20 octubre 2016

coqueto, luminoso y con vistas al mar

julieta y yo habíamos conseguido reunir algunos ahorros en los últimos años. ella había doblado el número de clases privadas de inglés y yo había tenido suerte con un ascenso que no merecía. las cosas nos iban bien y julieta propuso mirar algún pequeño apartamento al lado del mar para hacer escapadas en verano y los fines de semana otoñales. decía que lo echaba de menos. el mar. que desde que vivía en esta ciudad siempre había sentido la sensación de vivir enclaustrada y que el aire estaba contaminado y condensado. nunca la había escuchado decir esto antes en los siete años que llevábamos juntos, pero la idea de comprar un apartamento no me pareció mal, así que le propuse de comenzar a mirar ese mismo fin de semana. ella se me echó encima, me abrazó y chilló de felicidad y yo, sorprendido ante su reacción, no pude más que imaginar nuestro primer fin de semana en ese futuro piso con vistas al mar. 
ninguna de las cuatro viviendas que vimos la primera mañana de visitas nos convenció: estaban muy alejadas de la playa, del centro del pueblo o de nuestro presupuesto, pero julieta seguía animada y por la tarde quiso visitar un par más que no sólo no nos gustaron sino que nos espantaron por las condiciones en las que se encontraban y por las reformas que íbamos a tener que hacer. al salir del último piso, julieta, menos alegre que esa mañana, caminó hacia la playa, se descalzó y se sentó en la arena húmeda. 
-tengo el presentimiento de que mañana lo encontraremos. 
-¿no quieres volver a casa? –pregunté 
-no. quedémonos esta noche y sigamos buscando mañana. 
acepté, a pesar de que empezaba a preocuparme la determinación de julieta. nos hospedamos en un hotel a primera línea de mar. las vistas del mar plateado al atardecer nos animaron a creer que, efectivamente, encontraríamos nuestro apartamento ideal al día siguiente y julieta, arrebatada por una vitalidad que no había visto nunca, pasó la velada contándome anécdotas de cuando ella y su hermano se escondían en las cuevas de la playa de su pueblo natal. yo la escuchaba con atención, desconcertado por no haber oído nunca antes esas historias. cuando le pregunté por qué no me había contado nada de todo eso antes, se encogió de hombros y contestó que nunca antes habíamos estado buscando un pisito con vistas al mar. luego se calló y miró el océano y yo hice lo mismo, esperando otra historia que no tardó en llegar. su presentimiento, sin embargo, se quedó en eso: en un mero presentimiento. buscamos ese domingo y tres fines de semana más con un resultado desesperanzador. la vuelta a casa los domingos por la noche, en medio de una caravana de coches interminable, solía ser en silencio, agotados y muy desanimados. decidimos darnos un descanso y pasar unas semanas en la ciudad, pero la mayoría de días que volvía a casa después de trabajar me encontraba a julieta en la mesa del salón rodeada de una decena de folletos de pisos para alquilar en localidades costeras paradisíacas, así que reanudamos la búsqueda inmediatamente. 
vimos cinco el sábado. julieta lloró como una niña pequeña durante la cena, en un restaurante a primera línea de mar, después de terminarnos la botella de vino blanco. no podía más, estaba cansada. sólo quería un piso sencillo que diese al mar. nada más, decía. cuando el camarero nos trajo la nota se escabulló al baño y regresó con la promesa de ser más optimista y no rendirse tan fácilmente. la creí y yo también me tranquilicé. el primer apartamento que visitamos la mañana del domingo fue el que la enamoró. era pequeño, pero práctico, muy económico y listo para entrar a vivir. le gustaron los muebles rústicos, las pinturas marinas colgadas de la pared e incluso los electrodomésticos anticuados, la mitad de los cuales no funcionaban. de las cuatro habitaciones que tenía el piso, sólo el baño, un cuartito pintado de azul, tenía una ventana de tamaño minúsculo con vistas al mar. 
-es una locura, una auténtica locura –le dije en el coche de camino a casa- creo que deberíamos seguir buscando un poco más. ¿qué hacemos con un baño con vistas si el salón da a un solar abandonado convertido en aparcamiento? 
estuvimos toda la semana enrabietados y evitándonos. julieta daba portazos cuando entraba o salía de casa y por las noches dormía a un lado de la cama, sin rozarme. tuve que ceder. seguía pensando que era la peor inversión de la historia, pero supongo que la felicidad de ella compensaba el error que íbamos a cometer. cuatro semanas después pasamos nuestro primer fin de semana en nuestro nuevo apartamento. nunca había visto a julieta tan feliz: limpiaba las habitaciones canturreando alegremente, parloteaba sobre las fiestas que celebraríamos con nuestros amigos, me ayudaba con las estanterías sin parar de besarme y entre una cosa y la otra, entraba en el baño y se plantaba delante de la minúscula ventana para contemplar el mar. y sonreía. esa misma noche, en una de sus visitas al baño para extasiar la vista descubrió que subida al váter obtenía unos centímetros más de mar. me llamó a gritos con su nuevo descubrimiento y, extasiada, me señaló la ventana. yo la miré sorprendido. no sabía si me estaba tomando el pelo o si realmente consideraba eso normal. me reí de ella, acuclillada encima del váter, y le dije que tuviera cuidado, pero pareció no escucharme porque permaneció allí, inmóvil, embobada. yo terminé con la estantería y luego comencé a barnizar una mesa. veinte minutos después me inquietó el silencio del piso y regresé al baño: julieta seguía encima del inodoro, mirando el mar, ufana. 
-¿estás bien? –le pregunté un poco harto de su actitud. 
-claro. 
-llevas ahí veinte minutos. 
-ven –dijo ignorando mi tono enfadado y haciendo un poco de hueco encima del váter. 
-julieta –solté- hay mil cosas que hacer todavía. 
en realidad no me importaban las tareas pendientes. podíamos hacerlas al día siguiente o un mes después, pero me pareció la mejor excusa a la que agarrarme para que ella dejara de hacer el tonto y, peor aún, me obligara a hacerlo a mí. -ven –repitió sin apartar la vista del mar. volví a ceder. me subí al inodoro con el temor de que no iba a soportar tanto peso y nos íbamos a hacer daño, pero, sorprendentemente aguantó mis sesenta y siete kilos más los de ella. me acuclillé a su lado, incómodo por la postura y por la falta de equilibrio que siempre me había fallado. cuando conseguí encontrar una posición estable, alcé la cabeza. ahí estaban tres centímetros más de mar, sí. julieta me acarició el pelo y nos relajamos ante los juegos de colores azules y plata de las olas mecidas por la brisa. 
-podríamos cenar aquí –propuso ella cuando, para mi sorpresa y pasada media hora, había dejado de sentir dolor en la espalda, piernas y tobillos. 
no exagero si digo que prácticamente nos mudamos ahí, sobre ese minúsculo trozo de cerámica y plástico, encarados siempre hacia el este, julieta a mi derecha y yo más al borde de la taza, haciendo malabares cuando algunos de los dos pretendía cambiar de postura. ahí encima nos besábamos, leíamos, hacíamos planes para el futuro, cenábamos pizza o simplemente contemplábamos embelesados la franja marítima que nos proporcionaba estar subidos a un váter. el resto del piso nos daba igual y, poco a poco, fuimos descuidándolo. la sal marina se acumuló rápidamente sobre los muebles, la barandilla del balcón, la encimera de la cocina y el sofá estampado. también el polvo. apenas lo notamos. en nuestro baño estaba el mar. 

un día, sin embargo, la taza del váter no resistió más y se partió en dos. por supuesto nos encontrábamos encima. julieta pintándose las uñas de los pies y yo sujetándole el pequeño bote de esmalte rojo. su grito me heló la sangre y, después de comprobar que yo estaba bien, la miré tendida en el suelo, manchada de rojo en la cara, escote y brazos. 
-ayúdame– dijo cuando intentó levantarse y vio que no podía. tiré de ella con cuidado y con bastante esfuerzo conseguí que se pusiera en pie. los dos, delante de la taza rota, con los pies encharcados, miramos el inodoro con pena. julieta comenzó a sollozar. 
-lo arreglaremos –le aseguré. 
-¿lo haremos? –preguntó. 
-por supuesto –contesté. 
pero no fue así. sustituimos el váter por otro. el primero era muy bajo y no veíamos el mar, el segundo demasiado ancho y estábamos muy alejados el uno del otro, el tercero se rompió cuando julieta puso el pie encima y en el cuarto no cabíamos los dos y, por supuesto, no estábamos dispuestos a hacer turnos ni tampoco a separarnos. mientras tanto habíamos intentado volver a acostumbrarnos al trozo inicial de mar que veíamos de pie, delante de la minúscula ventana, pero eso ya no nos satisfacía. era demasiado poco mar. julieta se derrumbaba a menudo y nada de lo que yo decía conseguía tranquilizarla ni mucho menos animarla. comencé a frecuentar el salón porque su humor taciturno y deprimente me afectaba. ella, de pie, delante de la minúscula ventana de un baño sin váter, miraba el mar sin importarle donde estaba yo. nos fuimos distanciando irremediablemente. 
una madrugada de finales de septiembre me desperté de repente por el ruido de unos martillazos contra la pared. sin saber de dónde provenían corrí al baño temiendo lo peor y, efectivamente, me encontré a julieta con un martillo entre sus manos intentando por todos los medio agrandar esa minúscula ventana. me preocupó que al verme fuera a atacarme, pero estaba tan ofuscada con su tarea que no se dio cuenta de que estaba detrás, horrorizado y asustado al ver los huecos y grietas de la pared que había comenzado a derruir. la inmovilicé agarrándola por la espalda y los brazos y, contra todo pronóstico, tiró el martillo al suelo y comenzó a llorar. la llevé al salón cogida de la mano y la senté en el sofá. tenía un aspecto lamentable y olía mal. sospeché que no se había duchado en días y seguramente también se habría olvidado de comer. sentí pena por ella y por mí que, tal vez, ofrecía el mismo aspecto. con la mirada perdida en algún punto del suelo parecía que se había calmado, pero no me atreví a preguntarle si se encontraba mejor. preferí levantarme y abrir la puerta del balcón para que entrara un poco de aire fresco. aire marino. al hacerlo me fije en un pequeño charco que se había formado entre dos coches del solar por las lluvias del día anterior. sin dudarlo entré al apartamento entusiasmado y le pedí que se levantara y saliera conmigo al balcón. ella me miró extrañada y todavía ausente, pero me obedeció sin mucha ilusión ni resistencia. una vez fuera los dos, sintiendo el frío de la noche otoñal en la nuca, le señalé el charco. ella vaciló. volví a señalarlo. 
-entre el audi y la furgoneta blanca –puntualicé, esperando que eso fuera suficiente. ella asintió y observó el charco con detenimiento. luego me miró a mí. reconocí esa mirada inmediatamente. era la misma mirada serena y complaciente de cuando los dos estábamos subidos al inodoro, atendiendo al baile de olas del mar. sonreí ligeramente y ella, con timidez, me devolvió la sonrisa. 
-qué bonito está hoy, ¿verdad? –susurró. 
cogí dos sillas del salón y las llevé fuera. ella prefirió que compartiéramos una y no quise contradecirla. nos sentamos como pudimos y miramos el charco entre los dos vehículos del solar abandonado que servía de aparcamiento hasta el amanecer. durante un instante, a primera hora de la mañana, cuando el sol despuntaba por entre los edificios me pregunté cuánto tardaría en secarse y desaparecer. sentí un nudo en el estómago imaginando el momento en que esto sucediera. puede que julieta notara mi inquietud porque giró la cabeza y me miró como si estuviera esperando una respuesta a la pregunta que no había formulado. 
-quizá más tarde podamos continuar con la pared –dije con los ojos puestos en los finos bordes de barro seco del charco. ella apoyó su cabeza en mi hombro y respiró relajadamente como si, por fin, nuestro pequeño apartamento, estuviera rodeado de mar.