26 agosto 2015

por favor

por favor os lo pido 
no me contéis, por favor 
no lo hagáis 
sed astutos 
comprensibles
benévolos 
poneos en la piel de los demás, los otros, los distintos a vosotros
leed los indicios, el rostro, las señales 
si es que alguna vez os enseñaron a leer señales, indicios o rostros y aprended que 
si no os miro 
si no sonrío 
si no asiento 
ni me animo con vuestra hilarante relato es porque así lo prefiero y aunque os resulte extraño, poco normal, del todo incomprensible
descabellado
sí, elijo quedarme al margen 
apartadita, en silencio 
porque no me interesa, me aburre, me cansa 
me distrae de mi nada. 
nada, cierto
-menuda mierda esta nada- pero al menos es mi nada. 
por favor, os lo ruego 
daos cuenta de que en mi caso quiero desconocer 
no estar 
no participar de un fin de semana en el monte, de una paella, de qué concierto te perdiste ayer, del resultado de un partido vital entre casados y divorciados que terminaron cenando cualquier sobrante sin admitir la derrota. del partido. de la vida. tanto da.
de las picaduras de mosquito en un tobillo que retiene líquidos e infinitas horas de tedio 
del qué calor hace hoy en la misma calle que os hiela el alma en enero 
de la incompetencia de un jefe obeso que se equivoca de nombre al llamaros
y sonreís. porque es el jefe.
y sobre todo, ante todo, por encima de esas banales anécdotas que os hacen más cargantes que mortales 
por favor os lo suplico: no plantéis vuestras pequeñas pantallas luminosas delante de mis narices 
sin opción, alternativa ni la leve suspicacia de que
tal vez 
no busco ver más vídeos -tampoco fotos- de ese pequeño díscolo, el nene, el bebito, el príncipe, el rey de la casa, lo mejor que me ha pasado en la vida. 
el hijo. 
que sí, que es precioso, que cómo ha crecido, que se os parece tantísimo que nunca nadie va a dudar de vuestra magnífica hazaña, pero que es vuestro, no mío. vuestro asunto, no el mío. vuestro baile de fin de curso, no el mío. 
asumid, por favor, que me cueste comprender esa desmesurada carcajada ante babas, tropiezos, pañales y diarreas. que tarde en descifrar sus berreos y que me asuste más vuestro empeño que su existencia. 
hacedme caso, por favor, cuando –adivinando la previsible intención- os dedico un monosílabo, una excusa, los ojos en blanco, una devota oración a quien sea para que me lleve lejos. 
atended, os lo pido, cuando de vosotros os rogaría un poco, sólo, de silencio
de saber lo justo 
tan justo, breve, limitado 
que rozara el cero 
la ausencia 
el ruido mudo 
la palabra afónica 
y que de querer saber, os preguntaría. 
sí, eso haría 
exactamente eso 
os preguntaría 
a bocajarro, con interés, adrede, a consciencia 
con los ojos muy abiertos 
expectante por una historia, la vuestra 
os pediría detalles
esperando la hilera de palabras superfluas y huecas
como si fueran la verdadera música, el inesperado cuento, el único verso, el bendito rezo.
eso haría, sin duda.
pero mientras tanto, si callo
si no pregunto ni espero
por favor
sed consecuentes y buscad a otro oyente. 

16 agosto 2015

Dejó de oír los boletines meteorológicos. Aceptaba el tiempo según se presentaba, con su fría lluvia y sus días ventosos y los grandes peñascos cheposos en los campos inclinados, como emblemas de clanes, palpitantes de luz de tormenta, historia y tiempo. Cortaba leña. Se pasaba horas frente a la pantalla del ordenador, contemplando un vídeo en directo filmando en el arcén de una autopista de dos carriles situada junto a una población finlandesa. Era medianoche en Kotka, Finlandia, mientras ella observaba la pantalla. Le resultaba interesante porque estaba ocurriendo en ese momento, con ella allí sentada, y también porque ocurría veinticuatro horas al día, de forma anónima, con los coches que entraban y salían de Kotka, o simplemente con la carretera vacía en tiempo muerto. El tiempo muerto era lo mejor. 
Permanecía allí sentada, observando la pantalla. Le resultaba fascinante, y lo bastante real como para soportar la circunstancia de que no ocurriera nada. Se alimentaba de esa circunstancia. Eran las tres de la madrugada en Kotka y ella espraba a que pasara un coche, aunque luego ni siquiera se preguntaba quién viajaría en su interior. Se trataba simplemente del hecho de la existencia de Kotka. De la sensación de organización, de lugar contenido en un marco perpetuo mientras existe y mientras uno lo contempla, con la hora local detallada en una ventana digital situada en una esquina de la pantalla. Kotka era otro mundo, pero ella podía verla en toda su realidad, en sus horas, minutos y segundos. 
Imaginaba que tal vez habría alguien que se masturbara con aquello, con la aparición de un automóvil camino de Kotka en mitad de la noche. Al pensarlo le entraban ganas de reír. Cortaba leña. Todos los días reservaba algún tiempo para la webcam de Kotka. Ignoraba el sentido de aquella filmación, pero la aceptaba como un acto de poesía suspendida. Cuando más le gustaba era durante el tiempo muerto. Le vaciaba la mente y le permitía experimentar el profundo silencio de otros lugares, el misterio de ver, al otro lado del mundo, un lugar despojado de todo menos de una carretera que se aproxima y se aleja, como dos realidades simultáneas, y los números que cambiaban en la ventana digital con una urgencia peculiar y vacua de minutos que crecen en dirección a la hora, y ella seguía allí sentada y miraba la pantalla, esperando a que en la carretera se formara la silueta fugaz de algún coche. 

Body art, D. Delillo