25 noviembre 2013

los días del señor samuel a.h

tuvieron que repetirle el mensaje dos veces antes de que ana entendiera qué era lo que estaba sucediendo. sí, contestó a la voz masculina del otro lado del teléfono, ella era ana, hija del señor samuel a.h, nacido el tres de octubre, de setenta y dos años y con domicilio en la calle oslo número ciento dos, tercero tercera. ella estaba con unas amigas en la terraza de un bar y al ver su cara de desconcierto cuando hubo finalizado la llamada, preguntaron si había algún problema. no lo sé muy bien contestó ella, pero tengo que ir a recoger a mi padre a la comisaría. antes de que las amigas pudieran continuar con la interrogación, ana se levantó y corrió hacia el coche a pesar de que la voz masculina, justo antes de colgar, le había asegurado que no se preocupara y que su padre estaba bien. 

lo encontró sentado en uno de los bancos de madera mal barnizada de la sala de espera, con la cabeza apoyada en la pared y los ojos cerrados. se acercó y puso su mano encima del hombro huesudo de él. samuel a. h. abrió los ojos y sonrió al ver la cara de su hija. parecía agotado, pensó ella. el agente le recordó la historia por tercera vez, aunque no había mucho que contar: lo habían encontrado los vecinos, perdido y desorientado, un poco tembloroso. no recordaba su nombre ni cómo había llegado hasta allí y uno de los jóvenes de la zona lo acompañó hasta la comisaría para que pudieran ayudarlo. gracias a dios que todavía existe buena gente, dijo el agente, orgulloso de que en su jurisdicción se dieran casos con final feliz como el ocurrido. ana asintió. luego se hizo un silencio un tanto largo en el que por un momento la hija de samuel a.h pensó que el agente cuestionaría la poca atención que recibía el anciano y que a su edad tal vez deberían pensar en alguna medida, pero no hubo nada de eso. el agente sólo dijo que era normal que esas cosas pasaran y que esta vez habían tenido suerte. padre e hija se despidieron del policía y fueron hacia el coche, aparcado justo delante del edificio, a pesar de que estaba prohibido. ana ayudó a su padre a sentarse en el asiento delantero y le abrochó el cinturón de seguridad. el hombre dijo que hacía calor y aunque ella estaba destemplada puso el aire antes de arrancar y dirigirse hacia la casa paterna. el agente tenía razón. esta vez habían tenido suerte, pero quizá no fuera así en la próxima y si de algo estaba segura es que tarde o temprano habría una próxima vez. su padre tenía buena salud, las pocas ocasiones que había tenido que acudir a su doctor eran por resfriados mal curados, estaba acostumbrado a vivir solo y hasta ahora nunca había solicitado la ayuda de sus dos hijas, pero a la vista estaba que su cabeza comenzaba a fallar y que esa buena salud no iba a durar mucho más tiempo. sabía que él sería tajante en la respuesta si ella sugería la idea de meter a una chica en la casa y mientras iban pasando semáforos en ámbar, en silencio, una helada y el otro caluroso, se preguntaba cómo sería la próxima vez. 
pareces cansado, dijo finalmente, más que por romper el silencio por apartar los malos pensamientos que comenzaban a pesar en su cabeza. samuel a.h abrió de nuevo los ojos y bostezó. dijo que estaba bien, que tenía hambre y que sentía haberla tenido que molestar por una tontería como ésa. ana aprovechó que había sido él quien había sacado el tema para preguntar cómo había terminado allí, tan lejos de casa. samuel se encogió de hombros y dijo que sólo había salido a caminar, como hacía todos los días, sólo que había cogido una ruta distinta, para cambiar un poco y ver otras calles. ana quiso aconsejarle que tal vez debía estar más atento, caminar cerca de casa y llevar siempre su móvil encima, pero no se atrevió y se limitó a decir que caminar era un muy buen hábito, pero que claro, y dejó la frase a medio terminar. no quería tratar a su padre como a un viejo que no sabía ni atarse los zapatos. él no había llegado a eso todavía, sólo se había despistado un poco y le podía haber pasado a cualquiera. llegaron a casa treinta minutos después de haber salido de la comisaría. la hija estacionó en el parque de delante y él preguntó si quería subir a cenar. ella miró el reloj de reojo, tenía que hacer aún un par de recados, la compra y recoger un traje que había llevado a la tintorería, pero comprobó que no tenía tiempo para nada y contestó que sí. los dos subieron en un ascensor que se detuvo en todos los pisos y samuel a.h aprovechó para quejarse de lo viejo que estaba todo el edificio, con la fachada sucia, algunas bombillas fundidas y el ascensor antiguo. ella sonrió y miró hacia otro lado.
aliviada, comprobó al entrar en la casa que todo estaba limpio y en su sitio, como siempre lo había visto, aunque esta vez pareció más tranquila que las demás veces en las que no había reparado en ello. el padre le preguntó qué estaba mirando y ella contestó, un poco abochornada, que nada en concreto. se quitó el abrigo, lo colgó en el perchero del pasillo y lo acompañó hasta la cocina donde calentaron restos de una sopa que había cocinado el día anterior y prepararon una ensalada con queso y tomate. hablaron del tiempo, de las próximas vacaciones que ana estaba planeando a grecia, de lo mucho que había cambiado el barrio desde que ella se había marchado de casa y de lo poco que veía a su hermana mayor, siempre atareada con el trabajo, las niñas y el marido. una hora después recogió la mesa y lavó los platos a pesar de que samuel declaró que no era necesario. cuando se despidieron en la puerta ana le dio un abrazo más largo de lo normal a su padre. cuídate mucho, papá, por favor, le rogó mientras apartaba un pelo largo del jersey oscuro que llevaba su padre. él contestó que lo haría, que no se preocupara tanto por él y de nuevo repitió que sentía lo ocurrido. 
hasta que no escuchó el ruido de las puertas del ascensor cerrándose, no se relajó por completo. tenía que vigilar más, pensó, mientras iba hacia su habitación y se desnudaba antes de meterse en la ducha. a pesar de estar cansado, esa noche durmió mal. tuvo pesadillas en las que se perdía por la ciudad y no sabía cómo volver a su casa. a las seis y media de la mañana, después de despertarse de repente, sudado y desubicado, decidió levantarse y evitar volver a soñar con tonterías. porque eso es lo que son, tonterías, pronunció en voz alta como hacía de vez en cuando, cuando quería estar seguro de algo . salió de casa a las ocho y diez, como casi todos los días. hacía un rato que había amanecido, pero los edificios altos no dejaban ver el sol. cuando llegó a la estación vio cómo se alejaba el tren de las ocho y veinte. esperó en el andén, prestando especial atención a los pasajeros que iban llegando con sus caras soñolientas y sus ropas grises. al llegar el segundo tren prefirió dejar que se marchara sin él dentro y continuó observando a los viajeros sin prisa alguna. sólo era cuestión de tiempo, como siempre. a las ocho y veintisiete la vio. bajaba por las escaleras deprisa y corriendo, en su mano izquierda arrastraba una pequeña maleta de viaje y en la derecha, cogía a un niño que tendría unos siete años y que supuso que era su hijo. esto facilitaba aún más las cosas para que ella no se diera cuenta de nada, aunque si no hubiera estado el hijo, lo hubiera hecho igualmente. esperó a que los dos pasaran de largo y a continuación les siguió a cierta distancia. los tres subieron en el siguiente tren. él se colocó detrás de ella después de apartar con brusquedad a dos mujeres que hablaban a gritos entre ellas sobre lo mucho que les dolía eso y lo otro. ella dejó la maleta en el suelo y ordenó a su hijo que se sujetara en la barra metálica para no caerse. tenía el pelo corto y oscuro, casi negro, el cuello fino y la piel muy morena para la época en la que estaban. se acercó un poco y colocó su mano unos centímetros más arriba que la de la mujer. olía bien, a jabón o perfume fresco a base de algún cítrico que no supo identificar. cerró los ojos unos instantes y aspiró con disimulo, llenando los pulmones de su olor. al bajar la vista vio al chiquillo, moviendo sus dedillos rápidamente sobre las teclas del móvil de la madre. se detuvo a la altura del culo de ella. era una pena que con el abrigo largo no pudiera distinguir sus formas. en invierno se hacía más difícil, pero no por ello dejaba de ser menos excitante. imaginó que debajo de esa prenda había un culo bien redondeado y voluminoso, como le gustaban a él. volvió a aspirar su olor y se dio cuenta de que había dejado de escuchar el griterío de su alrededor. 
la mitad de los pasajeros bajaron a la tercera parada y muy a su pesar tuvo que apartarse un poco de ella para no levantar sospechas. con un poco de distancia de por medio pudo fijarse en su perfil, su nariz puntiaguda, sus mejillas rojizas y un poco agrietadas, los rizos que cubrían parte de su frente y una perla blanca que adornaba el lóbulo de la oreja izquierda. pensó que sería un buen recuerdo, pero también que sería un recuerdo imposible de conseguir. ella se giró justo en ese momento, pero no reparó en el viejo, que, de inmediato clavó su mirada en las puertas del vagón como si de repente tuviera mucha urgencia en salir de allí. 
madre e hijo bajaron dos paradas después. él los imitó y los siguió hasta la puerta del colegio donde ella despidió al niño con un beso y un “cómete todo el desayuno” y esperó hasta que el crío entró y se reunió con sus amigos. fue entonces cuando el hombre se decidió. parece que por fin empieza a refrescar, dijo con la mejor de sus sonrisas. la mujer lo miró, confusa, sin saber si estaba hablando con ella o con algún otro padre, a pesar de que no había nadie más a su lado. samuel a.h reconoció en su cara extrañada que no lo había reconocido a pesar de los minutos que habían compartido en el metro. repitió el comentario, esta vez menos convencido de sus posibilidades. ella asintió, por educación, pero no esperó a una segunda frase de él. se dio la vuelta y salió disparada, sin despedirse siquiera. él la siguió con la mirada hasta que desapareció al doblar la esquina y después se quedó un rato más delante del colegio, viendo cómo otros padres llegaban, despedían a los niños y se marchaban avisando de que llegaban tarde donde fuera que tenían que llegar. cuando una de las maestras se acercó a las puertas para cerrarlas, buscó un bar tranquilo donde poder sentarse y descansar unos minutos. se sentó en la mesa de al lado de la ventana justo en el momento en que dos chicas se pararon enfrente para decidir sobre si entraban o continuaban andando. de inmediato le llamó la atención la morenita, la que parecía más joven y más dispuesta a entrar. se enderezó y se quitó las gafas que de sobras sabía que le hacían más viejo. el camarero, un chico joven con cara de no haber dormido en toda la noche, se acercó y preguntó qué deseaba tomar. él también se fijó en las chicas y al reconocer a una de ellas, se acercó al cristal y repiqueteó con los nudillos hasta que la morenita se dio cuenta, se acercó a la ventana y plantó sus labios contra el cristal frío. el chico sonrió e hizo lo mismo y luego se dio la vuelta y volvió a su cliente que había visto la escena y ahora mismo sólo deseaba haber entrado en cualquier otro bar. tomó un café frío a pesar de haber especificado que lo quería muy caliente, y con tan poco anís que no se notaba el sabor. quiso quejarse, pero en vez de esto, aprovechando que el camarero estaba ocupado con otra clienta que parecía satisfecha con su café y con su compañía, se levantó y se marchó sin pagar. cuando llegó a la estación, con el paso apresurado y sin apenas aliento, se imaginó la cara del camarero y no pudo evitar soltar una carcajada en alto, sin importarle que el señor de al lado le mirara de forma extraña. se sentía bien consigo mismo y no iba a permitir que nadie se riera de él. 
el tren tardó en llegar. se notaba que a esas horas ya no había tanto tráfico de trenes ni de personas y pudo sentarse en una de las sillas incómodas del vagón, al lado del pasillo donde tenía mejor panorámica de los viajeros, la mayoría, señoras mayores que miraban al suelo y abuelos acompañados de sus cuidadoras que leían con resignación las noticias de los periódicos gratuitos. al intentar leer uno de los titulares se dio cuenta de que no llevaba las gafas puestas. las buscó en los bolsillos de la chaqueta y de los pantalones, pero sólo encontró las llaves del piso, algunas monedas y un ticket arrugado del supermercado. idiota, se dijo al recordar que las había olvidado en la mesa del bar y sintió cómo su pequeña venganza estallaba en su cara y se burlaba de su torpeza.
llegó a casa más temprano de lo habitual y tuvo que llamar a la vecina para que lo ayudara a meter la llave en la cerradura de su propia puerta. pues suerte que me ha encontrado en casa, señor samuel, porque estaba ya a punto de salir a recoger a las niñas, dijo ella, y si no me llega a encontrar, se quedaba usted un buen rato en la calle, con este frío. si es que esto de hacerse viejo no es bueno para nada, añadió. él le agradeció la ayuda, cerró la puerta tras de sí y sin encender ninguna luz, ni quitarse la chaqueta, se sentó en su butaca del salón. allí se quedó dormido hasta bien entrada la tarde. lo despertó el zumbido repetitivo del teléfono. era ana. quería saber cómo se encontraba y qué tal le había ido el día. también le propuso de ir a comer el sábado a su casa. el señor samuel a.h. colgó el teléfono, se quitó la chaqueta y la dejó caer al suelo. pensó que sólo quedaban tres días para el sábado y sonrió.

22 noviembre 2013

Un buen día la hermana Gallardo de en medio te propuso mitad en serio mitad en broma darte clases de escritura a precio módico. Se ofreció para iniciarte en la ciencia de la escritura correcta, dijo, que era una habilidad difícil, no te fueras a creer, y la prueba era que muy pocos en el mundo llegaban a dominarla. Sólo después de muchos años de esfuerzo ella estaba empezando a desentrañar el misterio de las letras y de sus grandes enigmas. Las letras eran sagradas. Los alfabetos son dioses. Escribir era una forma de rezar. Ella sostenía la curiosa teoría de que los grandes novelistas y poetas y filósofos lo son por tener bonita letra, al margen de lo que escriban. Si un autor no es a la vez dibujante, no llegará muy lejos. Para que la literatura sea buena es necesario que esté escrita con buen pulso, con los márgenes correctos, sin tachaduras, respetando la ortodoxia, defendía la dependienta.
-Si algún día cometes el error de escribir una novela -dijo la hermana Gallardo-, te lo advierto: que no me entere yo. Y si me entero, procura que no se parezca a ninguna otra.
La calidad literaria de una novela se medía por la buena o mala caligrafía de su autor, según la hermana Gallardo, listísima, quien también solía explicar aquellas tardes de diciembre que el arte de dibujar letras estaba en decadencia en nuestra época, ella era pesimista al respecto, y que esto se notaba en los mamarrachos que alguna gente publicaba un día sí y otro no.

Labia, E. Tizón

17 noviembre 2013

típico

he conocido a un chico. otro. 
un estúpido. 
el típico tío que te mira desde el otro lado de un antro oscuro 
con tres vodkas aguados encima 
a esa hora de la noche en las que sólo quedan 
dañados, borrachos e ilusos. 
el típico que sin sonrisa, sin guiño ni suplica disimulada 
aprovecha un descuido, un hueco, un silencio cualquiera 
para saltar el muro y preguntar por tu nombre. 
un libro 
una canción 
por el día de un calendario antiguo que marcaste con un círculo en rojo 
y asiente y se ríe 
y te hace dudar. 
he conocido al típico egoísta 
que olvida fechas difusas, pasadas 
celebraciones alrededor de una mesa vacía y copas rotas 
pero recuerda la intensidad exacta de un abrazo por la espalda
olvida perfumes y flores 
pero recuerda el olor preciso de una cama manchada y húmeda 
olvida la caja de bombones anual envuelta con prisas y lazo 
rosa apagado 
pero recuerda el sabor del hielo derritiéndose entre unos labios 
que están aprendiendo a perdonar 
olvida ramos, velas, tarjetas, promesas y para siempres 
pero recuerda susurros, minutos y risas. 
he conocido al típico cabrón 
que aprovecha un descuido, un hueco, un silencio cualquiera 
para arrinconarte contra las baldosas frías del baño 
y te oprime con su cuerpo, con su fuerza, con urgencia 
y te aprisiona 
y te sujeta las muñecas finas 
y te levanta la falda 
y te busca y te tantea y te guía 
y te recorre con la mirada, los dedos, las ganas 
y te baja las bragas 
y se arrodilla 
y cierras los ojos 
y separas las piernas 
y respiras deprisa 
y baila y empuja 
y estiras el cuello 
arqueas la espalda 
aprietas los puños 
muerdes el aire 
y gimes 
y apremia 
y tiemblas 
y relame 
y exiges 
y embiste más fuerte. 
he conocido al típico hijo de puta 
el típico cretino, mezquino y cobarde 
que no quiere, que no espera nada de ti. 
el típico cerdo asqueroso que confirma, querida, 
tu regla infalible: todos iguales, 
todos. 
la misma pasta 
la misma voz contando el mismo cuento con final feliz 
para las que siguen creyendo en perdices y princesas 
la misma ridícula trampa donde tú, querida, 
experta en escarcha y maletas a medio hacer, 
diestra en jaulas, humo y expolios 
te juraste, hace ya mucho, 
no volver a caer jamás.

08 noviembre 2013

no sé, ahora creo que no lo hemos hecho bien, que quizá nos precipitamos y teníamos que haberlo planeado mejor, más premeditado. por algo se dice que las prisas no son buenas para nada, claro que a buenas horas me doy cuenta de esto. la verdad es que si no tuviera la pistola en la mano y a mi marido tendido en la cama, creería que esto no ha sucedido de verdad. y no sé, no sé muy bien qué hacer. que conste que las instrucciones las tengo claras. miguel las apuntó en una servilleta de papel que dobló cuidadosamente y que me puso en el bolso a última hora, viendo que yo estaba demasiado alterada como para memorizarlo todo y mucho menos llevarlas a cabo con el orden establecido. “asegúrate de quemarlas antes de dejar la casa, ¿de acuerdo? si no lo haces estamos en la mierda. ¿me has entendido? ¿entiendes bien lo que te digo?”. me sorprendió un poco que dijera mierda. siempre habla muy bien, muy correcto y jamás pronuncia una palabra mal sonante, pero claro, comprendía que estaba nervioso como yo, aunque él lo disimulaba mejor, y cuando uno está nervioso, ya se sabe, se dicen y se hacen cosas extraordinarias, pero bueno, que miguel es un amor. no sé qué sería de mi vida si no lo hubiera conocido, ahora hace cuatro años. cuatro años, cómo pasa el tiempo, ¿verdad? 

fue en la fiesta de inauguración de las nuevas oficinas, en pleno centro de la ciudad, al lado del banco central. lo primero que recuerdo que pensé al verlo fue “qué hombre tan guapo, qué sonrisa, qué dientes, qué pelo, qué traje. y qué mujer tan fea”. octavio, mi marido, lo saludó e inmediatamente hizo las presentaciones. de cerca, con menos distancia de por medio, me pareció aún más atractivo. es un hombre alto, corpulento, con mucho pelo, aunque en los últimos años ha perdido bastante, los ojos oscuros y vivarachos, la nariz afilada, las manos grandes y bien cuidadas, la espalda ancha y un gracioso lunar en la mejilla izquierda. es una tontería, ya lo sé, pero a veces, mientras él duerme, yo me quedo ensimismada mirando ese pequeño lunar, como si no hubiera visto ninguno antes. cuando se acercó para darme los dos besos de rigor y colocó sus manos en mis hombros y los apretó ligeramente, creí que iba a desmayarme y tuve que apoyarme disimuladamente en la mesa de las bebidas y los canapés. su voz, a pesar de que sólo dijo “ya era hora de que nos conociéramos. octavio me ha hablado mucho de ti. todo halagos, por supuesto.”, era dulce y tranquila, denotaba seguridad en sí mismo y autoridad. y sin que dijera mucho más me di cuenta de que era el hombre perfecto. a continuación me presentó a su mujer que plantada a su lado sonreía dócilmente dejando ver sus dientecillos pequeños y torcidos, manchados de carmín. era un espanto. no sé qué hacían juntos y eso fue lo primero que le pregunté a mi marido cuando nos quedamos solos, en el ascensor, de vuelta a casa. él se encogió de hombros y me contestó que no era tan fea, lo que provocó una disputa sin sentido que se alargó hasta llegar al coche. lo era; era fea con avaricia. de esas mujeres sin ningún rasgo especial, ni el pelo, ni la voz, ni el color de su vestido demasiado holgado para ese cuerpo esquelético sin forma alguna. ni tan siquiera su carácter parecía tener nada destacable, aunque hablaba mucho, eso sí. hablaba de cosas sin importancia que a mí no me interesaban en absoluto,como si ese restaurante era muy bueno o si esa película era pésima o si había estado en ese hotel de parís. lo hacía además tan bajito, como si se tratara de un secreto realmente relevante, que era imposible seguir el hilo de su aburrido monólogo, de forma que estuve toda la velada asintiendo, haciendo como que la escuchaba y afirmando que estaba de acuerdo con todo lo que decía mientras de reojo miraba a miguel, el cual, ajeno a nosotras dos, se paseaba por la sala como un pavo real, hablando con los invitados, preocupándose de que tuvieran la copa llena o un puro en la mano, a pesar de que estaba terminantemente prohibido fumar en la oficina. 

por suerte miguel no tardó en darse cuenta de que esa mujer no le convenía en absoluto y al poco tiempo de conocerlos en la inauguración me enteré de que se habían separado. fue entonces cuando comenzó a aparecer más por casa. venía a cenar una o dos veces por semana y siempre traía algún detalle: un ramo de flores, los postres, una botellita de vino. yo le decía que no hacía falta, pero él insistía, con esa sonrisa suya, que era lo mínimo que podía hacer ante nuestra generosa hospitalidad. y sí, en algunos momentos se le veía decaído y tristón, aunque no sé muy bien por qué. en mi opinión era lo mejor que le había sucedido: liberarse de esa mujerzuela criticona y anodina. y que conste que no digo esto porque yo planeara lanzarme a su conquista. en absoluto. no fue así para nada. yo estaba con octavio y era feliz con él. puede que tuviéramos nuestras cosas, alguna discusión nimia por una tontería como cualquier matrimonio que lleva años casados, pero nunca lo había considerado nada grave, nada que me impulsara a mantener una aventura con ningún otro hombre. 

qué lástima me da ver la sábana y la colcha así, tan manchadas. si consiguiera mover un poco hacia la derecha el… no, no, no debo tocar nada. la colcha nos la regaló la madre de octavio, menchu, el día de nuestro veinte aniversario. con ella me llevaba muy bien. era una mujer dulce y agradable que siempre sonreía, a pesar de los dolores de la enfermedad que padeció en los últimos años. una de las primeras cosas que me dijo cuando me conoció fue “mi octavio cuidará muy bien de ti, es muy buen chico”. aún me emociono cuando lo pienso y supongo que es una suerte que muriera hace siete años, mucho antes de que todo esto empezara. no hubiera podido soportar hacerle daño a esa mujer que siempre se había portado tan bien conmigo. en realidad no debería pensar en esto ahora porque me emociono y no es el momento y a ver dónde encuentro un pañuelo con todo este desorden. él quiso cambiarla. la colcha, digo. a todas horas me recordaba que los colores no combinaban con el tono salmón de la pared ni mucho menos con el verde aguacate de las cortinas. a veces octavio podía llegar a ser tan puntilloso que me ponía de los nervios. un regalo que su madre nos había hecho con todo el cariño del mundo y además, la colcha era preciosa, de seda persa, bordada a mano. una auténtica obra de arte. me costó dios y ayuda convencerlo de que nos la quedábamos y de que cambiaríamos las cortinas. al final nos quedó una habitación bien bonita y conjuntada. y mira ahora, hecha un desastre. todo manchado y arruinado. un poco como nosotros dos en los últimos años. todo se volvió predecible, supongo. tal vez si miguel no hubiera existido nos hubiera ido bien. aunque tampoco debería pensar en esto ahora. una pena, la colcha, menchu, octavio... una pena todo. que no se me olvide no tocar nada. esto me lo ha repetido miguel hasta la saciedad. por eso lo de los guantes. tal vez ahí exageró un poco, pero dijo que toda precaución era poca. aunque me dan tantísimo calor, claro que también podrían ser los nervios o ambas cosas. y también tengo un poco de sed y me pregunto si podría bajar y ya de paso refrescarme un poco la cara, salir de esta habitación y perder de vista, ni que sea unos minutos, el panorama que me rodeaa. miguel no puntualizó nada de si debía quedarme encerrada o si podía salir. creo que podría bajar, con cuidado, sin tocar nada. no sé qué hacer. yo diría que podría, sí, aunque claro… dijo veinte minutos y, ¿cuánto tiempo habrá pasado ya? dijo veinte minutos, pero a mí me está pareciendo más bien una eternidad, vamos, seguro que han pasado veinte minutos de sobra, puede que incluso cuarenta. y también pienso que no lo estamos haciendo bien. quiero decir, estas cosas no suelen salir bien, es fácil que se nos escape algún detalle, al fin y al cabo ninguno de los dos es experto en estos asuntos. algo fallará, aunque esto no debería ni pensarlo. no sé porque me lo pongo aún más difícil. deja de pensar en tonterías. todo va a ir bien. todo irá bien. qué sed tengo. y qué calor. y qué desorden. podría llamarle. no sé si será una buena idea. no estaba planeado. no dijo nada de llamarnos. voy a llamarle. sí, será lo mejor. necesito saber dónde está y si va a tardar mucho más rato. qué sed, por dios, qué sed tengo. 
-¿estás loca? ¿por qué me llamas? ¿qué ha pasado? ¿lo has hecho? ¿por qué me llamas? dije que nada de llamadas, ¿lo recuerdas? 
-sólo quería asegurarme de que venías. 
-pues claro que voy, estaba a punto de coger el coche. 
-pensaba que estarías a punto de llegar. 
-me he retrasado un poco, he tenido que… bueno… ha habido un… ¿lo has hecho? 
-¿ha habido un qué? 
-¿lo has hecho? 
-sí, claro. 
-oh, por dios. no tenías que llamarme. joder, joder, joder, esto lo complica todo. es una locura. voy a colgar inmediatamente, maldita sea, no tenías que haberlo hecho. 

creo que me enamoré de él mucho antes de acostarnos la primera vez. las primeras veces suelen ser torpes, para qué engañarnos. que si muy corto, que si se entretiene demasiado, que si habrá visto la cicatriz, que si le gustará así, que si me duelen las rodillas. yo me olvidé de todo eso. con él fue perfecto de principio a fin. ni un solo pero. hacía años que no disfrutaba tanto con un hombre porque claro mi marido y yo habíamos perdido el interés y las ganas. con miguel en cambio, era todo nuevo y lo nuevo es mucho más interesante, siempre y cuando se mantenga como nuevo, lo cual, obviamente, es imposible. pero no fue sólo el sexo. a mí me gustaba de mucho antes. el sexo sólo lo hizo aún más intenso. sí, creo que fue así. mi marido nunca llegó a sospechar. puede que se sorprendiera de mi inesperado interés por apuntarme a infinidad de cursos y seminarios y que de repente tuviera más amigas y familiares lejanos que visitaban la ciudad y que requerían acompañante. puede que un par de veces mis respuestas fueran tajantes y mis explicaciones muy vagas, pero también creo que le hice un favor al distanciarme de él ya que todo ese tiempo extra del que disponía ahora podía invertirlo en hacer lo que más le gustaba en el mundo: dinero. y es que si en algo era bueno mi marido era en los negocios y en multiplicar los billetes. con el tiempo comprobé que esta capacidad de mi marido, paradójicamente, molestaba a su socio, mucho menos perspicaz y competente, al menos en ese sentido. 
-no sé cómo lo hace. – repetía una y otra vez cuando yacíamos en la cama agotados y sudorosos – es realmente bueno. tiene olfato, un don. no sé cómo explicarlo. tiene algo especial para que siempre salga todo rodado, tal y como lo había planeado, con los clientes firmando contratos millonarios y con un cuarenta por ciento de comisión para nosotros. es algo inexplicable. nunca había conocido a nadie así. 
-bueno, también le dedica mucho tiempo. – contestaba yo, un poco incómoda por hablar de mi marido mientras seguíamos desnudos en la cama que habíamos compartido durante tantos años – si en vez de estar aquí conmigo ahora estuvieras en tu despacho, conseguirías lo mismo que él. 
-no lo creo. él está años luz, pero yo me follo a su mujer. 
reconozco que escuchar ese comentario no me sentó bien. por un momento supuse que el único motivo por el cual miguel se acostaba conmigo era para sentirse superior, de un modo u otro, a octavio. aceptaba y reconocía su inferioridad profesional, pero había conseguido a su mujer. era un balance justo, al menos para él. paralelamente, mi marido comenzó a despotricar de su socio, de las pocas horas que pasaba en la oficina y de lo poco que aportaba a la empresa. sus palabras se recrudecían con el paso de los días, sobre todo cuando yo llegaba tarde por las noches y en algunos momentos llegué a pensar que había descubierto lo nuestro y que sólo estaba intentando recuperarme de nuevo recreándose incansablemente en la incompetencia de miguel. me sentía como un trofeo. o peor aún, como una cuerda de la que tiran por ambos lados y que está a punto de romperse. así estuvimos unos nueve o diez meses. 

¿de quién fue la idea? suya. yo ya no lo soportaba más. su mera presencia me molestaba. lo evitaba a todas horas y sólo pensaba en perderlo de vista y en pasar el mínimo de horas en casa. estaba harta de mentir y buscar pretextos, de esconderme como si tuviera doce años y de disimular día y noche. hubiera bastado con el divorcio, sino fuera porque miguel creyó que no era suficiente y que podríamos conseguir mucho más. el negocio iba viento en popa y encontrar un comprador era algo de lo que no dudaba. con la venta de la compañía, él y yo podríamos vivir muy tranquilos durante el resto de nuestras vidas en algún pueblecito costero de brasil. no me escandalicé cuando escuché cómo detallaba un plan que había estado urdiendo desde hacía algún tiempo. ni tan siquiera me resistí cuando aseguró que era más conveniente que disparara yo y que él se encargaría de todo lo demás: de conseguir un arma, de la coartada, de los billetes de avión, de la venta de la empresa, de la casita en brasil. de todo, dijo, con esa seguridad que me había eclipsado desde el primer día. sonaba todo demasiado bonito como para decir que no. y acepté. 

me está mirando. se ha quedado con los ojos abiertos y me está observando con una expresión de asombro y desconcierto, como si aún no terminara de creérselo. de hecho, se sorprendió más al verme entrar en nuestra antigua habitación de matrimonio, que hacía meses que no pisaba, que de que estuviera apuntándolo con un revólver, aunque apenas tuvo tiempo de darse cuenta de lo que estaba sucediendo porque tan pronto abrí la puerta y lo vi de espaldas, poniéndose el pijama, disparé y cayó encima de la cama, de la colcha regalo de su madre, con la cabeza ladeada, los ojos abiertos y los brazos extendidos. aún llevaba el anillo de boda. yo me lo había quitado hacía tanto que ni recordaba donde lo tenía guardado. miguel tenía razón: mi parte ha sido fácil. ni tan siquiera he dudado ni me ha temblado el pulso y ahora, aquí sentada a su lado, me pregunto qué más sería capaz de hacer. una copa, eso es lo que necesito. una copa me sentará bien. todo saldrá bien, no tengo de qué preocuparme. miguel se ha encargado de todo y está de camino. una copa. sí, eso haré. 

bajo las escaleras despacio, sin hacer ruido, a pesar de que en la casa no hay nadie más. salir de la habitación me ha hecho bien, aunque ahora pienso que tal vez mi marido no esté muerto y aproveche este momento para levantarse y atacarme por sorpresa. es una ridiculez. has visto demasiadas películas, me diría miguel. lleva sin respirar más de media hora, pero aun así, cuando cojo la botella y lleno el vaso hasta más de la mitad, veo que me tiembla la mano. el primer trago me sienta bien. me apoyo en la pared antes de tomar el segundo y de escuchar mi móvil sonando en la habitación de arriba. seré idiota, pienso, tendría que haberlo cogido. miguel dijo que no me separara del móvil, aunque tampoco entiendo por qué, si no puedo llamarlo cuando lo necesito. subo deprisa y cuando entro en la habitación, ha colgado. compruebo que es él y me repito que todo está yendo bien, que enseguida lo veré y que dentro de una hora estaremos camino al aeropuerto. pero luego también me pregunto para qué me habrá llamado, si tal vez ha ocurrido algo, un imprevisto. lo llamo inmediatamente. una voz femenina me informa de que el teléfono está apagado o fuera de cobertura. sabía que esto no iba a salir bien. era imposible. a buenas horas me doy cuenta. estoy segura de que ha sucedido algo y por eso no puede contestarme. puede que sea una tontería, un pinchazo en la rueda mientras venía o algo más grave como un accidente, o peor aún: un arrepentimiento de última hora, cuando octavio ya está tendido en la cama y me mira, como riéndose de mí, como diciendo, “eres muy estúpida, querida.” 
cuando vuelvo a llamar escucho el mismo maldito mensaje: “el teléfono al que ha llamado está apagado o fuera de…” y lanzo el aparato con rabia. inmediatamente, antes de que caiga y algunas piezas salgan disparadas cuando chocan contra el suelo, me doy cuenta de que ha sido una mala idea y de que ahora no habrá forma de hablar con miguel. no va a venir, me repito una vez y otra, intentando, sin éxito, recomponer las piezas del teléfono. ahora lo veo claro: no va a venir. he sido una idiota y no va a venir. miro a octavio y pienso que tiene razón: no vendrá. cómo habré sido tan imbécil. y ahora me tiembla tanto el pulso que soy incapaz de sujetar el móvil y lo vuelvo a dejar caer, esta vez sin importarme en absoluto si se rompe o no y comienzo a sollozar como una cría. simplemente me ha usado para que le facilitara el camino. ¿habrá sido capaz? no, es imposible. tantos años para terminar así. ¿desde cuándo lo habría estado planeando? y, ¿qué voy hacer yo ahora? ¿qué posibilidades tengo? para qué engañarnos: ninguna. a estas horas miguel estará rumbo a donde sea y quien estará a punto de llegar no es él, sino la policía. tengo que tranquilizarme, sólo estoy nerviosa, es normal. no pasa nada, estoy segura que él no haría nunca algo así, dejarme así, no, imposible. tengo que respirar hondo, secarme las lágrimas y esperar un poco más. unos minutos más. él no va a venir. respirar hondo. sí va a venir. dejar de llorar. esto no iba a salir bien. cada vez oigo la risa de mi marido más desquiciada y estridente y aunque me tape con las manos, sus carcajadas se me han metido dentro de la cabeza. “eres muy estúpida”, reitera una y otra vez. niego con la cabeza y le hago callar con un grito entrecortado y poco convincente. pero no hay forma. “tan estúpida, querida”, insiste, apuntándome con su índice ensangrentado y riéndose sin parar. la pistola con la que he disparado, justo a su lado, parece hacer lo mismo. “muy estúpida, mucho”, chillan los dos. 
si lo he hecho una vez, me digo cogiendo el revólver, puedo hacerlo otra vez más. y de inmediato ahogo todas las risas y voces imaginarias. 

cuando suena el timbre de la puerta, he perdido la noción del tiempo y también bastante sangre, pero ya no oigo a octavio y eso, en cierta medida, me tranquiliza. apenas puedo moverme e imagino, espero, de hecho, que dejaré de respirar de un momento a otro. de refilón veo la cabeza calva de mi marido y pienso en la suerte que ha tenido él con un tiro limpio y definitivo, mientras mi instinto de supervivencia se resiste a dejar de respirar y agonizo lentamente. el timbre vuele a sonar, esta vez durante unos segundos más. sea quien sea, es insistente porque al ver que nadie abre, aporrea la puerta con impaciencia. toso sangre y al hacerlo siento un doloroso pinchazo en los pulmones que supongo me habré reventado de un disparo que se ha desviado del corazón. pienso en miguel. luego en la policía. siguen llamando y por el estruendo repentino podría casi asegurar que han conseguido derribar la puerta. oigo unos pasos, pero ya no distingo si hay una o más personas subiendo por las escaleras. pienso en miguel y luego en la policía.