28 abril 2013

tercera división

-¿preparados, chicos? 
diana, que en realidad no se llama diana pero se hace llamar así, está sentada en el sofá con un conjunto de lencería blanca y unas botas de tacón que le aprietan las pantorrillas, asiente. yo, con la camiseta todavía puesta y fuera de plano, asiento también. 
-pues, ¡aaaación! 
se hace silencio absoluto en el plató y diana mira a cámara, se estira, tal y como le han indicado previamente, y comienza a manosearse las tetas con la misma delicadeza con la que rellenaría un pavo para el asado del domingo. 
venga, tío, me digo yo mientras observo los pechos lechosos, arrugados y caídos de la abuela por debajo del encaje del sujetador, venga. jenna jameson, alexis texas, gabriella fox, eso, la fox, gabriella fox. va, tío, en esa, piensa en esa, en la fox. 

todo empezó en los vestuarios, después de una clase de gimnasia en la que el profesor nos había obligado a correr por el patio durante más de treinta minutos. lo llamaban prueba de resistencia. yo odiaba las pruebas de resistencia, aunque también odiaba las matemáticas, la historia y la literatura. nunca fui un buen estudiante, y mi madre siempre se aseguró de recordarme que no llegaría a ningún lado, pero a mí no me preocupaba no llegar a ningún lado, ni tampoco entendía esa necesidad que tenía todo el mundo de llegar a algún lado. en cualquier caso, esa fue la primera vez, ahí en los vestuarios, cuando uno de los estudiantes un par de cursos más avanzados se fijó en mí, le dio un codazo a su compañero y dijo: 
-¿has visto eso? 
yo era muy pequeño todavía. no sé, tendría unos diez o once años, pero se me quedó grabado en la cabeza hasta que unos años más tarde, cuando me acosté con la primera chica, vero se llamaba, me pidió que parara porque le estaba haciendo daño. yo creí que era porque los dos éramos vírgenes y alguien me había contado que a ellas les podía doler la primera vez. días más tarde, cuando vero me había dejado, me enteré de que yo no había sido el primero y que el dolor no era por ser su primera vez, sino por el tamaño. eso también lo confirme por la que conocí después, que venía de parte de vero. y por las que fueron desfilando más tarde, que ya no sé si venían de parte alguien. 

pasados unos segundos, diana desliza la tira del sujetador de sus hombros caídos y coquetea con el supuesto futuro espectador humedeciéndose los labios y sonriendo con una mueca que debería considerarse sensual o algo parecido. el director hace una señal con la cabeza para que se desabroche el sujetador y ella obedece. sus tetas se bambolean como dos enormes flanes y cuando se incorpora para desprenderse de las bragas, me doy cuenta de que le llegan casi a la cintura. una vez desnuda, se abre de piernas y juguetea con un dedo metido en el coño mientras emite una especie de gemidos tan falsos que sería más convincente si se callara, pero parece que a los demás no les molesta y seguimos grabando. 

en realidad mi primera vez no fue así, claro. si hubiera sido así es muy probable que ahora mismo no estuviera aquí, sino reponiendo las estanterías de un supermercado, o podando rosas, o limpiando los baños de un hotel. mi primera vez fue con nancy, que tampoco se llamaba así y que se parecía un poco a la fox. no estaba nervioso porque eso de follar ya lo había hecho antes y se me daba bien. alguien podría decir, bueno, pero había focos y cámaras y otra gente mirando y no es lo mismo, pero a mí no me importaba nada de eso. yo sólo pensaba en nancy, que se paseaba por el estudio medio despelotada y tenía un culo firme y unas tetas enormes y que me la iba a chupar y, en definitiva, que eso era sólo el principio de lo que iban a ser muchas más chupadas y chicas. así que no, no estaba nervioso y no tuvimos que repetir ninguna secuencia. al terminar todos me felicitaron por mi actuación y por el tamaño de mi polla, algo que tampoco era nuevo. luego nancy y yo fuimos a tomar un par de copar a un local de moda que conocía y ella, que ya llevaba un tiempo metida en eso, me aseguró que acabaría hartándome, que todo este mundillo era una mierda y que mejor saliera de allí antes de que fuera demasiado tarde. yo contesté que lo haría, pero sólo para tranquilizarla porque quería acostarme de nuevo con ella, esta vez sin cámaras, ni directores que decidieran cuando me tocaba terminar. mi estrategia funcionó. pero ella tenía razón.

cuando diana ha acabado con el dedo, coge un pequeño vibrador de color morado de la mesita de al lado del sofá que el ayudante ha tenido que poner en plena actuación porque se había olvidado. ha sido el momento en el que diana ha dejado de gemir y ha mirado un tanto desconcertada al director, sin saber si debía continuar o abalanzarse sobre el ayudante en un inesperado cambio de planes. puede que deban de cortar este trozo, aunque yo qué sé, hay gente para todo, seguro que a alguno le pone cachondo ver a la vieja espatarrada y sin saber por dónde tirar. me pregunto de dónde la habrán sacado. o mejor no. también me pregunto qué tipo de persona estará interesada en vernos a nosotros dos, teniendo a otros muchos mejores, aunque quizá mejor no saberlo tampoco. 
es una suerte que el vibrador se haya encendido a la primera porque al hacer las pruebas había fallado un par de veces y temíamos que tuviéramos que improvisar una escena para sustituir ésta, lo cual hubiera supuesto tener que quedarme una o dos horas más. diana no pierde el tiempo y una vez sabe qué debe hacer, se mete el vibrador por el coño sin ningún preámbulo y prosigue con sus jadeos. si por lo menos hubiera alguna ventana que diese al exterior, pero no, la única que hay está en el pasillo de la entrada y además alguien ha corrido las cortinas para que la iluminación de la escena sea más tenue y misteriosa. yo creo más bien que es por las estrías de diana. 
-¡coooorten! 
la abuela se recoloca la peluca y el ayudante le trae un vaso de agua y una toalla amarillenta y agujereada con la que cubre su cuerpo rechoncho. 
-¿cómo lo he hecho? – le pregunta al director inmediatamente. 
-estupendo, cielo. ¿estás bien? 
-sí, claro. 
-bien, perfecto. ¿y tú estás listo? – me pregunta. 
-yo nací listo. 
él baja la mirada y se detiene en mi polla. 
-pues, las he visto en mejor estado, la verdad. ¿estás seguro que podrás? 
-por supuesto. soy un profesional. 
-ya... en fin, quítate la camiseta y continuamos. 
-cielo – anuncia el director – ponte a cuatro patas y ábrete un poco más de piernas. ¿alguien podría cerrar un poco más las cortinas? vamos, vamos, seguimos rodando. todo el mundo a su sitio. ¡y aaaación! 
gabriella fox, tío, gabriella fox, me repito mientras me arrodillo detrás del culo celulítico de diana y coloco mis manos sobre sus nalgas fofas. 

supongo que no vale simplemente con tener una buena polla. esto lo sé ahora. y supongo que por esto tengo a diana como compañera de reparto y no estoy en un plató con calefacción central, con más de una cámara y donde el ayudante no te trae una toalla sucia, sino un albornoz con tu nombre cosido a mano, ni te sirve un vaso de agua del grifo sino champán del bueno. supongo que algo se torció a medio camino, aunque no sé muy bien qué o quizá es que llegué donde tenía que llegar: a ser un mediocre del porno, uno de tantos, a grabar escenas con señoras mayores de tobillos hinchados y a esperar, todavía hoy, a que algún día algún productor famoso se fije en mí y me diga “eso es justo lo que estaba buscando”. todavía soy joven, me repito cuando salgo de los rodajes, cabizbajo y cansado, con el regusto del chicle de menta en la boca que acabo de escupir y que me recuerda al coño de diana, de marlene, de bianca o de quien sea. todavía hay tiempo y si comienzo a entrenar en serio, y no como hasta ahora, a contactar con las personas adecuadas, a dejar de aceptar la primera mierda que me propongan, seguro que podría conseguirlo. 

-¡coooorten! – grita de nuevo el director. 
abro los ojos y me sorprendo de que ya haya terminado todo. hoy ha sido rápido. otros días no lo es tanto. 
-¿cómo lo he hecho? – pregunta de nuevo diana mientras se levanta del sofá y se limpia la cara con la misma toalla amarillenta. 
-habéis estado muy bien los dos. muy salvaje y real. 
-¿en serio? – dice ella un tanto incrédula o más bien esperando un segundo reconocimiento a su actuación. 
recojo mi camiseta del suelo y me visto deprisa. el director dice que espera volver a vernos pronto y yo me marcho dejándolos a los dos hablando de futuros proyectos. 
son apenas las cuatro de la tarde. está nublado y ya casi no hay luz natural en la calle. me abrocho la chaqueta y comienzo a andar no sé muy bien hacia dónde. hasta dentro de diez días no tengo otro rodaje y no me apetece llegar a casa, ni mucho menos ir al gimnasio que no he pisado en los últimos tres meses. de repente oigo a alguien gritar mi nombre, el artístico no el otro, y me sobresalto. hasta ahora nadie me había reconocido por la calle, pero cuando me giro compruebo que es diana, saludándome efusiva y corriendo hacia mí. se ha quitado la peluca y con el pelo corto y morena parece un poco más joven. 
-¡que no me había despedido de ti! – dice. 
en realidad he sido yo quien no me he despedido de ella, pero respondo: 
-ah, no pasa nada, mujer - ella sonríe. 
-sólo quería decirte que ha sido un placer trabajar contigo. 
-vaya, muchas gracias – contesto un tanto confuso.
-¿tienes prisa? ¿te apetece tomar un café? 
no me apetece en absoluto, pero no se me ocurre ninguna excusa y diana se apresura en señalar una cafetería que está a pocos metros. entramos, ella decidida y yo detrás suyo. es un local pequeño y poco acogedor, sin ni un solo cliente y con la música de una conocida emisora comercial demasiado alta. la camarera, una muchacha joven y muy guapa que me recuerda a una tal susi, que tampoco se llamaba susi, nos da las buenas tardes y nos asegura que nos atenderá enseguida, aunque al final tarda más de diez minutos en aparecer y en los que diana me habla de detalles del rodaje que preferiría no recordar. 
-bueno… ya estoy aquí – dice cuando por fin llega la chica a nuestra mesa - ¿qué os pongo? 
-para mí un café solo – respondo primero. 
-un café solo, perfecto. ¿y para la madre? 
ni diana ni yo hacemos el amago de corregir a la camarera, aunque por un momento veo que su rostro se ensombrece. rápidamente se recompone y le pide una coca-cola light. está a dieta, nos informa a los dos, y debe vigilar lo que bebe y lo que come, resalta, mirándome de una forma que me hace enderezar la espalda. 
la conversación gira entorno del porno, como no podía ser de otra forma. al fin y al cabo es lo único que nos une. con interés fingido, escucho la historia que no quería escuchar, sólo interrumpida cuando se acerca la camarera con las bebidas. con un tono divertido y despreocupado mi compañera de reparto me cuenta que comenzó con su carrera justo después de que su marido muriera de un infarto en la cocina. 
-vaya, lo siento mucho. 
-¡no, no! en realidad fue lo mejor que me podía haber pasado. de haber estado vivo, yo no hubiera descubierto nunca mi verdadera vocación. 
-¿vocación? – repito a punto de escupir el café y recordando un fugaz plano en el sofá de hace menos de una hora. 
-por supuesto, esto es una vocación. si no lo llevas dentro, nunca llegarás a ningún lado. 
-bueno, tampoco es que seamos… 
iba a decir el nombre de alguno de los grandes, de los verdaderamente admirados, aunque dudo de que ella haya oído jamás sus nombres, pero en cualquier caso me corta sin darse ni cuenta de que estaba hablando y continúa con una verborrea incontenible sobre el bien que estamos haciendo a centenares de miles de personas que nos ven como a sus verdaderos héroes. en algún momento llego a dudar de la cordura de esta mujer y me pregunto cuánto deben cobrar los aprendices del taller de debajo de casa. al menos aquí hay ventanas por las que de vez en cuando descanso la vista. 
-bueno, - dice por fin cuando lleva hablando más de media hora sin interrupciones y le da el último sorbo a su coca-cola – creo que debería irme ya. tengo que prepararme para mañana. me toca trabajar con este nuevo chico del que todo el mundo habla… juan no sé qué… no sé si te suena. 
-no, no me suena de nada. 
-ah, pues dicen que es de los mejores y que va a llegar lejos. 
-estoy seguro de que lo hará – garantizo, deseando que se dé cuenta de que no hablo en serio y de que seguramente éste juan no sé qué llegará tan lejos como nosotros dos. 
-en fin, me ha encantado hablar contigo y conocerte. a ver si tenemos suerte y volvemos a trabajar juntos otra vez. de verdad que me encantaría. mira, te dejo una tarjeta mía por si algún día… 
yo sonrío. sonrío mucho y cojo la tarjeta y hago como que la leo antes de guardármela en el bolsillo del pantalón. ella se saca un billete de cinco de su monedero y lo deja encima de la mesa.
-la próxima vez me invitas tú – dice, probablemente convencida de que habrá una próxima vez. 
nos despedimos en la puerta, después de mentirle y afirmar que voy en dirección contraria a la suya. la veo alejarse a paso rápido, con las botas de tacón dentro de una bolsa de plástico de unos grandes almacenes y sujetando su bolso donde imagino llevará el resto del uniforme. recupero la tarjeta y la rompo sin haberla leído. los trozos de papel caen al suelo formando un curioso tapiz de color rosa pálido, letras plateadas y gris asfalto. 
en el interior de la cafetería, la camarera, que nos ha seguido con la mirada, habla por teléfono y me sonríe a través del cristal. en cualquier otra ocasión volvería a entrar, me tomaría otro café amargo y le preguntaría cómo se llama y a qué hora sale de trabajar. le diría incluso que soy actor, pero hoy no me veo capaz de seguir mintiendo y sé de sobras que cuando me preguntara mi nombre y a qué me dedico, tendría que mirar por alguna de las ventanas.

20 abril 2013

ayer

ahora sólo es una pequeña cicatriz 
situada justo entre la indiferencia y el olvido 
un poco más abajo del odio, la pena 
el llanto pueril y la náusea. 
en eso se ha convertido ahora 
en una superficie rugosa y rosada 
por donde a veces paso los dedos, 
distraída, aburrida 
absorta en el vuelo de una mosca 
cuando mato las horas a puñaladas 
cuando no tengo nada mejor que hacer. 

ahora sólo es un fino hilo de luz mortecina 
extinguido y apagado 
que dejó de abrigar y avivar 
que sólo distingue penumbra y sombras 
relatos de guerra 
palabras hostiles. 
una luz velada que apenas ilumina 
un pasado desmembrado que mutilamos 
a consciencia 
como el par de críos que, 
con el pretexto de un cándido juego infantil, 
atrapan y torturan a un viscoso gusano antes de verlo arder y, 
apagadas las llamas, carbonizado el bicho, 
se miran incómodos, violentados. 
y no se reconocen. 

ahora sólo es el retorcido recuerdo 
de un pavoroso cuento de terror 
que asustaba a niños, a viejas. 
a mí. 
un relato tan ficticio y delirante 
que aún hoy dudo de si llegó a existir. 
la memoria de una jodida soga apretada al cuello, 
a las manos. a las ganas. 
el hedor espeso de un fruta podrida y mohosa
que nadie se molesta en tirar. 
la rutinaria paja de otro martes por la noche 
en un rincón del sofá 
que termina con la boca seca, los dedos húmedos 
y una ducha tibia para corregir sabores. 
un fragmento 
un resto 
una intención tuerta.
un condenado viaje de vuelta 
al lado de la ventana de un avión que se estrella entre las rocas. 
y esas, esas fueron las mejores vistas. 

ahora es una lápida en blanco 
sin nombre, sin fechas, sin flores
el ataúd sencillo y ligero 
de un camino desandado 
del que sólo aprendí a borrar. 

12 abril 2013

ya no tengo confianza en mí mismo

a medio trayecto apagué la música y me quité los auriculares. ¿sabéis de esos días en los que no soportas ni una canción y por mucho que le des a la siguiente no hay forma de encontrar una puñetera melodía acorde con tu humor? pues eso es lo que me pasaba y por eso opté por escuchar el traqueteo del tren. no acababa de comprender mi malestar. había madrugado y madrugar no suele sentarme bien, especialmente cuando estoy de vacaciones, pero el hecho de dirigirme al aeropuerto y marcharme unos días fuera tendría que haber compensado cualquier madrugón. y sin embargo no era así. tenía sueño, me dolía la cabeza, hacía frío y todavía me faltaban tres horas de vuelo para llegar a copenhague. 
el vagón iba bastante lleno. la mayoría eran turistas que volvían a su país. de todos ellos, no pude evitar fijarme en una mujer rubia de pelo largo y bien cuidado, ojos azules y piel morena. iba acompañada de un chico joven, que por la edad que tendría, imaginé que era su hijo. inmediatamente le busqué una historia. es algo que suelo hacer a menudo, cuando me aburro o cuando estoy esperando a alguien o en el metro. veo una cara que por algún motivo me llama la atención y le busco una historia detrás. con ella lo tuve fácil: había venido unos días a visitar a su hijo que estaba estudiando de erasmus. por la forma que tenían de hablar entre ellos parecía que se llevaban bien y que ella era una de esas madres modernas, de las que no se escandalizan al ver la colilla de un porro en el cenicero del piso de estudiantes de su supuesto hijo. los dos parecían estar enfrascados en una interesantísima conversación, como si a pesar de los días que habían pasado juntos, todavía les quedasen centenares de anécdotas pendientes para contarse. la mujer me pilló un par de veces mirándola como una boba, como si nunca hubiera visto antes a un ser humano, y diría que el chico también, pero pareció no importarles porque continuaron con su charla y sus risas. supongo que también estaban acostumbrados a las miradas de los demás ya que el chico había heredado la belleza de su supuesta madre y era inevitable no fijarse en tanta belleza, concentrada en tan poco espacio. distraída, buscándole un nombre a ella, algo que sonara suave y con muchas eses porque creí que era lo más adecuado a ese rostro juvenil y fresco, escuché una frase que hizo que me olvidara de la mujer por completo. 
“es que ya no tengo confianza en mí mismo”. 
dejé de mirar a la mujer rubia, pero reprimí las ganas volver la mirada hacia la persona, un hombre, supuse por la voz, que acababa de pronunciar esas palabras, sentado en el asiento de al lado. mantuve la mirada baja, a la altura de sus piernas cortas y rechonchas, justo para ver cómo una mano femenina se posaba con ternura encima de la suya y la apretaba con suavidad. los dedos de ambos se entrelazaron, pero no hubo ni respuesta, ni continuación a su frase. 
“es que ya no tengo confianza en mí mismo”, repetí dentro de mi cabeza una decena de veces antes de atreverme, con disimulo, a levantar la cabeza. sabía que el hombre se daría perfecta cuenta de que estaba observándole, pero me podía la curiosidad y tenía que ponerle cara a una frase tan rotunda pronunciada en un vagón de tren a las ocho de la mañana dirección al aeropuerto. calculé que tendría más o menos mi edad, quizá fuera un poco más joven, un par o tres de años, pero no mucho más. llevaba el pelo muy corto, rapado casi y tenía la piel morena, las orejas pequeñas y puntiagudas y las cejas frondosas. al contrario de lo que había imaginado, mantuvo la mirada fija en la ventanilla de delante y apenas reparó en mi escrutinio fugaz, pero minucioso. por un momento creí que su mandíbula ancha y robusta comenzaba a temblar, pero en ese momento aparté la mirada. si iba a llorar, no quería ser yo quien le hiciera sentir incómodo. pero no lloró. tal vez ni tan siquiera tuvo intención de hacerlo, ahí, en ese vagón poco íntimo, cargado de pasajeros. me molesté conmigo misma por prestar atención a una rubia que no entendía cuando hablaba y no al hombre sin confianza sentado a mi lado, que de repente me parecía mucho más interesante. pero no hubo más conversación durante el resto del trayecto y tanto él como la mujer de su lado se limitaron a acariciarse las manos hasta que una maquinal voz femenina nos anunció en tres idiomas que habíamos llegado al destino y que no olvidáramos nuestras pertenencias antes de bajar. la mayoría de viajantes se apiñaron delante de las puertas que tardaron unos segundos en abrirse. la pareja esperó a que se bajara prácticamente todo el mundo y yo hice lo mismo, no tanto porque no tuviera prisa, que tampoco la tenía, al fin y al cabo todavía faltaban dos horas para la salida de mi avión, sino con la esperanza de poder escuchar un último comentario, una pista, cazar al vuelo un gesto, una mirada, lo que fuera. 
-deja, ya cojo yo la maleta – dijo él, con un tono resuelto. 
eso fue lo único que salió de su boca antes de bajar la escalerilla y avanzar unos metros justo delante de mí. apresuré mis pasos. cogidos de la mano, en silencio y mirando hacia delante, caminaban poco a poco, como si quisieran retrasar el momento de una despedida. me fijé en su única maleta, vieja y no demasiado grande, así que inmediatamente pensé que sólo uno de ellos se marchaba y que no sería por mucho tiempo. por un extraño motivo me alegré por los dos. o más bien me alegré de mis propias conclusiones, positivas y esperanzadoras, a pesar de la nefasta frase del hombre que todavía retumbaba en mi cabeza. en ese momento sonó el móvil. me paré un segundo para rebuscarlo en el bolso y mientras contestaba a mi madre y escuchaba su retahíla de consejos y advertencias antes de partir de viaje, vi alejarse a la pareja, arrastrando su maleta gastada, su silencio y su misterio.

la cola del mostrador para hacer el check in parecía interminable y aunque seguía teniendo tiempo suficiente, comencé a impacientarme. daba la impresión de que no avanzábamos y el grupo de delante, imaginé que con menos tiempo disponible, empezó a despotricar sobre la mala organización, la compañía y la poca previsión. 
-hay que ver – decía uno – lo que tenemos que aguantar. nos tratan como si fuéramos ganado. llevamos más de cuarenta minutos esperando y son incapaces de poner a más gente. es que no hay derecho, de verdad. 
-qué razón tienes. y espérate porque todavía no hemos terminado. 
-seguro que acabamos corriendo, o perdiendo el avión. ya lo veréis. – dijo un tercero que me miró deseando que me uniera, o al menos asintiera, a sus protestas. 
yo sin embargo recuperé mis auriculares del bolsillo del abrigo y aunque ninguna canción siguiera pareciéndome la adecuada, me alegré de por lo menos no escuchar sus cansinas quejas. 

pasados todos los trámites obligatorios todavía me quedaba media hora larga. localicé la puerta de embarque y a continuación busqué una mesa apartada en la cafetería menos concurrida y pedí un café al camarero, que por descuido o por pereza, lo trajo frío y demasiado cargado, justo todo lo contrario de lo que había solicitado. mientras me debatía en volver a la barra y pedirle que lo recalentara o tomármelo sin más, divisé a mi derecha la espalda corpulenta de un hombre junto a una maleta gris y vieja. estiré el cuello para verle mejor, deseando que fuera el mismo hombre del vagón de tren. tenía sin duda la misma cabeza pequeña y rapada, pero no conseguía verle la cara. en cualquier caso, pensé, aunque fuera él, el hombre que había perdido la confianza en sí mismo, ahora solo, tomándose un café y a punto de coger un vuelo a saber dónde para hacer no sé qué ¿qué iba a hacer yo? 
me tomé el café frío, abrí el monedero y estudié las nuevas monedas con las que tendría que familiarizarme en breve. las dispuse encima de la mesa y las intenté memorizar sin éxito alguno. decidí dejarle al camarero una propina de cuarenta coronas, sabiendo que no haría nada con ellas, ni sin tener idea de si era un dineral o un insulto.

a medida que íbamos subiendo al avión, la azafata nos recibía a todos con una cara sonriente que supuse había ensayado bien a lo largo de sus viajes y un “buenos días” que probablemente habría repetido un millón de veces en lo que llevábamos de semana. aun así le agradecí su buen ánimo y le sonreí igualmente porque nunca se sabe quién podría salvarte la vida en un accidente aéreo. mi asiento estaba en la mitad del avión, al lado de la ventana. cuando lo divisé, a escasos centímetros, vi también a una mujer, sentada ya al lado del mío. no me costó reconocerla. ahora ya no sonreía, ni tenía a su hijo al lado. le pedí permiso para pasar y ella levantó la vista y apartó las piernas. cruzamos nuestras miradas apenas un segundo. tenía los ojos enrojecidos de haber llorado y en una de sus manos vi un pañuelo de papel arrugado y húmedo. me quité el abrigo y miré por la ventana. un par de chicos jóvenes cargaban con nuestras maletas y en el avión de al lado otros dos las descargaban con la misma diligencia. cuando la voz de la azafata anunció que teníamos que abrocharnos los cinturones y que despegaríamos en breve, la mujer rubia volvió a secarse las lágrimas que tímidamente resbalaban por sus mejillas. me acordé de esa mano que se había posado encima de la del hombre que no tenía confianza en sí mismo, pero cuando alargué la mía sólo fue para alcanzar el cinturón de seguridad. 

04 abril 2013

caso clínico: las bodas

no quisiera alarmarles, pero me veo en la obligación de recordarles que pronto empezará la temporada de bodas, bautizos y comuniones. y, alergias aparte, me atrevería a asegurar que es lo único malo de la primavera. en realidad debo confesar que pudiendo elegir entre los tres eventos, me quedo con las bodas: en las comuniones el niño está en esa edad insoportable en la que sólo sabe pedir y quejarse y preguntar y llamar la atención y en los bautizos el bebé no deja de berrear y cagarse encima, así que indiscutiblemente, mucho mejor las bodas donde la mayoría son ya grandecitos, responsables y tienen sentido común. y para eso se casan. 
he aquí los aspectos que siempre me han parecido más fascinantes, y quien dice fascinantes dice esto-tiene-que-ser-una-broma, para organizar semejante sarao: 

- el vestido de la novia. sin lugar a dudas es el secreto mayor guardado de todo el evento, lo cual no termino de entender porque, salvo contadas excepciones, todos sabemos que son blancos y largos. digamos que hay tres tipos de vestidos: 
1. merengue. es lo que parece la novia, embutida en capas y capas y capas de tela. las ventajas de este tipo de traje es que la novia está muy vistosa y es muy poco probable que alguna invitada consiga robarle protagonismo. el mayor inconveniente es que se acerque demasiado a la tarta nupcial y en un fortuito descuido el novio le corte la cabeza creyendo que era el piso superior del pastel. 
2. princesa. es un poco como el vestido merengue pero con menos capas, más cola y una diadema. la mayor ventaja es que es un vestido que se puede volver a usar en cualquier otra ocasión, quizá acortando un poco la cola, pero manteniendo siempre la diadema. el mayor inconveniente, hacer evidente a los invitados que todavía se cree en las películas disney. 
3. putón. sabemos que es un traje-putón porque durante la misa el cura tose, tartamudea y en casos extremos se niega a oficiar la celebración. claro que el listón de un cura no es demasiado indicativo de nada, teniendo en cuenta lo avanzados que están a los tiempos modernos. ventaja: es un vestido ideal para recordarle al futuro marido el final de una época dorada. inconveniente: es un vestido nefasto para recordarle a la novia que un día logró meterse en él sin romper las costuras. 

- demás disfraces. el mayor quebradero de cabeza para los invitados a una boda es seguramente escoger modelito. existe todo un protocolo a seguir según la boda, sea de mañana o de noche, pero afortunadamente pocos conocen este particular protocolo y ahí, apreciados lectores, es donde uno puede apreciar realmente la valentía y coraje de las personas invitadas. en realidad, en una boda casi todo es válido y cuánto más recargado, llamativo e incómodo, mejor. las pamelas deben ser desproporcionadas, los colores de los vestidos y trajes escogidos siempre al azar, los tacones deben de doler solo con mirarlos y los peinados contener, como mínimo, seis postizos, sesenta horquillas atravesando el cerebro y de tres a cuatro horas de trabajo para deshacerlo. 

- el álbum de fotos. qué sería de una boda sin la sesión de fotos de los novios, en el parque, dando de comer a los cisnes, cruzando un puente como metáfora de lo que les viene encima, apoyados en el tronco de un sauce llorón, él arrodillado, ella deshojando una flor, él haciendo el pino, ella sujetándose el escote que empieza a ceder y un sinfín de originales variaciones más. afortunadamente, este obligatorio trámite incluye sólo a los novios y al fotógrafo. el resto puede empezar con las croquetas y los canapés y esperar a que los novios les acribillen, unas semanas después, con los siempre sorprendentes resultados de la sesión. 

- el banquete. cualquier menú de boda que se precie consta de un mínimo de veinte platos y un sorbete de limón. a mí lo del sorbete siempre me ha hecho mucha gracia. “es que es para bajar”, es el justificante más común para meterlo entre chuletón y merluza y la verdad es que durante muchos años así lo creí. desconozco a quien se le ocurrió semejante idea y ni mucho menos quien dio como válida semejante excusa, pero déjenme que les diga que lo mejor “para hacer bajar” es, o bien dejar de comer, o bien ir al baño a devolver o bien correr una maratón. todos los demás trucos, incluido el popular sorbete, son sólo leyendas urbanas. 

- los discursos. es sin duda alguna el momento más emotivo del día y si no se ha llorado durante la ceremonia en la iglesia, este es el momento ideal para hacerlo. como con el traje de la novia, los discursos no se caracterizan por su originalidad y el mensaje es siempre el mismo: el novio es el mejor amigo/hermano/hijo y se pierde a una hija pero se gana un yerno que con el tiempo se descubrirá que tampoco era tan especial como dijo su mejor amigo durante el banquete. si alguna vez les piden hacer el discurso, permítanme un consejo: ya que no hace falta ser especialmente insólito, sean al menos breves. los invitados más jóvenes están pensando en los cubatas de la barra libre y los más mayores en irse a casa y poder quitarse por fin los zapatos que llevan rozándoles la piel todo el día. puede que su concisión sea el mejor recuerdo que tengan de ese día tan especial. 

- el baile y su correspondiente coma etílico. con el baile final llega la barra libre y con la barre libre todo lo que faltaba por llegar. digamos que después de un día de nervios y tensión para que todo salga bien, llega por fin el momento de relajarse y disfrutar de verdad. es el momento, por ejemplo, de dar lo mejor de uno mismo con esos temas musicales que nos avergonzarían sin las dos copas que sujetamos en cada mano. el momento de coger los centros de mesa sin disimulo alguno. el momento en que la novia le confiesa a su ya marido que está embarazada. el momento en que el novio debe olvidarse de la luna de miel que había imaginado. el momento en que los padres reciben la factura del restaurante y dejan de comer durante un par de meses. el momento en el que los servicios quedan colapsados de vómitos y orina. y para los más sabios, el momento de susurrar eso de "vivan los novios" mientras desaparecen con alguna dama/caballero de honor. 

02 abril 2013

Un náufrago que arroja al mar un mensaje en una botella conserva la esperanza de que algún día alguien lea su mensaje, incluso muchos años después de que él haya muerto de hambre. Yo soy un náufrago que arroja su mensaje al mar, no envuelto en botella alguna, para que se disuelva con la sal, para que se lo trague una tortuga hambrienta. No lanzo ningún pedido de auxilio, no pretendo que nadie me socorra, no tengo hambre de ojos que me salven y me lean, simplemente soy náufrago y me relato a mí mismo que me muero de sed mientras me estoy muriendo de sed. Escribo y sé que nunca nadie va a leer lo que escribo, escribo porque tengo el vicio incurable de escribir, escribo como quien orina, ni por gusto ni a pesar suyo, sino porque  es lo más natural, algo con lo que nació, algo que debe hacer diariamente para no morirse y aunque se esté muriendo. ¿Para qué orina un moribundo? ¿Para qué escribe ya un agonizante? Y sin embargo orina. Y sin embargo escribo. Si lo publicara, admitiendo que alguien me lo quisiera publicar, lo primero que pensarían los críticos es que busco algún honor, reconocimiento, notoriedad, fama, plata. Y sí, eso es lo que buscan casi todos, eso es lo que yo mismo buscaba en otros tiempos. Ahora no quiero que nadie me premie porque orino: qué bien orina el señor Davanzati, realmente qué bien orina este señor. También temo que algunos critiquen mi manera de orinar: qué poca fuerza tiene la orina del señor Davanzati, qué amarilla está, cuánta espuma que saca y qué mal huele. Me importa un bledo lo que piensen sobre mi manera de orinar. No puedo dejar de hacerlo, no sé hacerlo de otra manera. Lo más que me pueden pedir es que escoja un sitio discreto para hacerlo. Cumplo con el precepto. Lo hago a escondidas y no espero que nadie me aplauda por la meada. Lo hago a menudo porque a menudo me dan ganas, porque tomo mucha agua o mucho vino o porque tengo pequeña la vegija, crecida la próstata, baja la hormona antidiurética, qué sé yo. Lo hago porque si no me reviento por dentro. En realidad, no tendría tampoco nada de malo reventarse, pero es más agradable mear que reventarse. Mear, seguir meando hasta el día que me muera.

Basura, H. Abad Faciolince