20 octubre 2016

coqueto, luminoso y con vistas al mar

julieta y yo habíamos conseguido reunir algunos ahorros en los últimos años. ella había doblado el número de clases privadas de inglés y yo había tenido suerte con un ascenso que no merecía. las cosas nos iban bien y julieta propuso mirar algún pequeño apartamento al lado del mar para hacer escapadas en verano y los fines de semana otoñales. decía que lo echaba de menos. el mar. que desde que vivía en esta ciudad siempre había sentido la sensación de vivir enclaustrada y que el aire estaba contaminado y condensado. nunca la había escuchado decir esto antes en los siete años que llevábamos juntos, pero la idea de comprar un apartamento no me pareció mal, así que le propuse de comenzar a mirar ese mismo fin de semana. ella se me echó encima, me abrazó y chilló de felicidad y yo, sorprendido ante su reacción, no pude más que imaginar nuestro primer fin de semana en ese futuro piso con vistas al mar. 
ninguna de las cuatro viviendas que vimos la primera mañana de visitas nos convenció: estaban muy alejadas de la playa, del centro del pueblo o de nuestro presupuesto, pero julieta seguía animada y por la tarde quiso visitar un par más que no sólo no nos gustaron sino que nos espantaron por las condiciones en las que se encontraban y por las reformas que íbamos a tener que hacer. al salir del último piso, julieta, menos alegre que esa mañana, caminó hacia la playa, se descalzó y se sentó en la arena húmeda. 
-tengo el presentimiento de que mañana lo encontraremos. 
-¿no quieres volver a casa? –pregunté 
-no. quedémonos esta noche y sigamos buscando mañana. 
acepté, a pesar de que empezaba a preocuparme la determinación de julieta. nos hospedamos en un hotel a primera línea de mar. las vistas del mar plateado al atardecer nos animaron a creer que, efectivamente, encontraríamos nuestro apartamento ideal al día siguiente y julieta, arrebatada por una vitalidad que no había visto nunca, pasó la velada contándome anécdotas de cuando ella y su hermano se escondían en las cuevas de la playa de su pueblo natal. yo la escuchaba con atención, desconcertado por no haber oído nunca antes esas historias. cuando le pregunté por qué no me había contado nada de todo eso antes, se encogió de hombros y contestó que nunca antes habíamos estado buscando un pisito con vistas al mar. luego se calló y miró el océano y yo hice lo mismo, esperando otra historia que no tardó en llegar. su presentimiento, sin embargo, se quedó en eso: en un mero presentimiento. buscamos ese domingo y tres fines de semana más con un resultado desesperanzador. la vuelta a casa los domingos por la noche, en medio de una caravana de coches interminable, solía ser en silencio, agotados y muy desanimados. decidimos darnos un descanso y pasar unas semanas en la ciudad, pero la mayoría de días que volvía a casa después de trabajar me encontraba a julieta en la mesa del salón rodeada de una decena de folletos de pisos para alquilar en localidades costeras paradisíacas, así que reanudamos la búsqueda inmediatamente. 
vimos cinco el sábado. julieta lloró como una niña pequeña durante la cena, en un restaurante a primera línea de mar, después de terminarnos la botella de vino blanco. no podía más, estaba cansada. sólo quería un piso sencillo que diese al mar. nada más, decía. cuando el camarero nos trajo la nota se escabulló al baño y regresó con la promesa de ser más optimista y no rendirse tan fácilmente. la creí y yo también me tranquilicé. el primer apartamento que visitamos la mañana del domingo fue el que la enamoró. era pequeño, pero práctico, muy económico y listo para entrar a vivir. le gustaron los muebles rústicos, las pinturas marinas colgadas de la pared e incluso los electrodomésticos anticuados, la mitad de los cuales no funcionaban. de las cuatro habitaciones que tenía el piso, sólo el baño, un cuartito pintado de azul, tenía una ventana de tamaño minúsculo con vistas al mar. 
-es una locura, una auténtica locura –le dije en el coche de camino a casa- creo que deberíamos seguir buscando un poco más. ¿qué hacemos con un baño con vistas si el salón da a un solar abandonado convertido en aparcamiento? 
estuvimos toda la semana enrabietados y evitándonos. julieta daba portazos cuando entraba o salía de casa y por las noches dormía a un lado de la cama, sin rozarme. tuve que ceder. seguía pensando que era la peor inversión de la historia, pero supongo que la felicidad de ella compensaba el error que íbamos a cometer. cuatro semanas después pasamos nuestro primer fin de semana en nuestro nuevo apartamento. nunca había visto a julieta tan feliz: limpiaba las habitaciones canturreando alegremente, parloteaba sobre las fiestas que celebraríamos con nuestros amigos, me ayudaba con las estanterías sin parar de besarme y entre una cosa y la otra, entraba en el baño y se plantaba delante de la minúscula ventana para contemplar el mar. y sonreía. esa misma noche, en una de sus visitas al baño para extasiar la vista descubrió que subida al váter obtenía unos centímetros más de mar. me llamó a gritos con su nuevo descubrimiento y, extasiada, me señaló la ventana. yo la miré sorprendido. no sabía si me estaba tomando el pelo o si realmente consideraba eso normal. me reí de ella, acuclillada encima del váter, y le dije que tuviera cuidado, pero pareció no escucharme porque permaneció allí, inmóvil, embobada. yo terminé con la estantería y luego comencé a barnizar una mesa. veinte minutos después me inquietó el silencio del piso y regresé al baño: julieta seguía encima del inodoro, mirando el mar, ufana. 
-¿estás bien? –le pregunté un poco harto de su actitud. 
-claro. 
-llevas ahí veinte minutos. 
-ven –dijo ignorando mi tono enfadado y haciendo un poco de hueco encima del váter. 
-julieta –solté- hay mil cosas que hacer todavía. 
en realidad no me importaban las tareas pendientes. podíamos hacerlas al día siguiente o un mes después, pero me pareció la mejor excusa a la que agarrarme para que ella dejara de hacer el tonto y, peor aún, me obligara a hacerlo a mí. -ven –repitió sin apartar la vista del mar. volví a ceder. me subí al inodoro con el temor de que no iba a soportar tanto peso y nos íbamos a hacer daño, pero, sorprendentemente aguantó mis sesenta y siete kilos más los de ella. me acuclillé a su lado, incómodo por la postura y por la falta de equilibrio que siempre me había fallado. cuando conseguí encontrar una posición estable, alcé la cabeza. ahí estaban tres centímetros más de mar, sí. julieta me acarició el pelo y nos relajamos ante los juegos de colores azules y plata de las olas mecidas por la brisa. 
-podríamos cenar aquí –propuso ella cuando, para mi sorpresa y pasada media hora, había dejado de sentir dolor en la espalda, piernas y tobillos. 
no exagero si digo que prácticamente nos mudamos ahí, sobre ese minúsculo trozo de cerámica y plástico, encarados siempre hacia el este, julieta a mi derecha y yo más al borde de la taza, haciendo malabares cuando algunos de los dos pretendía cambiar de postura. ahí encima nos besábamos, leíamos, hacíamos planes para el futuro, cenábamos pizza o simplemente contemplábamos embelesados la franja marítima que nos proporcionaba estar subidos a un váter. el resto del piso nos daba igual y, poco a poco, fuimos descuidándolo. la sal marina se acumuló rápidamente sobre los muebles, la barandilla del balcón, la encimera de la cocina y el sofá estampado. también el polvo. apenas lo notamos. en nuestro baño estaba el mar. 

un día, sin embargo, la taza del váter no resistió más y se partió en dos. por supuesto nos encontrábamos encima. julieta pintándose las uñas de los pies y yo sujetándole el pequeño bote de esmalte rojo. su grito me heló la sangre y, después de comprobar que yo estaba bien, la miré tendida en el suelo, manchada de rojo en la cara, escote y brazos. 
-ayúdame– dijo cuando intentó levantarse y vio que no podía. tiré de ella con cuidado y con bastante esfuerzo conseguí que se pusiera en pie. los dos, delante de la taza rota, con los pies encharcados, miramos el inodoro con pena. julieta comenzó a sollozar. 
-lo arreglaremos –le aseguré. 
-¿lo haremos? –preguntó. 
-por supuesto –contesté. 
pero no fue así. sustituimos el váter por otro. el primero era muy bajo y no veíamos el mar, el segundo demasiado ancho y estábamos muy alejados el uno del otro, el tercero se rompió cuando julieta puso el pie encima y en el cuarto no cabíamos los dos y, por supuesto, no estábamos dispuestos a hacer turnos ni tampoco a separarnos. mientras tanto habíamos intentado volver a acostumbrarnos al trozo inicial de mar que veíamos de pie, delante de la minúscula ventana, pero eso ya no nos satisfacía. era demasiado poco mar. julieta se derrumbaba a menudo y nada de lo que yo decía conseguía tranquilizarla ni mucho menos animarla. comencé a frecuentar el salón porque su humor taciturno y deprimente me afectaba. ella, de pie, delante de la minúscula ventana de un baño sin váter, miraba el mar sin importarle donde estaba yo. nos fuimos distanciando irremediablemente. 
una madrugada de finales de septiembre me desperté de repente por el ruido de unos martillazos contra la pared. sin saber de dónde provenían corrí al baño temiendo lo peor y, efectivamente, me encontré a julieta con un martillo entre sus manos intentando por todos los medio agrandar esa minúscula ventana. me preocupó que al verme fuera a atacarme, pero estaba tan ofuscada con su tarea que no se dio cuenta de que estaba detrás, horrorizado y asustado al ver los huecos y grietas de la pared que había comenzado a derruir. la inmovilicé agarrándola por la espalda y los brazos y, contra todo pronóstico, tiró el martillo al suelo y comenzó a llorar. la llevé al salón cogida de la mano y la senté en el sofá. tenía un aspecto lamentable y olía mal. sospeché que no se había duchado en días y seguramente también se habría olvidado de comer. sentí pena por ella y por mí que, tal vez, ofrecía el mismo aspecto. con la mirada perdida en algún punto del suelo parecía que se había calmado, pero no me atreví a preguntarle si se encontraba mejor. preferí levantarme y abrir la puerta del balcón para que entrara un poco de aire fresco. aire marino. al hacerlo me fije en un pequeño charco que se había formado entre dos coches del solar por las lluvias del día anterior. sin dudarlo entré al apartamento entusiasmado y le pedí que se levantara y saliera conmigo al balcón. ella me miró extrañada y todavía ausente, pero me obedeció sin mucha ilusión ni resistencia. una vez fuera los dos, sintiendo el frío de la noche otoñal en la nuca, le señalé el charco. ella vaciló. volví a señalarlo. 
-entre el audi y la furgoneta blanca –puntualicé, esperando que eso fuera suficiente. ella asintió y observó el charco con detenimiento. luego me miró a mí. reconocí esa mirada inmediatamente. era la misma mirada serena y complaciente de cuando los dos estábamos subidos al inodoro, atendiendo al baile de olas del mar. sonreí ligeramente y ella, con timidez, me devolvió la sonrisa. 
-qué bonito está hoy, ¿verdad? –susurró. 
cogí dos sillas del salón y las llevé fuera. ella prefirió que compartiéramos una y no quise contradecirla. nos sentamos como pudimos y miramos el charco entre los dos vehículos del solar abandonado que servía de aparcamiento hasta el amanecer. durante un instante, a primera hora de la mañana, cuando el sol despuntaba por entre los edificios me pregunté cuánto tardaría en secarse y desaparecer. sentí un nudo en el estómago imaginando el momento en que esto sucediera. puede que julieta notara mi inquietud porque giró la cabeza y me miró como si estuviera esperando una respuesta a la pregunta que no había formulado. 
-quizá más tarde podamos continuar con la pared –dije con los ojos puestos en los finos bordes de barro seco del charco. ella apoyó su cabeza en mi hombro y respiró relajadamente como si, por fin, nuestro pequeño apartamento, estuviera rodeado de mar.

21 abril 2016

el arte de casi

casi sucedió a la primera 
un chasquido 
quedaban plazas 
el avión aterrizó a su hora. no había niebla. nadie rezó por si acaso. 
rellené un folio entero de garabatos y alguna palabra. sin respirar. 
el ilustre doctor extirpó el cáncer entre el estómago roto y el corazón reventado. el paciente lloró, feliz: seguiría comiendo por los ojos, sintiendo con las manos. 
compré justo el libro que habías leído dos veces 
de todos, me escogieron a mí 
un hijo fue engendrado sin probetas, hormonas, gotas mágicas. los padres, fascinados, lo sostuvieron nueve meses después entre sus brazos. tenía cinco deditos en cada uno de sus pies azulados. 
en un segundo el relámpago partió el árbol en dos. se salvó la caseta de los pájaros. 
tuvo suerte 
el destino 
siempre es suerte 
se corrieron los dos. los seis. a la vez. 
se equivocó de andén, de horario, de día. descubrió un paisaje más brillante. una montaña más alta. un hombre que la miraba. tenía que ser así. 
casi 
el aplauso 
el público se puso en pie, asintió ante el milagro: “un genio, un don. auténtico arte” 
nació para eso 
lo inmediato 
alzarse, subir, más arriba, más aún, sin haber habitado el pozo, la noche, la duda, el no, el repetido no. no. ni tan siquiera un minuto de gris oscuro. 
casi llego 
te lo juro 
me puse de puntillas, alargué el cuello, estiré el brazo izquierdo. 
tocaba 
casi 
y si había un precipicio, una roca puntiaguda, todas las entradas por vender
aquello que temía 
no lo vi. 
miraba hacia arriba. sin cegarme, sin quemarme, sin nutrirme de recelos, de preguntas, de para qué, del sentido de las cosas porque siempre tiene que haber sentido. y cosas. 
casi 
casi lo consigo y cojo el tren, acierto a decirte, escojo la opción, la pastilla azul, el botón de la derecha, el asiento de la ventana, el desvío que conducía a, la llamada justo cuando, el código, la talla, la respuesta, la espera breve, la medida exacta, el ejemplo que sirve, la excepción que por una vez, una maldita vez, una puta vez, la balda recta, la flecha en el centro, el disparo entre dos intenciones. 
casi estuve allí 
pero mira, 
ahora 
aquí 
tan lejos porque al fin y al cabo hubiera entendido algo diferente, hubiera aprendido a bailar con una marcha fúnebre, descompasada, martilleante. tan acorde a los planes rectos, convincentes. improbables. me hubiera reflejado en el espejo cóncavo, deseando verme recta, convincente. improbable. 
y casi 
casi suelto lastre en otro baúl repleto 
casi empujo al leer “tirar” 
casi me río del insulto, del escudo, del miedo a morir, del dolor a salvarme
casi perforo mis costillas hasta dar con los párpados 
casi 
tiemblo al abrir la puerta, respirar hondo y salir de casa 
casi mañana será otro día como el de hace tres años, once días, ocho horas, veinte vómitos, una llaga. 
casi 
casi hago lo que puedo 
así que casi, casi todo 
pero nunca me acerco

29 marzo 2016

un señor con barba

nada puede salir mal. es un plan sencillo. y rápido. debe ser rápido, eso lo acordaron desde que se les ocurrió la idea, una noche, en un bar vacío debajo de la casa del bizco, después de haber tomado unos tequilas de más. los dos convinieron que diez minutos, ni uno más, era el tiempo exacto que tenían desde que aparcaban delante del museo hasta que se marchaban con los cuadros. por si la sencillez y la brevedad de su plan se complicaba en el último momento, cosa que no quieren ni pensar, cuentan con la ayuda del vigilante, primo del gordo. 
-¿es de fiar? –le preguntó el bizco esa noche. 
-¿crees que me metería en algo así si no fuera de fiar? –contestó el gordo, mirándolo fijamente y molesto por la pregunta. el bizco dudó unos instantes.
-¿se lo has contado a él? 
-fue él quien me dio la idea. 
el bizco asintió con la cabeza y se tranquilizó: algo así no podía salir de la mente del gordo. sin duda tenía que haber sido alguien mucho más astuto que él. 
-me contó –continuó el gordo- que los miércoles es el día perfecto. el museo cierra a las nueve y a esas horas no hay casi nadie. es un museo pequeño, poco conocido. los turistas prefieren tumbarse en la playa y ahora, en esta época del año, apenas van una decena al día. imagínate. 
-¿y estás seguro que vale la pena? quiero decir… 
-sí, sí, estoy seguro. él lo ha leído por ahí. se ha informado. es su trabajo, ¿sabes? 
-¿pero no es guardia de seguridad? 
-ya, sí, pero le gusta saber estas cosas. los precios y tal. 
-no lo sé, no lo veo claro. tendría que pensarlo. 
el gordo lo miró incrédulo. 
-¿tienes que pensártelo? ¿en serio? en tu puñetera vida vas a ver tanto dinero junto. el plan es perfecto y mi primo está dentro, ¿te das cuenta de la ventaja que nos da esto? él sabe todos los detalles: los pasillos, los cuadros que hay que coger, las salas donde están, la orientación de las cámaras. no entiendo qué tienes que pensarte, la verdad. 
el bizco pidió al camarero otra ronda de tequilas. 

conduce el gordo. ha conseguido el coche del amigo de un sobrino que no hace preguntas. conduce muy lento y va tarareando una canción que suena en la radio. a pesar de que al bizco le molesta no dice nada. cree que es una buena señal, indicadora de que su compañero está tranquilo y confiado. él, por el contrario, lleva tres noches sin poder dormir y se ha levantado con un nudo en el estómago que le ha impedido comer en todo el día. son las ocho y cuarto de la tarde y todavía hace un calor bochornoso y agobiante. el bizco mira su reloj de pulsera, regalo de su mujer. 
-vamos con retraso –dice.
el gordo mira el reloj del bizco. 
-¿es bueno? 
-qué va ser bueno, ¡hombre! 
-no te preocupes. vamos bien. de hecho, vamos perfecto. 
el bizco mira por la ventana y respira hondo con disimulo. no quiere que sus nervios contagien al otro. pasan por delante de la farmacia dónde la semana pasada compró los antibióticos que el médico le recetó para esa infección de oído que le sigue molestando y luego por delante de una comisaría de policía, pero ahí gira la cabeza hacia el otro lado, por si acaso. 
-bueno –dice el gordo, cuando se desvían a la derecha –ya casi estamos, ¿preparado? 
el otro asiente y se pone el pasamontañas. 
-¿qué coño haces? –grita el gordo –¡todavía no! espérate a que lleguemos, tal y como dijimos, ¿no te acuerdas o qué cojones te pasa? si alguien te ve ahora, con esto puesto, se nos va el plan a tomar por culo. 
el bizco se arranca el pasamontañas de la cabeza. 
-joder, estoy muy nervioso –admite, acalorado. 
-tranquilo. está todo bajo control, pero no la jodas, anda. 
 el gordo detiene el coche delante del museo. 
-ahora –dice antes de abrir la puerta del coche. los dos van vestidos de negro, con pantalones largos y jersey de cuello alto. entran deprisa, decididos, el gordo delante, jadeando. el bizco se sorprende de lo bien que su compañero se orienta cruzando las salas, ligeramente iluminadas, totalmente vacías. agradece la temperatura fresca de todas ellas. el gordo se para delante de la número nueve y señala con el dedo el número que cuelga torcido encima del arco de entrada. tiene los ojos brillantes. 
-es esta –susurra. 
al bizco le tiembla el pulso y las piernas. cree que no será capaz de recortar bien la tela con el cuchillo que compraron en el supermercado. el gordo entra a la sala y va directo al guardia de seguridad que simula estar medio dormido en la silla, entre un parmigianino y un bassano. al ver al gordo y a su socio, cubiertos con los pasamontañas, se levanta de su silla, pone cara de sorpresa, luego de pánico y agita los brazos al aire, como para avisar a alguien, pero el gordo lo empuja y lo hace caer al suelo. enseguida se acerca el bizco que le da un puñetazo en la cara y lo deja medio inconsciente. el gordo lo mira, desconcertado. nadie habló de puñetazos. un reguero de sangre oscura cae de la nariz del guarda. le atan las manos con una cuerda vieja y le tapan la boca con cinta adhesiva por si se despertara y le diera por gritar, aunque saben que no va a gritar. a continuación lo arrastran hacia un rincón de la sala. 
-esos dos –apunta el bizco en dirección a dos obras. una es el retrato de cuerpo entero de un señor con barba, vestido de negro que posa muy serio. otro una naturaleza muerta con vasos, frutas y moscas. 
-¿estás seguro? –pregunta el gordo. el bizco vuelve a mirar los cuadros. son horribles los dos y duda de si alguien va a querer comprarlos por la cifra que el guardia de seguridad ha leído en algún panfleto. justo delante del retrato del señor con barba hay un caballete. el bizco se acerca. el caballete sostiene una copia pequeña del señor con barba, más colorida y vívida que el cuadro original. 
-¿se puede saber qué cojones estás mirando? ¿son estos dos o no? –pregunta el gordo, al lado del bodegón, con la mano alzada y el cuchillo en una de las esquinas del óleo. el bizco asiente, sin moverse de delante de la copia del señor con barba. le gustan los dedos del retratado, alargados y pálidos, que asoman por debajo de una manga amplia. también le gusta la capa negra que le llega hasta los pies y le da un aire de solemnidad, pero sobre todo le gusta su rostro: sereno y bondadoso. le da paz, cierta sensación de seguridad, de que todo saldrá bien. imagina ese rostro apacible mirándolo todas la mañanas cuando se levante, después del mediodía, en su nueva casa en algún lugar cerca de la costa. 
-tío, ¿vas a ayudarme con esto? –le abronca el gordo que ha cortado el lado derecho del bodegón y va por el extremo superior. el bizco saca su cuchillo del bolsillo del pantalón, se acerca al cuadro original del señor con barba, de rostro triste y anodino, dedos rechonchos y capa almidonada, y clava la punta de la herramienta en la tela blanda que se desliza con facilidad hacia abajo. en pocos minutos consiguen separar los tejidos de sus marcos dorados y los enrollan con destreza. el gordo estuvo practicando en casa con sábanas viejas para no fallar en ese momento crucial y termina antes. 
-joder, date prisa. vamos, más rápido –le apremia a su compañero. el bizco está sudado de pies a cabeza. la tela está muy acartonada y le cuesta enrollarla. debe desplegarla para volver a empezar hasta que el gordo se la arranca de las manos y lo consigue en menos de cinco segundos mientras niega con la cabeza y reniega algo incomprensible. los gimoteos del guardia que se ha desvelado y se retuerce lastimosamente por el suelo hacen que sus miradas se desvíen hacia él. el primo del gordo, con los ojos muy abiertos, los mira y mueve la cabeza. 
-¿qué coño quiere éste? –pregunta el bizco- dile que se calle de una puta vez o le arrearé otra hostia.
el gordo le ordena callar con el dedo índice encima de sus labios finos, pero el hombre sigue señalando con la cabeza, cada vez con más contundencia. el bizco se gira. hay una virgen rubia y pálida sosteniendo a un niño jesús desnudo detrás de ellos, justo en la dirección que parece apuntar el primo del gordo. 
-creo que nos hemos equivocado –se atreve a formular en voz baja. 
-¿qué? 
-el cuadro. la virgen. 
-¿qué? –repite el gordo, agitando el cuchillo. 
-teníamos que haber cogido la puta virgen. 
el gordo mira al guardia que asiente con los ojos muy abiertos y luego al bizco que tiembla. 
-joder, joder, joder. me cago en mis santos muertos, joder. 
los dos hombres se quedan parados en medio de la sala, con los lienzos colgando de sus manos. el guardia de seguridad se ha callado por fin y se escuchan varias sirenas a lo lejos. el gordo comienza a correr. el bizco mira a su alrededor y su mirada se topa con la copia del señor con barba. se acerca y sin perder más tiempo coge el caballete con la tela y sigue al gordo que está gritando a pleno pulmón: “hijos de puta”. el gordo salta los escalones de la entrada, entra en el coche, lo arranca y abre la puerta del copiloto. el bizco llega justo después, tira el lienzo enrollado en los asientos traseros e intenta tirar también el caballete. 
-¿qué coño haces? esto no cabe ¡nos van a pillar por tu jodida culpa y te voy a matar, joder! ¡tira esa puta mierda y entra en el jodido coche, gilipollas! 
el bizco intenta de nuevo meter el caballete, sin prestar atención al gordo, y le da un golpe en el brazo con una de las patas. 
-¡ahí te quedas! –le grita el gordo y mete primera. el coche comienza a avanzar. el bizco corre a su lado, sujetando la puerta abierta con una mano y el caballete con la copia del señor con barba en la otra. el gordo mete segunda y acelera. 
-¡suéltate, imbécil! –le chilla y da un golpe de volante hacia la izquierda. el bizco cae al suelo con el caballete encima. 
-¡maldita sea! –vocifera. 
cuando se levanta y recoge el caballete descubre que tiene la pernera derecha rota y su rodilla sangra. en la puerta principal del museo el guardia de seguridad ha visto toda la escena y observa al bizco. el bizco traga saliva y se seca el sudor de la frente con el pasamontañas que a continuación guarda en un bolsillo. el guarda baja un par de escalones, aunque inmediatamente se arrepiente, los vuelve a subir y se queda inmóvil delante de la entrada. el sol se ha puesto, pero todavía hace un calor tórrido y abrasador. el bizco está empapado de sudor. le duele la rodilla y no sabe qué hacer. aparecen cuatro coches de policía. los dos primeros se paran delante del museo y los otros dos siguen por la carretera por donde se ha ido el gordo. seis agentes salen de los dos primeros automóviles. gritan, agitan las manos, hablan por la radio y piden refuerzos urgentes. el sonido de las sirenas es atronador. el guarda señala hacia dentro y los hombres corren hacia el interior del museo. 
-¡apártese! ¡eh, usted! ¡señor! ¡apártese de aquí inmediatamente! 
los primeros vecinos se asoman por las ventanas de sus casas. algunos salen hasta la puerta.
-¡señor, por favor, no se quede aquí en medio! 
uno de los agentes empuja al bizco hacia un grupo de personas que se ha reunido al otro lado de la calle, esperando escuchar los primeros disparos y ver a los primeros rehenes saliendo del museo con las manos detrás de la cabeza. aparcan dos ambulancias. uno de los observadores asegura que es un ataque terrorista. aparecen algunos bañistas tardíos que han escuchado las sirenas desde la playa, envueltos en sus toallas coloridas y estivales. el bizco queda relegado a una segunda fila de curiosos y un par de minutos después a una tercera. poco a poco va tomando consciencia de lo que ha ocurrido y cuando una señora que tiene al lado se queda mirando su jersey negro de cuello alto, extrañada por la invernal indumentaria del hombre, decide alejarse con rapidez con el cuadro del señor con barba en su mano. llega a casa, evitando pasar por las calles más transitadas, cuarenta minutos después, agotado y febril. 
-¿hola? –dice al llegar a casa. 
-¿dónde has estado? –le pregunta su mujer. el bizco carraspea y asoma la cabeza por el salón. ella, de espaldas, está viendo las imágenes en directo del edificio del museo donde ahora apenas hay policía ni público. 
-ha habido un robo –le informa sin girarse. el bizco va hacia el baño, se desnuda y se moja la cara y el pelo. la mujer abre la puerta. 
-¿qué haces? –le pregunta. 
-me estaba refrescando un poco. hoy hace un calor insoportable. 
ella asiente, mira la ropa negra amontonada en el suelo y luego la rodilla ensangrentada. 
-¿qué te ha pasado? 
-ah, esto. no es nada. me caí de la forma más tonta. voy a curármelo ahora mismo. 
la mujer vuelve a mirar la ropa. 
-¿qué decías de un robo? –le pregunta él, simulando una sonrisa. la mujer vuelve al salón y se sienta delante de la pantalla. 
-un robo en el museo, aquí al lado –grita para que él se entere bien. 
el bizco sale desnudo del baño y se queda plantado detrás de ella. en el televisor están entrevistando a un joven pecoso que asegura haber visto a dos hombres fornidos y a una rubia que huían a toda velocidad en una furgoneta verde. la mujer se gira y observa el cuerpo pálido de él. 
-¿qué haces así? te van a ver todos los vecinos. 
el bizco da un par de pasos y se sienta en el sofá. 
-¿estás seguro de que no te pasa nada? –pregunta la mujer- estás muy pálido. y muy callado. 
el hombre menea la cabeza y susurra que no le sucede nada, sólo que tiene mucho calor. 
-traeré unas cervezas –dice la mujer. se levanta con dificultad y arrastra los pies hasta la cocina, abanicándose con una mano. el bizco resopla, presiona sus sienes con los pulgares y mira de nuevo la pantalla cuando la reportera informa sobre la identificación del coche con el que el gordo ha huido, sin rastro del ladrón ni mucho menos de los lienzos. el bizco apaga el aparato y comienza a temblar, más que de frío de rabia y miedo. 
-¿qué coño es esto? 
la mujer, que no ha llegado a la cocina, sostiene en alto el cuadro del señor con barba. la pintura, fresca todavía, no ha aguantado tan bien como los originales y los ojos del señor con barba están desfigurados, la nariz torcida, la boca se extiende hasta la oreja derecha y la capa negra se confunde con el cuerpo emborronado. 
-¿qué coño es esto? –repite la mujer más alto. el bizco, sin quitar la vista del óleo, ahora abstracto, comienza a balbucear: 
-lo… lo… encontré en… -pero no termina la frase. la mujer se ha dado la vuelta, farfullando, y pocos segundos después escucha cómo tira el cuadro dentro del cubo de la basura. 

esa noche, mientras ella ronca, no puede dejar de pensar en el gordo y en su primo. según el último informativo de las nueve su socio sigue en busca y captura. un desplegamiento policial lo está buscando por los bosques de los alrededores donde se cree que puede estar escondido. han enseñado un retrato robot de su aspecto que no tiene nada que ver con el gordo, pero sí con un joven alto y fornido. del guardia sólo se ha dicho que estaba recuperándose de la terrible paliza recibida y que pronto será interrogado por los agentes. el director del museo, un hombre con acento extranjero, ha declarado, enfrente del edificio, que espera y desea recuperar las dos telas por su alto valor cultural pero no ha mencionado el alto valor, si lo tuvieran, económico. el bizco se levanta de la cama. tiene la piel húmeda de sudor y le duele la rodilla. deambula por el salón sin atreverse a encender el televisor y descubrir, quizá, que el gordo ha sido capturado con los dos cuadros y que el guarda ha desvelado la identidad del segundo asaltante. piensa en la cerveza que al final no ha tomado y cojea hasta la cocina donde lo primero que ve al dar la luz del fluorescente es el señor deformado con barba en la basura. lo saca del cubo, le quita algunas migas de pan que tenía por encima, lo coloca en la encimera y se sienta delante de él. pasan unos minutos y luego unas horas y, sin darse cuenta, los primeros rayos de luz dorada se cuelan por la ventana de la cocina. cuando escucha el despertador que suena para que la mujer se despierte, se levanta de la silla y prepara café para los dos. la mujer entra en la cocina poco después. dice que ha dormido fatal por culpa del calor pero no pregunta qué hace él ya levantado cuando lo normal es que lo haga a media mañana. pone el televisor, pero el bizco le pide que lo apague, que no quiere escuchar más noticias sobre el robo en el museo ni sobre el último caso de corrupción ni sobre el equipo que ganó ayer el partido. la mujer lo mira unos segundos y luego mira al cuadro deforme del señor con barba en la encimera. 
-¿no vas a tirar eso? –pregunta. 
él le repite que por favor apague el televisor. ella obedece y desayunan en silencio. media hora más tarde la mujer se marcha al trabajo, arrastrando los pies y abanicándose con una mano. el bizco se viste con una camisa fina de manga corta, unos pantalones beige y unas chancletas de plástico gastado. coge el cuadro del señor deforme con barba y recorre el trayecto inverso que hizo el día anterior hasta llegar a casa. en el museo ya han abierto las puertas cuando él llega y nada parece indicar que, unas horas antes, hubiera habido un robo, ambulancias, patrullas de policía y dos furgonetas de cadenas de televisión emitiendo en directo. sube las escaleras despacio y titubeante. está nervioso y, a pesar de la indumentaria fresca, está sudando. la oscuridad y la temperatura fresca de la primera sala lo sorprenden otra vez. una familia de cuatro miembros observa embelesada un tapiz enorme de un ciervo y un puerco espín. en la siguiente habitación una pareja alaba una copa de oro con incrustaciones de esmeraldas del siglo quince. en la otra una guía explica a un grupo de veinte personas la historia de un busto manierista esculpido en mármol blanco. en cada una de las salas hay visitantes sacando fotos a todo aquello que les llama la atención. se pierde varias veces hasta dar con la sala nueve, hoy cerrada al público con una enorme sábana blanca que impide ver dentro y dos policías flanqueando la puerta. el bizco se acerca. 
-no se puede pasar, señor –dice uno de los hombres. 
-ya, claro, lo entiendo. sólo quería devolver esto –explica levantando el cuadro del señor deforme con barba. los guardias observan la mancha de pintura y se miran entre ellos. 
-¿cómo dice? 
-devolver este cuadro. 
-señor, por favor, no nos haga perder el tiempo. estamos trabajando. 
-lo siento, no pretendía molestarles ni mucho menos, pero quiero devolver… 
-en ese caso, lárguese de aquí ahora mismo si no quiere meterse en problemas. 
el bizco asiente y da un paso hacia atrás. 
-sólo quería devolverlo –murmura, mirando al suelo. 
-señor, no lo volveré a repetir. márchese ahora o va a pasar la noche en comisaría. 
el bizco se retira con el cuadro en la mano. recorre media docena de salas, cada vez más llenas, hasta dar con la salida. en la entrada un guardia de seguridad debe poner orden a una cola de una treintena de personas para que respeten el turno de admisión. anda despacio hasta llegar a la playa. le gustaría poder refrescarse los pies en el agua, un rato sólo, pero las varias filas de sombrillas que llegan hasta el paseo marítimo le hacen cambiar de idea y sigue andando hasta llegar a casa. recorre todas las habitaciones a pesar de saber que todavía es temprano y la mujer no habrá llegado del trabajo. cuando se ha asegurado de que no está se dirige al armario del recibidor y busca en su minúscula caja de herramientas. enseguida encuentra el martillo, pero el clavo le cuesta un rato más. consigue uno, oxidado y pequeño. a continuación se desabrocha la camisa fina y se sienta unos minutos en el sofá, buscando con la mirada el mejor lugar. no le cuesta encontrarlo: justo encima del televisor, entre el mueble de estanterías y la ventana alargada que da a la calle. con el primer golpe seco el clavo se tuerce. maldice su mala suerte un par de veces, arranca el clavo de la pared con sus propios dedos y lo enderezar a martillazos. su camisa fina se mancha de sudor por la espalda. en el segundo intento consigue que el clavo se mantenga recto y cuelga el lienzo. tira el martillo al suelo, se distancia unos pasos y mira al señor deformado con barba, sin cara y sin cuerpo, presidiendo la pared amarillenta de su sala de estar. no es, sin duda, lo que había imaginado en un principio, pero decide que allí se quedará el retrato hasta que una patrulla de policía estacione debajo de su casa, la mujer grite su nombre al abrir la puerta, haga preguntas, suelte su lata de cerveza y deje de abanicarse con la mano, chille, pataleé, los vecinos salgan a la puerta, rumoreen y, finalmente, él salga esposado, con la cabeza gacha, si es que todo esto llega nunca a ocurrir. 

28 enero 2016

si hubiera podido elegir 
elegir el final 
el final de esa historia 
si alguien me hubiera preguntado
dime: 
cómo quieres terminar con su olor 
con su risa ahora ausente 
con su ausencia ahora llanto 
con su ahora que se extingue, que no es ni late ni sabe de abrazos 
contesta: 
cómo vas a mantenerte en pie 
cuándo vas a empezar a rezar oraciones macabras por ti, por él, por la miseria que os condena
la pena que os separa 
de dónde quieres arañar los recuerdos, los disparos 
hasta cuándo seguir creyendo que era néctar y no larvas
a cuántos querrás follarte para sentir menos miedo 
menos piel 
más invierno 
más metales oxidados 
grita: 
qué harás con esas manos atadas 
con esos ojos velados de cenizas, cruces y alambres 
con los meses que aún quedan para creerte salvada 
con las hojas que escribiste cuando aún había cuento, flujo, alma 
qué rincón escogerás para aullar, apiadarte 
para escupir, avergonzarte 
en qué cama dormirás si no hay parpados, no hay descanso, no hay sueños, ni noches suaves 
dime: 
cómo saldrás a luchar si ni tan siquiera hay batalla, enemigo, escudo, castillo ni flechas cruzando el campo. si ni la herida sangra y la muerta respira, vencida, viva, enterrada. 
quién te curará el vértigo, la distancia, la lección mal aprendida, el juego que tenía trampa y qué les dirás a ellos, a los que te ven piedra, aparte, cueva hueca, si tú nunca supiste de nada. 
si me hubieran preguntado 
si hubiera podido elegir 
si en el final de esa historia hubiera habido un camino, un 
te quiero
un no te vayas 
un yo, un él 
un día de más 
un poco de algo. 
dime. 

04 enero 2016

el chico de wendy

la primera vez que reparé en la pareja creí que ella iba a pegarlo. fue solamente un segundo. un segundo en el que me quedé con los brazos alzados, pegados a la barra metálica que soportaba dieciocho kilos -lo máximo que podía subir y bajar en aquella época- con la espalda bien recta y los hombros relajados, tal y como me había indicado el instructor. inmediatamente me di cuenta de que no lo iba a pegar, pero que estaba muy enfadada. tan enfadada que no podía parar quieta y que iba y venía por la zona de las pesas, gesticulando con las manos y la cara, esperando a que él hiciera algo o, por el contario, se mantuviera alejado hasta que a ella se le pasara el enfado. y es que cuando él, más calmado, intentaba intervenir la chica achicaba sus ojos oscuros, le cogía las manos y las apretaba fuerte entre las suyas, impidiendo así que él pudiera justificar algo que ella pensaba que era injustificable. no sé nada del lenguaje de los signos, como mucho he visto la traducción que hace una chica en un minúsculo recuadro inferior de la televisión cuando echan las noticias a primera hora de la mañana, pero nada más, y quizá agitar los brazos y las manos de la forma en que lo hacía ella es lo habitual para decir por ejemplo “buenos días”, pero podía ver parte de su perfil y su perfil me decía otra cosa bien distinta a “buenos días”. su perfil, crispado y enrojecido, me decía que algo tan grave había sucedido entre ellos dos que no iba a esperar a llegar a casa para solucionarlo y tan pronto como conseguía que el chico dejara de mover sus labios, en silencio, ella volvía a su gesticulación exagerada y a su ir y venir por la zona de las pesas de un gimnasio casi vacío en el que la media docena de personas que entrenaban cerca fueron desapareciendo con disimulo, optando por máquinas y pesas más alejadas de ese drama silencioso. yo, sin embargo, abandoné mi lugar y me acerqué unos metros hasta poder verlos con más detalle. ella era morena y él rubio. ella vestía con prendas ajustadas y llamativas y él holgadas y oscuras. a ambos se les notaba que pasaban bastantes horas en el gimnasio, tal vez él más que ella, aunque eso sólo es una apreciación mía. eran bonitos. de esas parejas que, sin saber muy bien por qué, me hubieran llamado la atención de haberlos visto por la calle, que hubiera envidiado un poco y de los que no me hubiera importado saber sus nombres, sus gustos, cómo se conocieron, quién se enamoró primero. aunque ahora, con la retrospectiva de los días, creo que lo que me agradó fue esa discusión silenciada. esa ausencia de insultos y gritos de los que uno siempre acaba arrepentido de haber soltado. me gustó su forma de regañar, la espera de su turno, tan paciente y atenta, para decir que sí, que no, que estaban de acuerdo o que no había nada más que añadir. el sutil contacto físico para entenderse, sin perderse de vista, sin ni tan siquiera intención de separarse. y sentí envidia, sí, de esa complicidad, de esa exclusividad el uno con el otro, de ese espacio único y sólo suyo. 
no puedo contar mucho más de esa discusión, la verdad. por más que los mirara, cada vez con más descaro, aprovechándome de la dedicación que destinaban a su pelea -que a ratos parecía ir a peor y a ratos que iba a tocar a su fin- me era imposible intuir tan siquiera quién había hecho qué o si se trataba de algo muy grave o de un pequeño malentendido. duró mucho tiempo, eso sí lo recuerdo. o tal vez fue que la elíptica a la que estaba subida me resultaba francamente difícil de dominar y que al poco rato mis brazos y piernas comenzaron a doler. cuando estaba a punto de abandonar y bajar al vestuario, la chica se dio la vuelta y lo dejó plantado entre las pesas. pasó por mi lado bufando y si la imaginación y la falta de oxígeno no me fallaron, diría que estaba a punto de llorar, pero desapareció de mi campo visual y tuve que contentarme con el chico que la siguió con la mirada hasta que también la perdió de vista. sentí pena por él. me hubiera gustado decirle que la siguiera, que no la dejara sola, que a las mujeres nos gusta que nos vayan detrás, pero no sabía cómo iba a poder aconsejarle todo eso si no podía escucharme, así que reduje la velocidad y esperé. rápidamente él encontró qué hacer. al fin y al cabo estaba en un gimnasio y como si nada hubiera pasado cogió un par de pesas, se dio la vuelta hasta dar con su imagen en un espejo y las levantó sin esfuerzo. así estuvo hasta que poco después uno de los chicos que se había distanciado con disimulo se acercó y asintió ante su resistencia y fuerza física. 
-¿todo bien, tío? –le preguntó. 
-sí, -dijo él sin dejar de subir y bajar las pesas- todo bien. 
-te vi con wendy, pero no sabía si… 
-ah, sí, ya. está por aquí –contestó con tono despreocupado. 
-sí, ya. bueno, yo me voy ya. 
-pues nos vemos mañana. 
-sí, tío, eso es. 
me bajé de la elíptica sin poder disimular mi sorpresa. fue ahí cuando él, a través del espejo, me vio y cruzamos las miradas un segundo. sentí que enrojecía y me apresuré en darme la vuelta, coger mi toalla y la sudadera y bajar al vestuario sin despedirme del instructor. 
esa fue la primera vez que reparé en ellos, pero a partir de entonces coincidimos muchas otras veces. casi siempre los sábados por la tarde. me gustaba verlos entrenar, aunque me gustaba mucho más verlos hablar entre sí, concentrados el uno con el otro, sin nadie más en el mundo. me gustaba cuando, por ejemplo, ella le tocaba el hombro derecho para que él se diera la vuelta y pudiera ver su cara y leer sus labios que preguntaban o aseguraban o bromeaban. me gustaba cuando él, muy quieto y muy serio, rectificaba alguna postura o añadía más peso a las pesas de ella. me gustaba cuando él hablaba con sus amigos como lo hubiera podido hacer conmigo y luego le traducía a ella y ella les sonreía a los amigos y ellos le sonreían a ella y volvían a su entrenamiento porque nadie más que el chico de wendy podía comunicarse con wendy. me gustaba cuando discutían, algo que sí, se repitió varias veces, airadamente y con desesperación, sin perderse de vista, y luego él iba a buscarla y movía sus manos con menos urgencia que las de ella. pero creo que lo que más me gustaba de todo era cuando ella se separaba de su chico e iba al baño o a las bicicletas o a descansar un rato y algún novato que no sabía nada le miraba el culo y pensaba que quizá podría intentarlo y le susurraba alguna idiotez, un “hola” los más precavidos, un “¿vienes muy a menudo?” los más musculados y ella, metida en ese silencio absoluto en el que habitaba, pasaba de largo sin saber, sin sospechar, moviendo muy concienzudamente su culo bien tonificado, que para eso lo trabajaba a diario. 
luego dejé de verlos. a los dos. dos meses, más o menos. primero pensé que tal vez habían cambiado de día o de horario e hice lo mismo. probé de ir más tarde, más temprano, los lunes, a pesar de que ese día tenía inglés, pero no hubo suerte en ninguna de las tentativas. con cierta pena imaginé que se habrían mudado de barrio y que habrían encontrado un nuevo gimnasio más cercano a su nueva casa. tampoco me obsesioné con su ausencia, claro, y terminé localizando a otros socios en los que fijarme mientras pedaleaba, aunque solía aburrirme de mirarlos a los pocos días. el instructor dejó de corregirme y ahora me saludaba con cierto respeto, dejé de temer la elíptica y mi cuerpo se liberó de cuatro kilos poco favorecedores. y a los dos meses, cuando prácticamente los había olvidado, regresó él. me costó mucho reconocerlo. me costó tanto que tuve que tenerlo al lado para darme cuenta de que era el chico de wendy. había perdido mucho peso y los músculos que lucía antes debajo de su camiseta holgada de tiras habían desaparecido por completo. temí que hubiera enfermado de algo grave, aunque eso tampoco iba a saberlo nunca a no ser que le hubiera preguntado y, por supuesto, no se me pasó por la cabeza hacerlo. miré a su alrededor, casi ilusionada, esperando localizarla a ella, quizá también más delgada, o más tonificada o teñida de rubia, pero no estaba y até cabos enseguida. o quise atarlos de la única forma en los que mi cabeza teorizó su ausencia: lo habían dejado. sus sigilosas riñas se habrían multiplicado, se habrían dado un tiempo, unos días, no habría funcionado, habrían vuelto a discutir, ella habría esperado a que él tocara su hombro y él habría deseado poder susurrarle al oído, de noche, a oscuras en la misma cama, como habría hecho con otras pero no podía hacer con ella, que la quería. al final, agotados los dos, habrían decidido seguir por separado y ahora él, más flaco, levantaba pesas más ligeras que antes. 
-la espalda, la espalda. ojo con esa espalda. 
sentí las manos del instructor en los riñones. enderecé la espalda y relajé los hombros. 
-así, así, bien recta. perfecto. 

en muy poco tiempo él recuperó su aspecto y forma física. sus entrenamientos, interrumpidos sólo cuando alguien lo saludaba y asentía al ver sus progresos, parecían mucho más estrictos y dolorosos. plantado delante del espejo su rostro se contraía cada vez que alzaba los brazos sujetando unas pesas sólo reservadas a unos pocos y aunque alguna vez el instructor, el mismo instructor que revisaba mi espalda, le recomendó que bajara un poco el nivel, él se mantuvo en sus trece. entrenando sólo, sin wendy a su lado, besándose o discutiendo, se había convertido en otro abonado más que pasaba muchas horas en el gimnasio y poco a poco terminé por mimetizarlo con el resto que entrenaban con la misma dedicación y sin ninguna particularidad. el día que, en un breve descanso, lo vi acercarse a una pelirroja parlanchina que revoloteaba a su alrededor y le preguntó si iba muy a menudo por ahí supe que los dos habíamos olvidado el silencio de wendy.