06 agosto 2017

gi li po llas

no sé cuantas veces insistí para quedarme. cada vez que lo hacía se desataba una discusión entre mi madre –que no entendía o no quería entender- y yo.
-pero qué tonterías dices –decía- si lo vamos a pasar genial.
había incorporado palabras como “genial” o “fenomenal” en su vocabulario y las usaba cada dos por tres, risueña, despreocupada, como si todo fuera, efectivamente, maravilloso. yo negaba con la cabeza, cansada de hablar con un muro que no escuchaba. ella continuaba con sus repetitivos argumentos:
-vamos a pasar unos días juntos, en la playa, tomando el sol, y podrás hacer mil otras cosas como bucear. bucear con tu hermana y adrián. ¿no te parece fenomenal? será divertidísimo y además, será una oportunidad perfecta para que las dos conozcáis mejor a adrián.
pero yo no quería bucear, ni mucho menos conocer a adrián. odiaba a adrián. su voz estridente, su panza enorme, su calvicie, su forma estúpida de preguntar cómo me había ido el día cuando nos sentábamos los cuatro a cenar y, observándome con un interés forzado, esperaba mi respuesta que generalmente se reducía a un “como todo los días, adrián”. pronunciaba su nombre con asco, como si fuera el peor de los insultos, pero él nunca parecía apreciarlo.
-podrías ser un poco  más explícita, cariño. nos gustaría que nos contaras algo, de vez en cuando –intervenía mi madre exasperada.
-no te preocupes, mari –decía él-. ya hablará cuando tenga ganas o haya pasado algo importante, ¿verdad? está en esa edad…
todo lo que se refería a mis desplantes y malas contestaciones lo reducía a ese motivo. está en esa edad. algunas veces lo remataba con “esa edad difícil” o “esa edad transitoria”. aunque su explicación preferida era “cosa de chavales”. el pobre imbécil no se daba cuenta de que no tenía nada que ver con mis catorce años recién cumplidos, sino en la repugnancia que me producía cada vez que entraba en casa, con los postres o flores, y se comportaba como si hubiera vivido allí toda la vida. mi madre no cabía de felicidad. había encontrado –la había escuchado decir al teléfono, hablando con alguna amiga- al hombre de su vida. se me revolvían las tripas al oírla decir estas cosas, con ese tono de voz dulce, contar con todo tipo de detalles lo bien que la cuidaba, lo bien que lo pasaba con él, los planes que tenían para el futuro. temía que de entre todos esos planes hubiera una boda de por medio y de tener que verlo todos los días, desde la mañana a la noche, sentado en la silla de la cocina, delante de mí, preguntándome cómo me había ido el día. hacía siete meses que se conocían y –por el momento- habían decidido pasar las vacaciones juntos. los cuatro juntos.

llegamos de los primeros. a adrián le gustaba madrugar, aprovechar la mañana e instalar el campamento en primera línea de mar. mi madre, que nunca había soportado levantarse antes de las diez, ahora no veía más que ventajas con el nuevo horario que él había implantado con explicaciones y datos que a nadie, aparte de mi madre, le interesaban. el mar estaba calmado y algunas gaviotas se remojaban cerca de nosotros. adrián clavó la sombrilla. el esfuerzo, de apenas diez segundos, le costó gotas de sudor que resbalaron por su tripa deforme. mi madre extendió las toallas y elsa pedía a gritos que fueran a bañarse con ella. ella y adrián se metieron en el agua. sus gritos y sus gracias me resultaban patéticas: adrián haciéndose el muerto, adrián simulando un ahogo, adrián intentando hacer el pino y salpicando a los otros bañistas cuando sus piernas rechonchas perdieron el equilibrio. elsa se reía. mi madre, con los pies en remojo en la orilla, se reía. yo quería marcharme.
-hay que ver este hombre. nunca se cansa de hacer el tonto –dijo mi madre cuando se tumbó debajo de la sombrilla. preferí no opinar. -¿por qué no vas a bañarte?
-no me apetece.
su sonrisa desapareció.
-nada te parece bien, ¿verdad?
la voz gritona de él llamándola para que se uniera a sus juegos evitó que pudiera contestar. mi madre volvió a sonreír y se metió en el agua con rapidez. hubo abrazos y arrumacos. las manos mullidas y peludas de adrián acariciando la espalda de mi madre me produjeron tal repulsión que opté por desviar la mirada y dejar de ver esa escena. pero la tranquilidad duró muy poco; comenzó a llamarme, cada vez más y más alto, agitando sus brazacos al aire. algunos bañistas se giraron para vernos. estábamos dando un espectáculo. negué con la cabeza unas y dos veces, pero no fue suficiente. volvió a llamarme y volví a decirle que no. él se separó de mi madre y avanzó hacía mí. andaba lento. su cuerpo, incluso dentro del agua, le pesaba demasiado.
-vente, mujer –gritó a medio camino. dije que no por tercera vez. no entendía que no entendiese. salió del agua y se plantó delante de mí, con ese cráneo desproporcionado y quemado por el sol.
-el agua está estupenda. deberías venir.
-ya os he dicho mil veces que no me apetece.
-¿quieres que probemos a bucear?
-no.
-¿un helado?
-no.
-¿una cerveza?
hice una mueca que pretendía ser una sonrisa sarcástica.
-lo digo en serio. haremos que tu madre no se entere.
mi madre lo llamó:
-eh, ¿qué estáis tramando vosotros dos?
-¡tu hija dice que quiere ir a tomarse una cerveza! ¿qué te parece eso?
su broma sólo consiguió irritarme aún más y tuve ganas de llorar de rabia.
-bueno, pues si tú no te bañas, yo tampoco –sentenció.
acabamos todos cabreados. elsa no comprendía por qué de repente adrián no quería bañarse más y se pasó la mañana lloriqueando y rogándole que jugara con ella. mi madre me llamó egoísta y caprichosa. también me recordó lo mucho que había tenido que esforzarse para que pudiéramos irnos de vacaciones y cuando le contesté que yo no le había pedido irnos juntos de vacaciones se marchó a dar una vuelta y no regresó hasta dos horas después. sólo adrián parecía cómodo y tranquila en medio de esa tempestad. se aplicó crema solar, cambió de postura un par de veces y se quedó dormido panza arriba una hora. cuando despertó se fue a bañar, olvidando todo el lío que había formado gracias a su intención de convertirnos en amigos y cómplices. mi hermana volvió a revolotear a su alrededor y mi madre se aseguró de no dirigirme más la palabra, ni mucho menos mirarme.
a la una del mediodía decidieron comenzar a recoger. él estaba hambriento y elsa había decidido que quería almorzar pizza.
-¿te apetece una pizza a ti? –me preguntó en un intento de hacer borrón y cuenta nueva.
mi madre me miró. pude adivinar pena y decepción en su mirada, pero adrián se negaba a tirar la toalla.
-¿un vegetariano? –volvió a preguntar- a mí no me vendría nada mal, eh. –dijo pellizcándose los michelines que sobresalían por encima de su ridículo bañador azul celeste con peces de colores.
mi madre se rió, restando importancia a su urgencia fingida para perder peso. elsa protestó.
-está bien, está bien, pequeña –le dijo a mi hermana-. si quieres una pizza, iremos a por esa deliciosa pizza.
cargamos con la sombrilla, las toallas y la nevera donde él había guardado las cervezas imprescindible para pasar la mañana. ellos, unos pasos más adelante, decidiendo qué pizza iban a pedir. el interior del coche estaba ardiendo. adrián puso el aire acondicionado y la música. todo al máximo. las notas retumbaban en el respaldo de los asientos. mi madre y elsa se pusieron a cantar a voces y él marcaba el ritmo con su mano derecha sobre el muslo bronceado de mi madre.
no quedaba lejos, dijo. en veinte minutos llegamos, añadió. mi hermana saltó del asiento sin dejar de cantar y él aumentó la velocidad cuando dejamos el camino de carro y nos incorporamos a la carretera. sentí un escalofrío y quise pedirle que bajara el aire, pero eso hubiera sido suficiente para hacerlo sentir útil e importante en mi vida. callé y seguí mirando por la ventana los campos secos y los árboles torcidos.
-¿todo bien aquí detrás, chicas? –preguntó cuando la canción terminó y mi madre y mi hermana se callaron. giró su cabeza hacia nosotras. miró a elsa y luego a mí. sin emitir ningún sonido abrí la boca y moví mis labios de la forma más clara y comprensible que me era posible.
-gi li po llas.
su cabeza girada hacia mí, dos segundos de más para entender bien cada una de mis sílabas. del único mensaje que tenía para él en respuesta a todas sus preguntas. mi madre chilló. él levantó la vista de mis labios. elsa chilló. él no tuvo tiempo para reaccionar. la cabina del camión se estrelló contra nuestro coche, nos mandó disparados al carril contrario y luego dimos varias vueltas de campana hasta que el vehículo quedó parado, del revés. escuché bocinas y chillidos. alguien, desde lo que parecía ser muy lejos de donde estábamos, ordenaba que no nos moviéramos y que en pocos minutos llegaría una ambulancia. conseguí salir del coche. también mi madre y elsa lo lograron. mi madre sangraba por la frente y mi hermana temblaba de miedo y lloraba. no sabíamos qué hacer o cómo reaccionar. apenas nos manteníamos en pie. fue entonces cuando escuchamos la voz de adrián, débil y remota. dimos la vuelta al coche destrozado y vimos su cara a través de dos barras dobladas.
-no puedo moverme, mari. no puedo.

la casa se llenó de vendas y medicamentos. muchos medicamentos. teníamos pastillas para el dolor, para la inflamación, para las infecciones, para dormir, hierro y vitaminas. estaban por todas partes. en cualquier cajón de la cocina o del armario, encima de la mesa del salón, siempre a mano de mi madre, adrián e incluso elsa. nos aprendimos sus nombres, sus dosis, sus efectos y las tomábamos cuando creíamos que ya no podíamos más, algo que ocurría a menudo. mi hermana pasaba el día mirando el televisor y mi madre encerrada en su habitación con adrián. algunas veces la escuchaba llorar. otras, era él quien lo hacía. le habían tenido que amputar las dos piernas por encima de la rodilla y aunque el médico le había asegurado que con el tiempo conseguiría llevar una vida casi normal, él no salía de la cama. yo tampoco. no me atrevía a salir de ella y cruzarme con mi madre, ni mucho menos con adrián. no había dudado en hacerse cargo de él. a pesar de que sus padres habían persistido en cuidar de su hijo, mi madre se negó en rotundo. lo asumió como una penitencia y él, que casi no hablaba, no intervino en la decisión de vivir en una casa u otra. perdió la mitad de su peso. la piel sobrante de las mejillas le colgaba y le daba un aspecto enfermizo y cadavérico. pero lo que más impresionaba al verlo, especialmente esos primeros días, fue su mirada: huidiza y sombría. su cuerpo inmóvil estaba allí, en nuestra casa, pero eso era todo. no había nada más de él. también mi madre se transformó en otra: andaba encogida, apenas hablaba y cuando lo hacía era sólo para darnos instrucciones: “baja a la farmacia, id a casa de la abuela a comer, apaga la tele o ahora no”. las plantas de la terraza se secaron y murieron. nadie se molestó en barrer las hojas del suelo, ni en sacar el polvo de los muebles, ni contestar el teléfono cuando sonaba. bastante teníamos en casa como para saber de fuera.
mi principal ocupación esos días era mantenerme despierta. si había algo que me daba más pavor que encontrarme con la mirada de adrián era dormirme. cada vez que eso ocurría –por desgracia, tres o cuatro horas todas las noches- me despertaba aterrada, empapada de sudor, reviviendo una y otra vez ese segundo de más en el que él se detenía en mis labios. gi li po llas. desarrollé miedo a todo. cualquier cosa que dijera o hiciera podía acarrear consecuencias trágicas, por ese motivo me limité a los confines de mi habitación, asegurándome que pasaba desapercibida y que así, de esta forma, nadie abriría la puerta de golpe un día y apuntándome con el dedo me diría:
-todo esto lo has causado tú.

la abuela hizo lo que pudo. nos acogió en su piso cuando en una de sus visitas se alarmó con el estado de la casa y nuestras ropas arrugadas y sucias. las cosas mejoraron un poco allí. no tener a adrián en la habitación contigua supuso una tregua para mí, aunque las pesadillas no cesaron. cuando me despertaba chillando de madrugada la abuela se metía en la cama conmigo y me preguntaba qué pasaba. nunca le conté nada. tampoco quería –rezaba, de hecho- que adrián contara nada, por eso cada vez que mi madre nos llamaba para explicarnos los pequeños avances que hacía, mi ansiedad y temores aumentaban. no era difícil suponer que una vez hubiera superado sus obstáculos más básicos como llegar al salón o mear sin la ayuda de mi madre, comenzara a enfrentarse al accidente, a ese par de segundos que yo rememoraba permanentemente. no, no me animaba saber que adrián había pasado la tarde sentado en el sofá y que pronto podríamos volver a casa.
en septiembre comenzaron las clases. elsa se negó a ir y lloró durante todo el camino, a pesar de que la abuela le prometió cocinar su cena favorita. mi entusiasmo era el mismo que el de mi hermana. era inútil actuar como si no hubiera pasado nada ese verano y, en cualquier caso, el rumor se había propagado. alumnos que no me habían saludado en la vida me paraban en el pasillo para preguntarme si tenía cicatrices o si había muerto mi padre. cada uno tenía su propia versión y no me quedaba energía para corregir a nadie. incluso un par de profesores de años anteriores me ofrecieron de pasar por el despacho y hablar cuando lo necesitase. agradecí la oferta con monosílabos, sin despegar la vista del suelo. lo que no podía permitirme era, precisamente, hablar. el día transcurrió lento y agotador. fui incapaz de prestar atención a las presentaciones de las asignaturas que íbamos a dar y en el descanso me encerré en el lavabo de la cuarta planta para evitar miradas y cuchicheos. cuando por fin pude volver a casa estaba tan cansada que por primera vez desde el accidente la idea de dormir unas horas me pareció agradable.
caminé deprisa para llegar cuanto antes a casa de la abuela. quería meterme en la ducha y luego en la cama. me abrió la puerta sonriente y me dio un abrazo, a pesar de mi camisa mojada de sudor. la casa olía a comida recién hecha en el horno.
-tenéis una sorpresa –dijo. con su barbilla apuntó al salón. tragué un poco de saliva y avancé con el temor que se hizo certeza cuando, a medio pasillo, la escuché llamar mi nombre. si estaba ella, imperativamente, estaba él.
-hola, amor. queríamos venir a veros en vuestro primer día de colegio y daros una sorpresa. qué te parece. la abuela ha preparado una cena estupenda para todos.
adrián, con dos prótesis metálicas y plantado en el umbral de la puerta, esperaba, como mi madre, alguna palabra.
elsa no daba abasto. engullía los macarrones, hablaba con la boca llena, se escondía debajo de la mesa para tocar y golpear las nuevas piernas de adrián y le reclamaba besos y abrazos a nuestra madre. la abuela iba y venía de la cocina al salón, cada vez con más platos. mi madre y adrián sonreían cada vez que intercambiaban una mirada. tenían mejor aspecto. ella se había cortado el pelo muy corto y él se había dejado barba, de forma que su aspecto fantasmagórico ahora quedaba cubierto por una espesa mata de pelo oscuro. yo los miraba de reojo, tensa, esperando el momento de poder ausentarme y hacerlos desaparecer de delante de mí. cada vez que él iniciaba una frase erguía la espalda y cerraba el puño con fuerza. había imaginado la escena innumerables veces: él, muy serio, con la mirada fija en mis labios, pidiendo un poco de silencio porque había algo que quería contar. había imaginado su discurso palabra por palabra, su versión de los hechos que distaba mucho del que tendría mi abuela o mi madre, pero que coincidía con el mía. había imaginado la reacción de mi madre, de mi abuela, incluso la de elsa. pero esa escena tan real y vívida en mi cabeza no llegaba y cada vez que adrián abría la boca era para contar algo insustancial que, ahora, nos interesaba a todos.
cuando terminamos con los manjares mi abuela se levantó para traer los postres. mi madre la ayudó a recoger los platos y yo hice el mismo gesto para ayudarlas.
-no hace falta, cariño. quédate aquí, tranquila.
bebí un trago de agua para aparentar normalidad, aunque todo en mí gritaba ayuda. elsa hacía rato que había conseguido escapar de la mesa y correteaba por las habitaciones. notaba cómo me escudriñaba. sentía el peso de su mirada, su superioridad. bebí otro trago y dejé el vaso en la mesa. carraspeó. levanté la mirada. primero su barba espesa, luego una pequeña cicatriz a la altura de la nariz, luego sus ojos.
-bueno, -dijo- ¿cómo va todo?
su voz era tranquila y eso me tranquilizó. tal vez, pensé, sólo quiere saber eso, cómo va todo, nada más. aprecié por primera vez sus ojos azulados y no vi más que eso. noté un nudo en la garganta y apreté la mandíbula. necesitaba beber un poco más de agua.
-¿estás bien?
asentí con los labios apretados. no iba a poder controlar todo eso. comencé a llorar. lágrimas gordas que cayeron sobre el mantel de la abuela. intentó levantarse, pero sin ayuda le resultó imposible. estiró el brazo y dejó su mano que ya no era mullida a pocos centímetros de mí. mi lloro se convirtió en llanto. bajé la cabeza, avergonzada y aturdida.
mi madre apareció con los platos de postre y se asustó al verme.
-eh, eh, ¿qué pasa aquí?
seguí llorando, incapacitada para hacer otra cosa. ella lo miró a él, esperando una respuesta.
-nada, mari –dijo-no te preocupes. son cosas de chavales, nada más.
me sequé las lágrimas cuando llegó la abuela con la tarta. comimos en silencio, cada uno en sus cosas, en sus versiones. adrián había retirado su mano de encima de la mesa y ahora acariciaba con suavidad el delgado brazo de mamá.

30 junio 2017

la noche después de la noche que perdí a lúnula

se ha perdido la gata. lúnula. hacía calor. llegué a casa agotada, me rozaban las sandalias en los tobillos, me apretaba la falda, tenía mucha sed. había tenido un mal día en el trabajo. abrí la ventana del salón. tenía mucho calor. quería quitarme la falda, ducharme, beber agua fría. me tumbé en la cama un segundo, con los ojos cerrados y los brazos en cruz. ni un poco de aire fresco. las sandalias, la falda. un vaso de agua. de repente pensé en lúnula. me levanté y corrí al salón. la ventana abierta de par en par. llamé a la gata. dos, tres, cinco veces. cerré la ventana y fui a la cocina. miré debajo de la mesa, dentro de la lavadora, en la esquina de la calefacción. la volví a llamar. lúnula, bonita. luego miré en el baño, dentro de la ducha, en la cesta de las revistas, en el armario de los zapatos, del arroz y la pasta, detrás del portátil, de la bicicleta de santi, del perchero. grité un poco. lúnula, ¿dónde te has metido? saqué una lata de su comida preferida y la dejé en medio de la cocina. joder, lúnula. me planté delante de la ventana cerrada y miré los tejados altos, los balcones, los barrotes, las plantas secas. lúnula, venga, va. sentí la camisa empapada de sudor, pero ya no me molestaba la falda, la sed, las sandalias. abrí la ventana. lúnula, grité. me senté y esperé un rato. volví a la cocina, al dormitorio y al baño. la lata de comida seguía intacta. se ha perdido, pienso. lo he perdido, vuelvo a pensar cuando oigo la puerta y el saludo alegre de santi que aparece y me pregunta, nada más verme, qué ha pasado. sonrío. nada, le digo. parece que hayas visto un fantasma, responde. creo que se ha perdido la gata, murmuro. él se queda plantado delante de mí. a contraluz. tiene una silueta alta y delgada. le diría que no se moviera y le sacaría una foto bien bonita de no ser porque me pregunta que qué ha pasado, que dónde está la gata, que cómo puede ser que se haya perdido e inmediatamente ve la ventana abierta de par en par y me pregunta, o más bien afirma, que cómo se me ha ocurrido abrir la ventana, que por qué he abierto la ventana sabiendo que lúnula se escaparía, que no soy nada responsable, qué vaya puta mierda, que espera que aparezca pronto, que qué cabeza tengo, que espera que no le pase nada a la gata y que si le pasa algo, que si le pasa algo, que si llega a ocurrirle algo, repite apuntándome con el índice, y luego se calla, baja el dedo, el brazo y sale en busca del animal por toda la casa, tal y como he hecho yo hace menos de diez minutos. no me muevo. me quedo sentada, bien erguida, escuchando cómo santi pasa por todas las habitaciones, abre puertas y luego las cierra de golpe, farfulla, llama mil veces a la gata. nada. dice joder y dice mecagoenlaputa y dice que no lo entiende, que no comprende cómo se puede ser así. así, sin especificar, aunque queda claro que se refiere a mí y a esta forma de ser de mí que ha perdido la gata. me levanto y voy a la cocina. él está sentado, con las manos sujetándose la cabeza. me coloco detrás y le toco el hombro. se aparta bruscamente. le digo que lo siento, que no fue adrede, que hacía mucho calor y que quería airear un poco la casa. que no pensé en lúnula. y ahí es cuando estalla. que no pensé, claro que no pensé, que no pienso nada, que sólo tengo la cabeza para adornar. y ahí estallo yo también. que quién se ha creído que es, le suelto. que lo hice sin querer, que no me di cuenta pero que no hace falta ponerse así, como un puto imbécil. se levanta de la silla. la silla cae al suelo y me asusto un poco. ¿así? ¿así cómo? grita. tiene los ojos abiertos de par en par y la camisa azul manchada de sudor. no voy a contestar. no voy a contestar porque si contesto le diré algo peor que puto imbécil. me doy la vuelta y voy al salón. él me sigue. si le pasa algo al gata, dice, si le pasa algo, repite. siento que voy a llorar de rabia. corro al baño. él se queda en el salón y llama a lúnula desde la ventana varias veces. corro el pestillo y lloro mientras me quito las sandalias y la falda que cae al suelo. joder, lúnula.
cenamos por separado. santi ha preparado una ensalada y pescado a la plancha. ha dejado mi porción en la mesa y se ha llevado la suya al salón. come delante del televisor y mira un programa de deportes que nunca había visto que mirara antes. el presentador recuerda los mejores goles de un jugador famoso que acaba de anunciar su retirada. desde la cocina se escuchan los aplausos de la afición con cada gol que marcó el jugador. el pescado está frío y reseco. lo aparto y como la ensalada, sin ganas. la lata de comida de lúnula sigue en medio de la cocina. me digo que aparecerá. que tiene que aparecer como sea. es sólo cuestión de tiempo. los gatos suelen hacer esto: van y desaparecen unas horas. luego regresan como si nada, tal vez un poco más sucios y hambrientos, pero regresan. me gustaría levantarme y decirle exactamente esto a santi, pero temo que vuelva a enfurecerse. y yo también sigo enfadada. tiro los restos de pescado a la basura y lavo mi plato. santi sigue mirando la televisión. le deseo buenas noches desde la puerta. se ha estirado en el sofá y se había quedado adormilado, con el mando a distancia entre las manos, sobre el pecho. la ventana sigue abierta y se cuelan los ruidos de los vecinos, las voces de otras televisiones, algunas sirenas lejanas. ni un poquito de aire. contesta, creo, pero no estoy muy segura. me meto en la cama y apago la luz, aunque sé que no voy a pegar ojo. doy vueltas de un lado a otro, pensando en si deberíamos salir a la calle a buscar a la gata o esperar unas horas más. calculo cuántas horas lleva fuera. tres o cuatro. no son tantas. puede regresar en cualquier momento. pero lúnula es una gata bien tonta. se desorienta, se cae, no sabe cazar ratones y le asustan las cucarachas. es torpe y lenta. de repente me acuerdo de esto. de lo torpe que es lúnula. nunca ha salido al rellano, mucho menos de casa. cómo va a sobrevivir ahí afuera. con esos ruidos. con ese calor. deberíamos salir a buscarla, me digo. y me incorporo y me levanto demasiado deprisa y me mareo y vuelo a sentarme para no caerme y lo pruebo de nuevo, esta vez con más lentitud, y voy a la cocina y veo la lata en medio de la cocina y en el salón veo a santi, de espaldas, apoyado en el alféizar, mirando por la ventana.
-¿quieres que salgamos a ver si la encontramos? –le pregunto.
santi se gira y responde que no. mejor esperar. si mañana… comienza a decir. pero se calla y no termina la frase. imagino que no quiere pensar en mañana todavía. o en la noche que nos espera. que le espera. aparecerá, le digo. no sueno convincente y sé que sabe que no sueno convincente, pero asiente. vuelvo a la cama y él se apoya de nuevo en el alféizar. medio cuerpo fuera, como si eso ayudara en algo. abro la ventana de la habitación. cualquier ruido me alerta y me desvela. no consigo dormirme hasta las dos de la madrugada cuando milagrosamente pasa un poco de aire de la calle y mueve las cortinas blancas. santi me despierta más tarde con su tos. creo que lo hace adrede. no tosía hace unas horas. me doy la vuelta y le pregunto si está bien. tiene los ojos humedecidos o quizá es que sigo demasiado dormida para ver todo lúcido. dice que no puede dormir y que hace nueve años que la tenía. me cuesta comprender qué está diciendo y durante un segundo pienso que está hablando en sueños. nueve años es mucho tiempo, dice. me viene todo de golpe. durante unos segundos, muy breves, todo iba bien, estaba dormida y pasaba un airecillo bien bueno a través de las cortinas. ahora vuelve todo a mi cabeza y los ojos de santi me miran esperando una respuesta. una respuesta a esos nueve años. cuánto hace que nos conocemos. tres. tres y medio. lúnula triplica la cifra. cuando murió mi abuelo, lúnula ya estaba ahí. cuando cambié de trabajo, lúnula ya estaba ahí. cuando santi conoció a lidia y a rebeca y susana le rompió el corazón, lúnula ya estaba ahí. cuando me conoció a mí, un lunes por la tarde, agosto, lúnula ya estaba ahí. nueve años. le digo que lo sé, que lo siento. que volverá. que fue sin querer. él no dice nada pero me sigue mirando de una forma extraña. como si no me conociera en absoluto. como si sobrara en esa cama que compramos hace poco porque el colchón era viejo y le dolía la espalda cuando se levantaba por las mañanas. me mira como si tres años y medio fueran un resquicio en comparación a los nueve que ha pasado con lúnula, a su lado, con sus historias y sus desencuentros. me mira y me dice que lo sabe, que sabe que no lo he hecho queriendo, pero que sigue siendo una irresponsabilidad muy grave. no puedo volver a dormirme. creo que él tampoco. uno al lado del otro, asegurándonos que ninguna parte de nuestro cuerpo toca con el otro, mirando el techo, las cortinas que se mueven ligeramente, ningún sonido discordante o esperanzador que cambie el rumbo de esta historia. 
me levanto a las seis. me ducho y escojo un vestido fresco y holgado, estampado con flores. santi siempre ha dicho que le gusta y que me queda bien. dudo que hoy comente algo. paso por todas las habitaciones sabiendo de antemano que lúnula no ha regresado. en la cocina preparo el café y con la punta del pie aparto la lata de comida hacia un rincón, menos visible. santi aparece poco después, con el pelo mojado, la camisa blanca y unos pantalones oscuros. saca el azúcar y las galletas del armario. nos sentamos uno enfrente del otro. lo miro de reojo. no hace falta que le pregunte si ha dormido algo.
-¿has podido dormir?
él niega con la cabeza. su mirada fija en la taza roja.
-imprimiré algunas fotos-continúo, sabiendo que nada de lo que diga va a ser suficiente- y podríamos colgarlas por el barrio esta tarde.
le doy un beso de despedida en la mejilla. no se mueve. le digo, otra vez, cuántas llevo, que lo siento mucho, que todo irá bien. adiós, contesta. cuando entro en el ascensor me aliso el vestido floreado y lo maldigo a él y a la gata y al dichoso día bochornoso en el que decidí abrir la ventana para que pasara un poco de aire. doy una vuelta a la manzana antes de coger el metro. susurro el nombre de lúnula, esperando que reconozca mi olor, mi voz, el vestido floreado. pregunto a la panadera a la que compramos los croissants los domingos. uy, me dice, mala señal si no ha vuelto ya. seguro que se lo ha quedado alguien. le agradezco mucho su ayuda y noto una lágrima resbalando por la cara. en el metro no disimulo. algunos me miran con pena y otros se apartan un poco, como si tuviera una enfermedad muy contagiosa y pudiera infectarlos. llego al trabajo con los ojos hinchados y las mejillas húmedas. he perdido a lúnula, confieso nada más sentarme. santi no me habla, detallo para que alguien –quien sea- se ponga de mi parte y me asegure que fue un accidente y que santi es un imbécil. paso la mañana mirando las fotos que tenemos de la gata. lúnula jugando con una pelota de tenis, acurrucada entre las sábanas, encima de mi cabeza, dormida, con su patita negra alzada. selecciono una de ellas en la que creo que es fácil identificarla: su mancha redondeada y blanca entre los dos ojos y se la envío a santi. espero tres horas –tres horas. no podía contestar antes, no-hasta saber que no, que él ha escogido otra y que saldrá antes del trabajo para empapelar el barrio. le contesto al momento, inquieta, con un nudo en la garganta, y le digo que intentaré hacer lo mismo para acompañarlo. ok, dice. un beso, contesto. nada más. paso el día mordiéndome pellejos secos del labio, rezando y haciendo promesas. si lo encontramos, seré más responsable. si regresa, nunca más abriré la ventana. si esto tiene un final feliz, dono un riñón. no consigo avanzar nada de trabajo ni comer al mediodía. ningún compañero logra hacerme sentir mejor, menos culpable, a pesar de sus intentos y bromas. uy, santi va a dejarte, dice uno con la boca llena de ensaladilla rusa. todos se ríen a carcajadas, incluso yo. gilipollas. a la cuatro recibo un mensaje de santi. salgo ya, dice. te veo en casa. quiero leer en este mensaje un tono menos bélico, más apaciguado y racional. cuenta conmigo, me digo. ¿cuenta conmigo? me pregunto. recojo el papeleo que he esparcido por la mesa para disimular que no he hecho nada de lo que me han pedido y me despido deprisa. si necesitas un sofá esta noche, ya sabes. suerte. ánimos. ya verás cómo lo encontráis, dicen. pienso que no lo piensan. que lo dicen como yo le dije ayer a santi, sin creerlo, sin convicción, sabiendo que la gata no va a volver. que la he fastidiado. llego a casa sudada, el vestido pegado a la espalda, las sandalias me siguen rozando el tobillo. en el rellano me encuentro a la vecina del séptimo con su perrita y pienso que esto es una señal. una buena señal. que lúnula ha vuelto a casa. no puede significar otra cosa. la perrita me ladra y saca la lengua y yo le acaricio la cabeza y miro de reojo el ascensor que tarda tanto en llegar, la llave en el fondo del bolso lleno de objetos inútiles, la luz del rellano fundida. me imagino a lúnula viniendo a recibirme al pasillo, como hacía, como hace algunos días. abro la puerta. nadie me recibe. ¿santi? lo encuentro en el salón con un centenar de impresiones y cuatro rollos de celo. durante un segundo me mira de arriba abajo, con mi vestido floreado que siempre ha dicho que le gustaba. me sonríe. ¿me sonríe? le sonrío y le pregunto si está listo. dice que sí y me da unas cuantas fotos y un par de rollos de celo. su dedo índice roza el dorso de mi mano y me estremezco, pero imagino que ha sido sólo un acto reflejo. no hay perdón, todavía. salimos y esperamos el ascensor que tarda tanto en llegar en el rellano, en penumbra. le preguntaría cómo ha sido su día, pero sé que contestará una mierda o algo mucho peor.
-¿cómo ha ido tu día?
antes de que tenga tiempo a contestar le cuento el mío. lo de la panadera de esta mañana, aunque cambio su opinión por otra más positiva y me callo lo de que he llorado en el metro porque me va a mirar como si yo no tuviera derecho a llorar porque no es mi gata y seguramente no me hago –aún- una idea lo terrible que es todo el asunto. cuando termino mi perorata santi no tiene nada que comentar. salimos. una bofetada de aire sofocante nos cae encima como una losa nada más pisar la calle. santi comienza a caminar hasta llegar a la primera farola y pega una foto de la gata. el celo se enrolla entre sus dedos y termina pegando la foto torcida y arrugada. para cuando lleva cuatro farolas ha perfeccionado todo el procedimiento y su velocidad de ejecución. de estar en otra situación comentaría su destreza, pero en vez de esto entro en un todo a cien y agradezco el aire acondicionado y pienso que me quedaría un rato allí, paseando por entre los pasillos y toqueteando los objetos suaves o de colores estridentes. en vez de eso le pregunto al chico que está en la caja mirando al móvil por lúnula. el chico niega con la cabeza antes de que termine mi frase. repetimos la acción a lo largo de toda la manzana. cuantas más fotos repartimos, más preguntamos, más farolas, menos ánimos. los dos sudamos a mares, el pelo se me pega a la frente y desearía estar metida en una piscina de agua helada y me siento mal por preferir estar en una piscina y no poner más atención a esta búsqueda que temo perdida. ando arrastrando los pies aunque santi, a mi lado, camina con aplomo y decisión. nada lo distrae de su, nuestra, misión. entramos en un taller mecánico. habla santi y yo observo la mugre y el desorden, aunque se está fresquito y eso me vale. el muchacho que nos atiende, joven, su ropa y manos manchadas de grasa negra, dice que no, que nada, no ha visto, pero nos invita a pasar y mirar. nos separamos, cada uno en una dirección. el chico se une a la causa. pregunta el nombre del animal. se lo repetimos cuatro veces hasta que consigue una correcta pronunciación. lúnula. la llamo sin mucho entusiasmo, tengo tanto calor, y al instante los tres escuchamos un maullido agudo y lejano. nos detenemos y nos miramos. es por allí, señala el muchacho con su dedo manchado y negro. santi se apresura hacia el rincón que apunta el muchacho y llama a lúnula otra vez. otro maullido. los tres sonreímos. los tres buscamos y gritamos y llamamos a la gata y nos arrodillamos en el suelo manchado y negro y me mancho las rodillas y ahí, en el fondo, entre cajas y herramientas y grasa, está un hocico manchado y negro y ahí sus ojos verduscos y ahí su mancha redondeada y blanca, que ya no es tan blanca, entre los ojos. santi la coge con cuidado. le dice hola, pequeña, hola, amor, hola, bonita. la gata se queda quieta entre sus manos y lame sus dedos. ronronea y maulla y mantiene los ojos cerrados mientras santi besa su cabecita. el muchacho dice que hemos tenido mucha suerte y algunas obviedades más, pero ni santi ni yo le prestamos atención. me acerco a la gata para decirle hola y noto, sí, puedo notarlo, cómo santi me observa con recelo, como si no mereciese acercarme ni mucho menos hablarle a la gata. hola, lúnula, digo. la gata no se inmuta. con sus ojillos cerrados sigue disfrutando de las caricias de santi. agradecemos al muchacho. santi dice algo de invitarlo a una cerveza. el chico dice que no puede mientras está en el trabajo, tal vez otro día. salimos del taller, ellos –santi y lúnula- delante, yo unos pasos más atrás, como si no formara parte de esa escena, como si desconociera quién es ese tipo que carga con una gata y sonríe y le habla y le hace promesas de una cena opípara y unos mimos exagerados. en el ascensor la gata me mira por primera vez y alarga su cabeza hacia mí. la acaricio y sonrío. santi sonríe. sí, esta vez no hay duda. sonríe y dice:
-bueno, ya está.
lúnula se come dos latas y luego juguetea entre las piernas de santi mientras él prepara la cena y canturrea una melodía que se ha puesto de moda este verano. me ducho y debajo del agua fría descubro que estoy aliviada, sí, ya está, pero no contenta. regreso a la cocina acalorada, a pesar de la ducha larga y el pelo mojado que humedece mis hombros. santi ha puesto la mesa con el mantel azul y copas en vez de vasos. platos humeantes de arroz con verduras al vapor y una botella de vino blanco. me sirve primero y sonríe. la gata no se separa de él. me cuenta de un proyecto nuevo, muy interesante, que le permitirá aprender mucho aunque también deberá pasar muchas horas, y quizá algún sábado, en la oficina. me cuenta que ha visto una bicicleta nueva, a muy buen precio, justo lo que andaba buscando. me cuenta que ha llamado su madre y que me manda un abrazo. le digo que qué bien, qué bueno, que gracias, sin apartar la vista del brócoli, la zanahoria y el puerro. lúnula corretea entre las patas de la mesa y nuestras piernas. su pelo suave roza mis piernas y las retiro hacia atrás. hace tanto calor. y las ventanas cerradas. santi recoge los platos y me pregunta si quiero helado. contesto que no. saca dos platos y dos cucharitas y las pone delante de mí. comemos helado de chocolate con pepitas de chocolate. se forma una papilla marrón y tibia en el fondo del plato que lúnula lamería con avidez, pero prefiero dejarlo en remojo, con el resto de platos de la cena. mañana los lavaré, digo. estoy cansada, digo. santi contesta que no me preocupe, que lo hará él esta noche, que no está tan cansado. sonríe. sonríe por todo. lo miro y me pregunto si me hubiera llegado a dejar. si hubiera podido perdonarme algún día y, de ser así, cómo habríamos seguido. con esa ausencia, esa pérdida, esa grave irresponsabilidad mía. le deseo buenas noches. él hace el gesto de levantarse para darme un beso pero me doy la vuelta antes de que se ponga en pie. la gata me sigue hasta medio pasillo y luego regresa a la cocina, con santi. me tumbo en el centro de la cama. ni un poquito de aire. la ventana bien cerrada. pienso en ese lunes de agosto. subí a su casa después de que pasáramos el día juntos. lúnula se acercó a mí y se dejó acariciar. santi dijo que yo le había gustado, amor a primera vista, que eso no era lo habitual en ella. luego, días más tarde, confesó que en esos momentos hubiera dicho cualquier cosa para bajarme las bragas. lúnula entró en la habitación varias veces. nos interrumpió y nos reímos después de que se subiera a la cama y nos lamiera los dedos de los pies. me quedé a dormir esa noche sólo porque él insistió. a la mañana siguiente me propuso que me mudara a su casa, que había superado todas las pruebas, que lúnula necesitaba una aliada. la gata se había acurrucado en mi regazo y se había dormido. dije que sí. escucho el canturreo incansable de santi. desearía que se callara. ha cambiado de melodía. me gustaría que cerrara la puta boca. el chapoteo del agua y los platos. hace tanto calor y el aire de la habitación es irrespirable. la cabecita de la gata asoma por la puerta. me mira unos instantes, ladea la cabeza y avanza unos pasos hasta esconderse debajo de la cama. nada de brisa. la llamo en voz baja. eh, lúnula, qué haces ahí metida, ven. ven aquí. me abanico inútilmente con la mano. sube. la gata sale de debajo de la cama y me mira de nuevo. sube, sube, sube aquí, gatita. salta con esa elegancia suya y se sube a la cama. qué lejos has ido hoy, ¿eh? mira mi mano moviéndose de un lado a otro. ¿qué te ha parecido el mundo exterior? vuelvo a preguntar ¿te ha gustado? la gata, aburrida, pega otro salto y baja. tantísimo calor. espera, espera, le ordeno como si pudiera entenderme cuando le hablo. espera, bonita. miro hacia la ventana de la habitación, aquí al lado, cerrada. sellada. ella, delante del cristal, hace lo mismo. mi mano en el pomo dorado. un poquito de aire fresco. 

14 marzo 2017

todo lo que haré cuando vayamos a conocernos va a salir en los manuales del fracaso

cuando vayamos a conocernos quiero que sepas, mi amor, que voy a contarte todo de mí
seré clara, transparente, tan precisa.
omitiré, por supuesto, por si acaso
por si hubiera que salir corriendo
la parte de los miedos
la etapa de los celos
el año en el que para alimentarme bien
crecer, madurar, pudrirme entera
masticaba mentiras, marañas, amasijos de excusas tuertas y conjeturas deformadas.
noble y hospitalaria
de ningún modo sabrás que poseo un refugio apartado donde, con algo de esfuerzo, los ojos cegados y la razón nula, consigo no sentir nada, temblar lo imprescindible, saber lo justo para mantener el equilibrio entre la fórmula y el resultado.
no hablaré de mi mano rota de ceder de mi mano rota de aplacar de mi mano rota de no ha sido nada de mi mano rota de aferrarme al humo de mi mano rota de dar un golpe en la mesa, bajar la mirada y callar.
paciente y grata
negaré que hubo un tiempo en el que recibía más que daba y, sin embargo,
pedía
reclamaba
exigía más, mucho más
sin mirarme en un espejo de cuerpo entero y comprobar que de mí sólo quedaba corteza y rama.
comprensiva y calma
ofreceré mi hombro picudo y secaré las lágrimas con similares gestos, similares pausas, los mismos consejos estériles que recité de memoria sin comprender ni una sola palabra. susurraré lo del amor que todo lo puede, lo de la fe que mueve montañas, el querer es poder, el para siempre y el nunca jamás. prometeré lo de haré todo lo que pueda, lo de contigo soy mejor persona, lo del más que ayer pero menos que un mañana miedoso, difuso y que nunca arranca. repetiré lo bien que estoy aquí, en el pozo, a tu lado, en este relato inventado, mal escrito, un nudo, diez desenlaces. ni una ventana abierta para imaginar qué pasaría si alguno de los dos saltara.
única, noble y leal
me engañaré creyendo que no es caída hasta que suena el golpe y se encharca el alma.
divertida y risueña
esperaré a que preguntes, previsiblemente, si volveremos a vernos el martes, el viernes en la sesión de las seis, una cena de proyectos, inicios y mi mente en otra parte
un mensaje almibarado por la noche
“me acuerdo de ti”
una llamada a media semana
“me sigo acordando”
una mano quieta y extraña en mi regazo que apartaré con la ligereza de un recuerdo que aplasta.
desleal, mentirosa
egoísta
huraña y falsa
repetiré la función hasta que crujan las primeras esperanzas
y sí, volveré a los errores como quien junta las manos ante la fuente fresca después de un día sin agua.
cobarde, infeliz, traidora
sonreiré con la primera decepción, sin red abrazaré el desencuentro, el yo creía que, no sabía que tú, no pensaba que fueras a.
coja, ausente, desnuda
dejaré que sigas hablando
dejaré el listón bien bajo
dejaré de estirar finales.

17 febrero 2017

el grupo de los domingos

fue missy quien me convenció. a ella le encantaba, le había cambiado la vida. “haces deporte, conoces a gente, ayudas a las familias”, creo recordar que mencionó. “matas dos pájaros de un tiro”, también dijo. la expresión nos estremeció a las dos, pero nos cuidamos mucho de añadir nada más. contesté que lo probaría, al menos ese domingo, y ella se alegró y me aseguró que no iba a arrepentirme.  
cuando llegó el domingo me levanté con pocas ganas de salir de casa: hacía sol, ni una nube en el cielo, pero también frío y la idea de estar toda la mañana caminando en el bosque me producía pereza. tampoco me sentía con ánimos para hablar con los demás, presentarme, que me contaran su vida, su historia, por qué hacían aquello y no, por ejemplo jugar al tenis con los amigos. missy llegó veinte minutos antes de la hora prevista. estaba alegre y había traído bocadillos de queso para desayunar. “tenemos tiempo para calentarlos un poco y hacer que el queso se derrita”, dijo mientras sacaba la sartén y yo me ponía las botas.
-¿esas botas? –preguntó al vérmelas puestas.
-¿no están bien?
-no resistirán. al final del día tendrás los pies empapados. ponte dos calcetines y para el próximo domingo te puedo dejar unas mías.
-eso es si aguanto este.
-ah, mujer. no seas boba, te encantará. y te encantará conocer a todos. son unas bellísimas personas.
desayunamos escuchando la cantinela de missy sobre el grupo. así lo llamaba ella, el grupo. estaba berg, el guía que les había enseñado sobre primeros auxilios y algo de supervivencia. ingrid y markus, que llevaban más de diez años en el grupo, patrick, un jubilado del sud que recorría todos los domingos más de cien kilómetros para ayudar, finn, que horneaba los mejores croissants que missy había probado nunca, ursula, acke, kaja, paul, maria, helena, sten y andrea. yo asentía e intentaba imaginarlos, caminando en silencio, sin cruzar palabra ni levantar la vista del suelo, concentrados en su misión: detectar un color, una mancha, un olor. algo fuera de lo común entre el blanco que cubría los bosques. me vino un escalofrío y le dije a missy que mejor sería ir tirando. no iba a quedar nada bien con el grupo si llegaba tarde en mi primer día. ella se rió, se levantó y recogió el desayuno antes de que pudiera ponerme el segundo par de calcetines.

berg era un hombre joven. no habría cumplido los treinta y cinco años, calculé. tenía la piel quemada por el sol y los labios y las manos agrietadas. hablaba deprisa, con seguridad y nos sonreía a pesar de estar advirtiéndonos de los riesgos que no debíamos correr bajo ningún concepto. las instrucciones me quedaron claras: no separarme del grupo, avisar al compañero que tuviera más cerca en caso de ver algo que llamara mi atención y estar atenta a cualquier indicio. antes de comenzar la partida el grupo aplaudió y se animaron unos a otros con golpecitos suaves en la espalda y susurros amables que invitaban a pensar que todo aquello era mucho más importante de lo que yo había imaginado. nos separamos en grupos de cuatro. missy, finn, acke y yo nos dirigiríamos hacia el sud. enseguida comprobé que me había equivocado con mis elucubraciones: a pesar del silencio con el que comenzamos a caminar, nada más separarnos de berg y del otro grupo, finn comenzó a contar cómo había ido su semana. a acke le dolía la rodilla y se quejaba cada diez minutos y missy, poco después de comenzar, propuso de sentarnos y tomarnos un tiempo de descanso. no me atreví a decir nada, al fin y al cabo yo era la nueva y no sabía si aquello era lo habitual. pero mi sorpresa vino después, cuando terminamos el tentempié que missy desplegó encima de una roca grande. finn, animado y con el estómago lleno, se propuso ponerme al día de todos los casos abiertos. los casos a los que, en definitiva, se dedicaba el grupo, nosotros.
-agda porisdottir –dijo con un tono grave-. trece años. desapareció el invierno pasado. volvía de casa de su amiga, sylvia. ni tan siquiera era de noche. media tarde, sí, eso es. llamó a su madre antes de salir para decirle que iba de camino. ella le preguntó si quería que fuera a recogerla, pero la niña dijo que no, que eran sólo diez minutos andando. la madre le dijo que mejor pasara por la carretera, que por el bosque podía ser peligroso por la cantidad de nieve que había y la niña le contestó que sí, que así lo haría. nunca más se supo de ella. nada de nada. nadie la vio caminando por la carretera, pero tampoco nunca hemos visto nada por aquí. se la tragó la tierra. ni un cabello, ni un zapato, ni un trocito de abrigo. nada de nada.
-qué terrible –musité yo.
-luego están los borrachos. esos son los más comunes. van de una aldea a otra, beben demasiado y al querer volver a casa se pierden, o peor aún, se quedan dormidos en cualquier rincón. al día siguiente… caput. ¿te acuerdas de hans?
missy asintió.
-a ese lo encontré yo. no muy lejos de aquí. yacía bocarriba, con los brazos extendidos y el abrigo desabrochado. supongo que ni se enteró. mi primo lo conocía. decía que era un pobre hombre que se emborrachaba día sí, día también. problemas con el trabajo y con la mujer. de casos como este te podría contar cien. se creen que conocen el bosque, que pueden ir y venir, sin vigilar, borrachos como una cuba, pero no es así. al bosque hay que tenerle respeto.
-¿y no te dio miedo? -pregunté
-¿miedo? ¿miedo de qué?
-encontrar a hans. 
finn me miró sin comprender mis palabras.
-bueno, pero para eso estamos aquí, ¿no? para encontrar a los perdidos, a los desaparecidos, a los muertos.
-claro –contesté sin convicción.
-ojalá encontráramos hoy a esa pobre niña. al menos su madre dormiría tranquila. ¡quizá seas nuestro amuleto!
los tres se rieron.
-pero no, mujer. no tienes que tener miedo. además, siempre estás en el grupo. no vamos a dejarte sola en tu primer hallazgo, ¿verdad missy?
yo sonreí y miré a mi alrededor. árboles altos, ramas dobladas y nieve por todas partes. no quería encontrar a nadie. de hecho, no quería ni tan siquiera continuar con esas búsquedas macabras, pero tampoco podía irme. nos habíamos alejado lo suficiente como para necesitar de su ayuda para regresar al aparcamiento donde estaban los coches. missy notó mi inquietud y se acercó.
-¿estás bien?
-sí –mentí.
-me alegro. venga, vamos, a caminar un rato.
pensé que esa era la mejor forma de tomármelo: andar por entre la naturaleza, respirar aire fresco. sólo tenía que aguantar unas pocas horas y luego olvidarme de todo aquello. pero finn estaba dispuesto a contarme aún más.
-¿te ha hablado missy de andrea?
-¿andrea? ¿la mujer morena y grandota que se fue con el otro grupo?
-esa misma.
-no, no sé nada de ella.
-pobre mujer –intervino acke que había permanecido callado hasta ahora.
-sí, pobre mujer –repitió missy.
todos callaron durante unos segundos. por primera vez los vi observando el suelo mientras caminaban.
-su hijo pequeño, ian, desapareció hace nueve años y no hay ni un solo domingo que no venga a buscarlo por aquí. creo que los sábados lo busca sola al otro lado de la ladera. su marido la dejó el año pasado porque no aguantaba más su obsesión.
-dios mío –murmuré.
-está convencida de que tarde o temprano lo encontrará, vivo o…, ella misma.
-la verdad, chicos, yo no sé si eso la trastornaría todavía más – dijo acke antes de nos quedáramos en silencio durante la siguiente hora.

¿por qué volví? lo pensé durante mucho tiempo. al terminar la búsqueda, tres horas después, berg, con esa misma sonrisa amable, me preguntó si podrían volver a contar con mi ayuda. sentí que todos me miraban y detenían su conversación para escuchar mi respuesta. de todo el grupo, sólo me percaté de la mirada triste y abatida de andrea. creo que también ella me sonrió, aunque puede que fueran mis ganas de que lo hiciera. les dije que sí, claro, que regresaría y que me había encantado poder ser de ayuda en algo así. “algo así”, balbuceé, evitando mencionar palabras a las que todavía no me había acostumbrado. berg pareció satisfecho con mi decisión. también missy, que no paró de parlotear de lo bien que había ido el día a pesar de no haber encontrado a nadie mientras volvíamos a casa y yo sentía los pies empapados.
¿por qué volví? ¿quería ayudar a andrea en su búsqueda inútil? ¿quería conocer más casos de borrachos que se habían dormido y niños que se habían perdido? ¿saber de sus familias rotas, marcadas, infelices? mi motivo no se diferenciaba mucho del de finn. “a ese lo encontré yo”, había dicho, como si hubiera hallado un premio realmente valioso, un trofeo que llevarse a casa, otra historia para poder contar a los primerizos que, sorprendidos y asustadizos, comenzaban su primera exploración por el bosque.
me compré unas botas nuevas y preparaba bocadillos para todos para cuando tomábamos un descanso en alguna planicie soleada. finn me contó una veintena de casos más y coincidí con andrea algunas veces. era fácil adivinar si ella estaba en un grupo u otro. las búsquedas eran silenciosas y sólo se escuchaban nuestras respiraciones agitadas y las pisadas en la nieve cuando estaba ella. nunca hablaba. ni tan siquiera cuando dábamos la exploración por terminada y volvíamos al aparcamiento. sólo cuando alguien se acercaba a preguntarle cómo estaba, la mujer pronunciaba alguna palabra que no tenía nada que ver con la pregunta. “sí, mucho frío” o “el sábado me acercaré a la aldea vecina” o “cuando se derrita la nieve va a ser más fácil” y ahí terminaba la conversación, con sus ojos oscuros apuntando a la cima de la montaña.
si el aire fresco y el ejercicio fue beneficioso, no me di cuenta. no advertí ningún cambio en mi cuerpo. tal vez, eso sí, cierta disposición a estar alerta cuando salía a la calle. miraba con más atención el arcén de las carreteras, los campos congelados y los jardines traseros de las casas vecinas, pero poco más. no me obsesioné, ni mucho menos, aunque la búsqueda de los domingos se alargaba inconscientemente durante el resto de la semana. missy y yo, pasábamos más tiempo juntas. quedábamos para ir a comer o me traía tarta cada vez que preparaba para su familia. a menudo hablábamos de los domingos, de si habría que buscar nuevas rutas o, por lo contrario, insistir con las que recorríamos, de si berg tendría pareja o si tenía comprarme un buen anorak que abrigara mejor. nunca me atreví a preguntarle si las historias de finn eran ciertas o de si ella había encontrado a alguien.

el último domingo que me uní al grupo faltaban un par de días para que comenzara la primavera. había nevado con intensidad durante toda la semana y berg nos avisó de que tuviéramos especial cuidado con la nieve blanda. missy, andrea, acke y yo nos adentramos en dirección este, pisando con suavidad, temerosos de dar un paso en falso y hundirnos hasta la cintura. podía escuchar el canturreo de acke. pensé que era la primera vez que, en presencia de andrea, alguien se atrevía a romper ese silencio denso. busqué a missy con los ojos: tenía el flequillo mojado por la bruma matinal y caminaba con los labios apretados, probablemente metida en sus propios pensamientos. a mi otro lado, andrea, examinaba el suelo sin importarle en absoluto el estado de la nieve. creo que, de haber hablado, nos hubiera pedido un poco más de concentración y esfuerzo. ráfagas de viento comenzaron a alzarse a los pocos minutos. levantaban la nieve y hacían que caminar cuesta arriba fuera cada vez más incómodo y agotador. acke propuso un breve descanso. missy dijo que estaba de acuerdo, pero andrea, sin girarse siquiera, continuó caminando.
-voy con ella –les dije al ver que missy y acke dejaban sus mochilas en el suelo.
-esta mujer está loca –dijo acke en tono hastiado.
-andrea –la llamé.
sus pasos eran cada vez más rápidos.
-eh, andrea, espera, por favor –grité un poco más alto. pero ella seguía su marcha, acostumbrada a pasear sola por las montañas. apresuré también mi paso. la nieve se hundía con cada pisada que daba y comenzaba a notar las piernas doloridas por el esfuerzo, mi corazón acelerado y cierta inquietud perturbadora.  
-¡no puedo seguirte! –volví a gritar, inútilmente.
corrí unos metros más y al fin me detuve, agotada y sin aliento. andrea había desaparecido. también missy y acke. cogí aire un par de veces antes de gritar sus nombres con todas mis fuerzas. me dije que no podían andar muy lejos. no habíamos caminado tanto, pero al no recibir ninguna contestación comencé a asustarme de verdad. lo importante, pensé, era mantener la calma y descender hasta encontrar a missy y a acke o el aparcamiento. no podía ser tan complicado, pero el viento soplaba con más fuerza y yo había comenzado a temblar de frío. cada paso que daba me producía más miedo. enseguida me vinieron a la cabeza las historias terroríficas de finn, todas esas personas que, como yo, en un descuido sin importancia, habían fallecido en esos bosques, solas y congeladas y ahora yacían bajo mis pies. grité una vez más. esta vez el nombre de finn y de berg, aunque probablemente estuvieran mucho más lejos. luego, mientras bajaba la colina agarrada a los árboles para no caerme lo vi: una punta de tejido rojo, descolorido y sucio, sobresalía entre las dunas nevadas. me quedé paralizada, incapaz de alejarme de allí y ni mucho menos acercarme a investigar de qué se trataba. chillé varias veces y rompí a llorar. me dejé caer al suelo. las lágrimas me helaban las mejillas y temblaba de pánico y frío. arrodillada, me giré de nuevo hacia el trozo de tejido, pero la nieve que caía de las ramas lo había ocultado de nuevo. ¿lo había visto de verdad? ¿había estado allí? ¿habría alguien allí? no me levanté para comprobarlo. seguí arrodillada, llorando y suplicando ayuda en voz baja.
-ojalá no te hubiera encontrado a ti.
me di la vuelta. andrea, detrás de mí, me tendió su mano.
-oh, por dios, gracias, andrea. pensé que iba a morir aquí –dije sin pensar.
ella tiró con fuerza de mi mano, me levantó y comenzó a descender, esta vez más despacio. la seguí en silencio, avergonzada y agradecida, con las piernas heladas y la cabeza ofuscada. recuerdo que giré la cabeza de nuevo, pero tampoco esta vez vi ningún tejido rojo que sobresaliera.
en el aparcamiento habían llegado todos los del grupo. algunos se abrigaban con mantas y otros tomaban café y charlaban despreocupados.
-vamos, chicas. se está haciendo tarde –dijo finn al vernos. yo sonreí y acepté una taza hirviendo que me quemó la mano al sujetarla. andrea fue directa a su coche. se metió dentro y arrancó.
-andrea, ¡espera! –grité. los demás me observaron con curiosidad. me acerqué y esperé que bajara la ventanilla- sólo quería darte las gracias por lo de antes y, bueno, siento mucho si te ofendí o molesté con lo que dije. estaba muy asustada y, y…
andrea no me miraba. sus ojos, probablemente también su mente, seguían fijos en la montaña que habíamos abandonado. se marchó sin que yo terminara la frase. daba igual. al fin y al cabo no era a mí a quien hubiera querido encontrar. 
no volví ningún otro domingo. tampoco yo quería encontrar a nadie en el bosque. missy se enfadó conmigo. no entendía cómo, de repente, había cambiado de idea. argüí excusas que sonaron poco creíbles, pero finalmente se cansó de insistir y espació sus visitas a casa. los domingos me levantaba tarde y me mantenía ocupada ordenando cajones o armarios, leyendo o viendo películas antiguas. algunas veces, sin embargo, me sorprendía a mí misma delante de la ventana del salón, mirando las montañas que cercaban el valle, esas mismas que, a pesar de su esplendor primaveral, ahora vislumbraba demasiado siniestras como para querer saber de ellas.