30 diciembre 2014

en el jardín

la niña, la más pequeña, se levanta y se sienta en la otra silla, la que le da el sol. está pálida. siempre lo ha estado. casi siempre tiene frío. sus padres se preocuparon al principio. la llevaron al médico y éste se limitó a informarles que la niña era así: pálida y friolera y que no tenían de qué preocuparse. ellos lo creyeron aunque aumentaron las raciones de las comidas, por si acaso. la niña siguió siendo pálida y friolera, pero no enfermó nunca de gravedad. algún resfriado a principios de invierno y alguna gripe intestinal sin importancia. nada más. ahora le da el sol y su pelo claro brilla con intensidad. la otra niña, la mayor, su hermana, sentada a su lado, se aparta con la mano una mosca que revolotea alrededor de su cara. están en el jardín de su casa. es un jardín grande y bien cuidado. hay rosales, margaritas y algunos árboles altos alrededor de una piscina pequeña de plástico con la que han disfrutado todo el verano. las dos están calladas porque aunque podrían contarse cómo pasaron la noche o qué harán esta tarde, prefieren no romper el silencio que se ha instalado en la casa desde hace tres días. en la mesa del jardín todavía quedan los restos de un desayuno copioso y tardío que les ha servido su tía justa: chocolate caliente, bollos, magdalenas y mermelada de melocotón, que no les gusta a ninguna de las dos. apenas han probado bocado y sin embargo en la mesa hay migas y restos de mermelada como si hubieran celebrado un banquete. la niña pequeña mira a su hermana. tiene el pelo más oscuro y largo. le llega casi a la cintura y a pesar de los ruegos de la madre, se niega a cortarlo. también su piel es más morena. la pequeña piensa que de mayor le gustaría ser como ella, igual de bonita, pero, puestos a elegir, preferiría ser menos mandona y no tener esa dichosa manía de tararear siempre la misma canción mientras se cepilla los dientes antes de ir a la cama. la mosca sigue molestándola. algunas veces se posa en su brazo y otras, como ahora, en el párpado derecho. la hermana mayor, sin embargo, ha dejado de moverse y deja que el bicho descanse sobre su cara. 
-¿hasta cuándo tenemos que estar aquí? – pregunta. 
la hermana mayor la mira un instante y se encoje de hombros. esta es la única respuesta que obtiene y sabe que a partir de ahora no es necesario que le pregunte más porque no va a haber ninguna respuesta, al menos con palabras. 
el sol comienza a quemarle las piernas a través de la tela negra. no sabe –todavía es demasiado pequeña para saberlo- que si vistiera de un color más claro la sensación de calor sería menor, pero a pesar de esto no se mueve de la silla y mira embelesada las patas delanteras de la mosca que se frotan frenéticamente la una con la otra sobre la cara de la hermana. ahora le preguntaría cómo hace esa mosca para mantener el equilibrio y no caerse. ella, por ejemplo, cuando intenta mantenerse sobre una sola pierna termina por los suelos. la mosca, sin embargo, no parece que vaya a caerse y no lo comprende. pero la niña calla. calla y mira al insecto que se traslada al entrecejo de la hermana y continua frotándose las patas delanteras. 

la puerta de la casa que da al jardín se abre y aparece tía justa. las niñas se giran en su dirección. no se extrañan de que esté en su casa. lleva tres días instalada en ella y pasa muchas horas encerrada en la habitación, con su madre. a veces las niñas las escuchan cuchichear y otras llorar. saben, aunque no las hayan visto, que es mamá quien llora y que es tía justa quien le pasa el brazo por el hombro, le aparta el pelo y seca sus lágrimas con un pañuelo de papel cuando considera que ya ha llorado suficiente. la mujer avanza con rapidez e intenta sonreír a sus sobrinas aunque es poco convincente. al llegar a la mesa acaricia la mejilla de la mayor y ordena a la pequeña que se ponga a la sombra, que hace demasiado calor para estar sentada al sol. no dice nada de los vestidos gruesos y oscuros que llevan puestos. las niñas tampoco proponen cambiarse de ropa y ponerse algo más fresco. tía justa mira las tazas medio vacías y los bollos intactos. podría decirles que tienen que comer algo, aunque no les apetezca, que va a ser un día largo. podría hacerles un poco de chantaje emocional recordándoles que no deberían preocupar a su madre por no haber desayunado, no hoy, precisamente hoy, pero al final decide callarse, recoge las tazas, las cucharas y las magdalenas. 
-no vamos a tardar mucho- les dice antes de marcharse, pisando las mismas huellas que ha dejado en la hierba saliendo de la casa. 
la hermana menor espera que se cierre la puerta de la casa para mover la silla hasta sentir los rayos de sol en su cara. por primera vez su hermana la mira y ella se percata de que en su cara ya no reposa ninguna mosca. pasan los minutos en silencio. escuchan los ladridos de plutón, en el jardín contiguo y los gritos y las risas de helena, ordenándole que recoja un palo. la hermana menor hace el gesto de querer levantarse e ir a investigar. le gusta plutón y le gustaría aún más tener uno para ella. lo cuidaría bien: le daría leche con galletas todas las mañanas y no le haría ir a recoger ningún palo porque ese siempre le ha parecido un juego muy tonto y aburrido. al poner los pies en el suelo escucha un golpe seco a su lado y da un salto hacia atrás. su hermana, con la mano derecha encima de la mesa, sonríe de una forma extraña. la niña se vuelve a sentar en su silla. 
-¿la has cazado? – pregunta.
la hermana no contesta, pero sigue sonriendo. lentamente, casi sin que se note, comienza a mover la mano por encima de la superficie de la mesa. primero hacia la derecha, luego hacia la izquierda, más tarde con movimientos circulares y luego en zig zag. la niña no pierde de vista la mano de la hermana e imagina a la mosca, atrapada, a oscuras, moviéndose según los dictados de esa desconcertante cúpula de carne, húmeda y cálida. también a ella le gustaría probar, tener a la mosca debajo de su mano, sentir el cosquilleo de sus alas en la palma y llevarla hasta la otra punta de la mesa del jardín, pero sabe que proponer esto a su hermana significa arriesgarse a que el bicho se escape y a que ésta se enfade con ella por su enorme torpeza. así que no dice nada y sigue observando, casi hipnotizada, debajo de ese sol que cada vez está más alto y arde con más fuerza. en algún momento le parece escucharla. tiene calor y sed, pero sobre todo calor. se baja los calcetines hasta los tobillos y se arremanga el vestido oscuro. 
-¿a qué esperas? 
la niña alza la mirada hacia la hermana. 
-¿a qué esperas? –repite. 
duda. mira la mano de ella, ahora quieta, justo delante de la pequeña. 
-vamos, rápido. no tenemos todo el día –dice la hermana.–un golpe fuerte. rápido. no seas cobardica. 
plutón ladra en el otro jardín, helena chilla y hace tanto calor. también escucha a tía justa desde la puerta de la casa. ya es la hora, venga, deprisa. deben ir. el coche las está esperando. ¿y qué haces con los calcetines bajados? súbetelos ahora mismo. tenemos que marcharnos. ¿a qué esperáis? 
la hermana no ha movido su mano. sonríe. 
-bien fuerte. no me harás ningún daño, no te preocupes por eso. anda, rápido, antes de que te vea tía justa y te castigue. 
la niña levanta el brazo tanto como puede y lo estira al aire. las dos hermanas alzan la vista. por entre los dedillos de la mano de la pequeña se cuelan los rayos de sol que por un momento la ciegan. ahora ella también sonríe. 

28 diciembre 2014

Escribir.

No puedo.

Nadie puede.

Hay que decirlo: no se puede.

Y se escribe.

Lo desconocido que uno lleva en sí mismo: escribir, eso es lo que se consigue. Eso o nada.

Se puede hablar de un mal de escribir.

No es sencillo lo que intento decir, pero creo que es algo en lo que podemos coincidir, camaradas de todo el mundo.

Hay una locura de escribir que existe en sí misma. Una locura de escribir furiosa, pero no se está loco debido a esta locura de escribir. Al contrario.

La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir. Y con total lucidez.

Es lo desconocido de sí, de su cabeza, de su cuerpo. Escribir no es ni siquiera una reflexión, es una especie de facultad que se posee junto a su persona, paralelamente a ella, de otra persona que aparece y avanza, invisible, dotada de pensamiento, de cólera, y que a veces, por propio quehacer, está en peligro de perder la vida. 

Si se supiera algo de lo que se va a escribir, antes de hacerlo, antes de escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena. 

Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos -sólo lo sabemos después- antes, es la cuestión más peligrosa que podemos plantearnos. Pero también la más habitual.

La escritura: la escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada en la vida, nada, excepto eso, la vida. 

Escribir, M. Duras

27 diciembre 2014

instrucciones para soplar las velas de cumpleaños

ponga cara de sorpresa al ver la tarta con todas las velas encendidas. sonría a los amigos y familiares que se han reunido para celebrar tan señalada fecha. sonría un poco más, con convicción, hasta que le duelan ligeramente las mandíbulas. cierre los ojos. en este punto puede dejar de sonreír para darle más solemnidad al asunto. pida un deseo. sólo uno. coja aire, aguante un instante la respiración y a continuación sople con energía toda y cada una de las velas hasta que se apaguen y espere. 
espere. espere. espere. espere. 

espere.

13 diciembre 2014

como tantos otros

en esos tiempos no hacíamos nada bien. 
había que conocerse, indagar, dudar 
aclararnos. 
quedábamos a menudo, algunas veces incluso sin excusa 
porque sí 
sólo por vernos, por estar con el otro 
por sentir que, cogidos de la mano, nos preocupábamos menos por la dirección del paseo 
y comprobar, supongo, que nos gustaba estar juntos, 
revueltos, manchados, enfadados, cocinando un plato rico, 
esperando una llamada que tardaba 
escuchándonos a pesar de no decir nada cabal 
mirándonos aunque ya nos hubiéramos contado las pecas 
cien veces. 
de día recordaba, repetía y le daba mil vueltas a sus juramentos y pactos
había que interpretar 
queríamos creer 
creíamos. 
a ciegas. 
de noche nos aventurábamos con posturas extrañas que habíamos visto de algún vídeo porno en internet 
ni ella era rubia 
ni yo aguantaba sesenta minutos 
y a pesar del empeño a ella le gustaba así, normal 
a mí me entusiasmaba asá, como siempre 
nos sobraban brazos y nos faltaban horas, agua fresca 
tal vez un director de escena que se quedara al margen cuando todo comenzaba a salir bien. 
al terminar, anudados, más felices que sorprendidos 
nos reíamos muy alto y recontábamos, otra vez, 
nuestras pecas. 

con el tiempo, como tantos otros, nos normalizamos: 

nos sabíamos eruditos y terminamos las preguntas 
los paseos se acortaron 
los bolsillos de cualquier chaqueta albergaban mejor que las manos 
las suyas heladas de noviembre a marzo, las mías comenzaban a sudar en abril 
a mis platos les faltaba sal, ella abusaba del azúcar 
algún día, en una de esas tardes plomizas y lentas, 
recordaba, repetía y le daba mil vueltas a sus juramentos y pactos
negaba con la cabeza, sonreía mansamente 
alzaba la vista y observaba las nubes 
había que creer 
me convencía que tenía que creer 
luego bajaba la vista hacia el pavimento 
y obedecía. 
distanciamos las llamadas 
usábamos caritas inexpresivas y pulgares hacia arriba que pretendían detallar más que cualquier frase 
perdí la cuenta de los corazones recibidos entre línea y línea cuando a mí me bastaba un vamos a pasear 
se había teñido de rubio. la hacía más joven, aseguraba 
el porno la aburría 
yo seguía sin aguantar sesenta minutos 
tenía más tripa 
más fantasías que imaginación 
una camarera argentina que me deseaba los buenos días con el mismo encanto con el que me rozaba el brazo al servirme el café 
un temor que disimulaba hablando mucho rato 
a gritos 
sin entender qué estaba contando. 
ella, la camarera, me regalaba galletitas 
yo, achispado de esperanza y cafeína, la visitaba cada día 

como tantos otros, nos compramos un cachorro: 

cuatro patas paticortas, dos orejas puntiagudas, un hocico que me olisqueaba el culo cada vez que me ponía de pie 
rasgaba mis zapatillas 
devoraba nuestras sobras 
ladraba a todas horas 
nos exigía atención y juegos. 
la alegría de la casa. 
plutón, le puso ella, que ya no era rubia sino caoba oscuro 
la hacía más seductora, insistía 
y yo me preguntaba, en silencio, mirándola de reojo, leyendo su diario a escondidas, 
para quién. 
alguna noche, en una de esas noches de vueltas e insomnio, 
intentaba recordar si hubo juramentos y pactos. 
me decía que sí, que algo hubo, que yo prometí y ella firmó 
quizás fuera al revés. 
luego cerraba los ojos e intentaba relajarme, no pensar, ausentarme 
pero su respiración calmosa 
sus ronquidos musicales, sosegados 
la mancha húmeda de su babilla acuosa 
plutón, dormitando como un bebé entre sus dulces brazos, me había derrocado, desplazado. anulado. 
y yo, imbécil, cobarde, con más tripa, menos pelo 
sin mi rubia ni mi argentina 
sin aguantar unos jodidos veinte minutos 
sin zapatillas ni pactos 
miraba a esa bestia por la mañana y le preguntaba, cada día, como si me entendiera y fuera a responder,
¿vamos a pasear? 
y como tantos otros, paseábamos.

03 diciembre 2014

la habitación 217

la habitación 217 está situada, como bien señala su primer dígito, en la segunda planta del hotel new comfort inn, en ecclestone avenue, a cinco minutos de la estación victoria y a quince del visitadísimo buckingham palace. se remodeló en el año 2005, una remodelación que llevó a uno de los tres socios, nicholas ramsday, a ceder su parte por absoluta disconformidad con los asuntos decorativos de las habitaciones. lo que no indica su primer dígito, aunque tampoco es algo relevante, es que la estancia se encuentra al final del pasillo, a mano derecha, que el cartelito dorado con letras negras que cuelga de su puerta indicando el número de la habitación está un poco oxidado y que la puerta de acceso al baño no cerraba bien hasta que mike, el encargado de mantenimiento, entre otra decena de tareas de las que se ocupa en el hotel, le dedicó un par de horas de trabajo la mañana del 13 de octubre, justo después de tomar su segundo té con leche sin azúcar y su cuarto cigarrillo sin filtro, y consiguió arreglarla. al terminar su trabajo avisó a margarita, la chica de madeira que hace menos de dos semanas que comenzó a trabajar en el new comfort inn, para que limpiara los restos de serrín que había dejado tras la reparación. margarita, después de escuchar a mike, se vio en la obligación de pedirle a una de sus compañeras que tradujera lo que el hombre había dicho. la compañera, manuela, también de madeira, pero con más tiempo en la casa y por lo tanto más acostumbrada al cerrado acento escocés de mike, tradujo sus palabras y añadió un poco de dramatismo al asunto aconsejándole que no perdiera el tiempo y fuera rápidamente a la 217, antes de que la encargada de las habitaciones, rosemary, conocida entre las trabajadoras como “caradeperro” llegara antes, se percatara del montoncito de suciedad y montara en cólera como era habitual en ella cada vez que creía que las chicas no realizaban bien su trabajo. margarita se apresuró tanto como pudo. tanto se apresuró que al llegar se dio cuenta de que había olvidado la aspiradora para recoger el serrín del suelo. sin tiempo a reconsiderar otras posibilidades y temiendo que “caradeperro” apareciese de un momento a otro se arrodilló y recogió el serrín con sus manos agrietadas por el frío y el agua, miró a su alrededor y se decidió por la ventana, la única ventana de la 217, que da a un pequeño patio de luces interior, la abrió con cierta dificultad puesto que en una de sus manos sostenía el serrín, y se deshizo del contenido. inmediatamente después se aclaró las manos con agua puesto que los jaboncillos de aloe vera están reservados a los clientes, entrecerró la puerta que daba al pasillo para tener un poco más de intimidad, se sentó en una esquina de la cama de matrimonio para no arrugar la colcha floreada y rompió a llorar. 
rosemary hizo su ronda de control de calidad unas horas después. de la segunda planta entró en las habitaciones 200, ocupada por el matrimonio arnaud, de parís, que visitaba la ciudad por primera vez y la encontró bonita pero cara, la 202, que era individual y en la que hace unos años hallaron el cuerpo sin vida de una tortuga debajo de la cama, y la 217. por supuesto se percató en menos de lo que tardó en parpadear de que la ventana que daba al patio de luces estaba abierta y se puso hecha una furia. negando con la cabeza y mordiéndose el labio inferior para no estallar en una ristra de insultos dedicados a sus ineptas empleadas, cerró la ventana de un golpe brusco que hizo saltar un trozo minúsculo de madera del marco. al darse la vuelta sus intenciones de reunir a todo su equipo en el pequeño despacho que le habían asignado para explicarles cómo debían hacer su trabajo se vieron gratamente frustradas: jonathan, uno de los recepcionistas, apoyado en la puerta, estaba desabrochándose los pantalones negros de un uniforme que le quedaba ligeramente estrecho. 
-¿estás loco? -susurró ella deteniendo la acción del chico– ¡aquí no! 
e inmediatamente lo cogió de la mano y lo condujo entre risas y susurros a la 518 que, aparte de tener unas bonitas vistas al río, sorprendía a todos los que allí se hospedaban con dos pequeñas cajas que contenían tres bombones de licor situadas en cada una de las mesillas de noche, por expresa orden de ella. esta vez, sin embargo, su equipo había olvidado el detalle, aunque rosemary tenía la cabeza en otra parte y ni tan siquiera reparó en su ausencia. justo cuando la pareja salía de la habitación, primero rosemary y, diez minutos después, jonathan, joao lopes abría la puerta de la 217. agotado por un viaje de veintidós horas y tres escalas, dio un repaso rápido a la moqueta azul oscuro, el escritorio de madera oscura con una lámpara de pie al lado y dos almohadas gruesas apoyadas en el cabecero de la cama. a continuación dejó su maleta en el suelo y se dirigió a recepción donde una sonriente tiffany le preguntó si podía ayudarle en algo. el hombre dijo que sí, que podía y esperó a que tiffany borrara esa estúpida sonrisa de su cara y preguntara en qué podía ayudarle. pero tiffany no lo hizo y siguió sonriendo, esperando que joao le contara en qué podía ella ayudarlo. en ese momento apareció jonathan que un poco despeinado saludó a los dos y se sentó delante del ordenador de las reservas: a las 17.00h estaba previsto que llegara la señora borchgrevink y a las 21.00h el señor stamos, que ya se había alojado algunas otras veces en el hotel. no había más reservas para ese día y viendo que sería una jornada tranquila jonathan tecleó con un dedo y torpemente la página de apuestas en la que solía ganar un sobresueldo gracias a un sexto sentido que casi nadie conocía. 
-no me gusta la habitación –dijo joao lopes. 
-oh, vaya. ¿no está limpia? 
-no he dicho eso. simplemente no me gusta. 
jonathan dejó por un instante de mirar el equipo por el que debía apostar y observó a joao lopes. era un hombre de poca estatura, muy pálido y delgado, con el pelo claro y muy fino. parecía que en cualquier momento iba a desvanecerse. 
-se la podemos cambiar sin problema, señor– intervino el chico, viendo que tiffany seguía sonriendo pero no iba a reaccionar a la petición del cliente. 
-estupendo. eso es lo que deseo. 
el hombre desapareció de la recepción con una nueva tarjeta y tiffany se encaminó hacia la 217. saludó a manuela que terminaba su jornada y a la señora arnaud, de la 200, que aprovechó para notificarle a la chica que iban a quedarse un día más. al abrir la puerta del cuarto tiffany dio un repaso a la habitación: el espejo redondo, de marco dorado y decoración barroca que le había devuelto la imagen cada vez que marcaba ese número de móvil para colgar justo antes de que empezara a sonar, el cuadro encima del escritorio con un paisaje marítimo que le recordaba el último verano en malta y una pequeña papelera donde había tirado, a escondidas, el sobre de una carta de despedida que recibió hace mucho tiempo. le pareció que todo estaba en orden y regresó a su puesto de trabajo. 
-hay gente muy rara, ¿no crees jonny? 
jonathan no contestó a su compañera. acababa de ganar cincuenta libras. 

el señor stamos se adelantó en su llegada al hotel y en cambio la señora borchgrevink se retrasó. la habitación 217 le pareció decente, aunque a decir verdad si ahora alguien le preguntara qué tal el hotel no habría sabido capaz de destacar ningún detalle. tampoco estaba allí para eso. esperaba a isabella, que, como ya se ha dicho, se retrasó. cuando ella llamó a la puerta io stamos se apresuró en abrir y se fundieron en un abrazo que desembocó en un beso largo que desembocó en otro abrazo y otro beso. luego se separaron y se miraron de arriba abajo. hacía dos meses que no se veían, pero por fin habían conseguido encontrar una noche para los dos. después de tomar una ducha, isabella propuso ir a cenar fuera, pero io prefería saltarse la cena y así se lo hizo saber. comenzaron a discutir. el tema de la cena, que en realidad era del todo irrelevante, dio paso a aquel día en el que isabella no contestó a ninguno de los mensajes que io le había enviado y a un ramo de flores que llegó con una semana de retraso después de haber conseguido ese importante ascenso laboral. empezaron a subir el tono de voz, ajenos al poco grosor de las paredes, y en algún momento antes de que los dos se fueran, ella le dio una patada a la pequeña papelera. joao lopes, alojado en la habitación de al lado, dejó el pintalabios rojo en la pila del lavabo. 
-por el amor de dios– susurró fastidiado y a continuación se miró al espejo y con la punta del índice humedecida difuminó un poco la sombra violácea del párpado derecho que se había aplicado segundos antes. 
mike también escuchó la discusión de la pareja. según la versión que daría al día siguiente a la gerente del hotel, samantha magnier, parecía que allí dentro se estuviera liando una bien gorda, dijo literalmente a la mujer que censuró la expresión poco neutra de él alzando un poco la mano para detener al hombre de alguna otra frase más subida de tono. 
-¿y qué estaba haciendo usted a esas horas todavía en el hotel? – preguntó ella cuando mike terminó de dar su versión de los hechos. 
el hombre la miró sorprendido y durante unos instantes no supo qué responder. 
-¿no termina usted a las siete? –insistió samantha. 
-tenía trabajo. a última hora me llamaron para que arreglara un grifo que goteaba. 
-¿un grifo que goteaba? ya. comprendo. bueno, eso es todo. muchas gracias, mike. 
-no hay de qué. 
mike se levantó y cerró la puerta del despacho con cuidado. samantha había conseguido ponerlo de mal humor. hacía más de diez años que trabajaba en ese hotel como para que ahora llegase aquella mojerzuela con títulos e idiomas pero sin tener ni idea de cómo usar un destornillador y fuera a cuestionarle sus horarios y, peor aún, su trabajo. su enfado, sin embargo, desapareció por completo y una risotada invadió la 217 cuando en la esquina del fondo a la derecha, justo debajo de la ventana, observó el charquito de orina que había dejado después de que io e isabella se hubieran marchado por separado, furiosos el uno con el otro, y sin pagar la habitación. 
-parece que los invitados de la 217 lo pasaron en grande ayer –informó a rosemary “caradeperro” cuando la vio tomándose su café en la cantina del hotel. 
-¿por qué lo dices? 
-¿no te has enterado de nada? –inquirió él y, sin dejar de observar a la mujer, extendió los brazos en los respaldos de las sillas laterales y negó con la cabeza. 

margarita llegó a la habitación con un cubo de agua caliente y jabón. a pesar de las pocas indicaciones que había comprendido de “caradeperro” rápidamente distinguió la mancha en la moqueta y con diligencia se arrodilló delante de ella y se dispuso a frotar el tejido hasta eliminarla. cincuenta minutos después la 217 presentaba el mismo aspecto que cualquier otra habitación y la chica, con algunas gotas de sudor en la frente y la espalda dolorida, se sentó en una esquina de la cama de matrimonio para no arrugar la colcha floreada y rompió a llorar. jonathan, creyendo que era rosemary quien estaba en la habitación, interrumpió el llanto de ella. 
-perdona –dijo, sin saber adónde mirar –creía que… que… eras otra persona que… -y despareció sin terminar la frase. 
ella se secó las lágrimas de las mejillas, se alisó el uniforme y salió del cuarto con el olor del agua, jabón y orina en las manos. al mismo tiempo que joao lopes. los dos se ignoraron a pesar de ir en la misma dirección, uno detrás del otro. para la reunión que tenía el hombre ese día en hillbay insurance group ltd, a treinta minutos del hotel si había poco tráfico en la ciudad, había escogido un traje azul oscuro, camisa blanca de algodón, corbata de rayas grises y anaranjadas y zapatos de cuero negros, regalo de sus padres en su treinta y tres cumpleaños. en el ascensor, antes de salir a recepción, se miró al espejo. 
-por el amor de dios –susurró y se dio la vuelta para dejar de ver esa imagen de él. 
ya en recepción tiffany le deseó unos muy buenos días al verlo y le preguntó qué tal había dormido. el hombre contestó que bien y le entregó su tarjeta visa. tiffany leyó su nombre en alto: “joao lopes”. 
-sí, ese soy yo- dijo él. 
-gracias por alojarse en el comfort inn, señor lopes –contestó ella al devolverle la tarjeta visa. 
durante unos minutos la recepción estuvo vacía y en silencio. tiffany se pasó los dedos por su cabello ondulado y sedoso y se comió un bombón reservado para los clientes. luego, en voz baja, leyó el nombre de los huéspedes que estaba previsto que llegaran a lo largo del día: sarah mutter, anish gupta, michelle tardy, pedro jovellanos y mireia alcázar, la clase b del sexto curso del colegio queen’s college compuesta por veintidós alumnos, vilma strausch y jean pierre lyvio.