28 enero 2016

si hubiera podido elegir 
elegir el final 
el final de esa historia 
si alguien me hubiera preguntado
dime: 
cómo quieres terminar con su olor 
con su risa ahora ausente 
con su ausencia ahora llanto 
con su ahora que se extingue, que no es ni late ni sabe de abrazos 
contesta: 
cómo vas a mantenerte en pie 
cuándo vas a empezar a rezar oraciones macabras por ti, por él, por la miseria que os condena
la pena que os separa 
de dónde quieres arañar los recuerdos, los disparos 
hasta cuándo seguir creyendo que era néctar y no larvas
a cuántos querrás follarte para sentir menos miedo 
menos piel 
más invierno 
más metales oxidados 
grita: 
qué harás con esas manos atadas 
con esos ojos velados de cenizas, cruces y alambres 
con los meses que aún quedan para creerte salvada 
con las hojas que escribiste cuando aún había cuento, flujo, alma 
qué rincón escogerás para aullar, apiadarte 
para escupir, avergonzarte 
en qué cama dormirás si no hay parpados, no hay descanso, no hay sueños, ni noches suaves 
dime: 
cómo saldrás a luchar si ni tan siquiera hay batalla, enemigo, escudo, castillo ni flechas cruzando el campo. si ni la herida sangra y la muerta respira, vencida, viva, enterrada. 
quién te curará el vértigo, la distancia, la lección mal aprendida, el juego que tenía trampa y qué les dirás a ellos, a los que te ven piedra, aparte, cueva hueca, si tú nunca supiste de nada. 
si me hubieran preguntado 
si hubiera podido elegir 
si en el final de esa historia hubiera habido un camino, un 
te quiero
un no te vayas 
un yo, un él 
un día de más 
un poco de algo. 
dime. 

04 enero 2016

el chico de wendy

la primera vez que reparé en la pareja creí que ella iba a pegarlo. fue solamente un segundo. un segundo en el que me quedé con los brazos alzados, pegados a la barra metálica que soportaba dieciocho kilos -lo máximo que podía subir y bajar en aquella época- con la espalda bien recta y los hombros relajados, tal y como me había indicado el instructor. inmediatamente me di cuenta de que no lo iba a pegar, pero que estaba muy enfadada. tan enfadada que no podía parar quieta y que iba y venía por la zona de las pesas, gesticulando con las manos y la cara, esperando a que él hiciera algo o, por el contario, se mantuviera alejado hasta que a ella se le pasara el enfado. y es que cuando él, más calmado, intentaba intervenir la chica achicaba sus ojos oscuros, le cogía las manos y las apretaba fuerte entre las suyas, impidiendo así que él pudiera justificar algo que ella pensaba que era injustificable. no sé nada del lenguaje de los signos, como mucho he visto la traducción que hace una chica en un minúsculo recuadro inferior de la televisión cuando echan las noticias a primera hora de la mañana, pero nada más, y quizá agitar los brazos y las manos de la forma en que lo hacía ella es lo habitual para decir por ejemplo “buenos días”, pero podía ver parte de su perfil y su perfil me decía otra cosa bien distinta a “buenos días”. su perfil, crispado y enrojecido, me decía que algo tan grave había sucedido entre ellos dos que no iba a esperar a llegar a casa para solucionarlo y tan pronto como conseguía que el chico dejara de mover sus labios, en silencio, ella volvía a su gesticulación exagerada y a su ir y venir por la zona de las pesas de un gimnasio casi vacío en el que la media docena de personas que entrenaban cerca fueron desapareciendo con disimulo, optando por máquinas y pesas más alejadas de ese drama silencioso. yo, sin embargo, abandoné mi lugar y me acerqué unos metros hasta poder verlos con más detalle. ella era morena y él rubio. ella vestía con prendas ajustadas y llamativas y él holgadas y oscuras. a ambos se les notaba que pasaban bastantes horas en el gimnasio, tal vez él más que ella, aunque eso sólo es una apreciación mía. eran bonitos. de esas parejas que, sin saber muy bien por qué, me hubieran llamado la atención de haberlos visto por la calle, que hubiera envidiado un poco y de los que no me hubiera importado saber sus nombres, sus gustos, cómo se conocieron, quién se enamoró primero. aunque ahora, con la retrospectiva de los días, creo que lo que me agradó fue esa discusión silenciada. esa ausencia de insultos y gritos de los que uno siempre acaba arrepentido de haber soltado. me gustó su forma de regañar, la espera de su turno, tan paciente y atenta, para decir que sí, que no, que estaban de acuerdo o que no había nada más que añadir. el sutil contacto físico para entenderse, sin perderse de vista, sin ni tan siquiera intención de separarse. y sentí envidia, sí, de esa complicidad, de esa exclusividad el uno con el otro, de ese espacio único y sólo suyo. 
no puedo contar mucho más de esa discusión, la verdad. por más que los mirara, cada vez con más descaro, aprovechándome de la dedicación que destinaban a su pelea -que a ratos parecía ir a peor y a ratos que iba a tocar a su fin- me era imposible intuir tan siquiera quién había hecho qué o si se trataba de algo muy grave o de un pequeño malentendido. duró mucho tiempo, eso sí lo recuerdo. o tal vez fue que la elíptica a la que estaba subida me resultaba francamente difícil de dominar y que al poco rato mis brazos y piernas comenzaron a doler. cuando estaba a punto de abandonar y bajar al vestuario, la chica se dio la vuelta y lo dejó plantado entre las pesas. pasó por mi lado bufando y si la imaginación y la falta de oxígeno no me fallaron, diría que estaba a punto de llorar, pero desapareció de mi campo visual y tuve que contentarme con el chico que la siguió con la mirada hasta que también la perdió de vista. sentí pena por él. me hubiera gustado decirle que la siguiera, que no la dejara sola, que a las mujeres nos gusta que nos vayan detrás, pero no sabía cómo iba a poder aconsejarle todo eso si no podía escucharme, así que reduje la velocidad y esperé. rápidamente él encontró qué hacer. al fin y al cabo estaba en un gimnasio y como si nada hubiera pasado cogió un par de pesas, se dio la vuelta hasta dar con su imagen en un espejo y las levantó sin esfuerzo. así estuvo hasta que poco después uno de los chicos que se había distanciado con disimulo se acercó y asintió ante su resistencia y fuerza física. 
-¿todo bien, tío? –le preguntó. 
-sí, -dijo él sin dejar de subir y bajar las pesas- todo bien. 
-te vi con wendy, pero no sabía si… 
-ah, sí, ya. está por aquí –contestó con tono despreocupado. 
-sí, ya. bueno, yo me voy ya. 
-pues nos vemos mañana. 
-sí, tío, eso es. 
me bajé de la elíptica sin poder disimular mi sorpresa. fue ahí cuando él, a través del espejo, me vio y cruzamos las miradas un segundo. sentí que enrojecía y me apresuré en darme la vuelta, coger mi toalla y la sudadera y bajar al vestuario sin despedirme del instructor. 
esa fue la primera vez que reparé en ellos, pero a partir de entonces coincidimos muchas otras veces. casi siempre los sábados por la tarde. me gustaba verlos entrenar, aunque me gustaba mucho más verlos hablar entre sí, concentrados el uno con el otro, sin nadie más en el mundo. me gustaba cuando, por ejemplo, ella le tocaba el hombro derecho para que él se diera la vuelta y pudiera ver su cara y leer sus labios que preguntaban o aseguraban o bromeaban. me gustaba cuando él, muy quieto y muy serio, rectificaba alguna postura o añadía más peso a las pesas de ella. me gustaba cuando él hablaba con sus amigos como lo hubiera podido hacer conmigo y luego le traducía a ella y ella les sonreía a los amigos y ellos le sonreían a ella y volvían a su entrenamiento porque nadie más que el chico de wendy podía comunicarse con wendy. me gustaba cuando discutían, algo que sí, se repitió varias veces, airadamente y con desesperación, sin perderse de vista, y luego él iba a buscarla y movía sus manos con menos urgencia que las de ella. pero creo que lo que más me gustaba de todo era cuando ella se separaba de su chico e iba al baño o a las bicicletas o a descansar un rato y algún novato que no sabía nada le miraba el culo y pensaba que quizá podría intentarlo y le susurraba alguna idiotez, un “hola” los más precavidos, un “¿vienes muy a menudo?” los más musculados y ella, metida en ese silencio absoluto en el que habitaba, pasaba de largo sin saber, sin sospechar, moviendo muy concienzudamente su culo bien tonificado, que para eso lo trabajaba a diario. 
luego dejé de verlos. a los dos. dos meses, más o menos. primero pensé que tal vez habían cambiado de día o de horario e hice lo mismo. probé de ir más tarde, más temprano, los lunes, a pesar de que ese día tenía inglés, pero no hubo suerte en ninguna de las tentativas. con cierta pena imaginé que se habrían mudado de barrio y que habrían encontrado un nuevo gimnasio más cercano a su nueva casa. tampoco me obsesioné con su ausencia, claro, y terminé localizando a otros socios en los que fijarme mientras pedaleaba, aunque solía aburrirme de mirarlos a los pocos días. el instructor dejó de corregirme y ahora me saludaba con cierto respeto, dejé de temer la elíptica y mi cuerpo se liberó de cuatro kilos poco favorecedores. y a los dos meses, cuando prácticamente los había olvidado, regresó él. me costó mucho reconocerlo. me costó tanto que tuve que tenerlo al lado para darme cuenta de que era el chico de wendy. había perdido mucho peso y los músculos que lucía antes debajo de su camiseta holgada de tiras habían desaparecido por completo. temí que hubiera enfermado de algo grave, aunque eso tampoco iba a saberlo nunca a no ser que le hubiera preguntado y, por supuesto, no se me pasó por la cabeza hacerlo. miré a su alrededor, casi ilusionada, esperando localizarla a ella, quizá también más delgada, o más tonificada o teñida de rubia, pero no estaba y até cabos enseguida. o quise atarlos de la única forma en los que mi cabeza teorizó su ausencia: lo habían dejado. sus sigilosas riñas se habrían multiplicado, se habrían dado un tiempo, unos días, no habría funcionado, habrían vuelto a discutir, ella habría esperado a que él tocara su hombro y él habría deseado poder susurrarle al oído, de noche, a oscuras en la misma cama, como habría hecho con otras pero no podía hacer con ella, que la quería. al final, agotados los dos, habrían decidido seguir por separado y ahora él, más flaco, levantaba pesas más ligeras que antes. 
-la espalda, la espalda. ojo con esa espalda. 
sentí las manos del instructor en los riñones. enderecé la espalda y relajé los hombros. 
-así, así, bien recta. perfecto. 

en muy poco tiempo él recuperó su aspecto y forma física. sus entrenamientos, interrumpidos sólo cuando alguien lo saludaba y asentía al ver sus progresos, parecían mucho más estrictos y dolorosos. plantado delante del espejo su rostro se contraía cada vez que alzaba los brazos sujetando unas pesas sólo reservadas a unos pocos y aunque alguna vez el instructor, el mismo instructor que revisaba mi espalda, le recomendó que bajara un poco el nivel, él se mantuvo en sus trece. entrenando sólo, sin wendy a su lado, besándose o discutiendo, se había convertido en otro abonado más que pasaba muchas horas en el gimnasio y poco a poco terminé por mimetizarlo con el resto que entrenaban con la misma dedicación y sin ninguna particularidad. el día que, en un breve descanso, lo vi acercarse a una pelirroja parlanchina que revoloteaba a su alrededor y le preguntó si iba muy a menudo por ahí supe que los dos habíamos olvidado el silencio de wendy.