27 febrero 2013

BLANCO: La visión pesimista es siempre la correcta. Cuando leemos la historia de la humanidad estamos leyendo una saga de derramamiento de sangre, de codicia y de locura, cuyo alcance nadie puede ignorar. Aún así, imaginamos que el futuro será de alguna manera distinto. No tengo ni idea de cómo estamos aquí todavía, pero lo que es seguro es que no vamos a durar mucho más.
NEGRO: Todo eso que ha dicho es tremendo, profesor. Y lo cree de verdad, ¿no?
BLANCO: Sí.
NEGRO: Pues yo me puedo identificar con esos pensamientos.
BLANCO: ¿Puede?
NEGRO: Puedo, sí.
BLANCO: Eso me sorprende. ¿Qué va a hacer, pensar en ellos?
NEGRO: No, si ya he pensado. He pensado en ellos mucho tiempo. No con esas palabras tan bonitas, claro, pero por ahí, por ahí.
BLANCO: Me deja perplejo. ¿Y a qué conclusiones ha llegado?
NEGRO: A ninguna. Sigo pensando.
BLANCO: Ah. Yo no.
NEGRO: Las cosas pueden cambiar.
BLANCO: De ninguna manera. 
NEGRO: A lo mejor se equivoca.
BLANCO: Yo no lo creo.
NEGRO: Pero es algo que no le ha pasado muchas veces en la vida.
BLANCO: ¿El qué?
NEGRO: Equivocarse.
BLANCO: Cuando me equivoco lo reconozco.
NEGRO: A mí me da que no.
BLANCO: Es usted dueño de opinar lo que guste.

El negro se retrepa en la silla y contempla al profesor. Alarga el brazo para coger el periódico que hay encima de la mesa y se retrepa otra vez y se ajusta las gafas. 

NEGRO: Veamos. Crónica en la página tres.

Dobla ampulosamente el periódico.

NEGRO: Sí. Aquí está. Amigos del difunto afirman que no quiso escuchar ningún consejo y que alegó que pensaba ir a su aire les gustara o no.

Se ajusta las gafas.

NEGRO: Un íntimo amigo suyo (levanta la vista) declaró (eso está entre comillas): A ese hijoputa no se le podía decir nada. (Levanta la vista otra vez.) ¿Está permitido escribir eso en el periódico? ¿Hijo de puta? Mientras tanto, espectadores salpicados de sangre entrevistados en el lugar de los hechos... continúa en página cuatro.

Se humedece el pulgar, pasa la página trabajosamente y vuelve a doblar el periódico.

NEGRO: ... declararon que las últimas palabras del individuo al lanzarse contra el tren de cercanías que estaba entrando en la estación de la calle ciento cincuenta y cinco fueron: Yo tengo razón.

Deja el periódico sobre la mesa y se ajusta las gafas y mira por encima de ellas al profesor. 

BLANCO: Muy gracioso.

El negro se quita las gafas y baja la cabeza y se pellizca el puente de la nariz y menea la cabeza.

El Sunset Limited, C. McCarthy

20 febrero 2013

no supe verte. no quise verte 
atrapada en mi propio templo 
de muros sordos y ventanas tapiadas 
escuché tus palabras cordiales 
que traduje como amenazas severas
vi tu mirada franca 
que revestí de burdo cuento
sentí tus ganas sinceras 
que disfracé de ímpetu pasajero. 

no quise creerte. no supe creerte 
me faltaba tiempo 
espacio 
aire 
no sabía nadar 
había olvidado correr.
me asfixiaba. 
y con cada paso que tú dabas 
hacia un nido templado 
yo descendía un peldaño 
hacia el más absoluto vacío,
convencida de estar más a salvo 
en mi propia nada
que entre tus cálidas manos. 

no supe tenerte. no quise tenerte 
negaba un nosotros 
anulaba, tachaba, cercaba.
con premeditada fijación 
escondía mis sombras 
mis grietas 
mis truenos,
aplacaba tus preguntas 
con respuestas inciertas
válidas para uno, huecas para el otro.
silenciaba mis reservas 
con penosos disimulos
con lamentables estrategias 
con alegres vestidos de fiesta 
manchados de esfuerzo y lastre
con sonrisas torcidas 
reales para el uno, tóxicas para el otro. 
me repetía,
te repetía 
que no eras tú quien sobraba 
sino yo,
y con mecánica destreza 
recurrí a discursos anteriores 
gestos efímeros 
demoras y ausencias
despedidas breves 
y me fui alejando, 
sin detenerme, sin dudar,
sin pena ni culpa
ni llantos ni rezos.
sin ti. 

13 febrero 2013

una judith (parte III de III)

a la mañana siguiente, me convencí de que lo mejor era coger el toro por los cuernos: debía ver al señor patel y hablar las cosas cara a cara. no me veía capaz de soportar otro día más de incertidumbre y por fin había encontrado una justificación coherente a mi descuido. se me había ocurrido justo después de mi pesadilla, después de mi tercera tila, y no sé porque no se me había ocurrido antes. era plausible, coherente, y sobre todo sencilla y humana. hacía tiempo, alguien me había contado que si uno quiere contar una mentirijilla y no ser pillado, es imprescindible que se explaye en detalles innecesarios, que pierda tiempo con lo anecdótico, con florituras sin importancia. esas pequeñas aclaraciones no sólo la hacen real, sino que también ayudan a que quien escucha se centre en lo banal y olvide la falsa trama. desde la cinco de la mañana, había tenido el tiempo suficiente para perfilar toda la historia y durante el trayecto en metro, aplastada entre el maletín de un ejecutivo asiático y el violoncelo de un joven africano, terminé de atar los últimos cabos. estaba incluso animada pensando que era una buena historia y que el señor patel no sólo me felicitaría por mi buena acción, sino que recuperaría mi trabajo. 
al llegar al museo me cambié como cada día y me dirigí al despacho de mi jefe. llamé a la puerta un par de veces, pero nadie abrió, así que empujé y pasé. ya había estado alguna otra vez. en realidad no era sólo su despacho, sino más bien la sala de operaciones donde él y los supervisores de cada zona planificaban los horarios y realizaban demás tareas de despacho. era un espacio pequeño y asfixiante, repleto de mesas, sillas, teléfonos que no paraban de sonar, pantallas y guardias saliendo y entrando a todas horas. contrastaba con la paz y la quietud de las salas y tal vez por esto la cara del señor patel siempre parecía estar en tensión, como a punto de estallar. estuve un rato plantada delante de la entrada, entorpeciendo el paso a todos e intentando reconocer al señor patel entre tanto ajetreo. al final, la señorita jones, una de las supervisoras que siempre me recordaba que el año pasado había estado de vacaciones en madrid y que le habían robado la cartera y la cámara, me informó de que el señor patel todavía no había llegado. 
-¿puedo hacer algo por ti, almudeno? 
-no, necesitaría hablar con él, personalmente. 
-ah vaya, ¿va todo bien? 
-sí, sí, en realidad no es nada importante. 
-¿estás segura? tienes mala cara, ¿te encuentras bien? 
sin duda no era un buen inicio. no había ni empezado a mentir y alguien ajeno al percance del día anterior ya notaba algo extraño en mí. contesté que me encontraba bien y me fui a mi sala, con judith, holofernes y demás personajes donde pasé el resto de la mañana debatiéndome entre mejorar mi versión de los hechos o afrontar los acontecimientos y mi inminente pérdida de trabajo. decidí darme una última oportunidad y cuando vino mi sustituto a la hora de comer, y después de escuchar una nueva broma sobre chicles y cabezas cortadas que siguió sin parecerme graciosa, pasé de nuevo por la oficina del señor patel. esta vez sí estaba y aunque me vio nada más entrar, continuó haciendo sus gestiones. intenté adivinar de qué humor estaría, pero con ese hombre era del todo imposible. siempre parecía dispuesto a asesinarle a uno con la mirada o mejor aún, con sus propias manos. me acerqué hasta estar a escasos centímetros y fue entonces cuando levantó la vista, me miró con cara de asco y preguntó: 
-dígame, miss almudeno. 
-buenas tardes, señor patel. me gustaría… me gustaría... – comencé a tartamudear – me gustaría hablar con usted sobre... sobre lo que pasó ayer. 
-¿sobre lo que pasó ayer?
-exactamente. 
-¿se refiere al asunto del cuadro de judith de eglon van der nees? 
-el mismo – dije asombrada de sus conocimientos y su memoria. 
-adelante. la escucho. 
miré a mi alrededor. había tres o cuatro supervisores y me sentí incómoda. hubiera preferido un poco más de intimidad y tratar todo el tema con más privacidad. ya se me hacía bastante difícil mentirle a uno, como para hacerlo delante de cuatro más. 
-no se preocupe – manifestó él al darse cuenta de mi retraimiento –todos estamos al corriente de lo sucedido. 
sus palabras me pusieron más en evidencia y por si alguno de los que estaban allí todavía no se había dado cuenta de mi presencia, era evidente que con el comentario del señor patel ahora sí lo estaba. carraspeé y me dispuse a hablar. 
-verá. yo… yo, yo sólo quería, quería… quería explicarle que si pasó lo que pasó no fue porque no estuviera cumpliendo con mi trabajo. 
-no creo que nadie haya dicho eso. 
-no, bueno, ya… pero me parecía importante aclararlo. 
-aquí está todo muy claro, almudeno. 
-en realidad, - contesté sin entender qué era exactamente lo que estaba claro – si no me di cuenta de cómo sucedió ni pude hacer nada para impedirlo fue porque… porque… porque estaba ayudando a una anciana. sí, ella… ella, había… había perdido la cartera y estaba preocupada no porque llevara mucho dinero, sino porque en ella guardaba las fotos de su nieta, recién nacida. 
-vaya.
empecé a sospechar de que mi historia no era tan buena como había creído, pero ahora no podía detenerme. debía terminar mi exposición y el señor patel parecía pensar lo mismo por la forma que tenía de mirarme. 
-sí, hacía apenas dos semanas que había nacido lucas - continué. 
-¿lucas? 
-sí, lucas. era polaco. 
-pero, acaba de decir que era una niña. 
-¿ah, sí? no, no, era un niño. lucas. sí, eso me dijo. estoy segura. 
-y al final, ¿la encontraron? 
-¿el qué? 
-la cartera que había perdido la señora. 
-ah, sí, claro. estaba en el suelo. se le había caído en un descuido, pero claro durante el tiempo que estuvimos buscándola, alguien se acercó al cuadro y… y en fin… así fue. 
-bueno, pues me alegro de que encontraran la cartera con las fotos. ¿quiere contarme algo más? 
le miré estupefacta. tal vez se estuviera riendo de mí, delante de mis propias narices, pero de nuevo su cara hermética me desconcertaba. 
-no, eso es todo. 
-muchas gracias, pues. vuelva al trabajo, por favor. 
antes de marcharme miré a los cuatro supervisores. todos habían dejado de hacer sus tareas y me observaban divertidos. por sus rostros, menos inexpresivos que el de mi jefe, pude adivinar que acababa de hacer el mayor de los ridículos, que mi historia era una patraña sin pies ni cabeza y que mi afán por justificarme había sido una pésima idea. salí abatida, furiosa, indignada y con un nudo en el estómago y en la garganta. pero lo peor de todo fue saber que, hasta nueva orden, debería seguir esperando mi castigo, en la sala 21, con esa estúpida judith y su expresión de no haber roto nunca un maldito plato. 
llegamos a finales de semana sin ninguna resolución de mi caso. también empecé a relajarme, a reírme cuando alguien me ofrecía un chicle y a dudar de si habría o no una pena por mi conducta. el viernes, a punto de terminar la jornada, la señora reid nos informó sobre el horario para la próxima semana. me alegré al comprobar que seguían contando conmigo y de que estaba en la sala de los impresionistas franceses con alberto en la sala de al lado, de manera que podríamos pasarnos el día charlando de lo mucho que echábamos de menos madrid y salamanca y la tortilla de patatas y el sol y las terrazas.
y no pasó nada más. con los meses el episodio de judith de eglon van der nees quedó relegado a un chascarrillo más y cuando ben, mi antiguo compañero de sala contigua fue pillado en el bar mientras se suponía que debía estar vigilando los servicios supe que, definitivamente, mi judith y yo habíamos dejado de ser el foco de atención. 

dejé el museo cuatro meses después. conseguí otro trabajo más activo en el que me pagaban por pensar y contestar emails y responder al teléfono y negociar precios y otros trámites que hacían que el día pasara rápido e incluso me faltaran horas. 
en una de esas ocasiones en las que había terminado más tarde de lo normal se me ocurrió dar un paseo para airearme y acabé delante del museo. no pude reprimir las ganas de entrar. era tarde y había ya poca gente en las salas. reconocí algunas caras y me detuve a saludar a alberto, que seguía allí, muerto de aburrimiento pero bien acomodado. antes de salir, recordé a mi judith y fui hacia la sala 21, que, como siempre, estaba vacía. rápidamene examiné la mayoría de las obras, pero en el hueco en el que tenía que estar esa en concreto, había un horrible bodegón de frutas maduras, flores secas y moscas. fui directa al vigilante, un chico joven que se entretenía garabateando en el margen de un díptico del museo, y le pregunté por el cuadro. 
-ah, sí, ya me acuerdo. sí, la judith esa. pues la retiraron no hace mucho tiempo. imagino que estará abajo, en la bodega, junto con otros descartados.
-vaya, qué pena. me hubiera gustado mucho verla. 
-pero, pero... – exclamó sorprendido – si tenemos otras obras mucho más bonitas, ¡dónde va a parar! ¿ha visto ya a da vinci? ¿y a los impresionistas franceses? 

le sonreí agradecida por la información y le aseguré de que no me iría sin visitarlos. de camino a la salida sentí un poco de pena y pensé que de haber visto a mi judith ese día, seguro que me hubiera gustado mucho más que cualquier renombrado impresionista francés. 

12 febrero 2013

una judith (parte II de III)

estábamos a mediados de semana y por lo tanto ya había tenido el tiempo suficiente de aprenderme de memoria los detalles de la sala. según el plano que daban a la entrada, era la sala número 21 y estaba situada en un extremo del edificio, al final del pasillo, a la izquierda. era una sala relativamente grande, de techos altos con dos claraboyas inmensas que aun así dejaban pasar poca luz, paredes oscuras y dedicada a la pintura holandesa desde 1660 a 1800. a pesar de mis estudios relacionados con la materia y mis lecturas a lo largo de los años, cuando revisé los cuadros y los nombres de los autores, no reconocí a ninguno de ellos y supuse, también por el poco tránsito de personas que se detenían en ella, que no se trataba de una de las salas más relevantes de la galería. también comprobé con cierto desencanto que el compañero que había en la sala de al lado era un tipo callado, taciturno y lunático con quien jamás nos habíamos saludado, así que quedaba descartado todo tipo conversación, por trivial que fuera. me esperaba una semana de total aislamiento, para variar. 
ese día en concreto había dado treinta vueltas a la sala, me había sentado, había jugado a contar los turistas que venían con sandalias y calcetines, luego los de pelo rizado, más tarde los de complexión generosa, luego había dado diez vueltas más y de nuevo me había sentado. también me dolía un poco la cabeza y estaba cansada. nuestros vecinos del piso de debajo, un grupo de chavales jóvenes de nueva zelanda que se acababan de mudar, habían estado celebrando la victoria de su equipo de rugby hasta bien entrada la madrugada y a pesar de mis reiteradas quejas primero con golpes con una escoba y luego en persona, habían continuado con el jolgorio y apenas había podido pegar ojo. eran las doce del mediodía y con el calorcillo, la calma y el silencio noté los primeros síntomas de somnolencia. intenté mantenerme despierta moviendo la pierna derecha rítmicamente, pero en algún momento de descuido se me cerraron los párpados. suelo ser de las que necesitan oscuridad absoluta, silencio total y mi pijama para quedarme totalmente dormida, así que pondría la mano en el fuego si aseguro que fueron sólo dos o tres segundos, pero fueron suficientes. me despertó el zarandeo brusco y la voz extraña de un individuo que no reconocí cuando abrí los ojos. era un hombre de unos sesenta años, alto y delgaducho, que me miraba alarmado y nervioso y del que apenas pude entender nada de su tartamudeo exaltado. sin tener tiempo para preguntar qué le sucedía me señaló un cuadro y exclamó: 
-¡es un chicle! 
seguía sin comprender nada, hasta que vi que se dirigía a la judith de eglon hendrick van der neer y me indicaba que le siguiera. me levanté como un rayo y me planté a su lado en cuestión de segundos. 
era una obra realmente fea. desde la primera vez que la vi, hacía tres días, no lograba comprender cómo alguien podía pintar tan mal, con ese trazo basto y descuidado y esa composición tan poco armoniosa, ni cómo los conservadores habían decidido colgar semejante despropósito en una galería de tanto renombre en vez de dejarlo en la bodega, junto a otros centenares más que aguardaban en la penumbra. en el cuadro, donde se representaba el momento en el que la viuda judith acababa de cortarle la cabeza al general holofernes, aparecía una mujer anodina e inexpresiva, vestida con un pomposo traje plateado impoluto de palabra de honor e incrustaciones de pedrería, de manga ancha y una capa de color carmín, empuñando un cuchillo brillante con su mano derecha y cubriéndose su generoso busto con la izquierda. su cabeza, ligeramente ladeada hacia la derecha, estaba adornada con unos delicados rizos dorados y su mirada, perdida al infinito, parecía estar diciendo al espectador: “vaya... ¿he sido yo?”. en un segundo plano, casi invisible, se divisaba la cabeza recién cortada del desdichado holofernes y la criada de judith sujetándola por los pelos e intentando meterla dentro de un saco. había visto muchas réplicas de este sangriento episodio en los libros de arte y en directo, en otros museos, pero ninguna me parecía tan horrenda como ésta. por no hablar del marco. el típico marco excesivo, florido y dorado que sólo acrecentaba esa sensación de barroquismo forzado y de mal gusto. y todo parecía indicar que alguien más estaba de acuerdo conmigo porque justo en medio del escote de la mujer, entre la brillante pedrería del vestido y su cuello rechoncho y pálido, había dejado constancia de su opinión pegando un chicle rosa y mascado. 
-lo ve – repitió el hombre, aún más exaltado - ¡es un chicle! 
sin duda alguna me había metido en un lío terrible. miré al hombre con rabia y nerviosismo. él esperaba que yo hiciera algo, pero yo estaba demasiado asustada como para pensar y mucho menos para actuar. miraba el chicle y después al hombre, que estupefacto, me miraba a mí y después al chicle. los curiosos no tardaron en llegar y en pocos segundos se arremolinaron tres o cuatro visitantes que prontamente sacaron sus móviles y se encargaron de inmortalizar la nueva versión de "judith con chicle" para la posteridad. tuve que acudir a mi compañero de trabajo de la sala de al lado. él llevaba muchos más años trabajando en la galería y pensé que sabría qué hacer. era lo único que se me ocurrió y en su momento me pareció una idea acertada. me alejé del cuadro temiendo alguna otra desgracia y desde el pasillo que separaba una sala de la otra susurré su nombre para no armar más escándalo. como era de prever él también se había quedado traspuesto y no me escuchó hasta que le llamé por tercera vez. 
-ben, eh, ben. ¿puedes venir un momento, por favor? 
ben resopló molesto y con mucha parsimonia se levantó de su silla y se dirigió hacia mí. 
-¿qué pasa ahí? – preguntó al ver el tumulto de gente tan poco habitual en mi sala. 
-por esto te he llamado. tengo un problema. resulta que… que, bueno… hay un chicle pegado en ese cuadro. 
-¿qué? 
-sí, no sé cómo ha ocurrido, la cuestión es que… 
-déjame ver. vigila mi sala un momento, haz el favor. 
-claro, claro…
me apartó de su camino y fue hacia la nueva judith con chicle. 
-señores, por favor, apártense de este cuadro y dejen de hacer fotos. esto no es un circo – ordenó al grupo. 
el grupo le hizo caso omiso y tuvo que repetir la orden con palabras más groseras, que, sorprendentemente esta vez sí funcionaron. volvió a los pocos segundos. 
-es un chicle – sentenció seguro de su deducción. 
por un momento pensé que iba a abofetearle por la lucidez de su mente y de sus palabras, pero me contuve porque en ese instante era el único que podía ayudarme y porque eso no hubiera calmado en absoluto mi estado de nervios.
-¿qué debo hacer, ben? 
-quédate aquí. vigila bien. iré a buscar al señor patel. debe ser informado de este accidente. 
al escuchar la palabra accidente noté que mis piernas iban a dejar de soportar mi peso de un momento a otro. me apoye a la pared e intenté concentrarme en respirar lentamente. 
-está bien – asentí – muchas gracias, ben. 
-no me las des todavía. al señor patel esto no le va a hacer ninguna gracia. ya puedes estar inventándote una buena excusa- soltó antes de largarse y dejarme con las pulsaciones disparadas y la cabeza a punto de estallar. 

ben regresó al cabo de algunos minutos que a mí me parecieron lustros. iba acompañado del señor patel, la señora reid y dos hombres que no había visto en mi vida y que imaginé serían conservadores, ya que no llevaban los uniformes típicos de los guardas de seguridad y sus rostros expresaban pánico y enfado a partes iguales. ben me apuntó con el dedo y se sentó de nuevo en su silla mientras el séquito continuaba su camino. cuando llegaron a mi sala ninguno me saludó, lo cual entendí y pensé que era lo que me merecía. 
-¿qué cuadro es? – preguntó el señor patel escrutándome con la mirada como si hubiera sido yo misma quien hubiera pegado el maldito chicle. 
-es la judith – contesté señalando hacia el grupo que tapaba la tela. 
-oh, no, por el amor de dios – exclamó uno de los conservadores – la judith de eglon van der nees, ¡no! ¡qué fatalidad, cómo puede haber ocurrido!
-eso mismo me pregunto yo – bramó el señor patel antes de encaminar sus pasos hacia la nueva judith. 
la comitiva le siguió y yo, un poco más apartada, hice lo mismo. inmediatamente los fisgones se retiraron y dejaron espacio para que el grupo de eruditos diera su veredicto. mis piernas seguían temblando. estaba convencida de que afirmarían que el daño era irreparable y que debían retirar la obra y tomar medidas en lo que se refería a la persona que, supuestamente, tenía que haber estado al cuidado de ella, o sea yo. me preguntaba si en algún momento permitirían que me defendiera y si era así, qué podría contarles a mi favor. ben me había avisado ya, pero en esos momentos era incapaz de pensar en algo lógico y creíble para que me dejaran ir sin cargos ni penalizaciones. creo que fue entonces, mientras esperaba que alguno de los cuatro se pronunciara sobre el tema y yo pudiera dejar de contener la respiración, cuando caí en la cuenta de que esa obra seguramente tendría un valor incalculable. yo no hubiera pagado más de cinco cochinas libras pero ese, desde luego, no era el asunto que nos ocupaba. seguramente valía lo que yo jamás sería capaz de ganar en toda la vida. ni yo ni mi familia entera. tal vez, ni yo, ni mi familia, ni el señor patel juntos, aunque estaba segura de que mi superior se ganaba muy bien la vida, a pesar de su cara de perro. 
-bien – dijo el mismo conservador que había hecho manifiesto su sentido lamento unos minutos antes – parece ser que es un chicle.
les miré a todos, con los ojos abiertos como platos, empezando a sospechar que alguien me estaba gastando una broma de muy mal gusto, pero ellos permanecían muy serios y me contuve de ponerme a reír de forma histérica. 
-¿qué debemos hacer? – intervino la señora reid con voz compungida. 
-lo primero es evacuar la sala y a continuación cerrarla hasta nuevo aviso. en el taller tenemos algunas herramientas imprescindibles para poder resolver el incidente de forma temporal, aunque evidentemente esta obra necesitará ser examinada de manera minuciosa y me atrevería a decir que será un proceso largo y costoso – contestó el mismo conservador, que se había aproximado más a la tela y estaba a punto de tocar el chicle con la punta de su nariz picuda. 
-qué tragedia – dijo la señora reid, llevándose la mano a la boca – empezaré a evacuar ahora mismo – continuó, siempre dispuesta a cumplir las órdenes y a punto de coordinar, posiblemente, la operación más importante que había vivido desde que había comenzado a trabajar en el museo, hacía veinticinco años. 
-un momento, señora reid. un momento todos - la voz grave y severa del señor patel nos puso firmes y en alerta. yo estaba al borde de un ataque de ansiedad y parecía que no era la única. la señora reid empalideció de golpe, los dos conservadores dieron un brinco hacia atrás hasta colocarse detrás del cordón de seguridad y los curiosos cesaron con los flashes y el cuchicheo. incluso ben, a unos cuantos metros de distancia, se sobresaltó y despertó de su letargo. – todo esto es ridículo. apártense, hagan el favor. 
todos nos retiramos unos pasos y el señor patel quedó en medio del círculo, justo delante de la nueva judith. su mirada impávida y penetrante observaba el busto nacarado de la mujer. una gota de sudor resbaló a lo largo de su frente ancha y despejada y murió en la solapa de su chaqueta azul marino. dio un paso y después otro y a continuación pisó el cordón de seguridad y se colocó a escasos milímetros de la obra. 
-¿alguien tiene un pañuelo? – preguntó con el mismo tono de voz inflexible, sin perder de vista el busto de judith. 
-de papel le va bien, ¿señor patel? 
-de lo que sea, señora reid, de lo que sea. 
la señora reid se acercó, le entregó un kleenex y se apartó inmediatamente como si su jefe estuviera a punto de desactivar una bomba. el señor patel lo cogió y con cuidado lo acercó al chicle pegado. 
-¿está usted loco, señor patel? ¡va a arrancar la pintura y así no habrá forma de arreglarlo! ¡esto es una auténtica salvajada! 
-haga el favor de callarse, james. 
-no quiero mirar. no puedo a mirar. esto es un gravísimo error, señor patel y que conste que lo que va a hacer está bajo su única y plena responsabilidad – susurró con su mano encima de los ojos dejando un espacio entre sus dedos para poder visualizar bien el desastre que estaba a punto de suceder. 
el señor patel envolvió el chicle con el pañuelo y cuando se hubo asegurado de que estaba cubierto por el papel empezó a tirar con suavidad. la operación duró apenas unos segundos, aunque creo que hablo en boca de todos los que estábamos allí si digo que fueron los segundos más interminables y agónicos de nuestras vidas. milagrosamente, quizá por el poco tiempo que hacía que el chicle estaba incrustado a la tela, se despegó con facilidad y sin dejar ningún resto. los dos conservadores se acercaron al instante a inspeccionar la operación, deseando encontrar alguna marca grave e irreparable, pero con cierto resquemor tuvieron que admitir que la obra estaba bien. el señor patel retrocedió y entregó el envoltorio a la señora reid, que, eufórica, se puso a aplaudir. el corrillo de visitantes la imitó de inmediato. 
-señora reid, haga el favor. esto es un museo serio y respetable. 
-disculpe señor patel, ha sido la emoción. 
-está bien, disuélvanse y que cada uno vuelva a su puesto de trabajo ahora mismo. 
fui la primera en volver a mi silla, aunque temía que había llegado el momento de mi interrogatorio, seguido de mi despido. sorprendentemente no fue así y la comitiva desapareció por el mismo lugar por donde había aparecido sin ni tan siquiera despedirse, ni mirarme. estuve unos segundos inmóvil en mi silla, con la mente en blanco y los ojos puestos en la cabeza cortada de holofernes. cuando quise levantarme para recorrer la sala y tranquilizarme, noté un mareo y la camisa empapada de sudor. comencé a tiritar y decidí no moverme de la silla hasta que volviera a mi estado natural, si es que algún día era capaz de hacerlo. 
el resto de día estuve esperando. no podía ser que las cosas se quedaran tal cual y cuando mi compañero vino a sustituirme a la hora de comer estaba convencida de que me diría que el señor patel me esperaba en su despacho, pero en cambio sólo me miró divertido y dijo: 
-hora de comer. te he traído un chicle, para después. 
no me hizo ninguna gracia y decidí salir fuera para no tener que aguantar ni bromas ni miradas impertinentes. por la tarde seguí esperando. no entendía por qué tardaban tanto en avisarme y acabar por fin con todo el asunto. pensé que tal vez lo hacían adrede, para hacerme sufrir, para hacerme pagar mi terrible negligencia y para que me diera cuenta de mi poca profesionalidad. les había fallado como empleada, como cuidadora de una obra de valor incalculable y como persona de confianza. mis nervios fueron sustituidos por una sensación de rabia, enfado y frustración. en realidad todo había sido culpa del rugby y de mis vecinos, pero sabía de sobras que con esa excusa no llegaría muy lejos. ben se molestó en visitarme cuando estábamos a punto de cerrar. se acercó y me hizo señas para que hiciera lo mismo. 
-en menudo lío te has metido, almudeno. 
evidentemente tampoco le corregí. ya me daba igual cómo me llamaran. 
-¿qué crees que va a pasarme? 
-no lo sé. dependerá de la luna en la que esté patel. pero… ¿cómo ocurrió? ¿no viste quien lo hizo? ¿no te diste cuenta de que alguien estaba pegando un chicle a la tía esa? 
-no, no me di cuenta. esta sala es muy grande y no tengo ojos para todo el mundo. 
-¡pero si nunca hay nadie! 
-pues a esa hora había mucha gente. muchísima. estaba lleno hasta arriba – grité, incapaz de controlar los nervios que había acumulado en todo el día. 
ben regresó a su sala negando con la cabeza y sonriendo sin disimulo. ahora probablemente creería que además de torpe estaba loca, pero me daba igual lo que pensara de mí. yo sólo deseaba que me despidieran, poder salir de allí cuanto antes y dejar de ver a esa estúpida judith a la que detestaba profundamente. 
cuando por fin sonó la sirena indicando que la galería estaba vacía de visitantes y que podíamos ir a cambiarnos, noté que la noticia se había extendido como la pólvora y que todos estaban al corriente de mi gesta. nadie se atrevió a preguntarme, cosa que agradecí, pero por sus bisbiseos y sus guiños y sus gestos supe que me había convertido en la comidilla de todos ellos y que, a falta de otras noticias, lo seguiría siendo en los próximos días o tal vez meses. me escabullí en el vestuario y me cambié rápido. al salir a la calle vi que alberto me estaba esperando. no me apetecía hablar con él y sabía que si estaba ahí era sólo para sonsacarme más información y contársela al resto de compañeros al día siguiente. 
-ya me han contado lo que ha pasado – dijo yendo directo al asunto que le preocupaba. 
-¿en serio? 
no apreció mi sarcasmo, pero sí mi decaimiento. 
-no te preocupes, mujer. estas cosas pueden pasarle a cualquiera. 
-¿te ha pasado a ti alguna vez? 
-no, a mí no, pero eso no quiere decir que… 
-déjalo anda. 
 -venga, mujer, no te pongas así. 
-es que me da tanta rabia, ¡sólo llevaba cuatro meses! 
-¿llevabas? 
-bueno, es obvio que me despedirán. 
-¿por qué? ¿te lo han dicho? 
-no, pero está claro. quiero decir… ¿qué más esperan que haga? no hice bien mi trabajo. ¡algún imbécil pegó un chicle en el cuadro de una sala que estaba vigilando! cualquiera me deja al cargo de un rafael… el próximo ladrón que quiera robar en un museo, sólo necesita saber en qué sala estaré y así le facilitamos el trabajo y no tendrá ni que molestarse en idear un buen plan. 
-qué exagerada eres por dios. yo creo que no lo harán. al fin y al cabo no eres la primera que se queda dormida. 
noté como, a pesar del frío y la ventolera de esa tarde, me volvían a arder las mejillas y me podía la impotencia. 
-¿qué te hace pensar que me quedé dormida? 
-¿no me digas que nunca te has quedado dormida? 
-¡por supuesto que no! 
-ya. bueno en fin… da igual. 
 evidentemente no me creyó e imaginé que el señor patel y la señora reid reaccionarían del mismo modo si algún día me daban la oportunidad de poderme explicar. 
esa noche tampoco dormí, aunque los vecinos de abajo permanecieron en absoluto silencio. cada vez que cerraba los ojos veía a la judith, cubierta de chicles de todos los colores y tamaños y cuando por fin, a las cuatro de la madrugada, conseguí dormirme soñé que el señor patel me ordenaba que fuera yo quien tirara del chicle pegado. al hacerlo arrancaba toda la cara de la mujer, dejando en su lugar el hueco amarillento y emborronado de la tela. me desperté de repente, sudada y trastornada y opté por levantarme y no darle más oportunidades a mi subconsciente para atormentarme todavía más. 

11 febrero 2013

una judith (parte I de III)

cuando leí el anuncio en el periódico supe de inmediato que quería ese puesto de trabajo. lo leí durante mi descanso al mediodía mientras tomaba un sandwich de pepino con mantequilla. lo recorté deprisa y lo guardé en mi bolso antes de que viniera jane, la supervisora, y me preguntara qué estaba haciendo y por qué tardaba tanto en volver a la barra. estaba harta de ese bar, de los horarios intempestivos, de mi jefe soplapollas e intransigente y sobre todo de la clientela, siempre pidiendo, reclamando, exigiendo: “chica, eh, eh, tú, te dije un café corto de café. corto de café, ¿recuerdas? aquí hay demasiado café y yo lo quería corto de café. corto de café. además… ¿estás segura que es descafeinado? no puedo tomar cafeína. mi salud depende de ello. no es tan difícil de entender. tráeme otro y que sea rápido. y asegúrate de que esa vez sea descafeinado”. oh, los hubiera fusilado a todos, pero claro, de algún modo tenía que pagar el alquiler, así que siguiendo las instrucciones que jane nos repetía cada mañana, sonreía mansamente y les servía otro maldito capuccino, esperando que se largaran del establecimiento y no volvieran jamás. 
de vuelta a casa ese mismo día, pasé por el museo y pedí una solicitud que rellené nada más llegar al piso de finchley park. pedían lo de siempre: estudios, experiencia laboral anterior, idiomas y antecedentes penales. en realidad era la primera vez que en un trabajo se interesaban por este último aspecto, y orgullosa por mi intachable currículum criminal, marqué en la casilla del “no”. estaba convencida de que el trabajo sería mío. cuando ya habían pasado más de cuatro semanas y casi me había olvidado de ellos y había aprendido a hacer los capuccinos cortos de café y descafeinados, recibí su llamada. querían verme cuanto antes y les propuse de quedar al día siguiente. ellos estuvieron de acuerdo y yo tuve que improvisar una repentina indisposición para no ir al trabajo ese día, a pesar de las quejas de jane que iba corta de personal. 
me entrevistaron cuatro personas y mentiría si dijera que tanta audiencia no me impresionó. en un extremo de la mesa estaba el señor patel, que era el jefe del equipo de seguridad, y por tanto, mi futuro jefe directo. era un señor mayor, bajito, con el semblante muy serio y con mucho pelo. tenía un acento raro, que por su tez morena y sus ojos negros, deduje que era de la índia o del pakistan. también estaba el señor campbell, mucho más distendido y amable. fue él quien alabó mi buen nivel de inglés y le dio un buen repaso a mi culo cuando me di la vuelta para marcharme. también estaba el señor cole, que no me quedó muy claro quién era porque se presentó muy rápidamente, y la señora reid, que era la ayudante del señor patel y bajo mi punto de vista, necesitaba un corte de pelo urgente. la entrevista duró casi una hora en la que hablamos de arte, de mis trabajos anteriores, de mi vida en londres, de la comida inglesa y del pésimo clima del país. al salir me invitaron a visitar las instalaciones de la galería, para ir habituándome a mi nuevo espacio laboral. creí que era una bonita forma de notificarme que el puesto era mío, pero en realidad era sólo una invitación que hacían a todos los candidatos para que gastaran algo en la tienda o en el bar. como tenía el resto del día libre decidí quedarme un rato y pasearme por las salas del museo. había estado otras veces, claro. de hecho, había entrado en un par de ocasiones, mientras estaba esperando a algún amigo y fuera llovía o hacía mucho frío, y creo que en alguna otra también entré para usar los servicios en la planta baja. recorrí unas seis o siete salas y observé con detenimiento los que, tal vez, serían mis nuevos compañeros de trabajo. la mayoría eran hombres mayores, que sentados en sillas tapizadas de plástico granate que parecían bastante incómodas, cabeceaban o bien cuchicheaban con otros vigilantes o con los turistas que como yo, paseaban por las salas. cuando me cansé de caminar, me senté en uno de los bancos, justo el que estaba colocado delante de “la venus del espejo” de velázquez. siempre me había gustado mucho ese cuadro. tal vez porque me recordaba mis años de universidad, cuando en clase de pintura barroca española, impartida por maría dolores de biesca, una eminencia en andarse por las ramas y en ponernos más tareas que el resto de profesores, nos mandaron hacer el estudio de una obra y yo escogí esa. al poco rato de estar sentada se acercó el guarda de seguridad. primero pasó por delante, un par de veces, como queriendo asegurarse de que todo estaba en orden en su sala, pero después se detuvo a mi lado y me miró. 
-bonito cuadro, ¿eh? 
enseguida reconocí el acento familiar. 
-¿eres español? - pregunté. 
-anda, ¿tú también? 
-de madrid. 
-vaya, yo de salamanca. 
hablando con alberto, que así se llamaba el chico, me enteré de que llevaba siete años trabajando en el museo y de que a pesar de ser un trabajo aburrido y tedioso, estaba bien pagado y no requería grandes esfuerzos. también me dijo que la mayoría de los que trabajaban allí más de diez años terminaban un poco locos y hablando solos, así que a él le quedaba poco para buscarse otra cosa antes de convertirse en uno de ellos. 
-ese de ahí, por ejemplo – dijo señalando a un señor calvo y regordete con la corbata manchada – lleva más de treinta años vigilando salas. te puedes imaginar. cada día, ocho horas en completo silencio, andando por entre estas cuatro paredes, dándole a la cabeza, sin poder hablar, ni leer, ni escribir, ni nada de nada. sólo vigilando y pensando. imagínate, cómo para no volverse loco. 
-ya, claro, pues tal vez no sea tan buena idea el que haya hecho la entrevista.
-no mujer – me animó – ¡también hay gente normal! ¡yo soy normal! y además, pagan bien. 
intercambiamos los teléfonos y me deseó suerte con la selección. cuando me marché vi cómo se acercaba a otra visitante y le hacía la misma pregunta que me había hecho a mí, aunque ella no le entendió y se apartó un poco, molesta por haber sido abordada de esa forma. 

en el bar las cosas iban a peor. jane había ideado una especie de competición entre los trabajadores para motivarnos y vender más y más rápido. quien consiguiera más ventas, obtenía un bonus al final de la semana, así que el poco compañerismo que había entre nosotros quedó anulado en cuestión de horas. ahora todo el mundo quería servir más mesas, cobrar cuanto antes y ofrecer a los clientes el tamaño extra de mocca y convencerles de que debían probar la tarta del día. al ver que yo no mostraba ningún interés por conseguir el ansiado bonus, jane tuvo una charla conmigo en la despensa sobre lo fácil que podría ser encontrar a una sustituta para mi puesto. estuve a punto de decirle que en breve se vería obligada a hacerlo, pero preferí callarme y contestarle que intentaría esforzarme más, cosa que tampoco hice. 
finalmente me llamó la señorita bossom, de recursos humanos, para anunciarme con su vocecilla alegre y estridente que había conseguido el trabajo y que podía empezar cuando quisiera. esa misma tarde telefoneé a jane para comunicarle que no volvía al bar y que podía meterse su bonus por el culo. bueno, no, en realidad sólo le dije que mi abuelo había enfermado gravemente y que volvía a madrid un tiempo para despedirme de él y estar con mi familia durante ese doloroso momento. ella pareció conmovida y contestó que esperaba que fuera todo bien, que prepararía mis papeles y me los enviaría. también dijo que si volvía, tenía las puertas abiertas. le agradecí su oferta y colgamos las dos sintiéndonos dos perfectas hipócritas. 

en mi primer día de mi nuevo trabajo en el museo llegué puntual, ilusionada y nerviosa. la señora reid me esperaba en la recepción. me saludó muy efusivamente y me hizo una visita rápida a las instalaciones. me enseñó los vestuarios, el comedor, el despacho del señor patel y la sala de descanso, donde un grupo de señores sentados en los sofás, se tomaban su dosis de café en absoluto silencio. también me entregó mi nuevo uniforme que consisitía en una falda larga sin ningún tipo de gracia, una chaqueta azul marino de tela gruesa y un par de camisas azul celeste. me sobraba ropa por todos lados. al verme hizo una mueca de desapruebo, pero no había tallas menores, así que tuve que arremangarme las mangas y subirme un poco la falda que casi me llegaba a los tobillos. al señor patel tampoco pareció gustarle demasiado mi atuendo cuando unos minutos después fui de nuevo presentada en su despacho. él mismo me entregó el horario de la semana y me dio la bienvenida con un saludo frío y protocolario. a continuación la señora reid, que había esperado fuera, me acompañó a lo que sería mi primera sala para vigilar el resto del día y de la semana. estaba realmente animada y no podía esperar. tal vez estaría rodeada de velázquez. tal vez podría pasar el día maravillada ante mi adorada "venus del espejo". o quizá me tocaría cuidar de los van gogh, o de los caravaggio, o de los turner, o los vermeer. pasábamos las salas, una tras otra, tranquilas y vacías, ya que el museo hacía pocos minutos que había abierto, repletas de obras de arte, de siglos de historia, de retratos de personajes que cambiaron el rumbo de las civilizaciones, de héroes, de luchadores, de reyes y príncipes, de grandes filósofos y pensadores, de artistas que se convirtieron en genios inmortales y cuyas obras pasaron a ser consideradas excepcionales, cuando por fin la señora reid se paró y anunció: 
-tu puesto para esta semana es este. 
habíamos llegado a la planta baja. vi mi silla tapizada de plástico granate y toda mi ilusión y ganas se desvanecieron de inmediato. 
-¿aquí? – dije sin poder disimular mi decepción. 
-sí, para empezar es un buen puesto. si tienes cualquier duda, al final del pasillo hay un telefonillo para llamar a la oficina. de todas formas, este puesto suele ser tranquilo y no creo que haya demasiados problemas y además, hay cámaras. – contestó señalando con el dedo un par de cámaras que nos apuntaban directamente – en fin, que vaya muy bien el día y bienvenida al equipo, almudeno. 
no me atreví a corregirla para con mi nombre y la vi alejarse con rapidez mientras yo me sentaba en mi silla dura e incómoda, delante de una pared blanca que daba a los servicios bajo la atenta mirada de dos cámaras de seguridad. 

probablemente fue el día más largo de toda mi vida. me entretuve contando los turistas que entraban en el baño. luego conté el número de mujeres rubias que entraban en el baño. a continuación el número de veces que me preguntaban dónde estaba la cafetería. después el número de hombres que salía con los pantalones salpicados de orina. más tarde el número de veces que las cámaras ladeaban sus posiciones por minuto y al final me harté de contar e intenté no pensar en nada, dejar la mente en blanco y esperar que de esta manera pasara el tiempo más rápido. no funcionó, pero de una forma u otra llegaron las seis de la tarde y por fin pude salir y escuchar ruido, tráfico, voces y hablar con personas. me sentía una persona de nuevo.

-¡eh, almudena, eh! 
me giré. alberto, el chico que había conocido el día de la entrevista, corrió hasta alcanzarme. 
-¡hola! – saludé – nos volvemos a encontrar. 
-hoy me han dicho – dijo resoplando debido a la carrera - que había empezado una chica española y enseguida pensé en ti. al final lo conseguiste, bien hecho. ¿cómo ha ido tu primer día? 
-bueno… 
-¿en qué sala te han puesto? 
-estoy vigilando los baños de abajo - contesté un poco abochornada. 
-ah, pues perfecto. estarás super tranquila. ya verás cuando te toque en la sala de da vinci o gauguin o alguno de estos. es para volverse loco de gente y de follón. todo el rato avisando de que no toquen, que no se acerquen y que no hagan fotos. es agotador. los servicios en cambio, están muy bien. 
-no sé qué decirte. preferiría un poco más de acción. 
-bueno, no te preocupes, ya tendrás tiempo para esto. 
-sí... supongo... espero. 
-¿vas a buscar el metro? te acompaño. 

el resto de semana estuve contando cosas que ignoraba que se pudieran contar. también me llevé conmigo un folleto del museo para leer algo, pero después de haberlo leído veinte veces me lo sabía de memoria y me dediqué a hacer barquitos de papel con él. afortunadamente, cuando el viernes por la tarde la señora reid me dio mi nuevo horario para la siguiente semana y vi que me trasladaban arriba, en salas, me animé y deseé que llegara el lunes. pero mi entusiasmo también fue temporal. al cabo de unas horas de ese lunes, ya había contemplado todas las pinturas, me conocía al dedillo los rostros, las expresiones, el color del pelo, los paisajes, los vestidos, los bodegones, los títulos de las obras, los autores, la fecha en la que habían sido pintadas y el color y material de los marcos. rápidamente me di cuenta de que alberto tenía razón cuando me avisó de que uno podía volverse loco si trabajaba allí durante muchos años, aunque yo empecé a sospechar que no hacía falta llegar a los años, bastaba con un par de semanas. no había nada que hacer y este era el verdadero problema: que esto era precisamente lo que se esperaba de nosotros, que no hiciéramos nada. estuve tentada de hablar con alberto para que me aconsejara cómo pasar los días sin volverme loca. también reflexioné que quizá, con el tiempo, terminaría acostumbrándome, pero luego pensé que no estaba muy segura de si quería o no aclimatarme a ese tedio diario, a esas jornadas lánguidas y anodinas, a ese silencio mortal, a ese tapizado arcaico y casposo de las sillas, a esos ronquidos de fondo que de vez en cuando se escuchaban en la sala contigua. y así pasé un par o tres de semanas, que se convirtieron en un par o tres de meses. no me había habituado, ni mucho menos, pero necesitaba tiempo para meditar sobre qué hacer: volver a un bar con sus clientes arrogantes o quedarme en ese cementerio viviente. 
y luego pasó ese incidente lamentable y bochornoso. 

03 febrero 2013

 
abrí los ojos a las siete y seis de la mañana. lo sé porque lo primero que vi, o más bien lo primero que tuve que apartar de encima de mí, fue el fornido brazo de un negro que llevaba un reloj dorado en la muñeca. sin apenas fuerza, dejé caer su brazo, que golpeó la moqueta de la sala. él no se inmutó. giró su cabeza rapada hacia el otro lado y continuó durmiendo. me concentré en respirar pausadamente mientras las primeras imágenes de la noche anterior comenzaban a desfilar en mi cabeza. en algún lugar no muy lejano, escuché unas voces que susurraban y reían y sin estar segura todavía de si mi cuerpo estaría dispuesto a intentar moverse, levanté un poco la cabeza. me sorprendió que no me doliera tanto como esperaba. la noche anterior había comenzado a beber demasiado temprano y para cuando había llegado el resto de gente yo ya había corrido al baño donde llegué justo a tiempo para vomitar una pasta rosada y acuosa. abrazada a la taza del wáter, mareada y muerta de frío, alguien golpeó la puerta y bramó un par de insultos por mi tardanza en salir. cuando por fin abrí la puerta, el tipo había decidido dejar de esperar y se estaba preparando las rayas en el rellano, indiferente a los que transitaban por la zona, tan o más puestos que él. mientras bajaba las escaleras, menos mareada pero todavía helada, una chiquilla rubia y esquelética de apenas quince años me detuvo y me apartó el pelo mojado de la cara. pronunció algunas palabras que no comprendí y me limité a sonreír. ella continuó hablando precipitadamente durante dos o tres minutos, hasta que de repente se calló y del bolsillo de su chaqueta de cuero sacó un par de pastillas romboidales. la miré desconcertada. ella mantuvo la palma de su mano abierta, exponiéndola a mi vista y luego la acercó a mi cara. las cogí con cuidado y cerré el puño para no perderlas. la chica desapareció escaleras arriba y yo llegué al salón después de seguir a una fila de desconocidos que se dirigían al mismo lugar. me fui fácil divisar a anja. llevaba un llamativo vestido de color rojo que había comprado ese mismo día para la ocasión.
-¿dónde has estado? – me preguntó al verme. – llevo buscándote más de media hora. 
tenía los ojos centelleantes y un vaso en cada mano, llenos los dos hasta arriba. 
-he ido a refrescarme. 
-¿te encuentras bien? ¿has tomado algo? tienes mala cara… 
-sí, estoy bien. sólo un poco de frío – mentí - ¿qué tal lo estás pasando?
-genial, aunque creo que voy un poco borracha. 
-tómatelo con calma, ¿quieres? es temprano todavía. 
ella asintió. 
-¿ves a ese de allí? – dijo señalando a un chico alto y desgarbado con una gorra oscura que le tapaba media cara. 
-sí- afirmé. 
tomó un trago largo y arrugó la nariz. 
-pues nos vemos luego. 

en la cocina busqué un vaso limpio, pero fue imposible encontrar ninguno y terminé por vaciar en la pila el que menos restos de colillas tenía. lo lavé con agua tan fría que mis dedos enrojecieron rápidamente. bebí y me acordé de las pastillas que tenía en el bolsillo. con la yema de los dedos acaricié la superficie lisa de una de ellas. aún me sentía mareada y el estruendo de la música y el griterío de la gente eran cada vez más atronadores. el regusto amargo que me dejó en la boca la píldora hizo que buscara en los armarios algo dulce para paliar el sabor, pero al abrir un par y comprobar que estaban prácticamente vacíos, desistí y me limité a tomar un trago largo de agua. con la segunda apenas noté el sabor. dejé el vaso en la encimera y volví a la sala principal a paso lento y tambaleante. había mucha más gente, la mayoría habían ocupado el espacio central y bailaban al ritmo de una música frenética que en algunos momentos se hacía repetitiva e insulsa. no me apetecía bailar, así que me dejé caer en uno de los sillones roídos, al lado de una pareja que con los ojos en blanco, seguían el sonido de la música con movimientos de cabeza. pasaron veinte minutos hasta que comencé a notar la pesadez en los párpados y las piernas. cerré los ojos y respiré profundamente. la música sonaba cada vez más lejana. 
-¿quieres? 
la voz de un chico sentado a mi lado me obligó a levantar la vista con cierta dificultad. 
-¿quieres? – repitió al ver que no reaccionaba mientras me ofrecía su botellín de agua. 
lenta y pesadamente alargué el brazo y sorbí el líquido. al instante noté la garganta abrasándome y el intenso sabor del vodka en el paladar. tosí violentamente y escupí la bebida por la boca y la nariz. el chico se apartó de un salto. 
-eh, eh… poco a poco, que no es agua. – me advirtió – toma un poco más. 
le di las gracias y le devolví la botella. 
-¿estás bien? – preguntó. 
-sí. 
-¿qué te has tomado? 
le miré con detenimiento. sonreí. nos abrazamos. fue entonces cuando creí ver a anja, subiendo a las habitaciones con su vestido rojo. los dedos del chico comenzaron a dibujar formas serpenteantes en mi espalda y noté un cosquilleo cálido y agradable. cerré los ojos y descansé mi pesada cabeza en su hombro huesudo. 

rodeada de vasos de plástico vacíos, bebidas derramadas y una decena de cuerpos esparcidos a lo largo de la sala, apoyé las manos en el suelo pegajoso y cogí impulso para incorporarme. noté un dolor agudo en todo el cuerpo por haberme quedado dormida en el suelo. tenía la boca seca y pastosa y temblaba de frío. sentada en medio de todo aquel desorden busqué con la mirada a anja. me acordé de su vestido rojo y me concentré en buscar cualquier cosa de ese color que me ayudara a identificarla. el negro que estaba a mi lado se movió y abrió un ojo. nos miramos durante unos segundos. 
-¿tienes algo de beber? – gimoteó. 
negué con la cabeza y volví a levantar la vista. ni rastro de anja. me levanté y comencé a deambular por la sala intentando no pensar en el dolor que sentía en todo el cuerpo. pisé alguna mano sin querer y cogí un abrigo grande que no era el mío y que encontré encima de una silla rota. los temblores remitieron poco a poco, pero a cada paso que daba el dolor aumentaba. quería marcharme de allí a toda costa. quería volver a casa, meterme en la ducha, bajo el agua hirviendo, y luego en mi cama hasta volver a sentirme bien. sólo necesitaba encontrar a anja. cuando había revisado todos los rincones de la primera planta me vino a la cabeza la última imagen de ella y fui hacia las escaleras que llevaban a las habitaciones. subí poco a poco, apoyándome en la barandilla y sorteando más vasos, más colillas, más charcos. abrí la puerta del baño. en la bañera, dos chicos jóvenes y semidesnudos dormían abrazados. alguien había dejado una nota manuscrita encima de uno de ellos: “no vuelvas a llamarme jamás. paul”. antes de salir vi mi propia imagen en el espejo. la luz fría del fluorescente me hacía todavía más pálida y ojerosa. tenía demás los labios agrietados, los ojos enrojecidos y el pelo sucio y enmarañado. esquivé la vista del reflejo y salí asqueada. entré en la habitación de enfrente y durante unos segundos me quedé quieta cerca de la puerta hasta acostumbrarme a la penumbra del lugar. había más bultos, tres o cuatro cuerpos, algunos en la cama, otros en un sofá pequeño situado justo al lado. me acerqué a la cama sin hacer ruido y aparté un poco la manta. enseguida identifiqué a anja en uno de los extremos. 
-anja – susurré – soy yo. tenemos que irnos. 
pero ella permaneció inmóvil con la boca entreabierta y los brazos en cruz. insití de nuevo y la zarandeé un poco. 
-anja, despierta. 
abrió los ojos confundida y asustada. 
-tenemos que marcharnos. levántate. 
-¿dónde estoy? – contestó tapándose la cara con ambas manos una vez me hubo reconocido. 
-estamos en… fuimos a… luego te lo explico. vámonos. 
ella obedeció y lentamente se sentó en el borde de la cama. mecánicamente se subió las bragas que tenía bajadas hasta los tobillos. 
-no sé dónde puse mis zapatos. 

una ráfaga de viento gélido nos abofeteó al salir a la calle. no había nadie a esas horas y nuestros pasos cortos y apresurados eran el único sonido que se escuchaba. anja tiritaba de frío. habíamos encontrado sus zapatos, pero no su abrigo y había salido de la casa sólo con su fino vestido rojo, ahora arrugado y maltrecho. no apartaba la vista del suelo y con las manos se frotaba los brazos con asiduidad para entrar en calor. 
-¿te dejo el abrigo? – pregunté. 
negó con la cabeza. su mirada seguía clavada en el pavimento. 

llegamos a la estación de metro quince minutos después. nos cruzamos con los primeros madrugadores de ese domingo gélido que con curiosidad y reticencia miraban de reojo nuestros rostros demacrados. ajenos a ellos, nos sentamos en uno de los bancos, a la intemperie, con el viento aun soplando con fuerza y el frío colándose por debajo del vestido de anja y mi abrigo robado. el cartel luminoso de la estación anunciaba trece minutos para el próximo tren. anja comenzó a castañear. 
-toma el abrigo – insistí. 
ella me miró por primera vez desde que la había encontrado esa mañana. todavía tenía restos de maquillaje en la cara y una marca de la sábana cruzando en diagonal su mejilla derecha. empezó a mover la boca, susurrando algo que no atiné a comprender al principio. me dolía la cabeza, la garganta y la espalda. tenía frío. me asusté. mientras balanceaba su pequeño cuerpo hacia delante y hacía atrás y se alisaba el vestido, sus susurros se convirtieron en sollozos. luego en gritos ahogados. 
-jodidos cabrones – repetía una y otra vez, con la cara agachada, oculta entre sus mechones de pelo desordenado – jodidos hijos de la gran puta.