lo haces estamos en la mierda. ¿me has entendido? ¿entiendes bien lo que te digo?”. me sorprendió un poco que dijera mierda. siempre habla muy bien, muy correcto y jamás pronuncia una palabra mal sonante, pero claro, comprendía que estaba nervioso como yo, aunque él lo disimulaba mejor, y cuando uno está nervioso, ya se sabe, se dicen y se hacen cosas extraordinarias, pero bueno, que miguel es un amor. no sé qué sería de mi vida si no lo hubiera conocido, ahora hace cuatro años. cuatro años, cómo pasa el tiempo, ¿verdad? 

fue en la fiesta de inauguración de las nuevas oficinas, en pleno centro de la ciudad, al lado del banco central. lo primero que recuerdo que pensé al verlo fue “qué hombre tan guapo, qué sonrisa, qué dientes, qué pelo, qué traje. y qué mujer tan fea”. octavio, mi marido, lo saludó e inmediatamente hizo las presentaciones. de cerca, con menos distancia de por medio, me pareció aún más atractivo. es un hombre alto, corpulento, con mucho pelo, aunque en los últimos años ha perdido bastante, los ojos oscuros y vivarachos, la nariz afilada, las manos grandes y bien cuidadas, la espalda ancha y un gracioso lunar en la mejilla izquierda. es una tontería, ya lo sé, pero a veces, mientras él duerme, yo me quedo ensimismada mirando ese pequeño lunar, como si no hubiera visto ninguno antes. cuando se acercó para darme los dos besos de rigor y colocó sus manos en mis hombros y los apretó ligeramente, creí que iba a desmayarme y tuve que apoyarme disimuladamente en la mesa de las bebidas y los canapés. su voz, a pesar de que sólo dijo “ya era hora de que nos conociéramos. octavio me ha hablado mucho de ti. todo halagos, por supuesto.”, era dulce y tranquila, denotaba seguridad en sí mismo y autoridad. y sin que dijera mucho más me di cuenta de que era el hombre perfecto. a continuación me presentó a su mujer que plantada a su lado sonreía dócilmente dejando ver sus dientecillos pequeños y torcidos, manchados de carmín. era un espanto. no sé qué hacían juntos y eso fue lo primero que le pregunté a mi marido cuando nos quedamos solos, en el ascensor, de vuelta a casa. él se encogió de hombros y me contestó que no era tan fea, lo que provocó una disputa sin sentido que se alargó hasta llegar al coche. lo era; era fea con avaricia. de esas mujeres sin ningún rasgo especial, ni el pelo, ni la voz, ni el color de su vestido demasiado holgado para ese cuerpo esquelético sin forma alguna. ni tan siquiera su carácter parecía tener nada destacable, aunque hablaba mucho, eso sí. hablaba de cosas sin importancia que a mí no me interesaban en absoluto,como si ese restaurante era muy bueno o si esa película era pésima o si había estado en ese hotel de parís. lo hacía además tan bajito, como si se tratara de un secreto realmente relevante, que era imposible seguir el hilo de su aburrido monólogo, de forma que estuve toda la velada asintiendo, haciendo como que la escuchaba y afirmando que estaba de acuerdo con todo lo que decía mientras de reojo miraba a miguel, el cual, ajeno a nosotras dos, se paseaba por la sala como un pavo real, hablando con los invitados, preocupándose de que tuvieran la copa llena o un puro en la mano, a pesar de que estaba terminantemente prohibido fumar en la oficina. 

por suerte miguel no tardó en darse cuenta de que esa mujer no le convenía en absoluto y al poco tiempo de conocerlos en la inauguración me enteré de que se habían separado. fue entonces cuando comenzó a aparecer más por casa. venía a cenar una o dos veces por semana y siempre traía algún detalle: un ramo de flores, los postres, una botellita de vino. yo le decía que no hacía falta, pero él insistía, con esa sonrisa suya, que era lo mínimo que podía hacer ante nuestra generosa hospitalidad. y sí, en algunos momentos se le veía decaído y tristón, aunque no sé muy bien por qué. en mi opinión era lo mejor que le había sucedido: liberarse de esa mujerzuela criticona y anodina. y que conste que no digo esto porque yo planeara lanzarme a su conquista. en absoluto. no fue así para nada. yo estaba con octavio y era feliz con él. puede que tuviéramos nuestras cosas, alguna discusión nimia por una tontería como cualquier matrimonio que lleva años casados, pero nunca lo había considerado nada grave, nada que me impulsara a mantener una aventura con ningún otro hombre. 

qué lástima me da ver la sábana y la colcha así, tan manchadas. si consiguiera mover un poco hacia la derecha el… no, no, no debo tocar nada. la colcha nos la regaló la madre de octavio, menchu, el día de nuestro veinte aniversario. con ella me llevaba muy bien. era una mujer dulce y agradable que siempre sonreía, a pesar de los dolores de la enfermedad que padeció en los últimos años. una de las primeras cosas que me dijo cuando me conoció fue “mi octavio cuidará muy bien de ti, es muy buen chico”. aún me emociono cuando lo pienso y supongo que es una suerte que muriera hace siete años, mucho antes de que todo esto empezara. no hubiera podido soportar hacerle daño a esa mujer que siempre se había portado tan bien conmigo. en realidad no debería pensar en esto ahora porque me emociono y no es el momento y a ver dónde encuentro un pañuelo con todo este desorden. él quiso cambiarla. la colcha, digo. a todas horas me recordaba que los colores no combinaban con el tono salmón de la pared ni mucho menos con el verde aguacate de las cortinas. a veces octavio podía llegar a ser tan puntilloso que me ponía de los nervios. un regalo que su madre nos había hecho con todo el cariño del mundo y además, la colcha era preciosa, de seda persa, bordada a mano. una auténtica obra de arte. me costó dios y ayuda convencerlo de que nos la quedábamos y de que cambiaríamos las cortinas. al final nos quedó una habitación bien bonita y conjuntada. y mira ahora, hecha un desastre. todo manchado y arruinado. un poco como nosotros dos en los últimos años. todo se volvió predecible, supongo. tal vez si miguel no hubiera existido nos hubiera ido bien. aunque tampoco debería pensar en esto ahora. una pena, la colcha, menchu, octavio... una pena todo. que no se me olvide no tocar nada. esto me lo ha repetido miguel hasta la saciedad. por eso lo de los guantes. tal vez ahí exageró un poco, pero dijo que toda precaución era poca. aunque me dan tantísimo calor, claro que también podrían ser los nervios o ambas cosas. y también tengo un poco de sed y me pregunto si podría bajar y ya de paso refrescarme un poco la cara, salir de esta habitación y perder de vista, ni que sea unos minutos, el panorama que me rodeaa. miguel no puntualizó nada de si debía quedarme encerrada o si podía salir. creo que podría bajar, con cuidado, sin tocar nada. no sé qué hacer. yo diría que podría, sí, aunque claro… dijo veinte minutos y, ¿cuánto tiempo habrá pasado ya? dijo veinte minutos, pero a mí me está pareciendo más bien una eternidad, vamos, seguro que han pasado veinte minutos de sobra, puede que incluso cuarenta. y también pienso que no lo estamos haciendo bien. quiero decir, estas cosas no suelen salir bien, es fácil que se nos escape algún detalle, al fin y al cabo ninguno de los dos es experto en estos asuntos. algo fallará, aunque esto no debería ni pensarlo. no sé porque me lo pongo aún más difícil. deja de pensar en tonterías. todo va a ir bien. todo irá bien. qué sed tengo. y qué calor. y qué desorden. podría llamarle. no sé si será una buena idea. no estaba planeado. no dijo nada de llamarnos. voy a llamarle. sí, será lo mejor. necesito saber dónde está y si va a tardar mucho más rato. qué sed, por dios, qué sed tengo. 
-¿estás loca? ¿por qué me llamas? ¿qué ha pasado? ¿lo has hecho? ¿por qué me llamas? dije que nada de llamadas, ¿lo recuerdas? 
-sólo quería asegurarme de que venías. 
-pues claro que voy, estaba a punto de coger el coche. 
-pensaba que estarías a punto de llegar. 
-me he retrasado un poco, he tenido que… bueno… ha habido un… ¿lo has hecho? 
-¿ha habido un qué? 
-¿lo has hecho? 
-sí, claro. 
-oh, por dios. no tenías que llamarme. joder, joder, joder, esto lo complica todo. es una locura. voy a colgar inmediatamente, maldita sea, no tenías que haberlo hecho. 

creo que me enamoré de él mucho antes de acostarnos la primera vez. las primeras veces suelen ser torpes, para qué engañarnos. que si muy corto, que si se entretiene demasiado, que si habrá visto la cicatriz, que si le gustará así, que si me duelen las rodillas. yo me olvidé de todo eso. con él fue perfecto de principio a fin. ni un solo pero. hacía años que no disfrutaba tanto con un hombre porque claro mi marido y yo habíamos perdido el interés y las ganas. con miguel en cambio, era todo nuevo y lo nuevo es mucho más interesante, siempre y cuando se mantenga como nuevo, lo cual, obviamente, es imposible. pero no fue sólo el sexo. a mí me gustaba de mucho antes. el sexo sólo lo hizo aún más intenso. sí, creo que fue así. mi marido nunca llegó a sospechar. puede que se sorprendiera de mi inesperado interés por apuntarme a infinidad de cursos y seminarios y que de repente tuviera más amigas y familiares lejanos que visitaban la ciudad y que requerían acompañante. puede que un par de veces mis respuestas fueran tajantes y mis explicaciones muy vagas, pero también creo que le hice un favor al distanciarme de él ya que todo ese tiempo extra del que disponía ahora podía invertirlo en hacer lo que más le gustaba en el mundo: dinero. y es que si en algo era bueno mi marido era en los negocios y en multiplicar los billetes. con el tiempo comprobé que esta capacidad de mi marido, paradójicamente, molestaba a su socio, mucho menos perspicaz y competente, al menos en ese sentido. 
-no sé cómo lo hace. – repetía una y otra vez cuando yacíamos en la cama agotados y sudorosos – es realmente bueno. tiene olfato, un don. no sé cómo explicarlo. tiene algo especial para que siempre salga todo rodado, tal y como lo había planeado, con los clientes firmando contratos millonarios y con un cuarenta por ciento de comisión para nosotros. es algo inexplicable. nunca había conocido a nadie así. 
-bueno, también le dedica mucho tiempo. – contestaba yo, un poco incómoda por hablar de mi marido mientras seguíamos desnudos en la cama que habíamos compartido durante tantos años – si en vez de estar aquí conmigo ahora estuvieras en tu despacho, conseguirías lo mismo que él. 
-no lo creo. él está años luz, pero yo me follo a su mujer. 
reconozco que escuchar ese comentario no me sentó bien. por un momento supuse que el único motivo por el cual miguel se acostaba conmigo era para sentirse superior, de un modo u otro, a octavio. aceptaba y reconocía su inferioridad profesional, pero había conseguido a su mujer. era un balance justo, al menos para él. paralelamente, mi marido comenzó a despotricar de su socio, de las pocas horas que pasaba en la oficina y de lo poco que aportaba a la empresa. sus palabras se recrudecían con el paso de los días, sobre todo cuando yo llegaba tarde por las noches y en algunos momentos llegué a pensar que había descubierto lo nuestro y que sólo estaba intentando recuperarme de nuevo recreándose incansablemente en la incompetencia de miguel. me sentía como un trofeo. o peor aún, como una cuerda de la que tiran por ambos lados y que está a punto de romperse. así estuvimos unos nueve o diez meses. 

¿de quién fue la idea? suya. yo ya no lo soportaba más. su mera presencia me molestaba. lo evitaba a todas horas y sólo pensaba en perderlo de vista y en pasar el mínimo de horas en casa. estaba harta de mentir y buscar pretextos, de esconderme como si tuviera doce años y de disimular día y noche. hubiera bastado con el divorcio, sino fuera porque miguel creyó que no era suficiente y que podríamos conseguir mucho más. el negocio iba viento en popa y encontrar un comprador era algo de lo que no dudaba. con la venta de la compañía, él y yo podríamos vivir muy tranquilos durante el resto de nuestras vidas en algún pueblecito costero de brasil. no me escandalicé cuando escuché cómo detallaba un plan que había estado urdiendo desde hacía algún tiempo. ni tan siquiera me resistí cuando aseguró que era más conveniente que disparara yo y que él se encargaría de todo lo demás: de conseguir un arma, de la coartada, de los billetes de avión, de la venta de la empresa, de la casita en brasil. de todo, dijo, con esa seguridad que me había eclipsado desde el primer día. sonaba todo demasiado bonito como para decir que no. y acepté. 

me está mirando. se ha quedado con los ojos abiertos y me está observando con una expresión de asombro y desconcierto, como si aún no terminara de creérselo. de hecho, se sorprendió más al verme entrar en nuestra antigua habitación de matrimonio, que hacía meses que no pisaba, que de que estuviera apuntándolo con un revólver, aunque apenas tuvo tiempo de darse cuenta de lo que estaba sucediendo porque tan pronto abrí la puerta y lo vi de espaldas, poniéndose el pijama, disparé y cayó encima de la cama, de la colcha regalo de su madre, con la cabeza ladeada, los ojos abiertos y los brazos extendidos. aún llevaba el anillo de boda. yo me lo había quitado hacía tanto que ni recordaba donde lo tenía guardado. miguel tenía razón: mi parte ha sido fácil. ni tan siquiera he dudado ni me ha temblado el pulso y ahora, aquí sentada a su lado, me pregunto qué más sería capaz de hacer. una copa, eso es lo que necesito. una copa me sentará bien. todo saldrá bien, no tengo de qué preocuparme. miguel se ha encargado de todo y está de camino. una copa. sí, eso haré. 

bajo las escaleras despacio, sin hacer ruido, a pesar de que en la casa no hay nadie más. salir de la habitación me ha hecho bien, aunque ahora pienso que tal vez mi marido no esté muerto y aproveche este momento para levantarse y atacarme por sorpresa. es una ridiculez. has visto demasiadas películas, me diría miguel. lleva sin respirar más de media hora, pero aun así, cuando cojo la botella y lleno el vaso hasta más de la mitad, veo que me tiembla la mano. el primer trago me sienta bien. me apoyo en la pared antes de tomar el segundo y de escuchar mi móvil sonando en la habitación de arriba. seré idiota, pienso, tendría que haberlo cogido. miguel dijo que no me separara del móvil, aunque tampoco entiendo por qué, si no puedo llamarlo cuando lo necesito. subo deprisa y cuando entro en la habitación, ha colgado. compruebo que es él y me repito que todo está yendo bien, que enseguida lo veré y que dentro de una hora estaremos camino al aeropuerto. pero luego también me pregunto para qué me habrá llamado, si tal vez ha ocurrido algo, un imprevisto. lo llamo inmediatamente. una voz femenina me informa de que el teléfono está apagado o fuera de cobertura. sabía que esto no iba a salir bien. era imposible. a buenas horas me doy cuenta. estoy segura de que ha sucedido algo y por eso no puede contestarme. puede que sea una tontería, un pinchazo en la rueda mientras venía o algo más grave como un accidente, o peor aún: un arrepentimiento de última hora, cuando octavio ya está tendido en la cama y me mira, como riéndose de mí, como diciendo, “eres muy estúpida, querida.” 
cuando vuelvo a llamar escucho el mismo maldito mensaje: “el teléfono al que ha llamado está apagado o fuera de…” y lanzo el aparato con rabia. inmediatamente, antes de que caiga y algunas piezas salgan disparadas cuando chocan contra el suelo, me doy cuenta de que ha sido una mala idea y de que ahora no habrá forma de hablar con miguel. no va a venir, me repito una vez y otra, intentando, sin éxito, recomponer las piezas del teléfono. ahora lo veo claro: no va a venir. he sido una idiota y no va a venir. miro a octavio y pienso que tiene razón: no vendrá. cómo habré sido tan imbécil. y ahora me tiembla tanto el pulso que soy incapaz de sujetar el móvil y lo vuelvo a dejar caer, esta vez sin importarme en absoluto si se rompe o no y comienzo a sollozar como una cría. simplemente me ha usado para que le facilitara el camino. ¿habrá sido capaz? no, es imposible. tantos años para terminar así. ¿desde cuándo lo habría estado planeando? y, ¿qué voy hacer yo ahora? ¿qué posibilidades tengo? para qué engañarnos: ninguna. a estas horas miguel estará rumbo a donde sea y quien estará a punto de llegar no es él, sino la policía. tengo que tranquilizarme, sólo estoy nerviosa, es normal. no pasa nada, estoy segura que él no haría nunca algo así, dejarme así, no, imposible. tengo que respirar hondo, secarme las lágrimas y esperar un poco más. unos minutos más. él no va a venir. respirar hondo. sí va a venir. dejar de llorar. esto no iba a salir bien. cada vez oigo la risa de mi marido más desquiciada y estridente y aunque me tape con las manos, sus carcajadas se me han metido dentro de la cabeza. “eres muy estúpida”, reitera una y otra vez. niego con la cabeza y le hago callar con un grito entrecortado y poco convincente. pero no hay forma. “tan estúpida, querida”, insiste, apuntándome con su índice ensangrentado y riéndose sin parar. la pistola con la que he disparado, justo a su lado, parece hacer lo mismo. “muy estúpida, mucho”, chillan los dos. 
si lo he hecho una vez, me digo cogiendo el revólver, puedo hacerlo otra vez más. y de inmediato ahogo todas las risas y voces imaginarias. 

cuando suena el timbre de la puerta, he perdido la noción del tiempo y también bastante sangre, pero ya no oigo a octavio y eso, en cierta medida, me tranquiliza. apenas puedo moverme e imagino, espero, de hecho, que dejaré de respirar de un momento a otro. de refilón veo la cabeza calva de mi marido y pienso en la suerte que ha tenido él con un tiro limpio y definitivo, mientras mi instinto de supervivencia se resiste a dejar de respirar y agonizo lentamente. el timbre vuele a sonar, esta vez durante unos segundos más. sea quien sea, es insistente porque al ver que nadie abre, aporrea la puerta con impaciencia. toso sangre y al hacerlo siento un doloroso pinchazo en los pulmones que supongo me habré reventado de un disparo que se ha desviado del corazón. pienso en miguel. luego en la policía. siguen llamando y por el estruendo repentino podría casi asegurar que han conseguido derribar la puerta. oigo unos pasos, pero ya no distingo si hay una o más personas subiendo por las escaleras. pienso en miguel y luego en la policía.

30 octubre 2013

balance

ahí va un trocito de vida gris 
vestida con falda larga y tupida 
pelo encrespado 
bolso a juego con la mirada apagada 
horario partido, martes y jueves de inglés básico 
cena ligera y tres relaciones rotas. 
un número ínfimo de ceros y comas 
memorizado por máquinas que escupen datos inútiles 
recordatorios, vencimientos 
fechas límite 
códigos que dictaron expertos en formularios y humo 
acatados sin preguntas 
mansamente 
porque así se ha hecho siempre 
y es contraproducente cambiar. 
camina rápido, como si fuera a alguna parte 
como si quisiera llegar antes 
para luego 
detenerse en la luz roja 
y mirar a ambos lados antes de cruzar una calle cerrada al tráfico 
la cabeza gacha, las manos frías en los bolsillos 
el rumor acallado de todo lo que tenía que ser. 
escucha conversaciones ajenas en un vagón saturado 
de planes para un fin de semana con bajada de las temperaturas 
periódicos mal doblados que pronostican más alarma que alivio.
observa a mujeres que probaron una nueva dieta 
y siguen con el mismo amante que la prefería oronda y ancha 
hombres que compraron un coche más veloz 
para un viaje de siete minutos, dos rotondas y una carrera perdida 
hijos que aprenden a fumar y disimulan la tos, 
la arcada 
el olor a humo al llegar al adosado de cuatro habitaciones 
jardín trasero, vecinos que hablan a gritos y maravillosas vistas 
a un muro de ladrillo enmohecido donde alguien, en una noche 
de odio y pérdida, 
pintarrajeó: “hija de puta”. 
a todos los escucha de refilón, 
entre parada, destino y fin de trayecto de una línea más viva 
que la de sus propias manos y sigue andando deprisa, 
con pasos tan cortos que parece que en vez de avanzar, 
retrocede 
disminuye 
encoje. 
ahí va el capricho ya crecido de unos padres ancianos 
temblorosos y ausentes 
el deseado proyecto, a medio camino, 
entre lo común y lo mediocre 
un sí, pero definitivamente no, 
un pedacito de ilusión velada 
que mal sonríe cuando inventa motivos y disimula a todas horas, 
hasta en los sueños 
sueños que descartó por más pereza que miedo, más miedo que empeño 
más juicios que impulsos. 
y ahora camina, cómodamente, muda, ciega y amputada, 
hacia no sabe dónde. 
un trazo perfecto, recto y predecible 
tan fiable y útil como el mapa de una ciudad lejana 
la progresión decadente 
la incitación a la nada. 
ahí va.

27 octubre 2013

Eulalia se colgó el bolso y salió del bar para que nadie pudiera ver que estaba a punto de echarse a llorar. No quería que las lágrimas sofocaran su furia. Se mordió los labios y echó a andar, casi a correr por el Paseo del Prado. Alguien se acercó a Jorge para proponerle tomar una copa en otro sitio. Tendría que haber dicho que no y salir corriendo a buscarla pero se dejó llevar por lo más fácil. Sabía cómo transcurriría la noche aunque aún no la había vivido, como si estuviera ya escrita y sólo hubiera que seguir los renglones con el dedo índice: irían a tomar una cañas ya picar algo a la Taberna de la Dolores, subirían luego la calle Huertas hacia la plaza de Santa Ana y entrarían en el Café Central. Allí se tomarían uno, dos, varios gin tonics. Y si hubiera algún grupo tocando jazz, el alcohol le ayudaría a cerrar los ojos, a creer que la música entraba dentro de uno subliminando cualquier dolor sentimental. Se imaginaría a sí mismo escribiendo una novela, se imaginaría la historia misma, la música de las frases, que se parecería a la música que estaría escuchando. Empezaré mañana mismo, se diría, o esa misma noche. En algún momento había que poner en marcha ese mecanismo adormecido de la ambición. El alcohol y la música harían su trabajo, como siempre, dispararían los mejores deseos, los que le llevan a uno a pensar que puede hacer cosas grandes, que de pronto tiene la voluntad que le faltaba, y que esa voluntad no va a fallar al día siguiente. Pero luego, el nivel de los grandes propósitos iría bajando, en cuanto salieran a la intemperie, fuera del encanto de la música. Los sentidos irían apreciando poco a poco, según los mejores efectos del alcohol se transformaran en los más desagradables, la vida tal y como es, ajena al amparo de las luces matizadas y de las baladas melancólicas. Se metería en un taxi. Subiría en el ascensor evitando mirarse al espejo. Y, al fin, se derrumbaría en la cama. Pero lo más terrible llegaría unas horas después, cuando la luz cruel de la mañana entrara en el cuarto, en el que desde hacía un año se había caído la cortina y no había sido capaz ni de colocar la barra. Sabía perfectamente cuál sería entonces su primer pensamiento: crees que estás en el centro del mundo y no estás en el centro de nada.

Algo más inesperado que la muerte, E. Lindo

22 octubre 2013

caso clínico: vida sana

antes que nada aclarar que no seré yo quien desmonte todas esas teorías sobre lo beneficioso que es llevar una vida sana. estoy convencida de que si se han dedicado tantos años, y tantos estudios, a este asunto y todos los expertos coinciden, entre otras cosas, en la importancia de los dos litros de agua, por algo será. lo que pasa es que yo ya no sé si tantos sacrificios, constancia, autocontrol y autoflagelación, merecen la pena. porque sí, vale, vivir más años, sano, está muy bien pero si el camino para conseguirlo está lleno de piedras y de productos light, pues ya no sé qué decirles. 

comer sano, la sin-sal de la vida: 


el primer día que escuché la frase “la naturaleza es sabia” no pude evitar pensar, en primer lugar, en un parto natural de doce horas. inmediatamente después, quise borrar esta imagen y mi cerebro buscó algo más bucólico que corroborase la frase y me vino a la cabeza un plato de acelgas hervidas. y bueno, allí ya desistí y me dije “sabia, ¿de qué?”. que sí, que nada mejor que una manzana para saciar el hambre entre horas y que lo que no consiga una taza de té verde al día para el hígado tampoco lo conseguirá un traguito de vodka, pero de verdad: ¿hay algún héroe en la sala que dos minutos después de haberse comido una manzana no sienta la imperiosa necesidad de saquear la nevera para paliar en serio, definitivamente, de verdad, el hambre voraz? aunque bueno, en realidad la culpa es de los humanos, que nos pasamos el día inventando productos que más bien parecerían creados por el mismísimo diablo: que si patatas fritas, que si donuts, que si mazapanes, que si bebidas con gas que contienen tantísimo azúcar que no me atrevo ni a decirlo (seis cucharaditas bien ricas para ser exactos). y luego, con toda esta variedad de tentaciones y colesterol bien expuestas en las estanterías de los supermercados, los expertos pretenden que elijamos la opción sana (y cara) porque claro, somos animales racionales. y obesos. 

¿qué cura más, el tiempo o dos litros de agua? 


sin duda alguna, el agua. cualquier estudio médico que llegue a sus manos, cualquier foro que consulte, cualquier vecina, madre, conocido que entienda o no del tema, estará de acuerdo en que beber agua es la solución a todos los problemas: dolor de riñones: agua. retención de líquidos: agua. infección de orina: agua. ruptura sentimental: agua. bloqueo creativo: agua. de verdad, todo se quita con agua. 
sin ir más lejos, yo misma he comenzado con esto de los dos litros diarios y debo asegurar que desde el minuto uno noté los cambios. para empezar tengo la tripa abultada y pesada a todas horas, lo cual es algo fenomenal porque en el metro me ceden siempre el asiento y todos me miran con tanta dulzura que me veo incapaz de desmontarles la ilusión y confesarles que es agua. 
por otro lado, he mejorado mi propio record a la hora de precipitarme hacia el baño y desabrocharme los pantalones. algo que hago ya casi telepáticamente. ahora mismo, para que no decrezca mi productividad en el trabajo y en casa viva un poco más sosegada, estoy considerando mudarme al baño. sería cuestión de coger lo imprescindible (portátil, teléfono, libros, un poco de comida, un colchón inflable, una cafetera y un jarroncito con flores para darle un toque más de hogar) y adaptarse al nuevo espacio. teniendo en cuenta que podría realquilar mi antigua habitación, ahora libre, y sacarme un dinerillo extra mientras mi vejiga y mi salud soporta estoicamente otro vasito de agua bien rico. 
sin embargo, al no haber llegado todavía a esta alternativa, lo que sí he desarrollado es un maravilloso sexto sentido para localizar en cuestión de segundos el baño de cualquier cine, restaurante, bar, museo, centro comercial, gimnasio o lo que sea de dónde me halle. y bueno, tal vez esto no me haga mejor persona, ni se considere suficientemente importante como para poner en un c.v, pero sí que agudiza el sentido de supervivencia y nunca se sabe para cuándo una tercera guerra mundial. 

mens sana y el resto que sea lo que dios quiera: 


una vez asimilada la dieta y el agua, el tercer paso es el archiconocido deporte. los hay realmente valientes, y con una fuerza de voluntad fuera de lo común, que optan por ir a correr o a andar o lo que sea, por su propio pie, sin necesidad de haber pagado previamente por una clase. olvidémonos de esta especie en vías de extinción. los demás, los mortales, un poco más débiles, optamos por ir a un gimnasio, donde el mero hecho de tener que pagar una cuota, nos arrastra del sofá a las máquinas de pesas con una inverosímil (y poco sana) motivación. y es que en realidad éstas son las razones por las que uno se apunta a un gimnasio, no busquen más: 
1. como acción meramente filantrópica: pisaron un solo día el gimnasio y luego decidieron seguir pagando las mensualidades como si eso contabilizara como ejercicio. buen intento, pero no. 
2. ligar: qué les voy a contar que no sepan ustedes ya. 
3. falta de voluntad: o las consecuencias de tener que recurrir algo malo (pagar) para hacer algo peor (ejercicio). 

la cosa es que cuando uno se ha acostumbrado al gentío, a las colas en las duchas, al sudor ajeno, al “¿quieres que te ayude con esta pesa, nena?”, y sobre todo, al dolor en forma de agujetas, moratones, esguinces y fracturas, hacer deporte no está tan mal y se sale del gimnasio con el nivel de endorfinas tan por las nubes que se diría que incluso ha valido la pena el esfuerzo. una lástima que las dos cañitas y el par de tapas de después se rían muy fuerte de este esfuerzo. 

malos hábitos: 


es que claro, todos tenemos un pasado y aunque hayamos decidido pasar página, siempre nos quedará ese paquete de cigarrillos escondido en el segundo cajón a la derecha, justo debajo de la cajita de madera donde guardamos la marihuana, por si acaso. no se lo pongan aún más difícil a ustedes mismos. ya bastante tenemos con lidiar con los estantes del supermercado como para, además, tener al enemigo en los lugares más recónditos (que tampoco son tan recónditos porque los recordamos perfectamente) de casa. 
de ser de los que empezaron con todo eso de vida sana y “olvidaron” el paquete o la cajita, hay dos soluciones: 
1. cerrar los ojos, abrir el cajón, extraer la tentación a la que sucumbiremos tarde o temprano manteniendo los ojos bien cerrados, dirigirse a la cocina, tropezar con una silla, soltar un taco, abrir la basura, tirar tentación, sollozar un poco y recomponerse. 
2. abrir el cajón con los ojos abiertos, hacer un cálculo rápido con el número de cigarrillos y los gramos de hierba que quedan, bajar a por papel (siempre falta papel), liarse los porros correspondientes, fumarlos uno detrás de otro, esperar a bajarse de la nube, atracar la nevera y la del vecino, decidir que se empieza, de nuevo, definitivamente, en serio, esta vez sí, el lunes. 

y por último, la clave de todo: 


esto es un poco como el pez que se muerde la cola o el qué fue primero, la el huevo o la gallina. me explico: es complicado mantener tanta constancia, entereza y paz espiritual si nuestra vida está regida por el estrés y las carreras a contrarreloj. si además del poco tiempo libre que disponemos, tenemos que dedicarlo a contar calorías, mear y sudar grasas, pues es lógico que nos pasemos al bando contario. 
organización, simplificación y priorización, querido lector, ni más ni menos, ahí está la clave. a mí, por ejemplo, lo que me vino muy bien para aprender a simplificar fue comprarme un sofá, tres plazas, bien mullido y dos cojines floreados. un poco después, cuando comenzó a refrescar, adquirí una manta de lana y desde entonces soy la reina de las priorizaciones. es sólo una idea por si les puede funcionar a ustedes, claro. hay muchas otras alternativas, como tirar el teléfono, fingir enfermedades altamente contagiosas, hacerse el muerto en casos puntuales y la más arriesgada de todas: hablar con su jefe, exponerle sus teorías sobre la vida sana y esperar una buena reacción que podría ser a/ subida de sueldo por sus buenas intenciones (y ya con más dinerito, la falta de tiempo pasa a segundo plano y el estrés se sobrelleva mejor) o b/despido y por lo tanto pasa usted a tener todo el tiempo del mundo para concentrarse en exclusiva en la práctica de los buenos hábitos. 

de verdad que no era mi intención amargarles el día. sé que tal y como están las cosas en el mundo ya sólo nos faltaba estar pendientes de nuestro cuerpo, de cuidarlo y mimarlo como si sólo tuviéramos uno o algo así, pero es que hace ya un tiempo que nos leemos y les he cogido aprecio y no querría que nada malo les ocurriera. así que ahora, en disposición de toda la información que han leído, miren ese pastelito de crema que compraron por error creyendo que eran madalenas integrales. mírenlo bien, obsérvenlo detenidamente y fíjense en la cantidad de colorantes, edulcorantes, grasas saturadas, aditivos y e-330 que aporta. piénsenlo bien y pregúntense con sinceridad: ¿me lo como ahora o después de la docena de croquetas? 

15 octubre 2013

poca cosa

es martes por la noche. las diez y diez. mi madre y yo esperamos que empiece el programa ése del hermano que busca a su padre después de quince años de no saber de él o de la hija que acaba de conocer a su madre biológica. es el que más nos gusta de todos y por eso, antes de que comience, preparamos las palomitas y sacamos un par de coca-colas con mucho hielo, tal y como nos gusta tomarla. mi madre se sienta en el sillón viejo, el que está ya roído por las esquinas, y yo me estiro en el sofá de dos plazas, los pies descolgados y desnudos. ella me advierte de que cogeré frío y me resfriaré. yo levanto la mano y la agito al aire, como diciendo que se calle, que está a punto de empezar el programa. ella suspira y coge una lata que sorbe ruidosamente.
-ssssssshhhh. 
ella deja la lata en el reposabrazos y, con la mano encima de su boca, eructa. 

la presentadora, una mujer joven que bien podría ser de mi misma edad, aunque esto es lo único que tengamos en común, espera el final de los aplausos, sonríe y da la bienvenida a los espectadores en el plató y en casa. a continuación explica muy brevemente las historias que nos tienen preparadas para esta noche. en todas ellas mi madre va soltando un “vaya por dios” o un “oh, no” o un “qué terrible”, como si fuera la primera vez que viera el programa y no estuviera ya habituada a tantas personas que buscan a tantas otras. siento un poco de frío en los pies, así que me acurruco por pereza a levantarme y coger unos calcetines. mi madre toma otro sorbo, esta vez en silencio, aunque vuelve a eructar. 

la primera historia es la de arturo y rosalia, que entran cogidos de la mano, un tanto perdidos, sin recordar en qué lugar debían sentarse. la presentadora acude en su ayuda al ver que están a punto de salir de plano. miro de reojo a mi madre. algunas veces llora con los invitados. se emociona cuando las familias se perdonan y se abrazan. siempre dice que la familia es lo más importante y que debería llamar a mis primas para saber cómo están. no las llamo nunca porque me da igual cómo estén. arturo y rosalía buscan a un tercer hermano. yo no tengo hermanos. mi madre tiene dos, rita y amalia, a las que ve de tanto en tanto a pesar de ser vecinas. las palomitas se han enfriado y algunas están totalmente carbonizadas. a medida que la historia de los tres hermanos avanza, el cuenco se va vaciando y mi madre se va poniendo más nerviosa. asegura que la historia no va a terminar bien. yo le digo que se calle porque cada vez que abre la boca para opinar me pierdo algún detalle. ella se calla, pero sólo un rato. efectivamente, tal y como ella pronosticaba, no termina bien: el tercero de los hermanos no ha querido saber nada de los otros dos, pero al menos, exclama mi madre, ahora podrán dormir tranquilos sabiendo que han hecho todo lo posible. 
-antes de seguir con la siguiente crónica - informa la presentadora – vamos cinco minutos a publicidad. no se muevan, volvemos enseguida. 
mi madre se levanta y desaparece por el pasillo. ha terminado su lata de coca-cola. yo hago lo mismo con la mía y grito que me traiga otra. 
-¡y un poco de chocolate! – añado. 
a su vuelta me lanza unos calcetines gruesos de rayas verdes, pero ha olvidado el chocolate. dice que no ha escuchado nada. yo niego con la cabeza porque sé que no es verdad. sólo cuando le conviene dice que no me ha escuchado, o que no sabía. se sienta de nuevo, abre su lata y vemos los anuncios porque el mando a distancia está en la mesilla y ninguna de las dos alcanza a cogerlo. tampoco importa mucho. a lo que encontremos algo interesante en alguna otra cadena ya habrá comenzado el programa, así que siempre miramos los anuncios. 

-¿es que no te vas a poner los calcetines? – me recuerda. 

la segunda historia termina mejor. las dos partes acceden a conocerse, y aunque les distancien miles de kilómetros, prometen, delante de las cámaras, mantener el contacto cueste lo que cueste. la presentadora, ahora más sonriente aún, les acompaña hasta el pasillo por donde se despiden jovialmente y desaparecen. escucho los sollozos de mi madre. con una mano apoyada en la mejilla intenta ocultar en vano una lagrimilla que resbala hasta su escote. como más palomitas y pienso en la tableta de chocolate que sigue en la nevera. 
el teléfono suena justo después de que hayan presentado a los siguientes invitados. es extraño que suene, ya de por sí, y mucho más a estas horas. 
-¿quién será? – pregunta ella, sin moverse del sillón. 
me levanto con lentitud. me duele un poco la espalda de la mala postura en la que me he tumbado. mi madre me apremia y contesto que puede ir ella misma si tanta prisa tiene. al dejar su lata en el reposabrazos, ésta cae y el líquido mancha parte del tapizado, de la bata y del parqué. 
-¿ves lo que has conseguido? – chilla al tiempo que yo descuelgo el teléfono. 

noto el suelo helado y encojo los dedos de los pies tanto como puedo. tal vez haya habido algún accidente o haya fallecido algún conocido o alguien nos esté buscando para acudir a un programa de la tele. no suele llamarnos mucha gente. 
-¿sí? ¿dígame? 

cuando vuelvo al salón mi madre está todavía intentando quitar la mancha del sofá, pero ha desistido con la de la bata y ahora, además del lamparón de coca-cola, hay a su alrededor una enorme mancha de agua. me pregunta quién era, aunque sigue con más interés el programa que mi contestación. me estiro de nuevo en el sofá y justo entonces recuerdo que he olvidado el chocolate. hay una actuación. es un cantante muy conocido, el artista favorito del invitado, que se llama rodrigo y tiene un tic nervioso en el ojo derecho, aparte de una enfermedad degenerativa que la presentadora explica por alto. el chico va acompañado de sus padres, dos personas ya mayores. o quizá es que la enfermedad de su hijo les ha envejecido más rápidamente. rodrigo, absorto, como mi madre, contempla a su ídolo con lágrimas en los ojos. ella al menos no llora, pero sigue el ritmo de la melodía con la cabeza y tararea algunas palabras inventadas del estribillo. 
-ssssshhhhh. 
-¿qué pasa ahora? ¡si no están hablando! 
-me molesta. 
ella se calla, pero el ruidito que hace al masticar también me pone nerviosa y al final me reincorporo, cojo el mando y subo el volumen hasta que consigo silenciarla. no dice nada. parece que no se ha dado ni cuenta. cuando el artista termina de cantar la presentadora agradece su colaboración en el programa y le hace un par de preguntas sobre su carrera profesional y todo el éxito que ha conseguido en los últimos años. mientras, rodrigo, al lado del cantante, solloza y su madre le seca los mocos que él no puede quitarse. las cámaras lo enfocan unos segundos y luego vuelven a la sonrisa de la presentadora. cuando poco después despiden a los tres. rodrigo, mediante titubeantes muecas y algún movimiento leve de cabeza, asegura que este ha sido el día más feliz de su vida. el cantante le abraza por fin. mi madre, ahora sí, también llora. el programa termina después de la quinta historia. siempre hacen cinco, ni una más ni una menos. creo que esta última es la que menos le ha gustado a mi madre porque en algún momento la he visto cabecear y sólo cuando ha sonado la melodía final del programa ha parecido desvelarse de repente. 
-bueno… - dice haciendo un esfuerzo para reincorporarse y recoger el bol de palomitas vacío. 
apago la tele y la estancia se queda a oscuras. antes de que mis ojos se acostumbren a la penumbra de la habitación, tropiezo con la esquina de la mesilla y cojeo aparatosamente hasta mi cuarto. cierro la puerta y me siento en la cama. tengo un rasguño en la rodilla que humedezco con saliva abundante. oigo los pasos de mi madre a lo largo del pasillo hasta llegar a su habitación y desde allí vocea un “buenas noches” que me llega amortiguado a través de las paredes finas que nos separan. me tapo con la manta y me estremezco con el contacto de las sábanas frías y un poco húmedas. me acuerdo de los calcetines gruesos de rayas verdes, que imagino siguen en el suelo del salón, y de la tableta de chocolate. 

07 octubre 2013

poesía son los otros

me hablaron de desvelo y mariposas 
de sonrisas y sonrojos 
de domingos lluviosos y tazas humeantes de té 
me relataron sobre horas eternas al teléfono 
susurrando palabras suaves, silencios prolongados
suspiros y halagos. 
de corazones y flechas 
y nombres y fechas 
grabados en troncos de árboles apartados. 
de rimas y versos 
de letras escritas por mentes ilustres 
que sabían narrarlo mejor, 
mucho mejor que nosotros. 
dijeron que había caricias, 
también llanto. 
que la luz de la luna inspiraba más belleza 
que defectos 
que todo era más hermoso 
y que no lo olvidaría jamás.

me marché a casa cabizbaja 
apenada 
arrastrando los pies, levantando polvo 
pateando las piedras pequeñas 
que se amontonaban a los lados del camino.
arranqué malas hierbas 
pisoteé flores y ortigas 
y disparé con los dedos a los pájaros imaginarios 
concluí que lo habíamos hecho mal: 
yo comía con apetito 
dormía mil horas por las noches 
con demasiado que contar para callarme 
te avasallaba con palabras y gestos cada vez que te veía 
preferíamos la prosa 
nos desvestíamos deprisa 
escuchábamos más jadeos que canciones 
recordábamos más verbos que lunas 
los domingos lluviosos eran lunes soleados 
habíamos roto las tazas 
no nos quedaba más té. 
aporreé tu puerta y pronuncié tu nombre
escupí mis dudas y te miré perdida. 
observaste incrédulo, me llamaste tonta y resonó tu risa. 
respiré tu calma 
y me reí contigo.