25 mayo 2013

los niños que lloran de noche


la mujer se despierta con los lloros del bebé del piso de arriba. es la segunda vez que rompe a llorar esta noche. la primera vez, hace tres horas, se ha despertado de repente, aturdida y confusa. por un momento el subconsciente le ha jugado una mala pasada y durante unos segundos ha dudado. casi al mismo tiempo, ha sentido la mano de su marido acariciándole la nuca y se ha calmado. ha apartado las sábanas y ha bebido un poco de agua del vaso que tiene en la mesilla de noche, al lado de un libro que empezó a leer por recomendación de una amiga. “es muy divertido”, dijo la amiga, pero a ella le cuesta reírse, con el libro y con todo lo demás, y casi preferiría leer a uno de esos autores rusos cuyas extensas obras se recrean tan precisamente en guerras y dramas. aunque claro, su marido no la dejaría. como tampoco la deja dejar de comer, ni dejar de tomar las dos pastillas diarias, la azul por las mañanas y la blanca por las noches. 
a diferencia de algún otro vecino que se ha quejado ya del alboroto de los de arriba, a ella no le molestan los lloros del recién nacido, todo lo contrario. son como una melodía, con notas y ritmo que dicen mucho más que cualquier canción que escucha por la radio en el coche de su marido rumbo a una escapada relajante de fin de semana. esas son las únicas veces que escucha música, otro tipo de música, claro, porque para la mujer, música es ese lloro incansable y monótono, que la despierta dos o tres veces por la noche y que espera impaciente a lo largo del día. por eso ahora, con la cabeza escondida debajo de las sábanas, imagina al niño en su cuna, con los pañales mojados, hambriento o simplemente con ganas de que alguien meza su cuna. qué fácil es imaginarlo, adivinar sus rasgos aunque no los haya visto nunca y suponer, por sus persistentes gimoteos, qué dolencia padece. sólo una vez vio a la madre, una mujer joven que arrastraba los pies y que no la saludó cuando mantuvo abierta la puerta del ascensor para que pasara. no la culpó. parecía cansada y harta de esos nueve meses que llegaban a su fin. la mujer quiso preguntar algo. las típicas preguntas que se le hacen a una embarazada, cuánto te queda, cómo te encuentras, niño o niña, pero recordó lo mucho que le agotaban a ella en su día y permaneció callada, con la mirada clavada en la punta de sus zapatos negros, apretando las mandíbulas con fuerza. al llegar a su planta fue ella quien se marchó sin despedirse, no tanto por falta de educación, sino por no poder disimular su indiferencia ni un segundo más. 

su marido sigue durmiendo, ajeno a lo que sucede en la casa de arriba, y también se alegra por ello. es más difícil para ella cuando él también se desvela, como ha ocurrido hace unas horas. es más difícil cuando le acaricia la espalda o cuando ninguno de los dos dice nada y en silencio, observando el techo, esperan que los padres consigan serenar al bebé. y sobre todo es más difícil volver a conciliar el sueño después, sabiendo que los dos están pensando en la misma persona, aunque ya nunca hablen de ello. así que ahora, escuchando la respiración pausada del hombre que duerme a su lado, puede recrearse en recordar esas escenas que tiene prohibidas por médicos, amigos y familiares. puede también permitirse el lujo de llorar un poco, sin montar un escándalo, y repetir ese nombre que les costó más de dos meses en acordar y si se levanta con cuidado, lentamente y sin hacer ruido, puede incluso llegar hasta la cocina, abrir la cajita donde guarda las pastillas azules y las pastillas blancas, alinearlas y tragarlas unas detrás de otra, mientras el bebé, en el piso de arriba reclama otro tipo de alimento. por qué no, se dice. por qué no probarlo de una vez por todas. y nota como tiembla un poco, no de frío, sino por la excitación de esta idea que no es la primera vez que cruza su mente, pero sí la primera vez que toma en serio. y sin darse más tiempo, con el cadencioso lloriqueo del niño, aparta de nuevo las sábanas, pero esta vez no es para beber agua. esta vez no necesita calmarse, ni necesita pensar en otra cosa. y ya de pie, al lado de la cama, mira a su marido y podría asegurar que no siente pena por él. él se arreglará, sabrá rehacer su vida, puede que al principio lo pase mal, pero tarde o temprano conocerá a otra mujer y seguramente tendrán el hijo que no pudo tener con ella. salimos todos ganando, se dice. y mientras avanza por el pasillo, con el gemido infantil cada vez más desquiciante, se pregunta por qué ha tardado tanto en encontrar una solución a los problemas de todos. 

la luz azulada de las farolas de la calle se cuela por la ventana de la cocina. es suficiente para que la mujer ubique el armario y los frascos de las pastillas, que abre con torpeza. los comprimidos caen desperdigados por la encimera y el suelo. por unos instantes se asusta y teme que su marido haya despertado con el ruido de las píldoras rodando alrededor de sus pies desnudos. aguanta la respiración y estira el cuello hacia el pasillo. aparte de los retumbantes berridos del bebé y del castañeo de sus propios dientes, la casa permanece en silencio. no sabe si alegrarse o entristecerse. nadie parece que vaya a socorrerla en el último minuto, al fin y al cabo eso es lo quiere, ¿no? poner punto y final, piensa con la primera pastilla, azul, entre sus dedos.
es con la cuarta cuando se da cuenta. tal vez porque ha tenido que detener sus planes para rellenar el vaso de agua otra vez. o tal vez porque ahora la casa sí está en absoluto silencio. o tal vez porque alguien sí tenía que salvarla. o tal vez porque alguien sí tenía que seguir condenándola. los padres han conseguido acallar al bebé después de lo que a ella le ha parecido una eternidad y lo único que escucha desde la cocina son los pocos coches que atraviesan la ciudad de madrugada. le duele un poco la cabeza, se siente mareada y tiene ganas de mear. deja el vaso encima de la mesa y como ha sucedido con la decena de pastillas, también éste se estrella contra el suelo y se rompe en pedazos minúsculos y punzantes. 
-cariño, ¿eres tú? ¿estás bien? 
la mujer intenta responder con normalidad. respira un par de veces y se apoya en la pared. 
-sí, todo bien. se me ha caído un vaso, sólo esto. ahora voy. 

atraviesa la cocina y, sin darse cuenta, aplasta los diminutos cristales con sus pies. tampoco se da cuenta cuando la carne se abre y comienza a sangrar. sus pasos de vuelta al dormitorio quedan perfilados en rojo oscuro sobre el parqué claro del pasadizo. al verla, su marido sonríe y la abraza. justo antes de cerrar los ojos, aún temblando, piensa en el bebé de arriba y reza para que, al menos esta noche, no vuelva a llorar. 

20 mayo 2013

camas

mi madre nos había preparado bocadillos de nocilla para merendar y nos había advertido veinte veces de que tuviéramos cuidado y esperáramos la media hora que nos quedaba para terminar de hacer la digestión. también dijo que ella iría más tarde, cuando hiciera menos calor y hubiera acabado de fregar los platos y otras veinte tareas más que enumeró pero que no escuchamos porque estábamos demasiado impacientes para bajar. 
-¡y haz el favor de cuidar de tu hermana! – me pidió desde la cocina cuando cruzábamos ya la puerta. 
al llegar a la piscina, a quince minutos de la casa, estábamos sudadas y fatigadas y nos metimos en el agua sin esperar el tiempo prudencial que nos había repetido hasta la saciedad y que ninguna de las dos recordaba. sara se tragó agua cuando se tiró en plancha y se asustó tanto que a pesar de que ya había aprendido a nadar ese año, corrió a buscar sus manguitos naranja y no se los quitó hasta que apareció mi madre, mucho más tarde, con la bata de estar por casa y el semblante serio. la vi hablar con maite, la panadera que nos guardaba una barra de pan tostada para los bocadillos, y después con otras tres mujeres que se arremolinaron a su alrededor. mientras las mujeres se llevaban las manos a la cabeza y le acariciaban el hombro y la espalda con gestos suaves, ella nos buscaba impaciente con la mirada. fue sara quien la vio primero. ella nos hizo señas para que nos acercáramos y mi hermana corrió a su encuentro, después de tropezar con una anciana que no había visto por no haberse quitado las gafas de buceo. adiviné que algo no iba bien porque sara rompió a llorar casi de inmediato, negando con la cabeza, cruzando sus diminutos brazos y haciendo pucheros como cuando la mandaban a dormir antes que a mí. mi madre, que no estaba de humor, me gritó que nos íbamos. ella no solía gritar y eso me puso en alerta. recogí las toallas desperdigadas, los trastos de sara y mi revista para chicas que escondí al fondo de la bolsa. 
-¿qué ha pasado? – pregunté cuando llegué al grupo. 
-tenemos que irnos – contestó ella, ignorando mi pregunta. 
-pero ¿por qué? 
-mamá, déjanos quedar un rato más – suplicó sara que seguía con las gafas y los manguitos puestos. 
-no, tenemos que irnos, por favor, berta… 
por la forma con la que me miró comprendí que no deseaba que fuera lo que fuera sara se enterase, así que cogí la mano de mi hermana pequeña, bajamos a los vestuarios y dejé que mi madre continuara con una conversación cuyos detalles me moría por saber. 
-se ha muerto alguien – me informó mi hermana ya en la ducha. 
-¿qué estás diciendo? 
-lo ha dicho mamá. ha dicho: "se ha muerto", yo lo he oído. 
-¿pero quién? 
-ah, cuidado ¡tengo champú en los ojos! no lo sé. sólo ha dicho que se ha muerto. ¿crees que mañana podremos volver a la piscina? 
-¿y no ha dicho ningún nombre? 
-berta, ¿por qué tú tienes pelos ahí y yo no? 
aparté su dedo apuntándome y cerré el grifo de la ducha. tener una conversación coherente con mi hermana de siete años era algo todavía imposible. 
al salir del recinto mi madre nos estaba esperando apoyada en un árbol. se estaba abanicando y al vernos se acercó y pasó sus dedos largos por el pelo mojado de sara. 
-¿no os habéis peinado? 
-yo no – contestó mi hermana, orgullosa – berta no lo hace bien. 
y era verdad, yo no tenía tanta paciencia como mi madre para desenredarle los nudos de esa melena larga y siempre terminaba llorando o enfadada conmigo. 
-bueno, da igual. subíos al coche, rápido. 
tan pronto nos sentamos detrás notamos el aire sofocante y los asientos ardiendo debajo de nuestras nalgas. sara emitió un chillido exagerado y luego colocó sus pequeñas manos debajo de las piernas y comenzó a canturrear una melodía inventada mientras yo intentaba adivinar la magnitud de la tragedia observando el perfil serio de mi madre. no entendía a qué venía tanto secretismo. al fin y al cabo yo ya tenía catorce años y sara tampoco era una cría. sin embargo, no me atreví a preguntar, supongo que por miedo, y seguí escudriñando su rostro crispado y nervioso. al llegar a casa nos encontramos a mi padre, junto a su hermana y mi primo iván, sentados alrededor de la mesa del salón. sara se alegró de verlos y corrió a abrazar a su padre, que no pudo evitar una sonrisa franca, a pesar del silencio y la penumbra que reinaban en la sala. yo, más retraída, respiré aliviada porque en algún momento de ese trayecto en coche, pensé que el muerto era él. 
-papá, papá – vociferó mi hermana después de que mi padre la devolviera al suelo – se ha muerto alguien. 
mi padre miró a mi madre extrañado. 
-¿se lo has contado a ella también? – preguntó. 
-¡no, claro que no! – respondió ella un poco molesta. 
-¿y cómo lo sabe? 
mi madre se encogió de hombros. 
-¿quién se ha muerto? – pregunté finalmente, harta de tanto misterio. 
-la abuela amalia – contestó por fin mi padre. 
-¿quién es la abuela amalia? – interrumpió sara. 
iván, que tenía dos años más que sara, se rió e inmediatamente se tapó la boca con ambas manos. 
-la abuela amalia, sara – prosiguió mi padre – era mi mamá. ¿no te acuerdas? fuimos a verla hace un tiempo, en la resid… era ya muy viejita y estaba un poco enferma. ahora duerme. 
sara siguió negando con la cabeza. 
-¿duerme? – repitió un tanto confusa por la importancia que se le daba a algo que ella hacía habitualmente - papá, ¿mañana podremos ir a la piscina? 
-ya veremos, hija. ahora tenemos un poco de trabajo porque con la abuela… 
-¡pero la abuela duerme! 
-sí, pero, verás… no es exactamente eso. 
-hija, - intervino mi madre temiendo que esa conversación se alargara innecesariamente - ¿por qué no le enseñas a iván los juguetes nuevos de tu cumpleaños? y tú berta… ¿podrías quedarte con ellos un par de horas mientras nosotros vamos al tanatorio? 
no me dio tiempo a responder que en realidad prefería no hacerlo, que ya llevaba todo el día con sara y que estaba cansada, que prefería ver a mis amigas o meterme en mi habitación, pero era una situación extraordinaria y pensé que tarde o temprano podría reclamarle el favor de vuelta. los tres se marcharon enseguida y como era de esperar, sara e iván se alegraron de estar bajo mi supervisión, mucho más laxa que las de los mayores. en media hora habían jugado con todos los juguetes nuevos de sara, se habían peleado, se habían reconciliado, habían pedido merendar por segunda vez y cuando ya no me quedaban más recursos ni paciencia, opté por una película para que al menos se callaran un rato. absortos los dos con los dibujos animados, aproveché para encerrarme en mi habitación y continuar con la revista que había dejado a medias en la piscina. a los veinte minutos salí para comprobar que no se habían matado entre ellos. sólo escuchaba la voz estridente de unos de los personajes de la película y al llegar al salón me encontré con un monstruo verde y un gato con sombrero en la pantalla y a nadie más. llamé a sara un par de veces y luego a iván, pero ninguno de los dos contestó. fui a todas las habitaciones, abrí todos los armarios, revisé debajo de todas las camas y finalmente, con el corazón latiendo a mil por hora, me di por vencida. no estaban en casa. sin saber qué hacer, ni a quién acudir, llamé a la vecina con la esperanza de que estuvieran allí o los hubiera visto, pero nadie abrió la puerta. comencé a sudar a borbotones. sara era lista y estaba segura de que no iba a subirse al coche de ningún desconocido. iván era dos años mayor y aunque a veces parecía más pequeño, era espabilado y sabía qué debía y qué no debía hacer, o eso me repetía una vez y otra mientras abría la puerta del portal y miraba a ambos lados de una calle totalmente desierta. se me ocurrió que podían estar en el parque, que quedaba a pocos minutos de casa. al fin y al cabo, no había pasado tanto tiempo y por lo tanto no habían podido marcharse muy lejos, pero cuando comprobé que en el parque tampoco estaban y que habían pasado cuarenta minutos o más, comprendí que ya les había dado tiempo a llegar a la otra punta de la ciudad. creo que fue allí cuando comencé a llorar. caminaba sin saber muy bien hacia donde iba y sin que las lágrimas me dejaran ver más allá de unos pocos metros. me crucé con un par de señoras del barrio que me pararon y que me preguntaron si me podían ayudar, pero yo no me detuve, apenas las escuché, y seguí andando en círculos durante no sé cuánto tiempo más. angustiada, nerviosa y sin saber dónde más mirar se me ocurrió, como último recurso, volver a casa. quizá ellos, también agotados y aburridos de su expedición, habrían decidido regresar y en el caso de no ser así, esperaba al menos que hubieran vuelto mis padres para ayudarme con la búsqueda. intentando buscar una excusa plausible para disminuir mi castigo y mi culpa, reconocí a mi tía, aparcando su coche a pocos metros. me sequé las lágrimas y apresuré el paso hacia ella. estaba seria y concentrada, midiendo el espacio entre el capó de su coche y el vehículo de delante. en los asiento de detrás, sonriéndome y saludándome, asomaban dos cabecillas familiares. por un momento creí que iba a caerme al suelo. 
-¿qué ha pasado? – gritó mi tía cuando hubo bajado del coche - ¿por qué les has dejado marchar? ¿sabes lo que les podía haber ocurrido? 
rompí a llorar, no tanto por la bronca merecida sino por ver a los dos niños correteando por la acera, peleándose de nuevo, totalmente ajenos a mi pequeño gran drama. 
subimos a casa en silencio. yo incapaz de levantar la vista y mi tía recreándose en una escena que quizá en otro momento me hubiera parecido divertida; sara e iván, habían visto a mi madre en la entrada de la funeraria, que quedaba no muy lejos de casa, y habían decidido entrar, jugar despreocupados por los pasillos e incluso visitar la sala donde la abuela amalia yacía muerta, hasta que mi tía les había visto y les había metido en el coche de vuelta a casa. mis padres, por suerte, no habían coincidido con los críos y visto mi tremendo disgusto aceptó no contar nada de lo sucedido. creo que en ese momento lloré otra vez. 
-sécate las lágrimas y deja de llorar – dijo ella – que ya ha pasado todo y todos estamos bien. bueno, menos tu abuela. 

esa noche mi hermana se coló en mi habitación. lo hacía de vez en cuando, cuando no podía dormir o quería espiar mis actividades de adolescente para luego contárselas a mi madre. la mayoría de veces la mandaba de vuelta, pero esa noche, al ver su carilla de preocupación dejé que se metiera en mi cama. 
-berta… 
-¿qué? 
-la abuela duerme en una caja, no como nosotras. lo he visto hoy. dentro de una caja de madera. iván me ha dicho que es porque la gente mayor duerme en cajas de madera, pero yo creo que cuando sea mayor seguiré queriendo dormir en mi cama. ¿berta? 
-¿qué? 
-¿tú querrás dormir en una caja cuando seas más mayor? 
-a lo mejor es una caja muy cómoda. 
-no, berta, no. yo la he visto y es muy pequeña. 
-bueno, ya veremos lo que hacemos cuando seamos mayores, ¿vale? 
sara asintió y poco después de quedó dormida abrazada a la almohada. 

me desperté en un rincón de la cama, con la pierna de sara encima de mí y con una temperatura asfixiante en la habitación. salí de puntillas y ella aprovechó para extender más aún su cuerpecillo a lo largo y ancho del colchón. mis padres, en la cocina, susurraban algo que interrumpieron en cuanto me vieron. 
-el funeral de la abuela es a las doce– dijo mi padre. 
la abuela amalia hacía años que vivía en la residencia y tanto mi hermana como yo habíamos dejado de visitarla cuando dejó de reconocernos. sara no lo pasaba bien, se sentía incómoda con esa anciana demacrada, ausente y olvidadiza, que comenzaba las frases pero no las terminaba. mi padre siguió visitándola todos los miércoles y domingos, aunque en los últimos meses tampoco a él lo reconocía y terminaban los dos callados y sin saber hacia dónde mirar. 
a pesar de sus esfuerzos para demostrar lo contrario delante de sus dos hijas, a mi padre se le notaba abatido y triste. la noche anterior no había cenado con nosotras y esa mañana, al verle encorvado en la silla, apesadumbrado delante de una taza de café frío, hubiera querido darle un beso, pero pensé que tal vez eso sería el detonante para que rompiera a llorar y no quería ver llorar a mi propio padre. 
-pero podéis hacer lo que queráis – puntualizó mi madre. 
-¿de qué? – pregunté sin saber muy bien a qué se refería. 
-de venir a la ceremonia o quedaros en casa. 
-¡yo quiero ir! 
los tres nos giramos. sara, en la puerta, se abalanzó sobre su padre. 
-¿adónde quieres ir tú, pequeñaja? 
-¡adónde vayas tú! 
en realidad fue una suerte que sin saber de lo que hablábamos, decidiera que íbamos al funeral. no me apetecía quedarme de nuevo sola con ella, aunque sabía que esta vez no se me iba a escapar, tampoco quería tentar a la suerte.  
-no tenéis que entrar, si no queréis – susurró mi madre, cuando nos quedamos a solas – será poco rato y luego iremos a la piscina, si os apetece.
yo asentí. lo que menos me importaba era entrar a la iglesia. 

al ver a su primo sentado en el segundo banco, sara corrió hacía él. mi madre resopló y mi tía abrazó a mi padre y me dio dos sonoros besos en la mejilla. no parecía tan decaída como mi padre, ni tampoco vestía con tonos tan apagados como mi madre. el ataúd, de madera oscura barnizada y con dos grandes coronas de flores rojas a los pies, presidía el centro del pasillo. a pesar de los ventiladores hacía un calor bochornoso y a los pocos minutos de empezar la misa, algunos asistentes sacaron sus coloridos abanicos. sara e iván se divertían cuchicheando e intentando descifrar los textos del librillo de cánticos que estaba en los bancos, hasta que sus risas dejaron de pasar desapercibidas. mi tía les reprendió, pero su silencio apenas duró un minuto. mi madre, más pragmática y con menos paciencia, cogió a sara del brazo y la sentó entre ella y yo, pero algo demasiado importante había sucedido como para que los dos niños permanecieran quietos. 
-berta - murmuró mi hermana. 
-sara, por favor, quieres hacer el favor de callarte – intervino de nuevo mi madre. 
-pero es que mamá… 
mi madre me miró. 
-hija, por favor, ¿por qué no salís fuera? 
-pero es que mamá… - repitió sara esta vez suficientemente alto como para que el cura interrumpiera su discurso y levantara la vista. 
ya en la calle nos sentamos en las escaleras de la iglesia. eran las doce pasadas y el sol caía de pleno en nuestras cabezas. tenía ganas de volver a casa y terminar ese día. 
-berta. 
miré a mi hermana. me sorprendía que a todas horas tuviera tanta energía y tantas ganas de hablar. justo lo contrario que yo. 
-eh, berta. 
-¿qué? 
-ésa no era la cama de la abuela. 
-no, berta, ¡no lo era! – reiteró mi primo desabrochándose los botones de la camisa – era otra cama. 
miré a los dos críos con incredulidad. 
-¿no era la cama de la abuela? ¿de qué estáis hablando? – pregunté sólo para confirmar que no sabían lo que estaban diciendo. 
-no lo era, berta, no era la misma que vimos ayer. la de ayer no era tan oscura y además… además sara… 
-no, fuiste tú. 
-no fui yo. 
-lo hiciste tú. 
-¡parad los dos un momento! ¿qué hicisteis? 
-¡él pegó un cromo en la cama de la abuela! - acusó rápidamente mi hermana a iván. 
-sí, pero hoy ya no estaba. 
-¿en serio? 
los dos afirmaron divertidos. 
-bueno, seguro que alguien quitó el cromo. 
-da igual berta. el cromo da igual, pero la cama no era la misma – sentenció iván, ya con la camisa abierta de par en par y secándose las gotas de sudor de la frente. 

esa tarde fuimos a la piscina. sara consiguió nadar sin sus manguitos y mi madre me dio veinte euros. dijo que me había portado como una persona mayor y que ya podía confiar en mí para lo que fuera. yo me limité a sonreír y a guardarme el dinero antes de que lo viera sara. más tarde, mi madre, que parecía seguir en deuda conmigo, me dejó salir con mis amigas hasta una hora más tarde de lo que tenía estipulado. mi hermana se enfadó por no poder venir conmigo y la dejé en casa, lloriqueando y reclamando a todos un poco de atención. de camino al cine, me desvié un par de calles hasta llegar a la funeraria. había pasado por ahí centenares de veces, pero jamás se me había ocurrido entrar. se estaba fresco, aunque era un fresco desagradable, no como el del cine o el de casa. el pasillo estaba vacío y la mayoría de puertas estaban cerradas. empujé la primera con suavidad. la sala sólo contenía sillas de plástico dispuestas en semicírculo y unos cuantos pétalos de flores resecos en un rincón. la cerré inmediatamente. decidí salir de allí. tenía que encontrarme con mis amigas en diez minutos y estaba perdiendo el tiempo en un lugar que me producía escalofríos y malestar. fue entonces cuando un hombre mayor, vestido con traje oscuro y ayudado de un bastón para caminar, salió de la sala contigua. me miró apenas un segundo mientras mantenía la puerta abierta. una mujer más mayor aún le seguía a paso lento y tambaleante. 
-qué tragedia, - susurró la anciana al hombre del bastón – tan joven... toda la vida por delante y míralo ahora. 
apenas pude entrever el ataúd de madera clara, las velas y los lirios blancos. pero lo que sí pude distinguir, en la esquina de la derecha, tocando casi a la base, fueron los restos blanquecinos de una pegatina que en algún momento de distracción alguien había pegado a modo de regalo póstumo.

13 mayo 2013

he decidido empezar a cuidarme. una ya tiene una edad, ¿sabéis? comenzaré poco a poco, no se trata de cambiar de golpe. tampoco creo que fuera capaz. muchos años de malos hábitos para borrarlos de un día para otro. no, estas cosas no funcionan así, hay que hacerlas poco a poco, ser constante. es lo más importante. ser constante. pero esto no me da miedo. yo suelo ser constante: viajes en metro, dos veces al día. trabajo, cinco días a la semana. leer un libro al mes. limpieza de armarios una vez al año. sí, voy a empezar a cuidarme. lo tengo decidido. supongo que empezaré por lo de fumar. ya lo he intentado otras veces en el pasado, pero nunca he podido. ese regusto que te deja en la boca, esa lengua con sabor a cenicero, ese olor a tabaco en el pelo, la tos del principio, el quedarse sin respiración cuando tienes que correr un par de metros para que no se escape el autobús. pues mira, que se escape. un autobús. que se largue. que lo cojan otros que no fuman. yo cogeré el de después. o mejor aún, iré andando. empezaré por tres al día, tres es un buen número. uno nada más despertarme, para que no se me olvide que debo cuidarme. cada día. otro al mediodía, en el parque, junto a esos ancianos que siguen pensando qué quieren ser de mayores. otro antes de acostarme, sin importarme demasiado las sábanas agujereadas o si termino quemando la cama entera en un descuido. supongo que también tendré que vigilar las horas de sueño. dormir no hace más que entorpecer mis planes. imagino que tendré que buscarme alguna afición de esas que ocupen mucho tiempo, una verdadera pasión, algo por lo que uno daría su vida, algo para lo que ser recordado en los libros de historia. encender y apagar el interruptor constantemente sólo para comprobar que el techo sigue pegado ahí arriba es un opción. pero puede haber otras. comer cinco piezas de fruta, a ser posible podridas, y beber dos litros diarios de cualquier líquido que abrase la garganta y la memoria. luego vendrá el deporte. por la mañana, permanecer sentada en cualquier rincón de la casa y por la tarde yacer en el sofá hasta que poco a poco los músculos pierdan definición, las carnes se llaguen y las articulaciones se atrofien. cómo no, tendré que pensar en las drogas. cuál me sienta peor y donde poder conseguirla en dosis mortales. borrar números, que no se me olvide eso. no quiero más malas influencias. sí, ahora que voy a cuidarme, mejor será que me relacione con gente como yo, con los mismos intereses, poder hablar de las mismas cosas y tener sus correos, sus direcciones, sus números de teléfono. números inventados, aleatorios, para que cuando les llame algún día para saber cómo les va la vida, una voz anónima y neutra me informe que esos números no existen. pues claro que no existen, los inventé sólo para mí. sí, cada vez lo tengo más claro, hay que cuidarse. porque de la otra forma, sin darme cuenta, con los años, quizá terminaría como un enfermo crónico, como un perfecto despojo, como alguien que respira, come, duerme y mea. como si en realidad de eso precisamente se tratara.

03 mayo 2013

caso clínico: los jefes

no se me ocurre nada mejor en este post-post-día del trabajador (trabajador, esa palabra que empieza a sonar lejana, como de otra década) que hablar de los jefes (que al fin y al cabo también son trabajadores, claro, pero con las sillas más mullidas). y es que sin intención de tomar partido, ser jefe no tiene que ser nada fácil: tomar decisiones importantes, ser ecuánime, motivador, generar beneficios, sobrellevar el estrés, el buen sueldo, el audi nuevo recién estrenado. por no hablar de la soledad que conlleva el éxito. estar en la cima, solo, nadando en billetes de quinientos, y sabiendo que nadie te va a querer por lo que eres, sino por lo que tienes. un drama, en serio. por eso hoy quiero rendirles un homenaje a los jefes, porque también son personas, con su corazoncito y sus sentimientos. y su audi. 

helos aquí, catalogados según sus anheladas aptitudes y sus envidiables facultades: 

el jefe ejemplar: 


el jefe ausente: 
es ese jefe que existe, y sabemos que existe porque tiene un despacho muy grande, con una silla muy cómoda y un cuadro muy caro, pero que nadie ha visto jamás. esta ausencia hace, como todas las ausencias de la vida en general, que se le mitifique de forma exagerada y que por los pasillos de la oficina corran todo tipo de gestas relacionadas con él: que si tienes tres cabezas, que si está casado con la hija del presidente, que si tiene cámaras en su casa para controlar al personal, y como no, el siempre clásico “para eso, ya podrían darme el despacho a mí, que lo aprovecharía mejor. y el sueldo, el sueldo también”. evidentemente, lo mejor de este tipo de jefe es que nos permite mucho margen para trabajar a nuestro ritmo, sin presión, alargando los veinte minutos del café, los treinta del cigarrito, los cuarenta de flirtear con la recepcionista, sentarnos en su cómoda silla a última hora de la tarde, disfrutando de los colores anaranjados del atardecer, comprobando que la silla gira con suavidad y luego, un poco mareadillos, levantarnos y volver a nuestro puesto, convencidos de que el mundo es un lugar maravilloso. 

el jefe amigo: 
los jefes amigos no existen. de hecho, en el diccionario de la rae, y en todos los demás, como antónimo de jefe debería constar como primera opción, el término “amigo”. así que mucho ojo con ese hombrecillo amable, de aspecto afable y paternal, que asiente comprensiblemente cuando uno le cuenta lo apurado que llega a fin de mes y él le responde con una palmadita en la espalda y afirma que si de él dependiera, si él pudiera tomar este tipo de decisiones, pero claro… no es así, ¿lo comprendes, no? en los tiempos que corren… bastante es tener un empleo, pero lo tendré en cuenta, claro, claro, y ya de paso, ¿el informe que te pedí esta mañana lo tendrás listo en media hora? oh, y por cierto, el día ese que me pediste de vacaciones… es que justo coincide que vienen unos clientes importantes, y claro… lo entiendes ¿no? buen muchacho, toma una galletita. 

el jefe anclado: 
el jefe anclado es ese que llega a la oficina a las nueve menos diez, desea los buenos días a su secretaría con el mismo tono neutro todos los días, los lunes viste de gris oscuro y corbata granate, los miércoles con traje azul marino y camisa rallada, los viernes de gris azulado y sin corbata, usa la misma colonia en los últimos veinte años, se sienta en su cómoda silla y lee la prensa antes de abrir el correo, tranquilo, reposado, sabiendo que nada ni nadie conseguirán que esa onda en el pelo, que le ha costado medio litro de fijador y media hora en el baño, se vaya a mover lo más mínimo en todo el día. al jefe anclado, como bien indica su nombre, no le gustan los cambios, ni las nuevas tecnologías, ni las medio nuevas, ni que haga mucho calor ni mucho frío, ni sobre todo que se tomen decisiones si no está él allí para derogarlas. el jefe anclado siempre tiene la razón y su voz, grave y sonora, se asegurará de demostrarlo en cualquier ocasión que se preste. es experto en opinar, sea de lo que sea ya que entiende de todos los temas (todos los temas que él considere importantes, claro), y en descatalogar categóricamente todo aquello que implique abrir un poco la mente. por supuesto, no habla inglés, ni se le conoce ninguna titulación específica, ni falta que le hace, y después de escuchar algunas de sus valoraciones más épicas, es lógico preguntarse cómo ha llegado hasta ahí. pues dejen de preguntar y pónganse a trabajar. 

el jefe genio: 
el jefe genio nació para vivir encerrado en la torre más alta del castillo y pensar y crear y crear y pensar. las mejores ideas de toda la compañía salen de esta mente privilegiada y es admirado (y cómo no, envidiado) por su originalidad y brillantez. de hecho, la empresa sabe de sobras que si se marchara, el negocio no aguantaría ni dos días, y por eso le miman y le permiten y le malcrían con todo lo que pueda solicitar y más. pero no dejen deslumbrarse. el jefe genio sólo sirve para eso. una vez sale de su burbuja creativa, no sabe relacionarse, no sabe gestionar, no sabe dónde están los baños, ni qué es un teléfono ni cómo actuar cuando suena, lo cual convierte a sus trabajadores en profesionales de tareas que no les incumben en absoluto tales como hacerse cargo de pasar la itv de su coche, mandar flores a su esposa el día de su cumpleaños, matricular al hijo a taekwondo, acordarse del día que le toca médico a la suegra y todo un sinfín de quehaceres cotidianos que a él le sobrepasan y por los que no ha nacido para hacer. déjenme que les dé un consejo si les toca este tipo de jefe: cambien de departamento o de trabajo. no pueden ni imaginarse lo difícil que es encontrar un buen curso de taekwondo infantil que esté a la altura de un jefe genio. 

el jefe nuevo: 
el mayor problema de un jefe nuevo es que de una forma u otra va a querer hacer patente, a sus trabajadores y a sus superiores, que ha llegado un nuevo sheriff a la ciudad y que ahora las leyes son distintas. así que en los primeros días, o semanas, no se sorprendan si ven la maceta cambiada de lugar, o la temperatura del agua de la fuente ligeramente más fría, o lo mejor de todo: recolocación de mesas y armarios con el consecuente recoger archivos, empaquetar archivos, recolocar archivos y agradecer con una sincera sonrisa el haber ido a parar al puesto de justo debajo del chorro de aire siberiano del aire acondicionado. la cuestión es dar por saco y cambiar por cambiar, aunque las cosas ya estuvieran bien en su lugar inicial. a continuación, y ya de forma oficial, vendrá la típica reunión balsámica en la que el nuevo jefe asegura que todo va a ir bien, que tiene muchas y grandes ideas (una de las cuales era el divertidísimo traslado de mesas) para formar el mejor equipo de profesionales que bla, bla, bla, sopor. como dice un sabio proverbio: tiempo al tiempo. el jefe nuevo, tarde o temprano deja de ser nuevo y deja de mover cosas y deja de crear equipos. tarde o temprano se da cuenta de lo cómoda que es su silla de despacho e intenta pasar allí tantas horas como sea posible, con la puerta cerrada. y tarde o temprano contrata a un asistente que le solucione todos los frentes que un día, hace ya mucho, inició con ilusión y ganas. 

la jefa: 
antes de empezar con las jefas, quisiera dejar claros dos puntos. punto número uno: en el mundo deberían haber más jefas. punto número dos: con el mismo sueldo que el de los jefes. dicho esto, qué hijas de puta son las jefas. qué poco sentido del humor, qué forma de marcar el territorio, qué retorcidas, maquiavélicas y vengativas. que sí, que tal vez por eso de haber pocas deben demostrar su valía el doble de veces, que quizá se las juzga más por el tono caoba de su pelo que por su capacidad y que igual deben de soportar mucha más presión que un jefe, pero aun así, ¿es necesario ir por el mundo con semejante mala leche? o igual es que yo he tenido muy mala suerte y me he topado siempre con las que sufrían de los trastornos de personalidad más agudos. aprovecho este momento, si me lo permiten, para saludar a mi ex jefa s., de la que aprendí a esconderme debajo de la mesa cada vez que comenzaba con su espectáculo de llamaradas de fuego por los ojos, espuma por la boca, su variada y siempre extensa gama de insultos y lanzamiento de objetos y la que también me introdujo a las plegarías y a creer en un dios todopoderoso que se la llevara lejos. muy lejos. aunque luego también tuve una jefa buena, tan buena que la despidieron por quedarse embarazada y es que claro… o una cosa o la otra, a ver si se va a tener la intención de tenerlo todo ¿no?

feliz día de lo que toque hoy. ni que sea por lo de viernes.